Personajes
Angel y demonio; humano

Vida y muerte de Diego Maradona: demasiado para un hombre solo

Luego de una existencia llena de presiones, pasiones y contradicciones, Diego y Maradona dijeron adiós

04.12.2020 06:00

Lectura: 17'

2020-12-04T06:00:00
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Por Leonel García

¿Qué tanta presión puede soportar una persona? Harutyan Arto Van, prestigioso psiquiatra y profesor de la Universidad de Berna, una eminencia mundial en el tratamiento contra las adicciones en la clínica, director de su consultorio en el cantón suizo de Bellelay, daba el 16 de agosto de 1996 una conferencia de prensa sobre un paciente. Este recién llegaba de Argentina, tenía 35 años, se llamaba Diego Armando Maradona, y se quería curar.

La sagrada confidencialidad médico-paciente quedaba hecha polvo ante periodistas de todo el mundo. "Si bien Diego cayó en la trampa de la droga, su problema básico es de tipo existencial", arrancó. "Mi trabajo consiste en reforzar la inmunidad psicológica durante 10 días para que sea capaz de resistir a los problemas existenciales", adelantó. "Lo que quiere Maradona es convertirse en un padre modelo y su problema son las ganas de drogarse. Dicho de otra manera: es demasiado débil para resistir esas ganas. Nuestro trabajo consiste en hacerlo fuerte", reveló. Agregó que su consumo de cocaína era cuando se sentía "presionado en exceso" y no por una "adicción física"; que se sentía "vulnerable" y "psicológicamente débil". Y más allá de destacar su "personalidad hipersensible" y su ser "extremadamente honesto y leal", lo desnudó: "A pesar de haber ganado todo, no es un hombre feliz. Se considera un perdedor".

Maradona, alojado en un hotel del cercano Neuchâtel, no daba crédito a lo que veía y oía. "¿Cómo es el tema, maestro, todavía no me sacó sangre y ya le está contando todo a los periodistas?", lo encaró a Arto Van, según le relataría en 2000 en Cuba -durante otro intento por rehabilitarse- al periodista Daniel Arcucci, uno de los "maradonólogos" más reconocidos. "Discúlpeme, no soporté la presión de los medios, todos querían saber...", dijo que el prestigioso médico le contestó. "¡Hijo de puta! A él lo superó, en 48 horas, la misma presión que yo soportaba desde hacía 20 años", cerró su reflexión.

"Al final, soy más profesor que usted", le espetó a la eminencia, quien a gatas había terminado instrucción primaria.

"Mi hermano... desde los 15 años ya no tuvo vida, ya era otro. Siempre se hizo cargo de todo él. Fue una carga ser tan famoso", dijo María Maradona en el brillante documental Diego Maradona (2019), de Asif Kapadia. Eran ocho hermanos los hijos de don Diego Chitoro Maradona y doña Dalma Tota Franco.

Dos caras. Siempre se dijo que había dos personas dentro de la que finalmente murió, el 25 de noviembre de 2020, en un lujoso barrio privado del Tigre, mucho más solo y más triste que cuando nació, el 30 de octubre de 1960, en la pobreza casi absoluta, en Villa Fiorito. Fue la última contradicción de un hombre exageradamente humano y, como tal, exageradamente contradictorio. En el medio, fue transformado en un dios pagano que incluso llegó a inspirar una Iglesia (la maradoniana, fundada en Rosario, en 1998). Era un ángel y un demonio. Era Diego y era Maradona.

"Diego era un chico que tenía inseguridades, un pibe maravilloso. Maradona es el personaje que se tuvo que inventar para estar a la altura de las exigencias del negocio del fútbol y de los medios", dijo en la película de Kapadia quien fuera entre 1983 y 1994 su preparador físico personal y confidente, Fernando Signorini.

Quienes lo conocieron y quisieron, resaltan su inmensa generosidad con quienes consideraba de los suyos. También que era el mejor compañero y el mejor capitán en sus equipos, sobre todo en Argentinos Juniors, Boca Juniors, la selección argentina de la década de 1980 y el Nápoli. En el verano de 1979, cuando ya había puesto al modesto Argentinos Juniors en el mapa futbolístico de su país y ya era figura en su selección, llevó a su familia a conocer el mar. Fue en Atlántida, en la costa canaria, luego del Sudamericano Juvenil disputado en Uruguay. Ahí quien ya era una estrella del fútbol le pidió a su padre, Chitoro, don Diego, que dejara de trabajar, que era suficiente, que él se encargaba.

Y todo, absolutamente todo en la vida de Maradona, tiene dos caras. Fue un padre ausente y abandónico, con más hijos que los oficialmente reconocidos; estos son cinco, de cuatro mujeres distintas: Dalma y Giannina, fruto de su amor de adolescente y única esposa, Claudia Villafañe, el primogénito Diego Sinagra, Jana y Diego Fernando. Pesaron sobre él denuncias de violencia de género. Sus problemas con las drogas y su desapego al entrenamiento y a todo tipo de disciplina en el tramo final de su carrera terminaron perjudicando la suerte de sus compañeros en el Sevilla (1992), Newell's Old Boys (1993), Boca Juniors (en un segundo pasaje, caótico y en lo deportivo totalmente olvidable, entre 1995 y 1997) y a la selección que tanto dijo amar. Esto último fue en el Mundial de Estados Unidos 1994, más recordado por su expulsión por consumo de efedrina que por cualquier otra cosa.

Hasta la costa uruguaya fue contradictoria en su vida. En Punta del Este, en el verano de 2000, zafó por primera vez de la muerte en el sanatorio Cantegril, internado por una sobredosis de cocaína, hipertenso, obeso, con el corazón funcionando al 30% y dejando de respirar de a ratos. Le salvó la vida Jorge Romero, por entonces un médico residente recién recibido, que aparte de luchar contra la muerte debió enfrentarse al "entorno" del astro (su apoderado Guillermo Cóppola, más precisamente), que parecía que su mayor preocupación era evitar escándalos.

"Hoy murió Diego Armando Maradona. El ejemplo perfecto de cómo la sociedad avasalla seres humanos con su positivismo tóxico y su exitismo adictivo", tuiteó el propio Romero el miércoles 25.

El sueño de los sin jeta. Cuatro minutos de diferencia separaron la trampa y la obra de arte. Fue el 22 de junio de 1986 en el estadio Azteca, por los cuartos de final de México 1986. A los seis minutos del segundo tiempo, Maradona dejó el tendal de ingleses por la izquierda hacia el medio, cedió al medio y fue a buscar la devolución en forma de centro. "Entró Maradona, va a saltar Shilton, mano... Goooooooooooool", relató Víctor Hugo. A los 10 minutos de la etapa final, Maradona dejó un mayor tendal de ingleses por la derecha para anotar el gol más recordado de la historia de los mundiales y la narración más lograda del relator uruguayo, la del "barrilete cósmico", la del "de qué planeta viniste". La Mano de Dios; el Gol del Siglo.

Arcucci dijo en Diego Maradona que ese partido alcanza para explicar el mito, el amor y el odio. Trampa y genio. Ángel y demonio, otra vez. Y en cuatro minutos de diferencia.

Más que la final ganada ante Alemania siete días después, el mito Maradona nació tras el triunfo ante ese rival. En el nombre de una nación herida por la dictadura más sangrienta del Cono Sur y la Guerra de las Malvinas, un petiso morocho y retacón, salido de la pobreza, se ponía sobre sus hombros y bajo sus pies la venganza ante los "piratas", los "usurpadores" de las islas, los "gurkas" asesinos de conscriptos mandados a la guerra de 1982 por gobernantes criminales y cobardes. "Caen las tropas de Su Majestad", cantaban Los Piojos en Maradó: era "el sueño de los sin jeta".

Hasta ese día Maradona aún distaba de generar unanimidades en su país. Desde entonces, fue dios. Y a un dios se le perdona todo.

Si en Argentina personificó la venganza de los cabecitas negras, en Italia lo hizo con los terroni. Luego de su fracaso en el Mundial de España 82 y su conflictiva estancia en Barcelona -donde, diría luego, probó por primera vez la cocaína-, llegó a Nápoles y al Nápoli. A una ciudad hermosa y violenta del sur italiano, y a un equipo apasionado y pobre. Las contradicciones se retroalimentaron generando una relación tóxica. Entre 1984 y 1991 se vio lo mejor del futbolista: llevando a los primeros planos a un club condenado a ser comparsa y sorna del norte rico (la Juventus de Turín, el Milan y el Inter de Milán).

Esa identificación con el pobre enfrentando y venciendo a los poderosos es universal. Ahí está parte de la explicación de lo global de Maradona, que lo idolatren en La Boca, pero también en Siria, China, Corea del Sur o Costa de Marfil, incluso en épocas previas a Internet y las redes sociales. Su postura confrontativa ante las autoridades de la FIFA y su idea de defender los derechos de los jugadores creando un sindicato internacional ayudó a esa imagen de genio contestatario y rebelde, aunque esta haya quedado más en lo declamativo que en alguna acción concreta. Para eso ayudó su acercamiento a figuras como Fidel Castro y Hugo Chávez, su tatuaje del Che Guevara, y sus vínculos con Néstor y Cristina Kirchner. Se ha recordado menos, pero los archivos no dejan mentir, sus cercanías con el expresidente argentino Carlos Menem y el exministro de Economía Domingo Cavallo. Más allá de que algunos hagiógrafos lo quieran colocar como una suerte de Tupac Amaru del mundo deportivo, como activista político o azote del poder, él no calzaba los puntos del brasileño Sócrates ni -mucho menos- de un Muhammad Alí. Nuevamente las humanas contradicciones, alimentadas por su idolatría.

Fue en Nápoles donde el ídolo comenzó a mostrar los pies de barro. El documental de Kapadia reflejó que mientras la Camorra lo protegió -en una relación en la que Maradona fue siempre títere y nunca titiritero-, gozó de cierta impunidad a la hora de conseguir drogas y mujeres. Aquí nació, fruto de una relación extramatrimonial que negó hasta lo ridículo, el mayor de sus hijos; por entonces, Claudia Villafañe estaba embarazada de Dalma. Pero luego de eliminar a Italia de su Mundial de Italia 90 (en la semifinal en Nápoles), aun con el tobillo a la miseria, en un estado en que ningún mortal podía jugar como él jugó, el idilio -alimentado con dos Scudetti, una Copa Italia y una Copa de la UEFA- se terminó. El primer doping positivo de Maradona fue en marzo de 1991. La FIFA le dio 15 meses de suspensión; también fue la primera. Al mes siguiente fue detenido por posesión de drogas en Buenos Aires.

Era un hombre, pero la gente se resistía a creerlo. Mientras era conducido por la Policía, era vitoreado por una multitud. Imposible no subirse a esa ola.

"En aquellos días, mientras me tuvieron encerrado en la celda, mientras me quedé encerrado yo mismo en el séptimo piso del edificio en el que vivía, en Correa y Libertador, en Núñez, me propuse volver", relató Maradona en Yo soy el Diego de la gente (2000), posiblemente la más autoindulgente "autobiografía" (en realidad, la redactaron los periodistas Arcucci y Ernesto Cherquis Bialo) de la historia.

Cansancio.
-¿Qué harían ustedes si fueran Maradona?
-No me gustaría ser Maradona ni un minuto.
-¿Viste? Eso me pasa todos los días. Estoy cansado, me gustaría tomarme unas vacaciones de Maradona.

Este, según un artículo escrito por Pablo Caballero y publicado en el portal argentino Infobae el 26 de noviembre, fue un diálogo sostenido por Maradona y alguien de su "círculo íntimo" (esa entelequia que uno imagina integrado tanto por familiares de afecto sincero como por vividores de todo pelo y color) no identificado. Fue en la porteña clínica Olivos, mientras se recuperaba de la operación de un hematoma en su cabeza, apenas semanas atrás. Ya había cumplido 60 años. Ya era más carne de memes que otra cosa. Se sentía solo, aun rodeado de multitudes. Ya se sabía que sufría abstinencia fruto de su adicción al alcohol. El cuerpo ya estaba muy castigado. Quería volver a ser Diego. No se sabía que le quedaba tan poco de vida.

Daniel Arcucci, en su libro Conocer al Diego (2001), cuenta que su primer encuentro con él fue en la Navidad de 1985. El periodista tenía 22 años, recién había entrado a la mítica revista deportiva El Gráfico, y le encomendaron la misión -que solo se la podían dar a un che pibe- de pasar esa fecha con el astro, que estaba comenzando a transformar al Nápoli en algo parecido a un cuadro de fútbol: qué comía, qué regalaba, qué le regalaba, qué hacía y qué decía. Por supuesto, Maradona no quería saber nada con un periodista en su casa al momento del brindis. Faltaba más, llevaba casi una década sin saber lo que era tener una vida privada. Tras varios intentos infructuosos, Arcucci intentó, al teléfono, un golpe tan real como bajo: decirle que se había quedado en Buenos Aires en Nochebuena, solo, con su familia en Puán (a casi 700 kilómetros), para intentar hablar con él. "¿¡Qué te pasa, pelotudo!? ¿¡Cómo no te fuiste a tu pueblo a pasar las fiestas con tu familia!? ¿¡Estás loco, vos!? Escuchame: eso no se hace, ni por Maradona ni por nadie (...). Hoy... no te voy a dar la nota... Pero vení mañana, vení que te voy a dar una nota, una nota en serio", le contestó. Y cumplió.

Si bien ha cumplido todos y cada uno de los siete pecados capitales, Maradona también ha dado muestras de un buen corazón. Fue el sostén de todos y cada uno de los integrantes de su familia (su amor por Chitoro y Tota, fallecidos en 2015 y 2011, es quizá el más puro que ha tenido). En 1984 desoyó a su club, el Nápoli, y montó un partido amistoso en una cancha periférica de Nápoles para recaudar fondos para la operación de un niño enfermo. En 1996 jugó en el Estadio Centenario en otro amistoso a beneficio de Alejandra Forlán. En 2017 donó un par de botines firmados para que la Fundación del Hospital de Niños Garrahan los subaste. Ayudó a organizar una cena benéfica para los afectados por las lluvias en Sinaloa en 2019, coincidiendo con su pasaje como técnico de los Dorados. Varias notas dan cuenta de su buena disposición con los niños, sobre todo aquellos de salud frágil. Varias notas también reportan sus desplantes, e incluso agresiones, a quienes consideraba habían invadido su espacio vital.

Cuando el fútbol pasó a segundo plano, el entorno de Maradona regaló personajes siempre dispuestos a alimentar el aparato mediático argentino: Guillermo Cóppola, Carlos Ferro Viera, Matías Morla, Digno Valiente, Yayo Cozza, Gabriel Morsa Espósito (excuñado, exbarrabrava, hombre de armas tomar) y hasta propició el surgimiento de Wanda Nara. Claudia Villafañe, en un momento vista como una heroína estoica y trágica, terminó pidiendo el divorcio, harta de de las andanzas de su marido, conocidas por todo el mundo.

Ya era más que nada un escándalo andante. Desde el fin de la primera de sus suspensiones, en julio de 1992, el Maradona futbolista no regaló sino chisporroteos y festejos desencajados más propios de un hombre sacado que eufórico. Su influencia sobre propios y extraños seguía siendo tremenda. Argentina, con él, fue una tromba en los dos primeros partidos de Estados Unidos 94. Argentina, sin él, efedrina mediante, pese a contar con un plantel repleto de estrellas, se desinfló anímicamente hasta la casi pusilanimidad en los dos encuentros siguientes y quedó eliminado en Octavos. Me cortaron las piernas, dijo. Como seguía siendo dios (o d10s), nadie alzó mucho la voz para endosarle el fracaso. Y bastó que volviera a ponerse los cortos en su amado Boca, en octubre de 1995, para que el circo volviera a ponerse en funcionamiento.

"La única certeza sobre Maradona es que cuando muera, sea como sea, su funeral en Buenos Aires será tan grande como el de Evita y aun entonces la gente no creerá que haya muerto", escribió en 1996 el periodista inglés Jimmy Burns en su libro La mano de Dios (Hand Of God). Eso fue hace 24 años: Diego todavía jugaba, daba los últimos estertores de su carrera, quería curarse de sus adicciones y todavía no había visto a la parca de cerca. Acertó.

Alegría del pueblo. Fue triste el Carnaval de Río de 1980. Manoel dos Santos, Garrincha, la otrora Alegria do Povo, uno de los mejores punteros de la historia, desfilaba con la comparsa Mangueira. Pero el brasileño, que parecía más de los 46 años que tenía, era la imagen de la decadencia. Totalmente consumido por el alcohol y por los amigos de la fama, parecía un muñeco de cera vestido de futbolista, un muerto en vida que apenas saludaba por instinto a la multitud, sentado por no poder permanecer de pie. Tamaño crack no merecía dar esa imagen. Murió en la miseria tres años después.

La última imagen conocida de Maradona, otrora expansivo, locuaz, arrogante, irreverente, fue similar de patética. Fue el 30 de octubre, el día de su último cumpleaños, en la cancha de Gimnasia y Esgrima de La Plata, el club que (es un decir) dirigía. No podía hablar, no podía caminar por sí solo, su sonrisa era una mueca. Menos de un mes después se sucedieron la internación, la operación, la muerte.

A diferencia de Garrincha, Diego no murió en la miseria. De hecho, ya se anuncia una guerra nuclear en torno a los bienes que dejó. Miseria, en todo caso, hubo en torno a él. Se le exprimió hasta la última gota de jugo. Rendía que fuera bocón, que su trayectoria como director técnico fuera más estridente que exitosa, que condujera un programa televisivo de gran éxito (La Noche del Diez, 2005) que no era sino un homenaje a él mismo, que tuviera obesidad mórbida (llegó a pesar 120 kilos con 1,67 metros de altura) y que requiriera un by-pass gástrico, que fuera carne de cañón para los escándalos, que le pagaran en petrodólares los emires, que quisiera reconquistar a "la Claudia", que le iniciara juicio a "la Claudia" luego de que se supo que había rehecho su vida, que se especule que tenga -además de los cinco oficiales- otros seis hijos más con seis mujeres distintas (cuatro en Cuba, dos en Argentina), que tuviera un generoso bolsillo con gente dudosa, que sus declaraciones públicas provocaran más vergüenza ajena, que se le atribuya a Roberto Fontanarrosa una frase especialmente lograda: "No me importa lo que hizo Diego con su vida, me importa lo que hizo con la mía".

En ningún lado se confirmó la veracidad de esa frase. Lo que sí dijo el notable escritor rosarino, cuando Maradona debió gambetear a la muerte otra vez en 2004, internado en la Clínica Suizo Argentina con un batallón de periodistas haciendo guardia cual cuervos en la puerta, fue: "Es Diego. No lo den por vencido ni aun vencido". Es que siempre, como el Ave Fénix, Diego resurgía de sus cenizas.

Así fue hasta el miércoles 25 de noviembre de 2020. Deprimido, exprimido, cansado, añorando cada vez más a sus padres, se fue. Y ni siquiera en sus primeras horas como muerto hubo paz.

En esa Argentina totalmente felliniana que ha sido la de los primeros días sin Maradona, la voz más sabia y más simple, más sincera y más redonda, la aportó un humilde hincha anónimo, con la voz, la mirada y el rostro castigados por el llanto y la pobreza, ante las cámaras de televisión: "¿Sabés la felicidad que nos dio a los pobres? Ni para comer teníamos. Y al chabón vos lo veías por la tele y te hacía feliz".