Personajes
Comedia teatral para agendar

Verónica Llinás: “No estoy de acuerdo con la policía del humor"

La actriz protagoniza, junto con Soledad Silveyra, Dos locas de remate, una obra que llega a Montevideo con tres funciones después de una exitosa gira por Argentina

29.05.2022 07:00

Lectura: 15'

2022-05-29T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

Verónica Llinás llegó a Montevideo desde Buenos Aires el día del anuncio del ciclón. La esperaban dos días intensos de promoción de la obra que la tiene de gira desde hace casi dos meses en Argentina y que la traerá de vuelta a este lado del Río de la Plata el 3, 4 y 5 de junio: Dos locas de remate, dirigida por Manuel González Gil. Soledad Silveyra es su compañera de aventura, su complemento en el escenario, su hermana en la ficción. Llinás es Julia, una violinista que ha tenido una carrera exitosa, que vive sola y está llena de manías y de fobias. “Es como un pequeño compendio del horror humano”, explica la actriz. Entre las tantas “actitudes deplorables” del personaje está el menosprecio hacia Catalina (Silveyra), su hermana, que después de 20 años sin verse, cuando el banco le ejecuta la hipoteca de su casa, aspira a instalarse en lo de Julia. En la convivencia empiezan a aflorar prejuicios mutuos y también secretos familiares, pero siempre en clave de humor. “No es una comedia liviana y pasatista”, dice Llinás, “tratamos de ponerle carnadura, de ponerle la emoción, el cuerpo, en el sentido del compromiso”.

La actriz argentina tiene un talento tan dúctil como para haber sido el contrapunto de Antonio Gasalla en sketchs recordados como La nena o la esposa del personaje de Ricardo Darín en La odisea de los giles, poniéndose en los zapatos de una mujer que defiende con todo lo que tiene (escopeta incluida) —o lo que le va quedando— a su familia, estafada por el banco en la crisis de 2001.

Con el coraje que tal investidura exige, Llinás es uno de los últimos bastiones rioplatenses del humor políticamente incorrecto. Los videos que escribe, produce, actúa, graba y edita expresamente para su cuenta de Instagram son prueba de un tipo de humor que ya no se ve tanto, pero que sigue funcionando; que hace sonar en el espectador algunas alarmas internas, como despertadores de una risa que últimamente traemos medio censurada.

Desde su suite del hotel Radisson, la actriz y comediante conversó con Galería sobre su experiencia en la gira de la obra y la convivencia con Soledad Silveyra, la vigencia del humor de Gasalla, el personaje políticamente incorrecto con el que arrasó en sus videos de Instagram y su incursión en la dirección de cine.

“Todos estamos a un paso de la locura” es una especie de slogan de Dos locas de remate. ¿Está de acuerdo con eso?

Yo creo que sí. ¿Quién no está un poco loco?, incluso en las familias. Si rascás un poquito, si te metés adentro y empezás a hurgar, encontrás una fuerte dosis de locura, o de disfuncionalidad para llamarlo de otro modo. De algo “mmm…, qué loquito que es esto”. Yo vengo de una familia muy, cómo decirlo, muy tormentosa; en mi familia han volado tijeras, cuchillos, entonces es un poco catártico hacer esta obra, en que se llega a niveles de locura muy grande, de furias tremendas. Y me da la impresión de que no está tan lejos de una posible realidad de muchas familias.

La gente se ríe mucho en la obra, y cuando eso pasa en general es porque le toca algo cercano.

Sí. Y también hay algo de los silencios, de las cosas que no se han dicho, que eso también lo vivimos mucho con Solita. Mucha gente que viene nos dice: ¿Vos sabés que a partir de que vi la obra pude encontrarme con mi hermana y charlamos? O: Vine a verla con mi hermana y fue un puntapié para hablar cosas. Está muy bueno eso, nos da mucha satisfacción.

En los últimos dos meses han recorrido varias provincias con la gira. ¿Cómo es esa experiencia de salir de gira?

Solita hizo miles, pero para mí es la primera gira nacional; nunca quise hacer gira porque no me gusta irme de mi casa, soy un poco maniática. Pero en esta oportunidad había que elegir, o hacer función de miércoles a domingo —que yo odio hacer función el miércoles porque la gente no va—, o hacer la gira. Y bueno, vamos con la gira. La verdad que le estoy tomando el gusto, estoy descubriendo unos teatros maravillosos que tienen las provincias. En unos pueblitos chiquitos de pronto aparecen unos dinosaurios teatrales maravillosos, de una época de un esplendor que solo queda en el teatro, y es maravilloso, es muy emocionante. Me he encontrado con teatros que me conmovieron.

¿Y cómo fue la dinámica casi de convivencia con Silveyra? ¿Se profundiza el vínculo?

Somos muy diferentes, venimos de escuelas diferentes, de recorridos muy distintos. Al principio no fue fácil. Creo que Sole tenía mucho miedo porque este era un terreno (el de este tipo de comedia) que me pertenecía más a mí que a ella. Eso que en un primer momento la atrajo, después le dio miedo, pensó que iba a desaparecer. Así que al principio fue muy difícil que me tuviera confianza. Hay un (tipo de) teatro, que es el que a mí no me gusta, en que se toma el escenario como un campo de batalla, en donde los actores se pelean, como que uno solo tiene que salir victorioso. A mí me parece una visión antigua. Yo creo que es un equipo. Siempre pongo el ejemplo del volley, que uno levanta la pelota y el otro la mete. A veces la levanta uno y el otro la mete, y a veces levanta el otro. Pero siempre cuando hay una risa, un gag en el escenario, es producto de un mecanismo hecho por los dos actores o actrices que participan. Estuvimos siempre con la conciencia de que las cosas hay que hablarlas, que no hay que acumular. Si pasó algo en el escenario está bueno hablarlo después, y así pudimos campear bastantes tormentas. Y yo creo que estamos aprendiendo a que lo que tenemos de diferentes no nos reste, sino que nos sume.

En la pandemia se volvió muy activa en Instagram, y un personaje de sus videos en particular tuvo mucho éxito.

La concheta, le digo yo. Es un personaje que tomé de una comedia que hice en televisión, Viudas e hijas del rock and roll; el personaje se llamaba Inés Murray Tedin Puch de Arostegui. Siempre me quedé con la sensación de que ese personaje tenía tela para dar, me dio mucha pena que terminara la tira. Cuando se difundió en Buenos Aires el audio de una mujer que le decían la Cheta de Nordelta, que se quejaba de que a Nordelta habían venido los grasas y le llenaban la pileta de mate y no sé qué, pensé que era un buen momento para reavivar a esta y que fuera amiga de la cheta. Y ahí la saqué, la desempolvé y fue impresionante lo que pasó, porque se viralizó enseguida. Fue antes de la pandemia, durante el gobierno de (Mauricio) Macri la usé mucho, porque Macri también habla con la papa en la boca y me pareció que podía ser perfectamente una amiga de él. Pero en la pandemia sí tuve mucha más actividad, porque estaba encerrada y solo podía hacer videos, entonces hice como una saga medio delirante con la concheta desde que se le va la mucama, que no sabe qué hacer; no sabe ni cómo prender el lavarropas.

La concheta es una mujer rica y clasista, y hoy hay más resistencia a esos personajes políticamente incorrectos que hace unos años, cuando usted salía con Antonio Gasalla, por ejemplo. ¿Cómo lleva las críticas, ahora que abundan por las redes sociales?

Por momentos mejor, por momentos peor; hay momentos en que uno está más sensible, entonces las cosas que te dicen te pegan más. ¡Yo recibí unas barbaridades! Las cosas que me han dicho… sobre todo cuando me puse a jorobar con Macri, o con (Gabriela) Michetti. Me acuerdo que una vez la había visto en un programa, creo que la policía le había pegado a una persona, no me acuerdo exactamente, pero la escuché hablar con una liviandad y con un desconocimiento de lo que estaba diciendo, de la gravedad de lo que había pasado, que me dio bronca. Entonces hice un video donde le hablaba a ella; ella anda en silla de ruedas, entonces le dije: “Te derrapó la silla”. ¡La cantidad de insultos que recibí! Mucho troll. Me daba cuenta de que se hacían cuentas solo para insultarme, porque tenían cero seguidos, cero seguidores y el tuit para insultarme.

¿Cree que hoy sería posible un programa como el de Gasalla? ¿Cómo sería recibido por la gente?

Estuvo a punto de salir un programa (de Gasalla), y él me llamó a mí y a (Marcelo) Polino, que es amigo amigo de él, y estuvimos a punto de hacerlo, pero al final empezó a dar vueltas: que no le gustaba el horario, que esto, que lo otro, y yo me di cuenta de que tenía miedo, porque sentía que no podía cambiar. Había algo que no podía cambiar, pero también se daba cuenta de que no podía ser igual. Lo vi como desorientado en ese sentido. A una persona que estuvo tanto tiempo haciendo un tipo de humor, le cuesta. Yo siento que hay chistes que ya sí son viejos, que la gente ya no se ríe de las mismas cosas. Pero no estoy de acuerdo con la policía del humor. Si hay algo que no te hace gracia no lo mirás y listo, y eso va a decantar solo. No puede ser políticamente correcto el humor. Yo me doy cuenta de que cuando estábamos con Gambas al ajillo, nosotras nos burlábamos del feminismo de algún modo. Había un sketch donde éramos unas feministas horrendas que decíamos: “¡Sé tú misma, sé tú misma!”. Y la primera frase que yo decía era: “La suprema inteligencia existe en todos los seres. Existe en el hombre, existe en los animales, existe en las plantas, existe en los minerales, e inclusive en la mujer”. O sea, era un horror. Me doy cuenta de que si ahora hacemos esto, estaría mal, nos dirían: no te rías del feminismo. Pero el humor tiene que poder reírse de cualquier cosa, y al que no le guste que no lo vea.

En 2015 incursionó en la dirección con La mujer de los perros. ¿De dónde salieron esas ganas y cómo fue la experiencia?

La escribí yo. La idea era mía y también participó Mariano, mi hermano. La dirigí junto con Laura Citarella y fue una experiencia alucinante, porque atravesó tres años de mi vida, y en el medio enviudé, entonces fue algo indescriptible todo lo que viví en ese momento.

Es bien de autor la película, de hecho su personaje no tiene diálogos.

Mi personaje no habla en toda la película, hablan los demás, que son pocos, otros tres actores. La filmé en mi casa, con mis perros, y la verdad que fue una experiencia totalmente transformadora.

¿Era una idea que venía trabajando?

Salió en una charla con mi hermano Mariano. Yo le decía que estaba preocupada porque me mandaban libretos y yo a todo decía que no, porque no me gustaban. Estaba preocupada, le decía, porque si todo el tiempo decía que no, empezaba a no laburar y la gente se iba a olvidar de mí. ¿Y por qué no hacés una película?, me dijo. La podíamos hacer con El Pampero, una productora que él tiene con sus socios, que hacen cine independiente hace un montón de años. Me preguntó si tenía alguna idea, y yo no es que estaba soñando con hacer esa película, pero conecté con una de las cosas que aprendí con Ángel Elizondo (su maestro de actuación): hay que hacer con lo que hay. ¿Qué tengo? Tengo perros y tengo basura, porque estoy cerca del dique Roggero y en un momento —ahora no tanto— venían los carros, que cobraban por sacarle la basura a la gente, y decían: “Vamo’ a tirarla en el culo del mundo, y eso era ahí en mi casa. Entonces yo salía y veía, por ejemplo, una montaña gigante de zapatos. Inmediatamente dije: una mujer que vive sin dinero, solo de la basura y del trueque, pero que no toca dinero. Y ahí empezó una época de entrenamiento de los perros, porque tenía que lograr que vinieran cerca de mí, porque cada vez que iba para afuera se dispersaban, y eso para un plano no servía. Entonces nos íbamos a caminar, yo dándoles salchicha para que estuvieran conmigo.

Para mí fue increíble. Que haya un mundo que está en tu cabeza y que de pronto se plasme en algo que se puede ver es una sensación muy cercana a ser Dios.

Tiene un vínculo muy estrecho con los animales. Ha dicho incluso que los loros son los animales más graciosos. ¿Cómo se conecta con ellos?

Soy rebichera. Ya de chica me era mucho más fácil relacionarme con los animales que con las personas. Iba al club hípico, porque a mi papá le gustaba andar a caballo y nos hizo andar a caballo desde chicos, y cuando tenía un problema, porque el chico que me gustaba no me daba bola, o me había peleado con una amiga, o había un problema en mi casa, me metía en un box con un caballo. Y estaba ahí, y lo acariciaba, y lo olía, y eso me hacía bien. Siempre, animal que apareciera, animal que iba y lo tocaba. La famosa frase de mi papá era: “¡No! ¡Que te va a agarrar un hongo!”. Porque le metía la nariz, fuera gato o perro, y me lamían. Pero nunca me enfermé, creo que no me enfermo casi nunca porque, tanto germen, tanto germen, me inmunicé.

En su película trabajó por primera vez Juana Zalazar, que es la empleada de su casa y que también aparece en sus videos de Instagram. ¿Cómo se dio esa colaboración?

En un momento ella me preguntó cómo podía hacer para ser extra de cine. Yo le dije que no se lo recomendaba, que no la pasan bien, que no los tratan bien, pero me di cuenta de que tenía ganas de actuar. Cuando empezamos con la película la vi con tanta buena voluntad, empezó a traerme ropa para mi personaje, y ahí dije: tiene que estar. Le pregunté y me dijo que sí, entonces le inventé un personaje, que era la amiga, y ella chocha de trabajar en la película. Y en los videos me sorprendió. Yo la coacheo mucho, pero de pronto se mandó unas que la gente la empezó a amar. Te va a sacar el lugar, me decían.

En La odisea de los giles interpreta a la esposa del personaje de Ricardo Darín, un matrimonio damnificado por la estafa de un banco en 2001 que generó mucha identificación en el público. ¿Se identifica usted también con esa condición de gila?

Sí, yo fui uno de los giles que tenían plata en el banco. Todo el mundo me habla de la escena de la escopeta, y fue particular, porque fue una escena en donde (Sebastián) Borensztein me dijo que hiciera lo que quisiera. En principio la escena era con un palo, y a Ricardo (Darín) se le ocurrió, y me preguntó, si no me gustaría hacerla con una escopeta. Le dije que sí, obvio. Fue a preguntarle a la gente del lugar si había una escopeta, y había. Entonces la grabamos y yo me mando, cuando la hacemos, la puteada esa tremenda, y cuando terminamos Ricardo me dice (susurrando): No putees tanto. Le digo: Dale, dejame putear, no rompas. Como siempre se repiten las escenas le dije que le hacía una (escena) con, y otra sin. Y obviamente quedó la (escena) con, porque en esa puteada está la bronca de todos los giles más allá de lo que se ve, que es una mujer defendiendo a su marido.

¿La cambió en algo la vivencia de la pandemia?

Me cambió en algo bastante rotundo, porque me separé. Después no lo sufrí tanto, porque vivo en un lugar muy grande, con perros, con naturaleza, entonces el encierro de estar entre cuatro paredes, que volvía loca a la gente, no lo viví. Una cosa que me salvó mucho fueron los videos. Me puse a hacer videos a lo loco en pandemia, y eso me hacía estar conectada, con una actividad, recibía el cariño de la gente, aprendía muchísimo, porque editaba todo yo. Gustavo, mi pareja en ese momento, me ayudaba mucho con los videos, me hacía la cámara, armaba la escenografía, me hacía objetos. Pero incluso cuando me separé, seguí. Hay un video en donde tengo que hablarle a una supuesta mucama, y no tenía quién la hiciera. Entonces me puse una peluca en la pata y estaba así (estira la pierna hacia arriba), y es mi pie, porque no tenía a nadie. Cuando me vi sola dije: “no, no me va a poder esto”, vamos a hacer con lo que hay.

Dos locas de remate, del 3 al 5 de junio en el Teatro Metro. Entradas en venta en Tickantel.