Estilo de vida
Mitómanos o mentirosos compulsivos

Verdades a medida

Todo el mundo ha mentido alguna vez, pero ¿qué pasa cuando eso se convierte en una forma de vida?

16.02.2020

Lectura: 15'

2020-02-16T06:00:00
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Por Leonel García

"Le extendimos una confianza natural a quien, básicamente, no tenía conciencia. Nosotros, gente ocupada y amigable, no fuimos rival para un embaucador tan decidido". Así, sin disimular la bronca, hablaba el editor de la revista política The New Republic, Charles Lane, sobre su otrora reportero estrella Stephen Glass. Este periodista accedía a fuentes que ninguno de sus colegas podían, lograba describir situaciones con un nivel de detalle que parecían cinematográficos y conseguía historias de esas que el lector devoraba desde el título hasta el punto final. Era admirado y envidiado por compañeros de trabajo y competidores. Y era un fraude.

Este embustero, que solo tenía 25 años cuando su fulgurante estrella se apagó, mostró su verdadera cara luego de un reportaje titulado Hack heaven, publicado el 18 de mayo de 1998. Escrita de una forma en la que quedaba claro que Glass había presenciado los hechos narrados, era la historia de un adolescente de 15 años, Ian Restil, residente de Betheseda, un suburbio de Washington D.C., que era contratado por el gigante californiano de la informática Jukt Micronics, tras haber burlado la seguridad de su sistema e ingresado en él. El relato reflejaba un insólito diálogo en la sala de conferencias de un hotel, que aseguraba era el Hyatt de Betheseda, entre el chico -al que describía como una versión adolescente de Bill Gates, vistiendo la remera de un beisbolista- y los ejecutivos. "¡Quiero más dinero! ¡Quiero un Miata! ¡Quiero ir a Disney World! ¡Quiero el primer tomo de los X-Men! ¡Quiero una suscripción de por vida a Playboy y tirar la Penthouse!". Terminaba su reclamo-rabieta con la histórica línea de la película Jerry Maguire: "Show me the money!". Salvo a las que por edad no podía legalmente acceder, sus empleadores accedieron al resto de sus peticiones.

Era una historia muy buena para ser cierta, tanto que no lo fue. Adam Penenberg, un periodista de Forbes.com que cubría el mundo digital -y que se había ligado tremendo rezongo de su jefe por perder tamaña historia-, ávido por no perder terreno comenzó a investigar y descubrió enseguida que no había ninguna empresa, ni gigante ni pequeña, con el nombre Jukt Micronics. Confrontado Glass por su colega, deslizó la posibilidad de haber sido engañado aunque mostraba a quienes lo abordaban una página web de Jukt, muy pobre y notoriamente amateur, inadmisible en una empresa de ese ramo. Charles Lane, que ya sospechaba algo y que ya había recibido quejas por anteriores artículos del mismo escriba, fue hasta el Hyatt solo para descubrir que el día de esa supuesta reunión la sala de conferencias había estado cerrada. El propio Glass, el obvio creador del burdo website, incluso proporcionó un presunto teléfono de esa empresa donde atendía su propio hermano, cómplice del fraude. Luego de ser despedido se supo que de los 41 artículos que este periodista había escrito en The New Republic, una revista muy respetada, 27 eran total o parcialmente mentiras.

La historia de Glass -que fue llevada al cine y que pese al escándalo que causó no es única en su tipo; incluso en Uruguay ha habido casos de periodistas que fraguaban declaraciones e incluso entrevistas completas- es la de un mentiroso patológico. Según explica Ana Inés Bertón, integrante del Grupo Lacaniano Montevideo (GLM), personalidades neuróticas son más proclives a la mentira compulsiva. "Cuando uno elige mentir va a tener que hacer frente a situaciones donde deberá inventar recursos", agrega. Glass, en este caso, creó una (mala) página web y proporcionó un teléfono falso.

Todos mentimos en algún momento de la vida. Mentimos para no criticar el tatuaje de un amigo, para no poner más nerviosa de lo necesario a tu madre, porque ya no hay tiempo para que tu hermana consiga otro vestido o para contarle al nene el verdadero destino del hámster. Se miente para no causarle un daño al otro y de paso evitar un mal momento a uno mismo. Un niño miente para evitar el rezongo. Está el popularizado concepto de la mentira "blanca" o "piadosa" como algo socialmente aceptado; casi como un acto de corrupción pero por poca plata. "Pero por más piadoso que sea, estás manejando otro código. La mentira es mentira", subraya la psicóloga Elisa Di Giovanni. Además, la repetición hace a lo problemático, apunta su colega Magdalena Pereira: "Cuando la mentira se transforma en hábito y el cerebro ya procesa mentiras en piloto automático, ahí podemos hablar de algo patológico". La mitomanía -concepto referido por primera vez por el psiquiatra suizo Anton Delbrueck a fines del siglo XIX- es el término que se asocia a la mentira compulsiva, a la mentira como forma de vida y no para obtener una ventaja puntual en una situación, aunque no todos los profesionales acuerdan su uso.

Ni siquiera hay una idea de cuántas personas se pasan de la raya mintiendo. Hay "estudios" (así, a secas) citados en artículos de sitios web especializados que hablan de uno cada mil adultos, otros de 1%, 2% o 10% de prevalencia. Da la sensación de que nadie tiene mucha idea de cuántos mitómanos hay (aunque parecen ser legión).

Y hay mentiras que van muy lejos, que requieren mucho más que inventiva y buena memoria, y que no solo se explican por una personalidad insegura y de baja autoestima. Muchas veces, el mentiroso necesita ficcionar historias para resultar más atractivo o importante a los ojos del otro; más que para sí mismo, uno miente para los demás.

Formas de vincularse. Cecilia, de 24 años, había presentado a Raúl como su novio ante su familia (todos los nombres de pila han sido modificados para la nota, pero los casos son reales). Estaba enamorada pero la relación no avanzaba. No tenía cómo: el hombre era casado y no tenía pensado dejar a su esposa. Ella, que lo sabía, montaba frente a sus padres la fantochada de almuerzos dominicales con el presunto novio para satisfacer ante los suyos el mandato social. Acá hizo falta un cómplice -como el hermano de Stephen Glass-, que fue Raúl, que se prestaba para la farsa, sin que eso le produjera mayor dilema moral. Lo que quería, según quien la trató, era vivir algo así como una verdad paralela a medida, con el objetivo principal de complacer a sus padres.

"Ella quería vivir toda una estructura familiar de mentira, armó toda esa estructura para complacer a su familia, lo que le terminaba produciendo dolor, cansancio y angustia", cuenta a galería el psicólogo Richard Prieto. Cecilia fue su paciente. La verdad salió a la luz cuando ella misma decidió contarla. "Eso es algo que tiene que hacer la propia persona".

Autor del libro La verdad cura, Prieto es de la idea de que un mitómano necesita creer su propia mentira. "Es una forma de comportamiento y relacionamiento", afirma. La "verdad" -la que no es a medida- suele salir a la luz cuando la propia persona decide contarla, tras un proceso de deconstrucción de la estructura creada por ellos mismos. "Eso es un proceso muy personal".

Di Giovanni precisa que en patologías como la esquizofrenia, "el paciente genera una neorrealidad, vive una realidad diferente, te cuenta cosas que son mentiras aunque no las vive como tales". Magdalena Pereira, por su parte, sostiene que no existe tal cosa como creerse la propia mentira. "El que roba compulsivamente sabe que está robando, lo puede evitar o no; con la mentira pasa lo mismo, la persona es consciente de que está mintiendo. Y la situación va creciendo como si fueran muñecas rusas". Y será porque tengan patas cortas, porque caigan de su propio peso y porque nadie tiene tanta creatividad o memoria, la verdad siempre sale a la luz, subraya.

Hasta acá llegué. Hay veces que no solo alcanza con memoria y creatividad; a veces se requieren recursos económicos. Era el caso de César, que mantenía dos relaciones de noviazgo paralelas sin que, por supuesto, ninguna de las mujeres supiera de la existencia de la otra. "A ambas les había dicho que estaba soltero, siempre penaba por la falta de tiempo y de dinero para sostener su realidad", cuenta quien estuvo a cargo de su terapia.

Muchas veces, más que un cómplice, el mitómano precisa una válvula de escape que le ayude a sostener su realidad paralela. Un psicólogo es un buen candidato para ello. Elsa mentía siempre de una vida social muy agitada para ocultar sus severos problemas en el juego: mentía para no decirle a su familia que padecía ludopatía. "Vos un día podés decir que vas al médico, otro, que tenés un almuerzo, una reunión, un viaje, pero a la larga estás llamando la atención". Además, siempre lo hacía a la misma hora, lo que despertó las sospechas. Un día, una de sus hijas la siguió y la vio entrar al casino; ahí cerró todo, ahí hubo una explicación a la alarmante pérdida patrimonial.

Es que en algún momento, todo se descubre. Leticia, que pasa los 40 años, llevaba tiempo manteniendo en vilo a todos sus conocidos: decía que tenía cáncer, que se había sometido a quimioterapia, incluso se había rapado el pelo. Con eso había conseguido por años la atención de sus contactos, siempre atentos por los problemas de depresión que también sufría y se agravaban con periodicidad. Era histriónica y convincente, lo que ayudaba a la composición del personaje. Durante su última internación, por una depresión aguda, varios familiares y amigos cercanos se desayunaron de una realidad incómoda: ella nunca había tenido cáncer, algo que quedaba claro para cualquier galeno o quien tuviera acceso a su historia clínica. Varios conocidos de ella coinciden con la idea de que esta internación fue algo así como un blanqueo.

Esa actitud, muy similar a la de dejar "olvidado" el celular en la mesa, abierta la cuenta de Facebook en la computadora o una nota y recibo a la vista, no suelen ser descuidos involuntarios. Puede aparecer una factura o puede dejarse ver en la calle con una persona que no es la pareja. "En algún momento, la persona deja entrever que está mintiendo porque no lo puede sostener más", dice Magdalena Pereira. Es que también juega otro mandato social que se enseña desde la cuna: está mal mentir, el octavo mandamiento del decálogo judeocristiano lo prohíbe. Más tarde o más temprano, el mentiroso muestra la hilacha. Las notas del periodista Stephen Glass en The New Republic solían llegar repletas de quejas sobre supuestas falsedades -ante las cuales el medio cerraba filas tras su cronista estrella- y la esposa del editor jefe le había dicho a su marido que había dejado de leer sus artículos porque eran tan espectaculares que ya no le resultaban creíbles. Y las coartadas esgrimidas en el caso que supuso su caída -muy bien registradas en la película El fabulador, de 2003- eran tan endebles como atrapantes sus historias.

La psicoanalista Ana Inés Bertón, en tanto miembro del GLM, apela a la máxima de Jacques Lacan, esa que dice que "la verdad tiene estructura de ficción". En tal sentido, la verdad y la mentira son tales "según quien lo juzgue". A nivel formal está la Justicia; en la vida cotidiana, es más sencillo y complicado a la vez. De alguna forma, desde su propia perspectiva, cada uno forma su propia realidad a medida. "Todos nos armamos pequeñas ficciones para ser felices", concluye.

CÓMO DETECTAR A UN MENTIROSO

La experta estadounidense en lenguaje corporal y comunicación interpersonal Lillian Glass -sin relación de parentesco con el periodista Stephen Glass- enumeró en El lenguaje corporal de los mentirosos (2018) 11 maneras de detectar que la persona que está delante de uno está mintiendo a cara de perro.

Cuerpo rígido. Una persona gesticula y se mueve de forma inconsciente cuando está cómoda; cuando está tiesa como un palo, por el contrario, es porque tiene que mantener todo bajo control y, a la vez, prepara el cuerpo para defenderse de un ataque (las mentiras, se sabe, tienen patas cortas).

Repeticiones en el discurso. Ya sea de palabras o de frases enteras, como si uno también tuviera que internalizar lo que dice. Si la respuesta a una pregunta es, digamos, "confesable", la narración fluye naturalmente.

Demasiada información. Si hay mucho adorno en la respuesta, hay que desconfiar. Está el famoso dicho en latín: excusatio non petita, accusatio manifesta (excusa no pedida, acusación manifiesta). La idea es que una respuesta muy esquemática parece sospechosa, por lo que se muestran mucho, demasiado, colaborativos. Hay tristes ejemplos en los casos policiales.

Señalar como defensa. Si se sienten acusados, señalarán con el dedo al acusador. Es una manera de desviar la atención del discurso.

Mirada fija. Contrario a lo que se cree, el mentiroso no tiene por qué evadir la mirada. En su lugar, mira fijamente a su interlocutor, muchas veces sin parpadear más tiempo de lo habitual. Lo que busca es intimidar.

Boca seca. Un mentiroso reduce la segregación de saliva de la boca, reacción fisiológica habitual en casos de estrés. Y vaya que mentir durante un período largo de tiempo estresa. En una larga declaración, es habitual que el acusado tenga que pedir agua ya que le resulta difícil hasta hablar.

Moviendo las cabezas. Balancear o girar la cabeza de un modo muy notorio antes de responder una pregunta ya da para sospechar.

Respiración más pesada. Cuando uno miente y sabe que puede ser descubierto aumenta el ritmo cardíaco y la circulación de sangre. También el tono de voz es más grave y los hombros se levantan, a modo de defensa.

Taparse la boca. Para Glass, este gesto es instintivo. Sigmund Freud, en cambio, se haría un festín. Se cree que intenta mantenerse la mentira dentro del cuerpo, en un último (y fallido) intento de no faltar a la verdad.

Mover los pies. Si uno está sentado, el cuerpo permanece rígido pero los pies no pueden quedarse quietos. Es como si el mentiroso quisiera salir corriendo de ahí.

Tapar las partes débiles. Glass señala que un mentiroso suele pasarse la mano o cubrirse la garganta mientras habla, como si la estuviera protegiendo de un degüello. También puede pasar en otras zonas del cuerpo vulnerables o blancos habituales de ataques mortales, como el pecho o la cabeza.

LAS MENTIRAS EN LA CULTURA POPULAR

Pinocho. Es el personaje literario más ligado a la mentira. Es un muñeco de madera que cada vez que miente le crece la nariz. Si bien está asociado a la literatura infantil, se duda de que esa fuera la intención primaria de Carlo Collodi, su creador, ya que el relato original de Las aventuras de Pinocho, de 1881, es bastante cruel.

El pastor mentiroso. Esta es una fábula atribuida a Esopo, que habla de las consecuencias de mentir. Cansados de que el pastor bromeara a su costa diciendo que un lobo quería comerse a todas las ovejas, los aldeanos desoyen su verdadero pedido de auxilio. En las versiones más infantiles, el lobo devora todo el ganado; en las más crueles, también se merienda al pastor.

Obras maestras. Mucho decir la verdad, mucho no mentir, pero en el mejor libro de estrategia jamás publicado, El arte de la guerra de Sun Tzu (y que data del siglo VI A.C.), se tiene como una máxima que "El arte de la guerra se basa en el engaño". Este texto ha salido del ámbito bélico para meterse en el empresarial y comercial. En El príncipe (1532), Nicolás Maquiavelo, subrayaba que, de ser necesario, el gobernante debe ser capaz de mentir y saber disimularlo. Con los siglos, muchos políticos tomaron esto al pie de la letra. En la novela distópica 1984 (1949) de George Orwell, el Ministerio de la Verdad estaba dedicado a reescribir la historia según los dictados del gobierno autoritario de Oceanía a cargo del Gran Hermano.

Medicina. El llamado Síndrome de Münchhausen refiere a un trastorno consistente en inventar dolencias (e incluso autoinfligirse lesiones) para obtener la atención de la gente. Debe su nombre a Karl Friedrich Hieronymus, más conocido como el Barón de Münchhausen, un soldado alemán del siglo XVIII famoso por contar historias vividas absolutamente inverosímiles.

Televisión. La serie Lie to me (Mentime), que duró tres temporadas de 2009 a 2011 en la señal FOX, trataba de las investigaciones dirigidas por el doctor Cal Lightman, protagonizado por Tim Roth, un científico capaz de detectar quién mentía y quién decía la verdad.

Música. La mentira, sobre todo en su variante del desengaño amoroso, está presente en millones de canciones (de hecho, algunos artistas parecen no poder cantar sobre otra cosa). Sin embargo, bien uruguaya y bien relacionada a la mitomanía es Contando historias, de Níquel, del disco Gargoland (1991). Esta canción, escrita por Jorge Nasser, tiene estrofas como: Era muy bueno / contando historias, / tenía talento, / tenía memoria. / Era muy bueno / y se pasó / contando historias / que no vivió.