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Problemas pared de por medio

Vecinos: familia no pedida, amistad no escogida

Ruidos molestos y animales potencialmente peligrosos, los conflictos con quienes viven en el mismo edificio o en la casa contigua pueden terminar en la Justicia, en un drama o en una mudanza

13.01.2020 06:00

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2020-01-13T06:00:00
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Por Leonel García

El hombre vivía solo con su hijo de 16 años, adicto a la pasta base, en un séptimo piso en Pocitos. El chico también fumaba marihuana con un ritmo que le sería difícil seguir a Peter Tosh, lo que era notorio para los habitantes de los apartamentos cercanos como el de María T., publicista, que tenía una hija de un año y medio que para su disgusto se volvió toda una fumadora pasiva de cannabis.

Pero lo peor era sin duda su adicción a la "lata". "El padre no sabía qué hacer con él. Y cuando se iba a trabajar lo dejaba encerrado, sin llave, para que no le terminara vendiendo las cosas para conseguir droga". Una tarde, la abstinencia resultó insoportable y el joven juntó todas las sábanas que encontró para atarlas y poder bajar los siete pisos -casi 20 metros- desde su ventana hasta el suelo. En el quinto piso, una niña en edad escolar, que estaba jugando en su cuarto, lo vio y se agarró el susto de su vida, creyendo que era un ladrón que quería entrar a su casa. "Finalmente, el chiquilín llegó abajo, prepoteó mal al portero y logró que lo dejaran salir".

Como era tristemente habitual, el adolescente volvió a su casa días después, en un estado más calamitoso del que se fue. El padre tenía varios flancos abiertos: la adicción de su hijo, la furia de sus vecinos y su propia desesperanza. María T. no quiso ser testigo de más episodios de estos y se mudó con su familia.

Fuente inagotable para el humor (con El Chavo del Ocho como ejemplo paradigmático), las relaciones entre vecinos no siempre dan motivos de risa. En el Departamento de Mediación del Poder Judicial, los conflictos de familia y vecindad representan entre ambos, intercalándose el primer lugar, aproximadamente, 50% del total de casos atendidos por año, que son entre 4.000 y 5.000, según dice a galería su responsable, Fabián Modernell. El último informe anual presentado en mayo pasado por la Defensoría de Vecinas y Vecinos de Montevideo señaló que, en 2018, 22,9% de los reclamos fueron por temas de convivencia vecinal; eso fue una constante durante los cinco años que Ana Agostino estuvo al frente de esa repartición, hasta mediados de 2019.

Uno puede elegir no reunirse con sus amigos o tratar a su familia, pero sí o sí va a tener que volver adonde vive, junto a su vecino fiestero, amante del reguetón, fogoso y ruidoso sexualmente o, por el contrario, amargo como él solo. Para Modernell, un abogado con una maestría en Mediación Familiar que a su vez es sacerdote cristiano ortodoxo, la vecindad puede definirse como la convivencia entre personas con distintas vivencias y valores que "necesariamente" tienen que vivir juntas, medianera o pared por medio, aunque eso pueda extenderse a la misma manzana o barrio. "Uno puede elegir no ir al cumpleaños de su madre, pero no puede decidir si su vecino festeja o no el día que usted está de velorio", ejemplifica.

Batalla de olores

Carolina V., docente, presenció una verdadera guerra aromática en el inmueble en el que vivía, un edificio de seis pisos y siete apartamentos en el Buceo. El conflicto, que llegó a la Justicia, se inició cuando la mujer que vivía en el tercer piso, asmática ella, fritaba cerca del baño de servicio colocando las puertas de tal manera que el olor se fuera al palier. Su vecina del segundo, que odiaba cocinar, era la que se "fumaba" toda la fritura, y su represalia fue poner un fortísimo dispensador de perfume que no hacía sino empeorar la salud de la cocinera.

Como los problemas vecinales en un nanosegundo pasan a ser problemas comunales, cada una de las partes quería convencer al resto de los vecinos de que la razón estaba de su lado. Eso, recuerda Carolina, era lo peor. "¿Qué cosa más rica que el olorcito a comida?". "¿No ven que no se puede traer a nadie de visita con este olor a conventillo?". Con semejantes argumentos de peso, no es raro que la docente no recuerde quién fue el que ganó el litigio en la Justicia, que incluyó certificados médicos; la que sí perdió fue la convivencia. Con el tiempo, la mujer del segundo piso, que cada vez ponía más fuerte el aromatizador, se mudó.

En la Defensoría montevideana, los principales problemas de vecindad resultan los ruidos molestos y la presencia de animales potencialmente peligrosos, pero también son comunes las vertientes de aguas servidas y las desavenencias sobre el uso de la medianera (¿a quién le corresponde construir un parrillero?).

En la Mediación del Poder Judicial, si el problema es urbano, los ruidos molestos y las quejas sobre las mascotas del vecino también ocupan el primer lugar; si es rural, el tema de los límites y la presencia de animales en terrenos linderos se llevan la palma. Los animales que generan conflicto pueden ser ganado que pasta donde no debe, perros con muchas ganas de morder o gatos del vecino con ganas de usar casas ajenas de baño; incluso pueden ser más chicos.

El calor y las pulgas

Don Amílcar, octogenario largo y solitario, era un vecino en la esquina de Constituyente y Frugoni, allá por la década de 1990. Era un hombre de comunicación difícil ya que las décadas en Uruguay no habían hecho mella en su galego cerrado. No tenía familiares cercanos en el país. Tampoco tenía hábitos de higiene muy marcados.

Luis M., ingeniero, vivía en el segundo piso del mismo edificio. "Un día, no sé bien qué pasó, si le vino paranoia porque le querían robar o qué, vació todas las cosas que tenía en su cuarto en el pasillo. Un pasillo de seis metros por uno, donde sí o sí tenía que pasar, lleno de ropa, sábanas, cajones vacíos; había hasta una pistola vieja. Había como treinta centímetros de tela de alto". Era verano, Luis -que vestía bermudas- cruzó el pasillo como pudo y siguió hasta la puerta de salida. Pero antes de meter la llave comenzó a sentir una picazón infernal: se había llenado de pulgas.

"Iba a ir a un boliche pero terminé yendo a una farmacia. A la vuelta voy y lo encaro a Don Amílcar (este nombre fue modificado), que me negaba todo. ¡Pero los bichos estaban ahí!". El calor no hizo sino fomentar la epidemia. Luis tenía moquete en su apartamento y eso fue un paraíso para las pulgas. "Estuve lidiando como 20 días con ellas".

El Poder Judicial tiene 15 Centros de Mediación, cinco en Montevideo y 10 en el interior (tres de ellos en Canelones). Su locación es elegida, según su responsable, por ser lugares "con alta conflictividad en materia de familia". Hay 30 mediadores, dos por centro, especializados y capacitados. No tienen por qué ser abogados, mucho menos jueces. "Esta es una Justicia sin jueces", resume Modernell. No hay en todos los departamentos y no todos tienen la infraestructura adecuada. No es una asesoría, ni un alegado de parte, sino una mediación. Justamente, se busca acercar a las dos partes en disputa. "Pretendemos que sean las mismas personas las que se hagan cargo de sus problemas y sus soluciones porque son las personas más adecuadas, siempre que se esté dentro de la ley, claro".

En la Defensoría del Vecino, la locación se acuerda con el municipio correspondiente. Agostino recuerda cuando fueron a una carnicería a tratar de arreglar una queja por los ruidos de la cortadora. También en este organismo funciona un programa de Mediación Comunitaria a cargo de 15 voluntarios del Ministerio de Desarrollo Social. Eso permitió, añade, atender cosas cotidianas, reservando a otros organismos (como la Intendencia o la Cotryba, responsable del bienestar animal)las situaciones más urgentes.

"Nosotros vamos a los lugares donde pasan las cosas", cuenta a galería la actual defensora, María Elena Laurnaga. Esa sería la diferencia con la dependencia del Poder Judicial, que funciona en sus sedes. El éxito de estas mediaciones, subraya Modernell, supera el 90%. Eso se basa en que ambos actores en disputa tienen que estar de acuerdo con que haya una mediación, ya sea en la Defensoría del Vecino o en los centros del Poder Judicial. Claro que hay límites: "Si una de las partes es víctima de violencia ya no se puede mediar, ningún mediador lo hace, no se puede ser imparcial ahí", afirma el abogado y religioso.

Es que todo conflicto vecinal no es sino la punta del iceberg de problemas mayores, comunitarios, familiares y sociales, que exceden en mucho a dos personas.

Ruido, mucho ruido

Era sábado casi al mediodía y en el apartamento donde vivía el psicólogo Hugo S., el tres en un complejo de propiedad horizontal por la calle Hocquart, golpearon la puerta con insistencia. Abrió la puerta somnoliento y se encontró con la inesperada presencia de una mujer policía. "¿Fernández?". "No, no es acá". "Yo tengo que acá vive Fernández". "Mire, no soy yo". "¿Me puede mostrar su cédula?". "Sí... claro". Hugo mostró el documento que dejaba claro que era quien era y no otra persona. "Okey, disculpe". Pero antes de que la uniformada desandara todo el pasillo largo rumbo a la calle, el psicólogo recordó a sus vecinos de al lado, los del cuatro, los del fondo del corredor, los particularmente ruidosos. "Disculpe, capaz que la persona que busca es la de al lado", le dijo a la mujer.

El ventanuco de la habitación de Hugo, el mismo por donde se sentían clarito los amores y los reproches de los vecinos, transmitió la conversación de la agente policial con -ahora sí- Fernández: "Usted no se vuelve a sacar nunca más la tobillera".

A partir de ahí y hasta que se fueron, tres años después, la relación con sus vecinos -Fernández y su hermano, su madre, su pareja, la pareja de su hermano y una población flotante variada y variable- fue muy compleja, ya que comenzó a prestar atención al barullo de todos los días: golpes, insultos, gritos y amenazas. Alguna vez él debió salir a intentar calmar los ánimos, otra vez directamente denunció a la policía. Si la violencia no fuera suficiente, se sumaban los torneos de fútbol en la play station hasta la madrugada, la música a todo lo que daba y el perro que ensuciaba azoteas propias y ajenas. Cuando se mudaron -no sin dejar el departamento reducido a escombros- el vecindario festejó como si fuera año nuevo.

Un tema vecinal puede convertirse en un tema penal, asegura Modernell. Plantea el caso hipotético de un hombre que, cansado de trabajar todo el día, se convierte en asesino ante la insistencia de su vecino en poner la música al mango. "El hombre acumula frustraciones y, como es razonable, va a la Intendencia a plantear el problema porque tiene jurisdicción en ruidos molestos. El tema es que el inspector va a ir a la hora que pueda, no necesariamente cuando estén los ruidos. Puede ir también a la comisaría. Pero la Policía va una vez, dos veces y a la tercera directamente te sugieren que pases por la Fiscalía. El tipo sigue juntando bronca y frustración. Y en Fiscalía te hablan de recursos, pruebas... y esto es como la película de Michael Douglas, Un día de furia... Un día se descontrola, le mete dos balazos en el pecho y ahí, lejos de terminar un problema, genera uno muchísimo mayor".

El encargado de Mediaciones dice que es un caso hipotético, pero la crónica roja es rica en discusiones de vecinos que terminan en homicidios: 16 de setiembre de 2018 en Salto por el volumen de la música, el 4 de noviembre de 2012 en barrio Abayubá por una bordeadora de jardín, el 24 de diciembre de 2018 en Florencio Sánchez por ruido al cortar el césped, el 21 de junio de 2019 en Barros Blancos...

La mediación, según sus operadores, consiste en ponerse en la piel del otro, empatizar, buscar puntos de contacto. La solución pasa por cuestiones tan sencillas como correr el equipo de audio de lugar. "La tarea del mediador es lograr que cada uno sienta lo que siente el otro. A veces, conocerse -que no siempre pasa aunque sean vecinos- cambia mucho la situación. Y se refuerza el valor de la palabra: yo acordé esto y yo lo voy a cumplir", señala Modernell.

Con la experiencia que le dan cinco años en la Defensoría, Agostino se lamenta que la mayor cantidad de mediaciones responde a una realidad agria: cada vez hay más dificultad de dialogar entre vecinos. "No suele ser el diálogo el primer camino para resolver un conflicto, es por eso que el tema suele plantearse en una institución".

JUEGOS DE NIÑOS

Lejos de lo risueño y de lo conflictivo, hay historias de vecinos que también conmueven por lo humano, dejando huellas perennes en quienes las vivieron.

Florencia Pereira, periodista que hoy está en el mundo de la comunicación corporativa, vivía de chica en el Centro de Canelones, por la calle Tolentino González, frente por frente donde funcionaban las cárceles departamentales de hombres y de mujeres. Como toda niña, y más en el interior, Florencia jugaba con sus amigos en la calle. Desde una de las celdas de la Cárcel de Mujeres, un niño de entre seis y siete años, hijo de una de las reclusas, tan preso como su madre, tan inocente y tan incapaz de entender la realidad que le tocaba vivir, los insultaba cada vez que los veía. Al ver esa realidad, la madre de Florencia fue a hablar con las autoridades de la Cárcel: no lo hizo para quejarse, lo hizo para que ese niño y su hermana salieran a jugar con los otros, a disfrutar de lo que eran.

De esto hace más de 30 años. Las autoridades accedieron y los insultos se acabaron. "Los dos chicos, Darío y Jacqueline, comenzaron a salir a jugar con nosotros en las calles, a ir a nuestras casas. Nos hicimos amigos, se integraron al barrio, fueron a la plaza, supieron lo que era que les festejaran un cumpleaños -"con sorpresitas hechas con figuritas de los Cazafantasmas y de Frutillitas"- y conocieron la playa, en una casa que teníamos en Guazuvirá Nuevo. Era por el día, porque no podían quedarse a dormir de noche en ningún lado".

Los niños hijos de esa mujer -que había estado presa por una "situación familiar"- vivieron y disfrutaron lo que cualquier niño durante tres años. Un día, la mujer cumplió su condena y los pequeños fueron a despedirse de su barra. Fue temprano en la mañana, un beso, un abrazo y un hasta pronto a cada uno. "Nunca más los volvimos a ver".

ABUELOS POSTIZOS

Barros Blancos estaba mucho menos urbanizado que hoy en la década de 1980 y principios de los 90. Los padres de Pamela Bogao, hoy profesora de Filosofía, trabajaban todo el día y buena parte de la crianza de ella cuando niña fue "con los vecinos de enfrente".


Lola y Reinaldo, así se llamaban, eran un matrimonio de ancianos que no tenía ningún parentesco sanguíneo como Pamela. "Fueron más abuelos que mis abuelos desde la pura empatía. Estos dos viejos me iban a buscar a la escuela y me daban el almuerzo, y de tarde la merienda".

La infancia para ella significa Lola y Reinaldo. El hombre la llevaba hasta su casa de la escuela cruzando un campo. En esos tiempos, por ahí no había agua corriente, apenas había teléfonos y ni la cuarta parte de las casas de hoy. Es pensar en ellos y recordar el olor a guiso, la limonada excedida en azúcar, el mate dulce cebado con caldera y el pan con manteca y azúcar. "Reinaldo me convidaba a escondidas con vino suelto que compraba de a medio litro", se ríe la docente. Las tardes las pasaba bajo la parra o jugando con los animales de plástico que Lola coleccionaba, para gran fastidio de su dueña, que los cuidaba como si fueran las joyas que no tenía.

"Ya más de grande, Lola me vigilaba desde la ventana de su casa para ver si yo llegaba en hora del liceo. Y si no, me botoneaba con papá", recuerda Pamela. Cuando ella se fue a estudiar al Instituto de Profesores Artigas, el vínculo se fue diluyendo. "Con el tiempo comencé a recordar muchas cosas de esos veteranos, de los vínculos que había antes; no está bueno olvidarse de esa clase de gente. Si se quiere, esta es una forma de decirles gracias".