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MIRADOR / REPATRIADOS

Uruguayos que se encontraban en el exterior cuentan su experiencia de regreso a casa

La pandemia encontró lejos de su hogar a muchos uruguayos, que en vista del panorama internacional hicieron hasta lo imposible por volver a sus casas junto a sus familias. Algunos de ellos contaron a galería sus experiencias.

25.06.2020
2020-06-25T16:00:00
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Por María José Carricaburu

Adriana Santiago

En noviembre de 2019 Adriana hizo planes para cumplir un sueño que tenía hacía mucho, conocer Machu Pichu. En marzo de este año concretó la aventura junto a una amiga, pero la vuelta a casa fue algo diferente de lo que esperaban.

Las uruguayas tenían como fecha de regreso el 17 de marzo y hasta el 15 de ese mes en Perú todo transcurría con normalidad, el virus parecía algo lejano. Ese día visitaron Aguas Calientes, Machu Pichu y al final de la jornada emitieron sus tarjetas de embarque para el retorno, que sería el 17. Pero el 16 de marzo Adriana y su amiga amanecieron con la noticia de que el presidente de Perú, Martín Vizcarra, había anunciado el cierre de lugares públicos y aeropuertos a partir de las cero horas del 17 de marzo.

El 16 de marzo se trasladaron de Aguas Calientes a Cuzco en uno de los únicos dos trenes disponibles. "Fuimos directo al aeropuerto y era un caos, no dejaban entrar a pasajeros que no tuvieran vuelo para ese día y logré colarme. No reprogramaban vuelos y no nos informaban qué iba a pasar", cuenta Adriana, quien tras enterarse de que el Ejército desalojaría el aeropuerto esa noche decidió trasladarse con su amiga a un hotel que tenían reservado en la ciudad y ver cómo transcurría la situación.

Adriana publicó un video en Twitter y la contactaron otros uruguayos, también varados en Perú, con los que armó un grupo de WhatsApp que llegó a tener casi 100 miembros. Entre todos se contactaron con el consulado, la prensa, diputados, integrantes de cancillería y con toda persona que consideraron que podía ayudarlos. También hablaron por la radio, mandaron videos a canales de televisión y publicaron una carta al canciller, Ernesto Talvi; "creo que no nos quedó nada por hacer", sostiene Adriana.

Foto: Mauricio Rodríguez

A cada minuto las medidas de confinamiento en Perú se volvían más estrictas. "En un momento en el hotel nos dijeron que si queríamos ir a comprar algo, debíamos ir acompañados por alguien del personal", recuerda. Las principales preocupaciones de la mayoría eran lo que pasaría si alguno se enfermaba, y por cuántos días más les alcanzaría el dinero.

Finalmente, el sábado 21 de marzo a Adriana, su amiga y todos los uruguayos que se encontraban en la misma situación en Cuzco les llegó la comunicación que tanto esperaban: al día siguiente, un avión de Amazonas los traería de regreso a Montevideo. "Tuve que ir hasta la Comisaría acompañada del gerente del hotel a llevar una carta de la embajada para poder trasladarnos sin que nos detuvieran por el camino. Algunos fueron caminando, otros pudimos conseguir transporte, pero finalmente llegamos".

Tras cuatro horas de fila fuera del aeropuerto, dos horas más adentro y diversos controles de temperatura e higiene, las uruguayas abordaron el vuelo de regreso a casa y se reencontraron con sus familias en Montevideo. Para Adriana, más allá de los nervios del momento, fue una experiencia enriquecedora en distintos aspectos; "la situación dio muestras de muchísima solidaridad entre quienes estábamos varados, la respuesta de cancillería fue muy rápida, y conocí gente muy linda de distintas partes del mundo".

Gabriela Bujanda


Gabriela viajó a Australia en febrero del 2017. Vivió medio año en Sídney trabajando de bartender y moza, otros seis meses en Port Douglas desempeñándose como moza y encargada de caja en un hotel boutique y luego se mudó a Brisbane. Allí permaneció los últimos dos años trabajando de niñera y tutora privada de Español de un niño, y en la rueda gigante The Wheel of Brisbane, donde sacaba fotos y vendía tickets.

A principio de marzo de este año, la rueda gigante y los negocios dedicados al ocio y entretenimiento cerraron por orden del gobierno y Gabriela se quedó únicamente con su trabajo de niñera part time y sus ingresos se vieron reducidos considerablemente. Así fue que tomó la decisión de volver a Uruguay, al menos por un tiempo, para estar junto a sus seres queridos en una situación tan particular.

"Pasé un mes bastante desesperante. El consulado organizó vuelos humanitarios desde Sídney o Melbourne, lo que implicaba tener que trasladarme desde Brisbane a esas ciudades. El problema era que se daba el aviso uno o dos días antes de que el vuelo saliera, y la frecuencia de los vuelos domésticos de Brisbane a Sidney era de una vez por semana, por lo que nunca llegaba a tiempo", relata Gabriela, quien desde hace algún tiempo contaba con un pasaje de Brisbane a Montevideo que por el momento no había podido utilizar.

Finalmente, esta vez con una semana de antelación, el consulado anunció un vuelo humanitario operado por Latam desde Sídney a Santiago de Chile, con conexión Santiago-Montevideo en el Hércules de la Fuerza Aérea Uruguaya. "Fue otro periplo porque había pagado el tramo Brisbane-Montevideo pero ni el consulado ni Latam me daban respuesta de cómo llegar a Sídney. Fue después de mil mails y llamadas a Latam que conseguí un lugar en un vuelo Brisbane-Sídney para el 28 de abril", cuenta Gabriela.

El vuelo para el tramo Sídney-Santiago, en el que viajaban uruguayos, chilenos y brasileños, partió al día siguiente y duró aproximadamente 17 horas. A modo de anécdota, Gabriela contó a galería que en todas esas horas y por el contexto la comida consistió únicamente en dos sandwiches y los tripulantes no pasaban con bebidas como suelen hacerlo normalmente.

"El vuelo del Hércules fue increíble por lo novedoso de la experiencia. Obviamente no es un avión comercial, pero pese a esto viajamos muy cómodos; podés extender las piernas porque los asientos no son a lo ancho sino a lo largo. Además, si bien es ruidoso porque no tiene aislamiento sonoro, el vuelo sobre la cordillera, que normalmente tiene mucha turbulencia, lo pasó olímpico", cuenta Gabriela, quien destaca el trato amable de los dos integrantes de la FAU que iban en cabina con ellos y les contaron sobre la historia del avión.

Gonzalo Caraballo


Foto: Mauricio Rodríguez

Estaba residiendo desde octubre del año pasado en el barrio Trinidad de Asunción, Paraguay. Llegó allí para
desempeñarse como gerente de Desarrollo Comercial en la misma empresa del rubro de asistencia al viajero para la que trabajaba en Uruguay. Pese a las altas temperaturas, Gonzalo se había adaptado a su nuevo país de residencia, pero de un momento al otro, a causa de la pandemia, el rubro al que se estaba dedicando se congeló y se quedó momentáneamente sin empleo. Entonces tomó la decisión de regresar.

El gobierno paraguayo decretó la cuarentena obligatoria, lo que incluía cierre de fronteras, por lo que Gonzalo aguardó algunas semanas para ver si la situación mejoraba, pero las medidas de confinamiento eran cada vez más rigurosas. Evaluó volver en auto por Argentina, pero ya era tarde para esa opción. Decidió entonces ponerse en contacto con el consulado en Asunción y quedó en lista de espera para vuelos humanitarios.

La tarde del 20 de abril se comunicaron con él para informarle que tenía la posibilidad de viajar el día siguiente a las cinco de la mañana. Dado esto tuvo que, en pocas horas, resolver varios asuntos con rapidez: le dejó el auto a un amigo, dejó su apartamento -que por suerte había alquilado amueblado- y se dirigió al aeropuerto.

"Volví en un vuelo de la Fuerza Aérea Paraguaya, una avioneta monomotor. Sucede que en esas fechas el Hércules fue a Venezuela a repatriar uruguayos y venezolanos residentes, y por la cooperación entre países también llevó a Montevideo a brasileños, argentinos y paraguayos a quienes más tarde los irían a buscar de sus países de procedencia. En ese marco fue que la avioneta de la Fuerza Aérea Paraguaya, que iba a buscar a sus ciudadanos a Montevideo, nos trajo a mí y a un par de uruguayos más".

Gonzalo destaca la experiencia como la mejor que ha tenido en vuelos. "Viajar en una avioneta te deja sensaciones únicas que no las tenés en vuelos comerciales, en los que vas como encapsulado. No voy a negar que me dio cierta desconfianza cuando la vi, de hecho había un jet estacionado que pensé que era el que nos traería de regreso y me dijeron que no, que ese era el avión presidencial", cuenta. Además, destacó que el vuelo estuvo a cargo de una pilota que estaba siendo entrenada por el capitán: "Me pareció muy bueno, ya que no había visto nunca a una mujer piloteando vuelos, ni comerciales, ni militares. Parece que de a poco los tiempos van cambiando y para bien", señala.

Victoria Nande


Foto: Lucía Durán

Se encontraba en Singapur haciendo el viaje de egresados de su universidad cuando empezaron las complicaciones a causa de la pandemia y las fronteras comenzaron a cerrarse. Dada la situación, ella y sus compañeros de viaje tuvieron que suspender la visita a destinos como Filipinas, Maldivas, Sri Lanka, Malasia y Japón, hasta que en un momento las fronteras de Japón se volvieron a abrir y tomaron un vuelo a Tokio.

Para Victoria, la situación, además de grave, fue muy triste: "Al principio estaba negada con la vuelta, había sido un año y medio de trabajo planeando el viaje. No quería volver, pero las esperanzas de seguir viajando iban desapareciendo. El 6 de abril me encontraba en Sapporo (Japón), con fiebre alta, tos y mucho dolor en el cuerpo. Tener coronavirus era algo lejano en mi pensamiento, creía que tenía una gripe intensa, pero los síntomas eran claros y supe de qué se trataba", cuenta Victoria. La preocupación por su estado de salud les ganó a las ganas de seguir con el viaje y ahora sí estaba segura de querer volver a casa.

En el caso de Victoria, regresar no fue tan complejo. La joven había escuchado de un vuelo con escalas que llegaba a Montevideo, por lo que se comunicó con la agencia que se ocupaba de su viaje y ellos gestionaron su pasaje de regreso con las conexiones correspondientes. Solo tuvo que transferir una suma en dólares para reservar su asiento en el avión.

Victoria describe su retorno como eterno. "El primer vuelo fue de Tokio a Doha (Catar) con una duración de 12 horas. En Doha tuvimos una escala de dos horas y 45 minutos donde me bañé y comí. De Doha a San Pablo el vuelo duró otras 16 horas", explica la joven, que finalmente, después de casi tres horas de escala, embarcó en el último tramo de su regreso y llegó a Montevideo a reencontrarse con su familia. "Me acuerdo de estar aterrizando en Uruguay con una mezcla de sensaciones que nunca había vivido. Se me caían las lágrimas. Estaba muy feliz de haber llegado a mi país después de todo lo que pasamos, y al mismo tiempo sentía una gran tristeza de no haber podido culminar mi viaje".

Camila Laborde


Foto: Mauricio Rodríguez

Estaba viviendo en New Plymouth (Nueva Zelanda) desde mayo de 2019, con la Working Holiday Visa. Cuando los casos de coronavirus comenzaron a aumentar, Camila trabajaba en un restaurante y empezó a preocuparse por lo que pasaría con su trabajo y sus ingresos.

El lunes 23 de marzo el gobierno de Nueva Zelanda comunicó por cadena nacional que comenzaba la fase tres de la alerta sanitaria y que en 48 horas comenzaría la fase cuatro, que implicaba el aislamiento obligatorio. "Cerramos el restaurante y me fui a mi casa con mucha incertidumbre y con la esperanza de que la situación fuera pasajera", cuenta Camila. Preocupada, la joven sintió que necesitaba volver a Uruguay y decidió contactar al canciller Ernesto Talvi o a alguien de cancillería que pudiera ayudarla. "Hice un tuit pidiendo ayuda y logré mi cometido, varias personas de cancillería y periodistas se pusieron en contacto conmigo", relata Camila.

Del consulado y cancillería le pidieron que fuera el nexo entre ellos y el resto de los uruguayos que querían volver a casa y ella aceptó el compromiso. "Reuní a un grupo grande de uruguayos que estaban varados y no podían volver, eso iba a hacer que nos prestaran más atención: no era lo mismo ser uno que ser 20. Me contacté con cada uno, recibí sus datos, pasaportes, nombres, tickets cancelados, dónde estaban, y mandé todo en una sola planilla a cancillería", contó Camila a galería, para quien no fue nada sencillo encarar ese rol y sentir la angustia de los compatriotas que estaban en la misma situación que ella.

Dada la complejidad del asunto, puesto que era difícil conseguir un avión con las capacidades de cruzar el océano Pacífico, cancillería insistía en que los uruguayos siguieran intentando conseguir vuelos comerciales. Así fue que la madre de Camila consiguió uno de Latam para el 7 de abril. El 30 de marzo a las 15 horas su madre entró a la web de la aerolínea para ver el estado del vuelo y vio que lo habían cancelado y reprogramado para las 9.30 de la mañana del 31 de marzo.

"Casi infarto. Estaba a cinco horas del aeropuerto, faltaban menos de 24 horas para el vuelo y tenía que resolver qué hacía con mi casa, mi auto, mi trabajo y armar las valijas, pero supe que era mi última oportunidad, así que arreglé todo como pude y manejé cinco horas, durante toda la noche, para llegar al aeropuerto", recuerda. "Pasé unos nervios horribles manejando sola en medio de la cuarentena, sin nada que justificara mi viaje, esperando que los policías creyeran en mi palabra de que tenía un vuelo a Uruguay. Además la carretera estaba horrible, con niebla; sentí miedo y mucha ansiedad".

Finalmente Camila llegó a Auckland, donde se encontró con otros uruguayos y ya no se sintió tan sola. Desde ahí viajaron hasta Chile, donde tuvieron una escala de 10 horas hasta que, finalmente, llegaron a Montevideo.

La visión desde el comando


Martín Campoamor participó en la operación Todos en Casa como comandante del C-130 Hércules, completando un total de siete vuelos y más de 100 horas de vuelo sobre los países del continente sudamericano con el objetivo de traer a los uruguayos y residentes a sus hogares. El piloto, que destacó el trabajo y la responsabilidad de todos los hombres y mujeres de la Fuerza Aérea que participaron en la operación, califica la experiencia de "increíble". "Cuando se comenzaron a planificar estos vuelos estábamos repletos de esperanza, teníamos la gloriosa misión de cumplir las operaciones de transporte y de ayuda humanitaria a través de una auténtica vocación de servicio. Poder cumplir con esto es de lo más noble que puede haber para un integrante de la Fuerza Aérea. En mi caso significaba hacer lo que me gusta, que es volar, y al mismo tiempo brindar ayuda a los compatriotas", sostiene el también edecán de la vicepresidenta de la República, Beatriz Argimón.

Campoamor dijo a galería que más que un deber y obligación, este tipo de misiones son un orgullo para la Fuerza Aérea. "Después de lo vivido en estas misiones podemos decir que nos encontramos en condiciones de continuar las tareas que se nos impongan con la misma capacidad profesional, con el mismo espíritu de siempre, para contribuir con el desarrollo de nuestro país y con la responsabilidad de garantizar la continuidad del cumplimiento de las misiones que nuestra Fuerza Aérea le da a nuestra querida patria", concluyó.