Cultura
Ghierra Intendente

Una recorrida por las calles de Montevideo con el artista Alfredo Ghierra

Alfredo Ghierra acaba de inaugurar la tercera edición de su muestra Ghierra Intendente donde explora, junto con otros artistas, diferentes problemáticas que aquejan a la ciudad

18.09.2020

Lectura: 15'

2020-09-18T07:00:00
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Por Alejandra Pintos

Alfredo Ghierra abre con una sonrisa la puerta de su casa de principios de siglo XX y me invita a pasar. Su interior es abrumadoramente bello. En él conviven dos tiempos en perfecta armonía: muebles antiguos con las alacenas modernas, molduras originales con paredes de colores pop, tazas antiguas con una cafetera de última generación. Es un espacio ecléctico y un excelente reflejo de su dueño. Atravesamos el living, que está a oscuras a esta hora del día, y llegamos a la cocina. Son las 11 de la mañana y el sol da de lleno en ese ambiente, el corazón de la casa, donde se ubica una gran mesa que suele ser el centro de cenas y reuniones. El artista baja el volumen de la radio, que tenía prendida desde antes de que llegara, me invita un café y, sin apuro, se sienta a fumar un tabaco.

Días atrás inauguró la exposición que lleva su apellido, Ghierra Intendente, en la que venía trabajando desde hacía un año (ver recuadro). Después del frenesí que implicó montar una muestra en plena pandemia, en un espacio diferente al original -la mudaron del Centro Cultural España al Espacio de Arte Contemporáneo-, se encuentra atravesando un período de cierta calma. Al menos hasta que empiece su siguiente proyecto. "Cuando veo que me lleva puesta la marea, trato de pegar el frenazo. Una de las cosas que aprecié de la cuarentena fue el llevar una vida más lenta sin culpa. Me leí Guerra y Paz, miré Lo que el viento se llevó y lo que pensaba mirando estas obras es que fueron escritas y filmadas en una época en la que el tiempo corría a otra velocidad. Hay una cuestión que subyace en todo lo que hago que es el tiempo. Todo es tan frenético -no necesariamente implica algo malo-, pero la forma que uno tiene de aprehender la realidad es tan distinta cuando vos te tomás un tiempo extra. Cuando me preguntan qué hemos logrado, yo creo que es que la gente mire, que se tome su tiempo", reflexiona.

Termino mi café, Ghierra se pone un saco azul marino y salimos a recorrer Montevideo, la ciudad que él tanto ama. Camina más lento que el ciudadano común, pero es porque quiere absorberlo todo. Está acostumbrado a recorrer las ciudades a pie desde siempre y, de hecho, no sabe manejar. "Esta es una ciudad muy doméstica y a escala humana. Hay detalles que solo se pueden ver cuando estás caminando, si no, entre el tránsito o el teléfono en el ómnibus, no le prestás atención. Lo que termina quedando es que la ciudad está manchada, decadente. Pero solo a este paso, al mismo paso que fue hecha, se puede apreciar".

A unas pocas cuadras del punto de partida se detiene frente a un caserón antiguo, algo venido a menos, pero que apenas lo ve le saca una sonrisa. "Te quiero mostrar la casa donde vivía mi abuela, soltera", explica y agrega: "Al lado había un terreno baldío y resulta que en ese terreno se juntaban los exolímpicos a hacer asados. Ahí me imagino que mi abuela se asomó al balcón y se hicieron ojitos con mi abuelo. Esto fue en los años 30, mi abuela ya tenía 30 años, estaba para vestir santos. Mi abuelo tenía 11 años más que ella y ya había viajado por todo el mundo. Tuvo esa vida de dandy hasta los 40 y poco. Después se casó con mi abuela, tuvo a mi papá y mi tía y vivió otros 40 años como padre de familia. Siempre me gustó la vida que tuvo".

Seguimos caminando por Punta Carretas, el barrio en el que creció y al que volvió a vivir hace ocho años, cuando le compró a la familia de una amiga de la infancia la casa con guiños Art Nouveau que habita hoy junto con su pareja y cinco gatos. "Me acuerdo cuando era más barrio, vos no venías a Punta Carretas a menos que tuvieras algo que hacer. Desde 21 de Setiembre hasta el faro después de las seis de la tarde era un desierto, la calle era de alguna forma nuestra", dice con cierta nostalgia. Sin embargo, asegura que, aunque pudiera, no volvería al pasado. Prefiere el presente, porque la esperanza de vida nunca fue tan larga, ni la clase media tan numerosa, ni las posibilidades tan vastas.

En cierto sentido, es difícil entrevistar a Ghierra. Cada pocos pasos se encuentra con alguna reja que le fascina, una ventada colocada en un sitio inesperado o un friso que nunca había visto. No puede evitar detenerse ante viejas conocidas -como un caserón con una fachada absurdamente hermosa sobre San Salvador, la única propiedad por la que cambiaría su propia casa- o ante nuevos hallazgos. "Es un delirio esta ciudad", suelta entre risas en un momento.

Es que el artista, que estudió Arquitectura y Bellas Artes, está en una constante búsqueda por la belleza. Quiere encontrar cosas hermosas, disfrutarlas, compartirlas y conservarlas. Tiene una sensibilidad especial y un ojo entrenado, por eso, le duelen esas cosas que atentan contra la armonía, las demoliciones, los edificios nuevos que no respetan el entorno, los carteles puestos en medio de una fachada antigua, las aberturas de cedro reemplazadas por las de aluminio, los aires acondicionados puestos sin criterio y la vandalización de las paredes. A medida que camina va haciendo una edición constante, pensando en qué mejoraría si pudiera.

"Estas son dos calles de mi infancia, Estigarribia y Cullen", dice al llegar a Bulevar Artigas a la altura del puente Sarmiento. "Me parece un lugar muy lindo y me gusta ver cómo de una forma muy simple vos podés crear un ambiente de alta calidad urbana. Esos diseños de pavimento son de la época del arquitecto Juan Antonio Scasso, cuando dirigía Paseos Públicos de Montevideo. Y no lleva nada, simplemente es hacer las veredas con cantos rodados y pasto y plantar hermosos árboles", explica.

Más adelante se encuentra con una de sus cuadras favoritas, por la calle Juan Manuel Blanes, pasando Bulevar España y dice: "Esto es la gloria, cuando ocurre esto encontrás que hay belleza. Porque la belleza radica en una armonía y en una repetición de cánones. Acá tenés una cuadra entera de casas estándar, misma altura, mismas aberturas, todas más o menos restauradas, guardadas por una hilera de plátanos, con buen ancho de vereda. Eso crea belleza. Cada una per se puede ser más o menos linda, es el conjunto. Se crea un ambiente, una magia de lo que es lindo. ¿Por qué estamos eligiendo esta calle para caminar y no otra? ¿Cuál es el misterio? Simplemente es que hay armonía".

Su obsesión con la arquitectura, sin embargo, dista de ser banal o superficial -a diferencia de lo que se suele asumir cuando se habla de belleza, una palabra muy bastardeada en su opinión-, sino que es un elemento más para hablar de temas que subyacen a la sociedad. "Las ciudades, por ser el escenario de la vida de las personas, acarrean la dificultad de mezclar en su génesis arte y convivencia, redes de circulación y comunicación con espacios íntimos impenetrables, injusticia y ética. Una ciudad es su gente, todo lo demás es una escenografía, una escultura, un parque temático o una ruina. Porque justamente las ciudades son las personas que las habitan", escribe en el prólogo del catálogo de Ghierra Intendente. Cómo las personas viven la ciudad, cómo la transitan, cómo la tratan, habla mucho de la sociedad, de la ideología, y eso es lo que le interesa al intendente ficticio.

Foto: Adrián Echeverriaga.

¿Ya no se busca la belleza?

Lo que pasa es que hasta decirlo sonroja. Durante la mayor parte de la historia de la cultura occidental la búsqueda de la belleza era el motivo, llamale Dios, llamale espíritu. Eso viene de los griegos, que decían que lo bello era bueno. Eso duró hasta las vanguardias del arte, hasta que pasaron cosas que nos transformaron para siempre. Desde la fotografía a la ley de la relatividad. Ahí la búsqueda del arte dejó de ser la belleza y en la arquitectura también. Pasó a haber otras búsquedas, lo funcional, por ejemplo.

Pero incluso lo funcional de los 60 no es lo mismo que lo funcional de ahora.

La cuestión esa de que la forma sigue a la función con el tiempo se ha transformado en una falacia, porque queda claro que nosotros como especie no solo comemos y dormimos, también nos alimentamos de estas cosas.
Mirá esta casa, cuando la hicieron no pertenecía a una familia rica. Todos estos ornamentos no son inútiles, son los que la hacen tan particular y parar a mirarlos es lo que nos hace humanos. El vitraux de la puerta, las falsas columnas, las rejas. Nada de lo que te llama la atención y de lo que te gusta es necesario, entre comillas. Y te tengo una mala noticia, nada de lo que estamos viendo está protegido.

Es muy humano querer que tu casa sea lo más linda posible.

Exacto, y una cosa muy linda de estas épocas es que adentro hacían la casa como querían y a la ciudad le regalaban la fachada. Se respetaban las líneas con las casas de al lado. ¿Por qué ese edificio es tan feo? Porque no respeta nada de lo que había. Es un bodoque, revestido con loza de baño, con rejas y cerca eléctrica. ¿Cómo no se inspiró el arquitecto en las casas que había al lado?

¿Es un cambio de concepción?

Es un cambio de paradigma. Yo tengo la teoría de que cuando se construían esas casas se estaban haciendo hogares; ahora lo que se construye es mercancía, que además son hogares. Se invirtió todo. Antes era un hogar que además era una inversión, ahora es una inversión que además puede ser un hogar.

¿Y qué pasa con el espacio público?

El Parque Rodó es la prueba de que cuando vos usás la ciudad, la salvás. Puede estar más o menos cuidado, le han cambiado la iluminación, le prestan atención. El mayor porcentaje de aprobación de esta administración es con el espacio público, invirtieron mucho, hay una plaza alucinante en Maroñas, otra en la falda del Cerro, en la rambla de Palermo, en Capurro. Si la gente lo usa es porque había hambre de esto y porque está bueno. A mí me gustaría acá -en el Parque Rodó, cerca del Defensor, que lo fundó mi abuelo- hacer una estructura de hierro liviana y plantarle glicinas para que cada primavera florezcan. Tenemos un proyecto que es la peatonalización de las calles internas del Parque Rodó y otro que es recuperar las casetas policiales abandonadas.

¿Queda mucho por hacer en Montevideo?

Para mí lo que tiene Montevideo que otras ciudades no, es que lo más difícil ya está, vos no tenés que inventar esta arquitectura. Básicamente lo que tenés que hacer es entender que esto está bueno, que no se encuentra en otro lado. Porque también está esa cosa nuestra de siempre Europa es mejor y en Europa hay otras cosas que están buenas, pero esto no está. Ellos entendieron la importancia de conservarlo. No lo hacen solo por conciencia, que sí, pero también porque es un negocio, porque por tener todo como aquello la gente los visita, se sacan fotos, se filman películas, pasa de todo, se crea una industria turística, cultural, cinematográfica, de museos. Yo creo que se trata de la sumatoria de las acciones pequeñas, no hay que tener grandes presupuestos sino empoderar a la gente y darle el derecho a hacer las cosas, ayudarla a hacerlo.

Imagen del proyecto Cultura en escombros, de Eric Schaffner, integrante de Ghierra Intendente.

¿Qué te pasa en lo personal cuando ves que están demoliendo una casa?

Me duele como si estuvieran pegándole a alguien. Me llega en un lugar que no sé explicar, sobre todo si es una casa valiosa. Me imagino la sensación de agarrar un mazo y darles a esas molduras preciosas. Hay una falacia, porque dicen que construir crea trabajo -a costa de perder patrimonio-, pero ¿no creás trabajo también restaurando y cuidando? Otra cosa que no sé por qué no se hace es un relevamiento de la ciudad en el que determinen qué se puede destruir, qué es inarreglable o no tiene ningún valor, y qué hay que conservar. Y favorecer que ciertas propiedades se mantengan y reciclen.

Con las redes sociales de Ghierra Intendente lograste que la gente tome un poco más conciencia de eso.

Sí, de las cosas que logramos es que demoler hoy no sea indiferente, que no se la lleven de arriba.
Se produjo un fenómeno curioso con los adornos de globos de nieve que hacés utilizando edificios emblemáticos como el Salvo y el Teatro Solís. Creo que contribuye a tener un sentido de pertenencia con Montevideo.

Eso creo que también te lo da viajar, ¿no? Vos vas a cualquier ciudad y todas tienen un souvenir y no necesariamente feo, sino cosas interesantes que te dan ganas de tener. Montevideo por esa falta de autoestima no tiene mucho de eso. Yo como artista me tengo que inventar el salario todos los meses; entonces, en lugar de vender una obra por mucho dinero, vendés varias por menos, es democrático. Prendió porque no había. Lo mismo pasó con el libro que hicimos con Magdalena Martínez, Montevideo, la bella durmiente. Era un riesgo hacer un libro guía sin fotos, con dibujos, en la época donde Google Maps te dice todo. Pero resulta que no, que Google no tiene todo.

¿Es importante enamorarse de tu propia ciudad?

Ahí está la militancia, no sé cómo llamarlo.

¿Tu hilo conductor?

Mi hilo conductor, porque no importa lo que haga, así trabaje en solitario o en colectivo, la ciudad siempre está ahí, en el medio.

Somos la ciudad

Es la tercera vez que Ghierra hace esta suerte de performance en la que se presenta como candidato a intendente de Montevideo -algunos, incluso, creen que es verdad-, pero que en realidad se trata de un proyecto artístico que desarrolla desde 2010 cada vez que se acercan las elecciones departamentales. En esta oportunidad, el lema de la campaña es "Somos la ciudad", una frase que habla de la importancia de apropiarse de la capital.

Hace unos días, su propuesta se materializó con una muestra colectiva en el Espacio de Arte Contemporáneo (EAC). Ghierra es el curador general y trabaja en conjunto con otras cuatro curadoras de áreas específicas: Magela Ferrero para artes visuales, Ana Inés Maiorano para arquitectura, Agustina Bello para diseño industrial y Daniela Calcagno en dirección de arte. El equipo coordina unas 50 propuestas que giran en torno a tres ejes temáticos: periferia, ecociudad y patrimonio, y se distribuyen en diferentes espacios del EAC, que se pueden recorrer de martes a sábados de 13.00 a 19.00.

Tuviste contacto con varios candidatos. ¿Cómo reciben las propuestas?

Sí, con todos, es parte de la performance. Los cambios que nosotros estamos planteando tienen más que ver con lo cultural, son a largo plazo. El centro del asunto es el punto de vista, el apropiarse de la ciudad, va más allá de las propuestas concretas.

Para la exposición establecieron tres ejes temáticos, uno de ellos es la periferia. ¿Por qué?

No voy a hacer como los candidatos, que discuten quién fue más a los cantegriles. No niego quién soy, de dónde soy y cómo fui formado, pero cerrar los ojos a las realidades de la periferia sería ser muy necio. En las áreas periféricas de Montevideo hay de todo, no solo asentamientos. Hay barrios de clase media, hay clubes deportivos. Hay mucha estigmatización. Y, por otro lado, la ciudad consolidada está llena de periferias. Dimos la vuelta en Blanes y San Salvador y había tres personas durmiendo en la calle. También están las pensiones, los migrantes, los deliveries. Muchas veces las investigaciones sobre pobreza remiten a los asentamientos, pero no a la pobreza estructural que hay en la ciudad consolidada.

¿Qué tienen en común quienes integran Ghierra Intendente?

Todas las personas que se han acercado desde el inicio, desde la edición de 2010 a hoy son personas que tienen como una de sus preocupaciones o interés la ciudad de Montevideo. Nunca son personas indiferentes, no importa del palo que vengan ni la actividad que tengan. Lo que sí me dicen es que en cada edición aprenden chorradas. Desde mirar un plano hasta estilos de arquitectura.

¿Cómo hacen para no repetirse en cada edición? ¿Cambió la ciudad en estas tres ediciones?

Bueno, sí hubo una mejora cuantitativa y cualitativa de los espacios públicos. Lo que pasa es que las cosas que planteamos aun en 2010 todavía están vigentes, todavía podríamos plantearlas en 2020. Después hay cosas que con la aceleración del conocimiento y la tecnología cambian. Me acuerdo de que en la edición pasada unos ingenieros presentaron un proyecto de car sharing eléctrico, en el momento era un delirio y cinco años después era normal.