Cultura
San Valentín

Un museo le rinde homenaje a las relaciones rotas

El Museum of Broken Relationships, en Zagreb, Croacia, expone recuerdos de relaciones rotas de todas partes del mundo; ejemplares únicos que evidencian con dolor, humor negro o un dejo de venganza el fin de un amor

14.02.2021 07:00

Lectura: 8'

2021-02-14T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

"Cuando me mudé, a la otra punta del país, me llevé la tostadora. Eso te dará una lección. ¿Cómo vas a hacer las tostadas ahora?" dice la tarjeta que acompaña al electrodoméstico, hoy convertido en pieza de museo. Los vestigios materiales de una relación amorosa no siempre adquieren la forma de osito de peluche o anillo de compromiso, y el Museum of Broken Relationships (Museo de las Relaciones Rotas sería su nombre en español) es prueba de eso. Desde su inauguración en Zagreb, Croacia, en 2006, ha ido reuniendo una colección de más de 4.000 ítems de corazones rotos de diversas procedencias. En 2010 fue elegido el museo más innovador en los European Museum Awards, y es uno de los más populares de Croacia. Desde hace cinco años tiene también una sede en Los Ángeles, y sus muestras itinerantes han hecho escala en más de 50 ciudades, entre ellas Tokio, Shanghái, Pristina, Melbourne- y Toronto.

La historia, como era de esperarse, empieza con un final.



El origen. Olinka Vištica (productora de cine) y Dražen Grubišic (escultor) tenían un conejo. El propósito de Honey Bunny, este animalito de juguete, era acompañarlos en los viajes que no pudieran hacer juntos, y posar en las fotos para enviarle al otro. Así de enamorados estaban. Cuatro años después de conocerse, cuando decidieron poner punto final a la relación, se preguntaron mutuamente quién se quedaría con el conejo. La ruptura había sido en buenos términos, y ninguno quería renunciar a ese souvenir; era una prueba de que su amor había existido, y eso lo hacía valioso. Querían un lugar para guardarlo que fuera seguro, pero que lo alejara lo suficiente para dejar de ser un recordatorio constante del desmoronamiento. Empezaron a buscar en Google opciones sobre qué hacer con recuerdos de ese tipo y lo único que encontraron fueron sugerencias de rituales para prenderlos fuego. A nadie se le había ocurrido aún rendirles homenaje a los restos de un amor que ya no es.

"Al principio tenía miedo de que solo nos llegaran cartas, juguetes de peluche y cartas aburridas", contó Grubišic a ABC de Australia, pero cuando empezaron a recibir las donaciones para el proyecto quedaron asombrados por "la variedad de emociones y por las diferentes formas en que las personas aman y se separan".

Aunque gran parte del acervo del museo responde a historias de amor romántico, hay también restos de vínculos familiares y amistades rotas. "Los museos pueden ser sobre ti y sobre mí. Agregamos un valor democrático e introdujimos el amor como herramienta para aprender sobre el mundo", dijo Vištica a National Geographic.

La propuesta, que transformó a estos exnovios en amigos y socios del emprendimiento, es catártica. Los textos que acompañan los envíos son pura descarga de emociones contenidas que al fin encontraron un destino, un interlocutor (o miles). Es práctica. Se requiere mucho coraje para tirar al contenedor esa vieja cajita de madera con cierre secreto en forma de criatura mitológica conteniendo una carta con mil guiños desgarradores. Enviarla a un museo, en cambio, no solo hace más fácil el desprendimiento, sino que le agrega un sentido de propósito. Ser parte, como dice la web (brokenships.com), de "la creación de una historia emocional colectiva".
Hay un subtexto en todo el relato de la iniciativa que alude a esa decisión interna de agradecer que algo sucedió, en lugar de lamentarse porque terminó. Una publicación de la cuenta de Instagram del museo (@brokenships) cita un poema de Mary Oliver: "Para vivir en este mundo / tienes que ser capaz / de hacer tres cosas / amar lo que es mortal; / abrazarlo / contra tus huesos sabiendo / que tu propia vida depende de eso; / y, cuando llegue el momento dejarlo ir, / dejarlo ir".

La colección. El museo se ubica en el antiguo palacio del pintor croata Count Kulmer, una bella mansión barroca, y su colección está en constante evolución gracias a los aportes de particulares, que es de donde se nutre. Los objetos son anónimos y se exponen junto a la historia (sin editar) que adjunta su dueño. Esa es toda la información que se ofrece; los relatos son totalmente subjetivos, pero están cargados de la honestidad y a menudo el candor que viene asociado a una ruptura. O de la ira.

Se exponen solos, despojados. Los ronda un aire de melancolía y la sensación de abandono que se percibe cuando se hurga en un baúl de objetos perdidos. Sus dueños ya no están allí. Su momento de esplendor ya pasó. Ahora están condenados a conformarse con su valor testimonial y su capacidad de conmover.



Un enano de jardín (que terminó cascado al volar por los aires el día que se terminó un matrimonio de 20 años); un envoltorio vacío de galletas de la fortuna adherido a un vaso de Starbucks de alguien que debió haber estado más atento a la predicción "Debes aprender a leer entre líneas"; esposas forradas en piel; una galleta de jengibre; un stiletto; un hacha que se usó para destruir los muebles en un acceso de furia; y un vestido de novia desecho y guardado en un frasco de conservas. Una bicicleta, un dinosaurio de juguete, un par de botas gastadas, un paquete de pop, una cafetera, una tableta de antiácidos y un viejo celular Nokia ("Me dio su teléfono móvil para que no lo llamara más").

"En el hospital de Zagreb conocí a una trabajadora social joven y ambiciosa del Ministerio de Defensa. El amor comenzó cuando me ayudó a conseguir ciertos materiales que, como inválido de guerra, necesitaba para la prótesis de la parte inferior de mi pierna. La prótesis duró más que nuestro amor", dice el texto que la acompaña.

En un rincón, junto a una mochila de paracaidista que llegó desde Finlandia se puede leer: "Lo conocí en mi primer salto en paracaídas. Estaba muy asustada pero este hombre atractivo que fue mi instructor para saltar en tandem me salvó. Nos encantaba jugar en el cielo y nos amábamos. Después él murió en un accidente de paracaidismo".


Los aportes. El museo recibe contribuciones desde cualquier lugar del globo, e incita a hacerlo desde su página web. Lo primero es llenar un formulario, en el que se explica que todas las donaciones se vuelven parte de la colección permanente del museo (aunque no garantizan que se pongan en exhibición), y no tienen devolución. Una vez aceptados estos términos, se completan los campos requeridos: nombre, país, ciudad, e-mail, teléfono, cuál es el objeto que se enviará, duración de la relación y por último la descripción/historia, que piden se escriba en la lengua materna para que el relato conserve la "esencia". Después, según explican, se recibe un mail de confirmación con las instrucciones para el envío.

"El amor y las rupturas son una parte tan importante de nuestras vidas, pero no sabes nada al respecto. Solo estás librado a tu propia experiencia. Si tienes buenos padres o buenos amigos te van a ayudar, y si no...", dijo Grubišic en una entrevista con el canal de YouTube Atlas Obscura. "Es como esa frase famosa que dice que todos somos felices de la misma manera, e infelices de una manera especial".

Aunque todas las historias tienen el mismo final, la invitación es a conocer el viaje y las emociones que dejó el derrumbe, y a constatar que si hay algo que nos iguala en este mundo, son las chances de terminar con el corazón roto. Y, después de un tiempo, de volver a intentarlo.

 

EL GIFT SHOP

En 2017, Vištica y Grubišic seleccionaron los 200 ítems más relevantes del museo para integrar el libro The Museum of Broken Relationships, Modern Love in 203 Everyday Objects, un libro objeto con las fotografías y las historias de esos ítems, que puede conseguirse en Amazon por 20 dólares.

Pero el merchandising del museo es mucho más amplio y verdaderamente creativo. En la web brokenships.com se pueden comprar varias soluciones metafóricas para el mal de amores. Está, por ejemplo, el kit Break the spell (Rompe el hechizo), que cuesta 25 dólares y contiene una goma de borrar con la inscripción Bad memories eraser (Borradora de malos recuerdos), el desodorante en crema Make a fresh start (Comienza de nuevo), el bálsamo labial Honey mouthed (Boca de miel) y una tote bag que dice Love break repeat (Amar, romper, repetir).



Estos ítems también pueden comprarse por separado, entre otros tantos, como el jabón exfoliante Peel it to heal it (Pelarlo para sanar), el gel de ducha Pain down the drain (Dolor por el desagüe), el paraguas TearsProof (A prueba de lágrimas), la cadena con dije Change of heart (Cambio de corazón) y el marcalibros Turn over a new leaf (Da vuelta una nueva página).

Fotos: Museum of Broken Relationships