Estilo de vida
Calma en el mediterráneo

Un hotel en la isla del Giglio: el proyecto y cambio de vida de una pareja ítalo-uruguaya

Ubicado frente al puerto de la Isla del Giglio, el hotel de la uruguaya Flaminia Pérez del Castillo y su esposo, el italiano Flavio Caprabianca, es la realización de un nuevo proyecto de vida

17.04.2021 07:00

Lectura: 10'

2021-04-17T07:00:00
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Por Sofía Supervielle

Resguardada por la costa oeste de la bota italiana y abrazada por el mar Mediterráneo, se encuentra la isla del Giglio. De tan solo 24 km2 y 1.500 habitantes, comparte las aguas cristalinas con las populares e inmensas Córcega, Cerdeña y Sicilia. Pocas personas conocían de su existencia, hasta que el crucero Costa Concordia naufragó en sus orillas en 2012. De la noche a la mañana, la isla fue tapa de todos los medios internacionales. La gran ayuda de los giglienses en el rescate fue tal que la isla fue condecorada, al año siguiente, con el máximo galardón civil italiano: la Medalla de Oro al Mérito Civil.

Esta isla heroica es un tesoro escondido en el archipiélago toscano que, con su paisaje silvestre y casas coloridas, logró robarle el corazón a Flaminia Pérez del Castillo y a Flavio Caprabianca, una pareja ítalo-uruguaya que decidió darle un volantazo a sus vidas. Vendieron todo lo que tenían y compraron un hotel en ruinas, situado en la oculta isla del Giglio.

De padre uruguayo y madre italiana, Flaminia vivió entre el país sudamericano y la capital italiana hasta su adolescencia. Comenzó la carrera de Sociología en Montevideo y culminó sus estudios en Roma. Instalada en esa ciudad, trabajó 10 años dentro del espectro de la moda y la publicidad, con marcas como Dolce & Gabbana y Gucci. En paralelo y también en publicidad, el italiano Flavio trabajaba para la casa de moda Valentino. Inevitablemente, sus caminos se cruzaron. Tiempo después de conocerse, hace unos 12 años, decidieron fundar juntos una agencia de publicidad. Con 40 empleados y teniendo de clientes a Hugo Boss, Samsung, American Express y las marcas de lujo antes mencionadas, el éxito fue creciendo por minuto. La agencia se extendía cada vez más y los clientes no paraban de llamar. Era un trabajo que los hacía viajar por todo el continente y Flaminia había logrado su mayor objetivo de convertirse en CEO.

Sin embargo, con el correr de los años, lo que antes era divertido o un sueño hecho realidad, fue perdiendo su encanto. "Dejábamos cualquier plan de lado con tal de seguir trabajando. Perdió el sentido, vivíamos estresados y para nuestros clientes", recuerda Flaminia. "Nos parecía que era un ritmo para llevar con 20 o 30 años. Con más de 40 y dos hijos, queríamos darles prioridad a otras cosas", agrega.

Comenzaron a buscar una casa de fin de semana, para poder desconectarse de la vida ajetreada. Recorriendo el Mediterráneo, descubrieron la pequeña y tranquila Giglio, un lugar en el que abundaba el verde por estar cubierto de olivares y viñedos. Se enamoraron de ella y en 2008 compraron una casa allí. Iban cada vez que podían y Giglio se volvió su refugio. "Es muy auténtica y se preserva mucho. Pocas islas tienen su integridad", describe Flaminia. "Quienes más nos hicieron cuestionar el estilo de vida que llevábamos fueron nuestros amigos de Giglio. Tenían una vida mucho más simple y extremadamente feliz. Nada que ver a nosotros", reflexiona. "Tenían tiempo para estar con sus padres, sus hijos, sus hobbies. Llegábamos y siempre estaban en la buena".

Al mando de no solo una sino dos agencias de publicidad, Flaminia y Flavio empezaron a soñar con un cambio de vida. "Muchas personas nos miraban con admiración, pero la realidad era que no teníamos una vida muy linda", confiesa ella. Bajo el hechizo isleño, volvieron a explorar el Mediterráneo, pero con otro objetivo: encontrar una casa con varios cuartos y alquilarlos. Lo que nunca se imaginaron fue que, al poco tiempo de emprender este posible cambio de vida, un viejo hotel de Giglio se puso a la venta. En la isla solo hay seis hoteles y son todos de familias locales. Por lo tanto, es prácticamente imposible que haya un hotel en venta.

Pero en 2018, el que está frente al puerto de la isla se remataba. Fue el centro de rescate del Costa Concordia, donde se alojó el equipo responsable de retirar el barco en 2014. El hotel quedó abandonado y destruido. "Apareció la oportunidad y no la podíamos dejar pasar. No buscábamos algo tan grande pero el destino decidió por nosotros", asegura Flaminia. No había mejor isla para su proyecto porque, además del vínculo emocional que comparten, Giglio no sufre de overtourism ni se encuentra extremadamente construido como el resto de las islas. En solo seis meses, vendieron sus dos agencias y su apartamento en Roma. Después de varios papeleos y de luchar contra la burocracia italiana, el hotel era de ellos. "No fue nada fácil largar más de 10 años de trabajo y esfuerzo, pero quería encontrar algo que me hiciera feliz", dice ella.

Flavio se despidió de todos sus trajes y corbatas, y se mudó a la isla para comenzar con la restauración del hotel. Se habían propuesto terminarlo para la siguiente temporada, que va de junio a agosto, siendo este último el punto alto del verano. Mientras tanto, Flaminia se quedó en Roma terminando el papeleo de las agencias y acompañando a sus hijos, que tenían que seguir yendo al colegio. "No sé cómo, pero lo logramos. Había días que pensaba que no podía más, que de alguna manera todo eso me iba a comer", recuerda ella.

"Pero siempre estuve entusiasmada y feliz. De que el proyecto tuviera éxito, nunca tuve mucha duda", agrega.
Comenzaron con la obra el mismo año que adquirieron el hotel. Había sido construido con poco presupuesto en la década de los 50, por lo que la reconstrucción fue total. Lo único que pudieron salvar fueron algunas lámparas de hierro y el ascensor, pero el resto se volvió a construir. Tanto fue así que 58 camiones llenos de escombros salieron en ferry desde la isla para poder vaciar el hotel. Es el edificio más alto de la zona y es lo primero que se ve cuando uno llega a la isla. Tiene una planta baja, cuatro pisos y una terraza que cae sobre las rocas, con vistas de 180 grados sobre el puerto y la bahía.

Bajo las órdenes de la arquitecta uruguaya Rosario Magariños, Flavio y su equipo trabajaron día y noche para reformar el edificio y poder abrir en 2019. Se remodelaron todos los cuartos -26 habitaciones y tres suites- para que tuvieran un metraje que alcanzara las cuatro estrellas. "Teníamos una idea clara de cómo lo queríamos y a ella le apasionó. Lo pudo traducir en el proyecto arquitectónico. Todo el proceso de reconstrucción fue muy personal: elegimos cada detalle con ella", comenta.

Flavio trabajó con sus manos hasta donde no pudo más. Recorrió bosques en busca de madera para construir la mesada que se extiende a lo largo de la terraza, diseñó y construyó varios muebles. Algún otro mobiliario fue enviado desde el norte de África y la vajilla viajó desde Inglaterra. "Tratamos de que el hotel tuviera esa informalidad cool, que para mí tienen las cosas en Uruguay. Es un estilo muy difícil de encontrar en los hoteles italianos, porque aquellos que son lujosos son muy formales. Nosotros no queríamos algo formal. Queríamos algo con materiales naturales, diseños simples y que fuera joven", aclara la dueña.

Finalmente, lograron construir un hotel boutique en un año: en julio de 2019 inauguraron La Guardia, que es el nombre que llevan los edificios del archipiélago que miran hacia el puerto. Era apenas su primera temporada y el hotel ya se había reservado en su totalidad, incluidos dos huéspedes uruguayos. Al año siguiente apareció la pandemia. Sin mucha esperanza y con bastante incertidumbre, La Guardia abrió nuevamente sus puertas en junio de 2020 y su capacidad se volvió a colmar.

La mayoría de sus habitaciones son dobles, ya que es un lugar muy apreciado por las parejas. El precio promedio es 250 euros la noche, pero puede variar según la temporada. Por ejemplo, en agosto alguna suite puede llegar a costar más de 500 euros la noche. Sin embargo, las reservas no se detuvieron en setiembre y se trabajó todo el mes como si fuera temporada alta. Esto no fue lo único que sorprendió a sus dueños -y al resto de los italianos. Giglio fue de las únicas áreas del país en las que hasta ahora no hubo ni un caso de Covid-19.

"Nunca se me ocurrió que se me iba a dar bien la hotelería. Me fascina. Si te gusta viajar, es espectacular porque conocés a un montón de gente de todas partes del mundo. Como es un hotel chico, termino conociendo a todos", comenta Flaminia. Ella se encarga del trabajo administrativo y le encanta instalarse en la terraza para trabajar. De esa manera, puede charlar con los huéspedes, servirles un café o un spritz. El público que visita La Guardia es gente que se mueve en los ámbitos creativos. Van arquitectos, fotógrafos, directores de cine y actores. A Flaminia le gusta darles tips sobre qué ver y visitar, porque "al ser una isla poco conocida, tiene muchos lugares escondidos". A la hora del atardecer, Flaminia se suma a la clase de yoga con los huéspedes y luego se prepara para el aperitivo: ese ritual tan italiano de tomarse un trago antes de cenar. En ese momento del día es cuando la terraza de La Guardia se convierte en un lugar al que la gente de la isla quiere ir para tomar algo, picar y escuchar música.

A casi dos años de la apertura, este hotel de diseño aparece en revistas célebres como Arquitectural Digest o Elle Decor. Forma parte de la plataforma inglesa, Mr & Mrs Smith, que incluye los hoteles más cool del mundo; y de Tablet, la guía Michelin de los hoteles.

Lejos de haber sido un proceso tranquilo y fácil, la pareja logró su objetivo de tener la vida gigliense que, según Flaminia, es hasta mejor de lo que se imaginaba. "Me gusta contar esta historia porque creo que mucha gente no cambia su vida porque tiene miedo. Me costó mucho decidir hacerlo. Cuando lo hice, tuvimos momentos más que complicados, pero siempre supimos que esto era algo que, al menos intentarlo, ya valía la pena", señala. "Tener una vida en la que estás contenta contigo misma te cambia todo, incluidos a quienes te rodean". Ahora tiene tiempo para ayudar a su hijo más chico en las clases online y Flavio puede ayudar a su madre, cosas que antes eran inviables.

Si esta temporada es tan buena como la anterior, les gustaría remodelar la fachada en el próximo invierno, sacándole las tejas del primer piso, que fueron agregadas en los años 70 y creen que no suman a la arquitectura de La Guardia, entre otros varios proyectos que tienen en mente para el futuro.