Personajes
Entrevista

Tomando nota con Jorge Fossati

Con las Eliminatorias de fondo, el último entrenador de la Celeste antes del Proceso Tabárez habló de cómo cambió el fútbol uruguayo, de vivir en diferentes culturas y de la fe

24.10.2020

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2020-10-24T07:00:00
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Por Leonel García

En 1985, siendo arquero de Rosario Central, popular equipo argentino con hinchas famosos como Fito Páez, Alberto Olmedo, Roberto Fontanarrosa y el Che Guevara, Jorge Fossati comenzó a anotar en cuadernos, en blocs, en papeles, todo lo que veía relacionado al fútbol. Todo incluye ideas, tácticas, charlas técnicas, filosofías de conducción, ejercicios, trabajos de pretemporada, hasta menús. "Lo hacía desde la cabeza de un futuro entrenador, siendo todavía jugador", cuenta este hombre de 67 años que jugó en seis países y dirigió en siete, incluyendo dos selecciones nacionales, en el living de su apartamento en Pocitos, con una vista espectacular de la rambla a su derecha y el silencio activo de las Eliminatorias Sudamericanas frente suyo, en un televisor que es casi una pantalla de cine. 

"Yo quería ser entrenador y desde esa fecha comencé a anotar cosas", dice el último técnico de la Celeste antes de Óscar Tabárez. La tomó casi desahuciada en las eliminatorias para Alemania 2006, remó mucho y murió en la orilla. También fue campeón del cuarto mojón del último quinquenio de Peñarol, en 1996, uno de los responsables de transformar a Liga de Quito de Ecuador en un grande de América, campeón en Paraguay con Cerro Porteño y todo un símbolo del Al Sadd de Catar (donde ganó todo a nivel nacional y de Asia), país sede de la próxima Copa del Mundo. "Yo recuerdo que tendría 20 o 21 años, estaba en Peñarol, y (el técnico) Hugo Bagnulo me escuchó hacer un comentario sobre un rival. 'Jorge, en el fútbol no hay una sola verdad. Respetá todas las ideas porque todas son válidas. Cada uno busca ganar los partidos a su manera', me dijo y me quedó en la memoria". Capaz que en realidad ahí comenzó todo, reflexiona en voz baja.

Fossati da la bienvenida minutos después de la-goleada-que-pudo-ser-peor de Ecuador a Uruguay en Quito. No surgirá de él ningún comentario de ese partido, aunque la selección, de cuyo cambio posterior se siente partícipe, será uno de los temas de una charla larga y distendida. Hablará sobre distintas culturas, ciudades, fe, convicciones, nomadismo profesional, relacionamiento con los jugadores y la veta artística y social de su esposa, Adriana Rodríguez, cuyos cuadros de marinas y de caballos adornan todo el departamento, compitiendo en número con las fotos familiares. Antes de entrar, invita a limpiarse los zapatos en unas alfombras bien propias de estos tiempos delante de su puerta. "Aunque hay quien dice que esto sirve poco, yo qué sé". Se lo ve cómodo -remera, jogging y medias blancas sin championes- y se lo nota cómodo también. Técnico de River Plate desde 2019, el fútbol subyace en todo el diálogo; literalmente, porque el Flaco, como lo llaman, tiene un ojo puesto en la jornada de eliminatorias.

Hace 15 años usted también estaba en Quito, dirigiendo a la selección en las eliminatorias. Fue un 0-0 que mantenía las esperanzas de ir a Alemania 2006. Estaban Omar Pouso, Mario Regueiro, Gustavo Varela, Guillermo Rodríguez, jugadores que quizá hoy muchos no recuerden. ¿Qué reflexión le merece?

De aquellos tiempos no tengo ningún problema de hablar de lo que sea. Aquel grupo de futbolistas está en mi galería de ganadores, más allá de que no tuvieron ninguna medalla, más allá del tercer lugar en la Copa América 2004 y una segunda ronda de eliminatorias invicto. Después de ese partido le ganamos a Argentina y pudimos ir a jugar el repechaje contra Australia, que lamentablemente se perdió por penales. Nunca vi antes ni vi después un caos semejante en la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF). A la Copa (en Perú) poco menos que fuimos en ómnibus, no había logística. Un grupo de clubes se reunía en el Náutico como si fuera una AUF paralela, los dos grandes amenazaban con irse a jugar a Argentina. Y ese grupo salió fortalecido de eso. 

La Copa América 2004 le permitió a un cascoteado Uruguay recuperar la fe; entre los dirigidos por Fossati estaba Diego Forlán.

Hoy la selección tiene otro apoyo, sobre todo popular.

No preciso irme al hoy, ya en 2005 era otra cosa. Antes había una prédica impulsado por algún sector de la prensa que decía que los jugadores del exterior no tenían "hambre" y que solo venían por plata. Eso provocaba un divorcio total entre la afición y la selección. Yo fui a todos los programas a combatir esas mentiras. Los jugadores no ganaban plata por venir acá. Y quienes decían que había que convocar jugadores locales buscaban el negocio, ¡porque no hubo ni habrá mejor vidriera que la selección! La solución - lo dije en la prensa- hubiera sido que la AUF, los dirigentes que pedían jugadores locales, cerraran el período de pases al exterior por tres años. ¡Llegaba a hacer eso y me deportaban! Ahí el aficionado, que no es tonto, se dio cuenta; pudo escuchar otras voces. 

¿Y cómo se siente hoy al ver la selección?

Feliz de ver que por lo que se peleó por mucho tiempo hoy es una realidad. Hay organización, logística. Y sobre la empatía con los jugadores... en 2004, en la primera práctica de mi primer partido, se lesionó el Chino (Álvaro Recoba) y no pudo jugar. Íbamos al Estadio por Avenida Italia y veíamos los carteles: "Chino cagón". Esa era la empatía. Pero ya en 2005, tras ganar el primer partido del repechaje, nos vamos del Estadio al aeropuerto rumbo a Australia y esta rambla estaba llena de gente. "Vamo' arriba Uruguay". Ya era otra cosa. Fue una semilla. Por suerte, después desde la AUF dejaron de tener de enemiga a la selección.

Se pensaba que usted seguía, más allá de la eliminación por penales con Australia.

Cuando termina todo, (el entonces presidente de la AUF, Eugenio) Figueredo me dice de arreglar por otros cuatro años. Yo quería seguir pero no me parecía ético firmar un contrato con un Ejecutivo al que le quedaban seis meses de mandato; además, no teníamos actividad... pah, gol de Venezuela (ante Paraguay)... no, no, lo anularon... Entonces le dije de esperar a junio de 2006 y ver. Eso sí: le dije que el día antes de firmar quería reunirme con los clubes. Había que pedir cosas que no había y hoy hay porque son lógicas: un avión chárter y que los jugadores vengan del exterior en clase ejecutiva. ¡Hoy se hace eso! ¿A quién se le ocurre mandarle un pasaje a (Luis) Suárez para que venga de Europa en clase económica? ¡Al Chino (Recoba) se lo hacían! Luego de la eliminación ni salía de mi casa, estaba muy mal, y me convencieron de ir a Catar invitado a conocer el país, las instalaciones y ver si arreglaba con el Al Sadd. Lo hice pero por cinco meses, hasta junio, porque dejé en claro que tenía palabra con la AUF. En el viaje de regreso, me encuentro en la escala en San Pablo con Figueredo y su familia que se iban a Estados Unidos. Le cuento todo esto que le dije, que arreglé en Catar por cinco meses y que en junio estaba disponible. Luego pasó lo que todo el mundo sabe (en marzo de 2006 Figueredo contrató como técnico de la selección a Oscar Tabárez, en el cargo hasta hoy). Yo no soy quién para juzgar. Cada uno actúa según su saber y entender.

Y de esas cosas por las que usted luchó, ¿no le genera bronca que se hayan contemplado después que se fue? 

No. La selección no es mía, no es de Tabárez, ni de Juancito ni de Pedrito; es de los uruguayos. Si pudimos colaborar en algo para que se mejorara...

Fossati dirigió a Peñarol en dos etapas; en la primera, en 1996, salió campeón uruguayo.

Un trotamundos nacido en Goes. Nacido el 22 de noviembre de 1952, el Flaco se hizo arquero en las canchas de bitumen del Colegio San Miguel, de su barrio, Goes. No era alumno pero asistía a sus oratorios festivos.  Ahí, entre deportes y otras actividades, también profundizó su fe católica. "Un verdadero maestro de la vida para mí fue un hermano salesiano, diácono, no sacerdote, Mateo Graña. De ahí salió Mateo Méndez, que luego trabajó en el INAU". En el baby era nueve, con su altura era imparable. Una vez, jugando por la confitería Lion D'Or, su actuación mereció aparecer en su casa con una cajita de masas. "Para mí, era como traer la copa del mundo".  

Goes también fue su equipo en básquetbol y llegó a jugar en Primera. "Yo era muy alto para la época. En esa entonces era pivot, ¡hoy no sería ni base!". Pese a su identificación con Peñarol -donde estuvo entre 1973 y 1980, salió varias veces campeón y llegó a la titularidad pese a compartir puesto con nenes como Walter Corbo, un juvenil Fernando Álvez y el mismísimo Ladislao Mazurkiewicz-, solo se dice hincha "de Goes y de la selección uruguaya". De hecho, en el bar contiguo a su living, la única alusión a que ahí vive un hombre del deporte es un viejo banderín de ese club que perteneció a su suegro, expresidente de la institución. Sí, Goes también le presentó a la que desde hace 45 años es su esposa, madre de sus tres hijas y abuela de sus siete nietos. Cuando firmó su primer contrato en Rampla Juniors, a los 16 años, debió optar por el fútbol. 

La charla vuelve a ese punto de inflexión de fines de 1985. Fossati ya había cuidado los arcos de Independiente (Argentina), Millonarios (Colombia), Olimpia (Paraguay, donde nació su hija menor) y Green Cross (Chile). Lo habían contratado de un Rosario Central que había bajado a la B en Argentina -todo un impacto- y tenía que subir. El Flaco fue el arquero titular de un equipo que sale campeón en la segunda división casi caminando. Pero en ese momento se reestructura el fútbol argentino y de diciembre a junio de 1986 el club queda sin actividad. "Nos querían dar a todos a préstamo y yo dije que no me iba a ningún lado, que entrenaba con las inferiores igual, tenía a mi familia adaptada, a mis nenas en el colegio. Y ahí, junto a otro compañero, comenzamos el curso de entrenador. Y desde ahí anoto cosas".

Con la vuelta de la actividad, Fossati comenzó como titular en el torneo que también acabaría con Central campeón, ahora en la A. Pero un duro incidente con un dirigente, quien habría tenido unos comentarios desagradables hacia él y habría presionado para darle la titularidad a otro arquero (según el Flaco, que ese mismo directivo había traído), termina con su aventura rosarina a fines del 86. 

"Como sea, ya como jugador tenía la costumbre de atender bien al entrenador porque luego, yo en la cancha, tenía que ordenar a mis compañeros desde el arco. ¿Cómo lo iba a hacer si no tenía claros los conceptos? Yo siempre pensé que una de mis funciones más importantes era ubicar a los jugadores de mi equipo... mirá, gol de Paraguay...". 

Fossati es un prócer para la Liga de Quito; obtuvo la Recopa Sudamericana con Ulises de la Cruz.

Hombre de mucha fe. En Rosario, la familia había pasado tan bien que Adriana y las niñas se fueron entre lágrimas. Y el nuevo destino del padre, el Avaí de Brasil, en principio no las seducía. "Vos las veías en Carrasco y parecía que se iban al cadalso. ¡Y estaban yéndose a Florianópolis! Por supuesto, después no querían volverse", se ríe el Flaco. 

"De Rosario sí me fui llorando, pero Florianópolis fue hermoso. De Floripa a Curitiba (donde Fossati terminó su carrera de jugador, en 1990) extrañamos mucho; era distinto el clima, el colegio de las nenas... Quito, en Ecuador, fue espectacular a nivel humano. En Catar yo hacía mi vida normal, capaz no me ponía un short si iba a un shopping. Vos siempre tenés que hacer un hogar en el lugar en el que estés", apunta Adriana Rodríguez.

Jorge, luego de vivir en media Sudamérica, en Catar y en Arabia Saudita, ¿qué lugar le gustó más para vivir? 

Yo me adapto a todos lados, pero a nivel familiar en Rosario lo pasamos notable, de Floripa luego no se querían volver. Después como entrenador, ya solo con mi señora, como experiencia de vida, Quito fue espectacular y en Catar también nos sentimos muy bien. 

¿Catar no es demasiado diferente, artificial, lujoso, y de costumbres muy distintas a las que estaba acostumbrado?

No, eso es Dubai, que sí es como Disneyworld. Eso sí, yo nunca vi una ciudad que progresara como Doha, en Catar... mirá, penal para Venezuela en los descuentos, dudosísimo... decía, era una típica ciudad árabe pero tenía la corniche, la rambla, como esta que ves acá, como Floripa, como Rosario y el río Paraná, ¡eso a mí ya me gana! Quito no tiene eso, pero tiene el encanto de la montaña. Catar sí es todo novedoso, al principio, si ves una mujer tapada de pies a cabeza, disimulás y le sacás una foto... mirá, lo atajó...

Pero arquitectónicamente...

Vas hoy y no tiene nada que ver con cuando fui por primera vez. La corniche de hoy es Pocitos. Mi hija mayor, Daniela, es arquitecta y trabajó allá, gracias a un mexicano que tenía un estudio con varios profesionales uruguayos contratados. 

¿Y con los jugadores se hacía entender?

Al principio usaba traductor. Algunos jugadores no hablaban inglés y el mío era rudimentario, de mi época de estudiante. Y estaba el rezo. A las seis de la tarde, mientras entrenábamos, escuchabas (al muecín) en el autoparlante llamando a la oración. Paraban, se iban a un costado, se lavaban las manos, los pies, la boca, se ponían una especie de pollerita para no mostrar las piernas, y paraban diez o doce minutos. A veces, en el intervalo de un partido, tenía que trabajar solo con cuatro o cinco jugadores en el vestuario porque el resto estaba rezando. Pero te tenés que adaptar, ¡no podés ser tan estúpido de combatir eso! Además, yo soy de los que pienso que en el fútbol y en la vida, la persona de fe tiene un plus. 

Usted es una persona de fe. 

Sí, sí, sí. A los partidos llevaba un denario. Esto que ves acá (muestra algo parecido a un anillo grande) es un rosario vasco. Esto es lo que la gente ve que beso y piensa que es una alianza de bodas. Mi orientación católica viene de los oratorios en el San Miguel y de mi madre. No de mi padre, que siempre decía que era "ateo, gracias a Dios" (risas). Igual, se terminó casando por Iglesia con mi madre con el padre (y exfutbolista) Ernesto Popelka. Yo siempre que podía iba a su misa. 

¿Y qué pide? ¿Por su familia, por su equipo?

En el caso del fútbol, sí, pero no por ganar o no.

Claro, ¡en el otro equipo también puede haber alguien rezando!

Simplemente pido a Dios que nos ayude a dar lo mejor de nosotros. Porque creo que con Él todo lo podemos alcanzar y que sin Él no somos capaces de hacer nada. Es lo que yo siento. Dios es uno solo y es el mismo para los cristianos, los judíos y los musulmanes. La vida también me llevó a casarme con una persona de fe, católica.

En 2011, el Al Sadd catarí gana la Champions de Asia y los jugadores levantan en andas a su técnico, Jorge Fossati.

El corazón en la mesa de luz. Atrás del living y del comedor, cerca de la cocina, sí se ven recuerdos futboleros. Hay un viejo escudo de River Plate, su club actual, el que le dio la primera oportunidad como técnico de Primera en 1993 y del que era hincha su padre. Hay una foto de Rosario Central campeón y otra de la quinta de Peñarol campeona de 1992, dirigida por él. Están Antonio Pacheco y Claudio Flores, entre otros. También hay una nota que le hizo el periodista Carlos Soto para El Diario, el 8 de julio de 1980. En una foto está con una de sus hijas; en otra aparece rezando. El golero de la fe es el título.

El apartamento, donde viven hace dos años, es grande para dos personas. Adriana dice que está pensado para que toda la familia vaya y venga. Ella tiene una especie de taller-atelier en una habitación contigua a la cocina, pegado a un patio con toldo y parrillero. El Flaco es un gran "vendedor" de las obras de su esposa. "Su pasión es natural. Empezó por el lado de la artesanía, en madera y en yeso. Un día se le dio por empezar a pintar, fue a un taller a aprender algunas técnicas. Y ha ido a otros talleres en el extranjero. A mí me gusta muchísimo lo que hace más allá de que sea mi esposa y que sea muy hincha de ella". Un cuadro con los siete nietos chapoteando en la playa ocupa un lugar destacado en la entrada, junto con una marina pintada por su hija menor, Silvana, que heredó algo del talento materno. 

Desde la época en Rampla, ¿dónde cambió más el ambiente del fútbol?

Uffff, en los intereses. Hoy hay muchos más. Como en cualquier otra actividad, cuanto más dinero en juego haya, hay más intereses y más personas involucradas. Cuando yo jugaba al fútbol, habría el 2% de los periodistas de hoy, las ventas eran de club a club, no habría más de cuatro empresarios. De eso pasamos a que hoy levantás una piedra y hay cuatro empresarios. Hay cambios, si eso resulta para bien o para mal cada cuál evaluará, pero eso obvio que se debe a que hay más intereses. En mi época... ¡mirá, Perú le está ganando 1 a 0 a Brasil!... yo empecé en la quinta división, ¡hoy hay prenovena! 

Y esos intereses mayores, ¿contaminaron al ambiente?

Y, depende siempre de cada uno. Si hay más gente... a veces surge algo y la gente se sorprende, como si en el ambiente del fútbol fuéramos todos Bambi.

Volviendo a sus anotaciones, ¿cuántas hojas en blanco cree que le quedan?

Espero que muchas. Energía tengo. Desde que comencé, tengo escritas las charlas previas a los partidos. Es como una ayuda memoria. Por ahí digo lo mismo que hace 30 años, pero nunca es exactamente lo mismo, siempre hay detalles según el partido, lo dicho en la semana, la estrategia. 

¿Esas charlas de fútbol sirven también para la vida?

Muchas tienen que ver con la vida misma: el ser fiel o no a un grupo, el compromiso con tu grupo, el ser honesto y franco, el ir de frente. Siempre digo que cuando nos reunimos hablamos entre nosotros y nada más que para nosotros. Incluso este año, que cuando no nos podíamos encontrar lo hacíamos por Zoom. Lo que se habla entre los jugadores y el cuerpo técnico es para ahí y queda ahí. Y si alguien tiene que decir algo, aportar algo, aunque sea contrario a lo que yo pienso, encantado de la vida si suma, pero siempre ahí. Termina la reunión y digo: ¿algo más? Y que luego no me manden nada por Twitter, Facebook o Instagram. Primero, porque no tengo nada de eso. Y segundo, porque así considero que deben ser las relaciones humanas. Todo bien con la globalización, los celulares, que te puedan contactar y ver con gente en Madagascar; pero las charlas las estamos dejando de lado. Hoy es común ver a una familia sentada en una mesa y todo el mundo mirando el celular. ¡A veces ni sabés para qué mierda lo mirás!

Y de las anotaciones que tiene, ¿recuerda alguna más que otra?

Muchas, una en honor a Néstor Tito Gonçalves, ya fallecido, él me aconsejó algo que si bien no estoy 100% de acuerdo, viene realmente bien... mirá, penal para Brasil... Él me veía en mis primeros años como entrenador en las inferiores de Peñarol, a principios de los 90, en Las Acacias, y sufría cuando armaba el equipo y tenía que dejar a alguno afuera. Son chiquilines y vos querés premiar el esfuerzo y no siempre podés. "Flaco, ¿tenés mesita de luz en tu casa?", me decía. "Sí". "Bueno, cuando vengas para Las Acacias, abrí el cajoncito y dejá el corazón adentro. Acá tenés que decidir con la cabeza. Si no, vas a sufrir demasiado". Yo no creo que sea estrictamente así, pero si no vas por ese camino, lo que tenés es un equipo de amigos. Y el fútbol profesional no se trata de eso.

 

 

ADRIANA, LA CAPITANA EN QUITO

Jorge Fossati dirigió dos veces a Liga de Quito, en 2003 y 2009. La primera vez lo clasificó campeón ecuatoriano; la segunda, campeón de la Copa Sudamericana y la Recopa Sudamericana. Pero su esposa dejó tanto recuerdo en ese país del Pacífico como él.

"Siempre que me entrevistan desde Ecuador me preguntan por ella. Fabián Gallardo (periodista deportivo ecuatoriano de larga trayectoria) siempre me pide que le mande saludos  'a Adriana', ¡nada de 'a su señora'! ¡Y eso que ella nunca dio notas! En Liga, las esposas de los jugadores solían reunirse entre ellas, unos 'té', cuando sus maridos estaban concentrados. No invitaban a las esposas de los entrenadores, pero cuando vieron que ella era futbolera, que iba a todos los partidos, que sabía de fútbol, que no me iba a contar cosas y que no se ponía en un plano superior, la incluyeron. Y la adoraban. Una vez incluso participó en esas reuniones mi hija Daniela. Yo llamé de la concentración para ver cómo estuvo todo: 'Hermoso, papá, pasamos divino. Lo único que no vi, que no tomamos, fue té' (risas). Pasa que Adriana conoce mucho de la interna del fútbol, entonces le fueron agarrando cariño y confianza. ¡Llegó un momento que se venían a mi casa las parejas! Y yo siempre del lado de los jugadores y ella siempre de lados de las mujeres. Cuando nos volvimos las dos veces lloraban más las mujeres que los jugadores. Todavía la llaman, hacen conferencias por zoom".