Personajes
Entrevista

Silvia Emaldi: "Mi forma de salir del estrés es volver al ámbito familiar"

Nombre: Silvia Emaldi • Edad: 58 • Ocupación: presidenta de UTE • Señas particulares: Su hijo adolescente es el chef de la casa; es friolenta; ella tomó la iniciativa con quien hoy es su marido.

14.06.2022 07:00

Lectura: 6'

2022-06-14T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

Es la primera vez que una mujer ocupa el cargo de presidenta de UTE. ¿Se esperaba el nombramiento? ¿Dudó en aceptar? Sí, lo dudé. Este rol tiene un mix entre el rol ejecutivo —que yo venía desarrollando desde el año 93, cuando fui gerenta del área de Tecnología de Información, que es mi profesión de base— y también implicaba representar de alguna manera políticamente al directorio. Entonces lo pensé mucho, lo hablé con mi esposo, porque necesitaba tener el apoyo familiar. Este cargo es de 24 horas; no hay sábado, domingo, feriado, ni vacaciones en las cuales puedas decir: “No va a pasar nada”. Es un desafío que asumí con mucha responsabilidad y lo valoré como un reconocimiento a mi trabajo en UTE por 36 años.

¿Cómo se lleva con el estrés? ¿Qué hace para mitigarlo? En general mi forma de salir del estrés es, los fines de semana, volver al ámbito familiar, a mi vida normal, de mi casa, con mi esposo y mi hijo, que tiene 14 años. Y ahora, que salimos de la pandemia, que los domingos venga la familia a casa, que es el lugar de encuentro.

Es de familia italiana, y fue a la Scuola Italiana. ¿Habla el idioma? En realidad mis bisabuelos eran franceses unos, y otros italianos, y españoles, soy como una mezcla. Mi segundo apellido es bien italiano, Ficcio, venía del sur de Italia. Pero hablo poco italiano. En una época hablaba francés, porque en el liceo te enseñaban y además mi bisabuelo —al cual soy muy igual, de las más parecidas a él de la familia—, de apellido Emaldi, había nacido al norte de Francia. No lo conocí, pero mi abuela siempre me contaba que cantaba La Marsellesa; así que siempre me gustó el francés.

Estuvo un tiempo en España por trabajo. ¿Pensó en quedarse? Tanto en ese año en que viví en España como en Venezuela, que estuve dos años, en distintos momentos de la vida, se me dio la oportunidad de quedarme; me ofrecieron trabajo, pero en ninguna de las opciones lo elegí, porque mi lugar en el mundo es Uruguay.

Siempre fue una excelente alumna. ¿Cómo fueron sus épocas de facultad? Era muy traga, como decían antes. Fui de las primeras profesionales de la familia con carrera universitaria. Mis padres siempre me decían que la única herencia que me iban a dejar era el estudio, entonces yo me lo tomaba al pie de la letra y estudié mucho en la escuela, en el liceo y en la facultad. Y las salidas… eran menos. Tenía un grupo de amigas y amigos, pero en todos los tiempos libres que teníamos me gustaba más viajar.

¿Es verdad que su marido, Raúl, era compañero de trabajo en UTE? Sí, trabajábamos en Sistemas los dos.

¿Quién tomó la iniciativa? Yo (risas)... con lo tímida que era. Teníamos 27 años, fue en el 91. Llevamos 26 años de casados y estuvimos cuatro de novios. Siempre fuimos muy compañeros, y también con él viajamos. Empezamos a recorrer Europa y algunos lugares de África. También Estados Unidos, a mi esposo le gusta mucho, hemos ido varias veces. Si no fuera por mí estaríamos viviendo allá.

¿Qué cosas guarda seguro en la valija antes de irse de vacaciones? Una valija de más, porque las compras me entusiasman. Me encanta traer regalos para los sobrinos, para las madres —mi papá y mi suegro son fallecidos, pero ambas mamás están con nosotros—, hermanos y sobrinos, que tenemos ocho. Busco para cada uno, en el poco tiempo que uno tiene para comprar cuando está de viaje, porque está el trade off con mi esposo, que me dice: “Vinimos a pasear”. Pero ya tengo desarrollada una habilidad para hacer compras rápidas. Ya sé los talles y las cosas que les gustan a cada uno.

¿Cómo lleva ser madre de un adolescente? Diego es muy familiero. Voy a la feria con él los sábados porque le encanta cocinar, él es el chef y yo soy su ayudante. Me dice: “Vamos a comprar pescado, vamos a hacer berenjena a la parmiggiana”, y yo de repente nunca hice. Los asados en casa los hace él desde hace cuatro años. A los cuatro o cinco años ya le gustaba amasar, hacer galletitas, y ahora yo aprendo de él.

¿Es de andar persiguiéndolo para que apague las luces y ahorre energía? No, no tanto. Al revés, él va apagando en casa el aire acondicionado porque dice: “Ya hace calor, vamos a apagar”. Y yo digo: “Pero si tenemos las tarifas inteligentes…”. Y él dice: “No, hay que pagar”. Es la consciencia de la eficiencia energética.

Siempre tuvo sensibilidad social. Colaboraba con la parroquia de su barrio en la Unión y en otras iniciativas. ¿Hoy es voluntaria en alguna causa? Cuando iba al Juan XXIII hacíamos trabajo de voluntariado los sábados en el Buen Pastor, que era un lugar del INAU, con niñas y adolescentes, y también fui catequista por muchos años preparando a niños para la primera comunión. Me encanta trabajar con niños y adolescentes. En estos días se cumplió el Día de las Niñas en TIC y junto con Silvana Olivera, que es vicepresidenta del Banco de Seguros, y Laura Otamendi, una de las directoras de la UTU, estuvimos dando charlas y motivando para lo que implican las carreras de tecnología, lo multifacéticas que son. También estuvimos en Salto y Tacuarembó con todo el directorio de UTE inaugurando la llegada de la energía eléctrica a pequeños poblados del interior más profundo. Esa energía llegó a una escuela con seis alumnos en Paso de la Herrería, donde se hizo el evento, y una de las niñas, Camila, que era la abanderada de 6º año, leyó un texto que nos emocionó. Contaba el cambio en la vida de ellos, como niños, (al pasar) de no tener acceso a la energía a poder disfrutar de leer un libro, ver con el hermano dibujitos o darse un baño calentito. ¡Qué responsabilidad tenemos!