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Responsabilidad afectiva: hacia un amor consciente

El concepto cobra nueva relevancia en la era de las aplicaciones de citas y los vínculos virtuales, donde las relaciones sexoafectivas tienden a ser poco respetuosas con las emociones del otro

23.07.2021 07:00

Lectura: 11'

2021-07-23T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

A medida que ciertos usos se van instalando, extendiendo y adquiriendo nombre propio, aparece la necesidad de regular de alguna manera esa nueva realidad en estado salvaje. El concepto de responsabilidad afectiva es eso: un llamado a actuar responsablemente en un vínculo sexoafectivo, a considerar las emociones del otro, a ser claros y transparentes, y a tener en cuenta que nuestro comportamiento tiene consecuencias en los demás.
Es el feminismo el que retoma el concepto, surgido originalmente a raíz de los movimientos poliamorosos en los años 80 en Estados Unidos. "Aunque la práctica del poliamor en sí es mucho más antigua, es en ese entonces que se comienza a reflexionar sobre estos vínculos no normativos, con la necesidad de trazar valores como el respeto y cuidado de las emociones en los vínculos no monógamos", explica la psicóloga y sexóloga Agustina Fulgueiras, consultada por Galería.

El año 2003 marca otro mojón, cuando el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman empezó a hablar -en su libro Amor líquido- de las relaciones líquidas, definidas por su fragilidad y la tendencia a extinguirse. Casi 20 años después, las redes sociales como escenario de conquista profundizan una modalidad de relacionamiento algo ambiguo que involucra, en primer lugar, sexo, y en segundo, una cantidad adecuada de afecto, pero no garantizan la exclusividad.

Como consecuencia de eso, la responsabilidad afectiva empezó a sonar reiterada y poderosamente. En el Río de la Plata, voces feministas argentinas como la de Tamara Tenenbaum (licenciada en Filosofía y escritora) y Luciana Peker (periodista especializada en género y escritora) se refirieron a un tema que, si bien alude más a las generaciones más jóvenes, también podría dar herramientas a unos cuantos adultos maduros para comportarse con más humanidad en sus vínculos. "En algún momento se pasó a la idea de que el amor libre implica que el otro no importa", dijo Peker en el primer episodio del podcast El deseo de Pandora (de revista Anfibia), titulado El amor después del feminismo. Por su parte, Tenenbaum escribía en un artículo para La Nación: "Hoy, que el sexo casual ya no es una costumbre de nicho sino moneda corriente, no tenemos para nada claro qué compromisos implica acostarse con alguien una vez, dos veces o veinte veces. ¿Está mal desaparecer en el aire después de haberse visto anoche? La mayoría, tal vez, diría que no; ¿y dos noches? ¿Cinco noches? (...) La masificación del concepto de responsabilidad afectiva aparece en un intento de conversar sobre esta irremediable incertidumbre".

Según Fulgueiras, "las teorías feministas han deconstruido varios conceptos, como el amor romántico o las relaciones monogámicas, promoviendo el deseo de reivindicar la libertad sexual y emocional de las mujeres, contra las relaciones de poder, las prácticas de control hacia las otras personas, la dependencia emocional y la violencia de género". Pero esa libertad no va en contraposición del cuidado y el diálogo, y por eso para construir estos nuevos vínculos desde un lugar saludable para ambas partes se vuelve fundamental la responsabilidad afectiva, un término complejo que aún sigue en etapa de reflexión y desarrollo.

El otro y yo. Según dijo a Galería Verónica Massonnier, licenciada en Psicología y enfocada a la investigación de mercado y tendencias, el concepto de responsabilidad afectiva en esencia está vinculado también con una idea más amplia que atraviesa la sociedad y es la idea del cuidado del otro, ya sea una persona, el medioambiente o el planeta entero. "Frente a los temores de disgregación y soledad surge como respuesta la necesidad de revisar las actitudes", opina. Y agrega: "Se conecta con el tema de la sustentabilidad, del menor desperdicio, del trabajo colaborativo. Parecen temas muy distantes pero responden a una misma raíz: lo ‘descartable' ha invadido terrenos no solo materiales sino también afectivos, y parte de la sociedad se está haciendo consciente de que hay que poner un freno y replantearse las responsabilidades que se asumen en una relación, en el consumo y en todos los planos".

Tanto Massonnier como Fulgueiras enfatizan que el concepto no se limita a las relaciones sexoafectivas, sino que aplica a todos los vínculos. "Una cara no tan visibilizada quizá son los padres que no son responsables afectivamente con los hijos, que humillan, menosprecian, mienten, entre otras cosas, a sus hijos sin reparar en absoluto en las consecuencias", dice la sexóloga, y cita al filósofo Erich Fromm: "El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad, no con un objeto amoroso".

La responsabilidad afectiva es tener consciencia de que las acciones y las palabras afectan, positiva o negativamente, al otro. Algo tan simple y de sentido común como eso se pierde de vista cada vez que deshumanizamos un vínculo.

"Las personas son cada vez más indiferentes al dolor de los demás, sienten menos compasión y empatía. ¿Cuántas veces pasamos al lado de una persona que está durmiendo a la intemperie y directamente la ignoramos sin más?", plantea Fulgueiras. El contexto de pandemia ha acentuado esta tendencia, según la especialista, a causa del aislamiento, que ha empobrecido las relaciones interpersonales, algo que ya se había empezado a ver con el surgimiento de las redes sociales y también a raíz de las exigencias de la sociedad actual, que fomenta la necesidad de ser más exitoso y la satisfacción de los intereses propios.

Nuevos vínculos, nuevas reglas. La búsqueda en Instagram (red que se ha vuelto un mercado de citas encubierto) de #responsabilidadafectiva da resultados más que elocuentes: "Mucho meme y poca responsabilidad afectiva", "Evade todo menos tu responsabilidad afectiva", "Está bien si alguien te deja de gustar y no querés verlx más. Lo que está mal es no comunicárselo", "Responsabilidad afectiva es no ilusionar o hacer planes de futuro cuando no quieres nada serio con esa persona", "Responsabilidad afectiva es también dejar las cosas claras".

Muchas veces los vínculos casuales, con fecha de caducidad casi programada, se encaran con tal despreocupación que no se considera al otro merecedor de los cuidados básicos. "Las redes sociales facilitan las despedidas a puro WhatsApp; un mensaje, el borrar un teléfono, y sin siquiera la explicación cara a cara puede darse por terminada una relación", dice Massonnier. Pero, en el fondo, el ser humano no ha cambiado: "Puede que reivindique más libertad afectiva pero también requiere cuidado, contención, algunas certezas básicas que a veces no se dan". Y ahí aparece la necesidad y el concepto de responsabilidad afectiva. "El mundo está cambiando, las reglas de la pareja tradicional pueden ser cuestionadas, pero frente a ello surge el requerimiento de respeto y consideración, la honestidad emocional como punto de partida y anhelo básico".

La responsabilidad afectiva no exige sacrificios ni demanda anteponer las necesidades del otro a las propias, sino lograr un vínculo transparente y respetuoso. "En este nuevo modelo la ética en los vínculos, en especial en la pareja, se basa en la autenticidad: el mostrarse tal como cada uno es y aspirar a ser querido con todo ese bagaje. La expresión de las necesidades personales y los acuerdos acerca de las reglas a seguir son parte de esta apertura. Hay menor tolerancia y también más autenticidad para diseñar una vida a la medida de cada uno", plantea Massonnier.

Destratos posmodernos. Si la responsabilidad afectiva viene al rescate de los valores básicos de cualquier relación y como preventivo de posibles destratos, se puede decir que el ghosting es la principal amenaza a combatir, la expresión más evidente de violencia pasiva en los vínculos actuales. Ghosting viene de fantasma en inglés (ghost) y no es otra cosa que desaparecer de la noche a la mañana de una relación sin dar explicaciones. Tan habitual es la práctica que Fulgueiras recibe estas inquietudes con frecuencia en la consulta. "Lo más común es escuchar que alguien estaba vinculándose de manera no formal con alguien y que de repente, puff... desaparece. Esto hace que la otra persona no entienda qué fue lo que sucedió y, al no haber respuesta, se sigue una y otra vez cuestionando y rumiando sobre eso", cuenta. "También pasa al revés: trabajar con personas a las que les cuesta ponerse en el lugar del otro, que mienten o engañan, realmente es todo un desafío".

Las redes sociales son tierra fértil para este comportamiento, pues basta con dejar de responder mensajes y bloquear el contacto para desaparecer por completo de la vida de alguien. No importa si hubo encuentro cara a cara o no, si hubo sexo o no, cuando el celular es el mediador eliminar a alguien del mapa está a uno o dos taps de distancia.

"Un archienemigo mío es la clavada de visto", dijo Peker en El deseo de Pandora. "La clavada de visto implica el destrato de no escuchar. Cuando decimos cómo nos construimos (como pareja), escuchándonos, hablando, viendo qué nos gusta, para dónde vamos, la clavada de visto es enmudecer a las mujeres o castigarlas por el deseo. Ahí no hay diálogo posible y se produce un gran dolor, una gran frustración".

Claro que aunque sean las mujeres heterosexuales las que más se quejan de estos desaires, los hombres también están muchas veces del otro lado. La película Newness (de Drake Doremus, 2017) habla de las aguas que navegan dos millennials en busca de sexo/amor. Gabi (Laia Costa) y Martin (Nicholas Hoult) se conocen al rato de darse match mutuamente en una app estilo Tinder. Para ambos es la segunda cita de la noche. Ella tiene la deferencia de decirle que un rato antes se vio con otra persona, y él también se sincera. Esa honestidad inicial y la atracción mutua hace que traten de estirar la noche, que posterguen el sexo para el amanecer, que duerman juntos y que, al despertar, decidan pasar el día de a dos. Gabi se muda con Martin al poco tiempo, y aunque el vínculo parece fuerte, empieza a asomar el tedio. Ella es la primera en reconocer que extraña "flirtear con alguien". Él la sigue, aunque no tan convencido. Terminan abriendo la relación y dejan de ser exclusivos, con la condición de "contarse todo". Así es, hasta que un día él encuentra un collar entre las cosas de ella: regalo de un hombre que le gustó, y que por eso decidió aceptar y conservar sin comunicárselo. Una transgresión a las reglas. Una falta a la responsabilidad afectiva que tira por la borda el acuerdo entre ambos y los cuidados imprescindibles que habían acordado proporcionarse.

De manual. Los pilares básicos en los que se basa la responsabilidad afectiva son la empatía, la honestidad y las reglas del juego claras, aunque se trate de una relación no monógama. Crear falsas expectativas y desaparecer sin dar explicaciones son dos de las faltas más habituales a la ética que debería regir estos vínculos, y que por más que se trate de algo incipiente, lastiman y dejan huella. Por eso es tan importante la comunicación y establecer acuerdos previos.

"El otro no tiene que desear lo mismo que vos, pero la reciprocidad me parece clave", dice Peker en el podcast. "Pienso en la cooperación no como en la idea de compromiso, de cárcel, de clausura, pero sí en la idea de que pensás en el otro o en la otra. Y también en esta ética del cuidado feminista (...). Pero es como el tenis, alguien te tiene que devolver la pelota".

Según Fulgueiras, "no te podés hacer cargo si alguien se enamora de vos y no es recíproco o vos dejaste de estarlo, pero sí podés comprometerte a cuidarlo diciéndole que no sentís lo mismo y terminar el vínculo. Tampoco nos podemos hacer cargo de las expectativas de los demás, pero sí ser responsables de charlarlas y establecer acuerdos. Cuando uno es responsable con lo que piensa y hace, está siendo respetuoso también consigo mismo, sin forzarse a hacer cosas que no quiere hacer".

La responsabilidad afectiva no apunta entonces contra las libertades personales, ni contra los deseos propios, sino hacia una conciencia y consideración de las emociones del otro, sin importar lo breve o aparentemente insignificante del vínculo. "Una cosa es la libertad de expresar y vivenciar tus deseos, y otra muy distinta es actuar pensando únicamente en vos. Si lo cuidás, le evitás malestares innecesarios", sostiene la psicóloga y sexóloga. Los cuidados implícitos en la responsabilidad afectiva son, además, una forma de reconocer y valorar la intimidad compartida.

"Las nuevas reglas rechazan la hipocresía y apuntan a una expresión más genuina. Y la relación -tanto afectiva como laboral o de otro tipo- puede continuar o romperse, pero bajo ciertas condiciones de cuidado hacia el otro", dice Massonnier. "El individualismo extremo ha dejado sus heridas, y es ahí donde surge un horizonte de vínculos más ecológicos. Frente al ‘amor descartable' aparece la búsqueda del ‘amor consciente". Según Massonnier, estamos en medio de un proceso.