Cultura
Más nombres ilustres del pago chico

Referentes que se homenajean en calles, plazas y edificios del Interior

En cada localidad, pueblo o ciudad del interior, una calle, una plaza, una escuela o un teatro recuerdan a alguien que se destacó sobre los demás en su comunidad, sin trascender a escala nacional

06.09.2020 06:00

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2020-09-06T06:00:00
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Por Leonel García

¿Hay alguien que no viva ni provenga de la capital departamental menos poblada del país que sepa quién es Francisco Fondar? ¿Y Fray Úbeda? Samuel Priliac es el nombre de una calle, una plaza, un barrio y un estadio en el Chuy y de una rua en el Chui; por esta parte de Uruguay, ¿alguien sabe quién fue? Bien al norte, una escuela y un instituto de formación docente llevan el nombre de María Orticochea, ¿cuánta gente en el sur puede decir por qué? Muchos conocen Las dos querencias, Candombe mulato, La despedida o No esconda la mano, de Los Olimareños, ¿pero se conoce bien a su compositor, que en una ciudad del litoral tiene su nombre inmortalizado en un monumento, un barrio, una escuela y un teatro? Una pista: es el mismo autor de Adiós a Salto.

Cada centro poblado de Uruguay incluye en su nomenclátor de calles o acervo edilicio el nombre de sus hijos más célebres, muchos de los cuales son desconocidos más allá de la patria chica, por más aportes que hayan hecho a su comunidad o su cultura. En esta segunda parte se nombra a una mujer, las grandes ausentes a la hora de nombrar una calle por razones ya ociosas de repetir. Sin estas personalidades, estos pueblos, localidades o ciudades no serían lo que son.

El poeta del río Uruguay

Nació en 1921 en Salto, frente a la casa de la niñez de Horacio Quiroga. Se crió en una estancia en el límite entre su departamento natal y Artigas, y volvió a su ciudad para hacer la escuela y parte del liceo. Aunque tenía parientes célebres (su tío segundo era Juan Carlos Onetti) nada hacía pensar en un destino de grandeza para Víctor Lima.

"En los primeros tiempos escribía pero sin mucha constancia. De joven se sumó a unas tertulias culturales que armaba Enrique Amorim en Salto, a las que iba gente como Marosa Di Giorgio, pero no era muy activo. ‘Siento que estoy ahí para cebar mate', decía", cuenta Roberto Lucero, periodista salteño y sobrino nieto de Víctor Lima. Pero algo quedó: se convirtió en un erudito de poetas españoles como Antonio Machado, Miguel Hernández y Federico García Lorca, y se dedicó a recorrer el país hablando de ellos. "Se definió como un ‘andapagos'", recuerda su pariente. Sin embargo esa gira encontró su destino en Treinta y Tres.

Todo el mundo recuerda al maestro Ruben Lena como el gran poeta a cuyos versos le pusieron música Los Olimareños, convirtiéndose en el gran dúo del folklore uruguayo. Sin embargo, muchos textos de Víctor Lima son parte de ese cancionero histórico. "Luego de que (Lima) diera una conferencia en Treinta y Tres, se encontró con Ruben Lena, se pusieron a conversar y entablaron una relación de amistad. Y decide quedarse ahí: ambos forman a Los Olimareños". Del salteño grabaron, además de los temas mencionados al principio, Sembrador de abecedario, La canción del estudiante, Cosas de Artigas, La sanducera y La segunda independencia.

Lucero dice que su tío abuelo daba clases de canto a capella y componía letras y músicas. Eso era particularmente distintivo "ya que no sabía tocar ningún instrumento, tenía todas las melodías en la cabeza". La letra Las dos querencias habla justamente de su amor dividido entre Salto y Treinta y Tres; o, más precisamente, entre los ríos Uruguay y Olimar.

Víctor Lima amaba al río Uruguay y fue ahí donde murió en 1969. "No se sabe aún a ciencia cierta si fue un accidente o si se suicidó. Se toma como esto último, pero en esa época él tomaba mucho...", afirma Lucero.

Como suele ocurrir, el reconocimiento le vino post mortem. En Salto, su nombre está homenajeado en una escuela, un barrio y en el Teatro de Verano del Parque Harriague. También hay una estatua en su honor -"una obra medio abstracta"- en la costanera local.

Maestra de su tierra

La Escuela Nº 3 de Bella Unión, frente a la plaza principal, lleva por nombre María Orticochea; el Instituto de Formación Docente de Artigas, también. Así se homenajea a esta pedagoga nacida en la primera de esas ciudades, hija de dos inmigrantes españoles, el 18 de octubre de 1881.

Su aporte a la pedagogía nacional y a la formación docente es enorme. Fue maestra, subdirectora y directora de escuelas. Dirigió los Institutos Normales para Señoritas, representó a Uruguay en el Congreso Mundial de Mujeres de París en 1945 y al año siguiente fue integrante del directorio del Consejo del Niño (hoy INAU). Por entonces, el senador blanco Martín Echegoyen la calificaba públicamente como "la figura más eminente del magisterio nacional". Sus conocimientos -sobre todo en Psicología, Pedagogía, Cultura Moral y Social y Lenguaje- trascendieron fronteras: en 1938, Perú le otorgó la insignia de Caballero de la Orden del Sol. Falleció en 1958 dirigiendo la Escuela Roosevelt para niños con discapacidades. Y sin embargo, poco se sabe de ella.

Eso es lo que lamenta Paola Zapata, subdirectora de la escuela que la evoca en Bella Unión desde 1961. "Hay un proyecto cultural que estamos llevando adelante para reivindicar su nombre. Queremos que los niños la conozcan porque apenas es conocida. Ella fue alguien que revolucionó la formación de formadores, fue una gran formadora de maestras, cambió los programas y revolucionó la pedagogía. Acá dejó un gran legado", cuenta a galería.

Empero, en Montevideo también una calle la recuerda: se trata de una larga y secundaria arteria que nace en el Arroyo Miguelete, en el Prado, y termina en barrio Conciliación, transitando internamente por Paso de las Duranas, Sayago y cruza Avenida Garzón.

Un sinónimo de la frontera

Provenía de Moldavia, donde había nacido en 1909. Había ido a hacerse la América a Buenos Aires pero la suerte le fue esquiva. Quiso volver a Europa desde el puerto brasileño de Santos, por tierra, ya que no tenía dinero para llegar ahí de otra forma. Pero a los 22 años, en la frontera uruguaya encontró el amor y una tierra que lo cobijó, y de la que se convirtió en su benefactor. Se llamaba Samuel Priliac.

En el Chuy hay una calle (donde está el Municipio), una plaza y un estadio de nombre Samuel Priliac. "También hay un barrio que se llama 'Samuel', donde vive mucha gente, que se formó a partir de un fraccionamiento que hizo él", dice a galería el concejal Francisco Laxalte. Del lado brasileño, hay una rua que lo homenajea.

La tienda que instaló a metros de la frontera, Casa Samuel, muy pronto se convirtió en un sinónimo de Chuy, tanto como su proverbial generosidad. Su fama como comerciante pronto traspasó las fronteras del departamento. "El espectáculo comenzaba cuando se ingresaba al comercio. Cerca de la puerta, seguido de una urbe de compradores que exigían más regalos, estaba el hombre: bajo, gordo, cuello corto, ojos negros rasgados, en perpetuo movimiento, sonrisa permanente, camisa a cuadros y gorra de vasco. Desde su llegada y antes de que los turistas compraran nada, ya estaban recibiendo regalos que Samuel sacaba de sus bolsillos como si fueran las alforjas de un mago. Todo es rápido, al paso, como un ballet bien ensayado. Difícilmente se detenga para hablar con alguien y si lo hace no será por más de veinte segundos. Es una técnica; Samuel no enfrenta a sus clientes: los soslaya", escribió el periodista Luis Ferreira en la desaparecida revista Repórter, en los años '60, según recordó el número dos de la Revista Histórica Rochense. Esa técnica de marketing daba resultados: esa misma revista consignaba que por entonces, 85% de los turistas que iban a Rocha pasaban por lo de Samuel, cuya fama se incrementó cuando las excursiones a la frontera en busca de precios bajos comenzaron a popularizarse, allá por la década de 1950.

Samuel Priliac murió a los 65 años, en 1974. Dos años antes, el Rotary Club de Castillos lo había nombrado "Benefactor del Departamento". Dirigente del Nacional local, donante de decenas de terrenos, fraccionador de tantos otros, generoso con la gente y los niños de la zona, y gran impulsor del balneario Barra del Chuy, se dijo que su comercio era parte de la línea divisoria entre Uruguay y Brasil, tanto como la laguna Merín y el arroyo San Miguel.

Una esquina de fundadores

Francisco Fondar era uno de los medianeros que arrendaba terrenos y le daba parte de sus dividendos al poderoso Miguel Ignacio de la Cuadra, autoproclamado dueño de lo que hoy se conoce como Flores. La actual Trinidad no era a fines del siglo XVIII más que unos caseríos aislados, pese a lo cual "ya había una conciencia de comunidad", asegura el historiador e investigador Óscar Montaño, de no más de 200 personas. Y Fondar fue quien los lideró para pedirle a Buenos Aires una capilla o un oratorio. En ese entonces, el territorio no era parte de la jurisdicción de Montevideo.

"Pese a que Ignacio de la Cuadra no quería perder sus prebendas, Buenos Aires accede a los pedidos de Fondar y el resto de los pobladores, y envía a un cura, Fray Manuel de Úbeda, que llega en 1802", agrega el experto.

Con la llegada de Úbeda, tomó fuerza el necesario paso siguiente: el reconocimiento de un pueblo. En el interior del país, las ciudades que no se crearon en torno a una vía de tren o un puerto lo hicieron a partir de una iglesia o una pulpería. Fondar -cuya pujanza superaba con creces su analfabetismo- había sugerido el nombre Porongos, debido al arroyo cercano, mientras que Úbeda proponía Santísima Trinidad de los Porongos. Como tal fue fundada en 1804, pero no sería capital departamental hasta la creación por decreto del Departamento de Flores, en 1885.

Fondar y Úbeda es una esquina de la céntrica Plaza Constitución de Trinidad, la capital departamental más joven y menos poblada del país. Fondar es hoy la principal vía de entrada a la ciudad, como continuación de Bulevar Aparicio Saravia. Por Úbeda está la sede del club Porongos, uno de los más importantes del interior del país.

Unidos por la historia y por el nomenclátor, lo cierto es que, según publicó Ecos Regionales el 13 de diciembre de 2013, Fondar y Úbeda, los actores principales en la fundación de la ciudad, protagonizaron una dura rivalidad por la paternidad de Trinidad hasta el final de sus vidas.