Actualidad
Prácticas que cambian y que no

Reactivos de cuatro patas: el uso de animales en la investigación cienfítica

Mientras en consumo y marketing la oferta de productos cruelty free crece, para la medicina la investigación en animales sigue siendo indispensable; en Uruguay se utilizan unos 70.000 ejemplares al año para experimentación científica

10.10.2021 07:00

Lectura: 14'

2021-10-10T07:00:00
Compartir en

Por Leonel García

En el principio estuvo Aristóteles. Además de ser el padre de la filosofía y de cuanta ciencia exista, fue pionero en experimentar con animales. Lo hizo, eso sí, observando y diseccionando; o sea, trozando cuerpos muertos. Así, en el siglo IV antes de Cristo, pudo analizar y escribir en sus obras sobre 75 mamíferos, 204 aves, 30 peces, 22 anfibios y reptiles, 18 crustáceos y 83 insectos. Se podría decir que ninguna criatura sufrió por sus inquietudes, aunque ese no era un tema de debate entonces.

Poco después, el también griego Claudio Galeno Nicón de Pérgamo, padre de la medicina durante un milenio, como en ese siglo II después de Cristo no podía diseccionar cadáveres, porque la ley romana se lo impedía, usó animales. Claro que para tratar de entender mejor cómo funcionaban los riñones o la médula espinal, apeló a la vivisección en cerdos, monos o perros; o sea, a seccionar seres todavía vivos. 

El mundo siguió andando, las vivisecciones también. Edmund O'Meara, fisiólogo irlandés, criticó en 1655 esa técnica, alegando que el sufrimiento animal contaminaba cualquier conclusión científica. Los primeros cuestionamientos éticos sobre estas prácticas no se basaban en la empatía, sino en el rechazo a que algo estudiado en seres considerados inferiores pudiera ser aplicable a humanos, lo más logrado de la Creación. Predominaban ideas como la que René Descartes plasmó en su Discurso del Método (1637), donde además de pensar y luego existir se dejaba en claro la inferioridad total de los animales respecto a los hombres, incluyendo su capacidad de sentir dolor. 

Por supuesto, faltaban tres siglos para saber que el genoma humano y el de un ratón coinciden en más del 95%. 

Todo el mundo entiende lo que es un “conejillo de Indias”. Todos escucharon hablar de los perros de Pavlov: estudios sobre estímulo-respuesta del fisiólogo ruso Ivan Pavlov que incluyeron perros con probetas incorporadas quirúrgicamente para recoger su saliva. Esto le valió el premio Nobel de Medicina en 1904; desde el Institut Pasteur de Montevideo indican que 76% de estos premios han estado vinculados a experimentos con animales. También en Rusia, ahora Unión Soviética, Laika era una perra callejera que se hizo famosa por ser el primer ser vivo en orbitar la Tierra, el 3 de setiembre de 1957, a la vez de víctima del afán de Moscú de adelantarse en la Guerra Fría. Laika brindó la crucial información de que se podía sobrevivir al despegue, pero murió a las pocas horas por el sobrecalentamiento de la nave, algo que se sabía que iba a pasar. 

Para entonces ya se habían alzado voces en varios puntos del mundo por el sacrificio de la perra. Dos años después, los científicos ingleses William Russell y Rex Burch describieron por primera vez el principio rector que desde entonces ha marcado la investigación con animales: 3R (las tres erres), reemplazo, reducción y refinamiento. Esto es: usar métodos que eviten o reemplacen el uso de animales, usar la cantidad mínima posible de animales y evitar o minimizar el dolor y el sufrimiento a los animales usados en la investigación.

Entidades como la Unión Británica por la Abolición de la Vivisección (BUAV, por la sigla en inglés) estiman en cien millones al año el número de animales vertebrados usados para experimentación científica, la inmensa mayoría de los cuales terminan sacrificados. Organizaciones como Personas por el Trato Ético hacia los Animales (PETA, por la sigla en inglés), fundada en 1980, ya se han hecho sentir como fuerza en el planeta. 

Sin embargo, desde la ciencia —quizá en respuesta a expresiones animalistas radicales—, si bien se están buscando caminos alternativos al uso de animales o técnicas controladas para infligirles el menor dolor posible, se responde que ellos han sido (y son) indispensables para obtener avances fundamentales en la medicina. La historia los respalda: si en 1881 Louis Pasteur no hubiese sacrificado a 25 de 50 ovejas —que no fueron vacunadas con una cepa benigna del ántrax—, esa enfermedad hubiese seguido causando estragos en el ganado y en los humanos; si Frederick Banting no hubiese detectado en perros enfermos los beneficios de la hormona insulina, en 1921, la diabetes seguiría siendo un enigma limitante para millones; miles de monos fueron sacrificados para que en 1955 Jonas Salk diera a conocer la vacuna contra la polio. Y el presente también lo sustenta: en un artículo publicado en su web en 2018, el Institut Pasteur de Montevideo señalaba que aún hoy “más del 90% de la investigación que se realiza en el mundo involucra el uso de animales”.

Claro que hay mundos, como el de la cosmética, donde el maltrato a los animales para testear productos terminados o sus componentes tiene muchísimo menos margen de tolerancia (ver recuadro). En años recientes se impuso la tendencia cruelty free, que también es una grifa (con forma de conejo) con la que la industria distingue a los productos donde ningún tejido animal ha sido dañado. Eso responde a una nueva sensibilidad ligada a nuevas conductas de consumo: hoy sería lapidado un inventor como Thomas Alva Edison, creador de la corriente continua, a quien se le ocurrió como buena idea electrocutar públicamente a una elefanta de circo llamada Topsy en 1903, fulminada por una descarga de corriente alterna, solo para desprestigiar el trabajo de su competidor, Nikolas Tesla. La filmación, aún existente en Internet, es espeluznante.

Legislaciones. Si bien ya existía en Gran Bretaña una ley de protección animal en 1822, recién con las 3R se generaliza la regulación de estas investigaciones en todo el mundo. Claro que una cosa es lo declamado y lo escrito y otra muy distinta los hechos. Los británicos serán pioneros en el tema, pero tan cerca como en 2014 se generó un escándalo cuando el Daily Mail publicó imágenes de gatos con cráneos abiertos y electrodos insertados quirúrgicamente utilizados en 10 de las más prestigiosas universidades de ese país (incluyendo Cambridge), para analizar la retroalimentación entre los ojos y el cerebro. Que se aplicara anestesia para esas intervenciones (siguiendo una de las “r”) no fue consuelo para casi nadie. Por supuesto, terminados los experimentos esos animales eran sacrificados. 

En Uruguay, la última ley promulgada en 2009, la 18.611 sobre el uso de animales con fines de experimentación médica o veterinaria, docencia y científica, creó la Comisión Nacional de Experimentación Animal (CNEA). Su presidente, el veterinario Martín Breijo, dice a Galería que en el país hay unas 23 instituciones allí registradas y autorizadas a utilizar animales en investigaciones, con procedimientos protocolizados y aprobados por sus respectivos comités de ética. 

No Te Preocupes es el nombre de la banda creada por investigadores del Institut Pasteur de Montevideo. Este tema fue creado para el Congreso Expo Bioterios Virtual en setiembre pasado. 

Según Breijo, se estima en unos 70.000 los animales usados en Uruguay cada año con fines de investigación científica ya sea en universidades, centros privados, empresas públicas no estatales como el Instituto Clemente Estable, zoológicos o empresas de biotecnología. Son ratones, ratas, cobayos (los famosos “conejillos de Indias”), conejos, vacas, ovejas, caballos, perros o gatos. Los comités de ética, uno por cada institución autorizada, están integrados por un investigador, un veterinario y un representante de la sociedad civil, y están encargados de elaborar protocolos y autorizar (o no) procedimientos científicos solicitados en animales.

En esas instituciones se testean productos o componentes de productos con fines médicos o veterinarios. Ningún animal puede (o debería) ser tocado sin que el comité lo apruebe. Y al final de los procedimientos los ejemplares son sacrificados, de acuerdo con la magíster en Ciencias Médicas Ana Paula Arévalo, presidenta de la Asociación Uruguaya de Ciencia y Tecnología de Animales de Laboratorio (Aucytal) e investigadora del Institut Pasteur de Montevideo. “Tiene que estar muy justificado ante el comité de ética respectivo para que te aprueben usar al animal de nuevo”, señala a Galería. Y subraya que en Uruguay no se practican vivisecciones: “Eso ha cambiado mucho, no se abre a un animal vivo”.

Contrariamente a lo que se cree comúnmente, ni los ratones que se venden en ferias ni los animales callejeros hacen las veces de conejillos de Indias. Es que en todo el mundo un animal de experimentación es considerado un reactivo, como si fuera una sustancia de la que se espera una reacción: “Son animales que tienen que cumplir determinadas características genéticas o microbiológicas, entonces son animales criados en laboratorios; es que la base de la investigación es que sea reproducible”, subraya Breijo.

El titular de la CNEA es tajante al decir que si bien siempre se busca encontrar métodos alternativos, el grado de desarrollo científico actual “no permite todavía eliminar el uso de animales”. Sin ir más lejos, millones de roedores fueron utilizados en todo el mundo para testear las vacunas contra el Covid-19. Esto último no ocurrió en Uruguay porque, como precisa Arévalo, los laboratorios existentes acá tiene un nivel de bioseguridad nivel 2 y para esta enfermedad se requerían estas instalaciones pero de nivel 3. 

A escala local, los usos más comunes de animales para la experimentación científica pasan para el control de vacunas de uso veterinario, controlando inocuidad y potencia, o estudios de neurociencia, inmunología, enfermedades parasitarias o tumores cancerígenos.

Empatías y cuestionamientos. Para trabajar con animales, afirma Arévalo, “hay que tener una gran empatía y respeto por un ser vivo, que es capaz de sentir”. Muchas de las personas que realizan estas tareas, asegura, sufren la llamada “fatiga por compasión”, también denominada “desgaste por empatía”, por el agotamiento físico y mental que esta propia tarea les causa. “Cualquier daño a un animal afecta mucho y cada vez está más visibilizado, porque a los involucrados les importa mucho los animales que tienen enfrente”.  

Desde el lado de las activistas, la vocera de Plataforma Animalista, Karina Kokar, es muy crítica respecto a la tarea que cumplen los comités de ética. “Ellos determinan las reglas, ellos determinan si los procedimientos son con anestesia o no. Acá todo se prueba en animales. Y hay animales que después no pueden ni darse en adopción, no queda otra que matarlos. Es algo cruel. Ellos mismos son los que se controlan, así que imagínate que no hay control ninguno”, indica a Galería.

Breijo afirma que la CNEA ya “cerró la posibilidad” de que se registren nuevas entidades para experimentación con animales. Las ya anotadas tienen que elaborar un informe a esta comisión sobre animales y protocolos utilizados. También están haciendo relevamientos para saber si hay organizaciones o personas no registradas, o por fuera de los protocolos, utilizando organismos vivos para investigaciones. En estos casos por fuera del sistema se pueden aplicar acciones que van desde multas económicas hasta sanciones penales. Admite que acá el sistema no está tan afinado como en Europa, “pero se está en ese camino”

Esto no termina de convencer a los animalistas, que también están haciendo un relevamiento propio, señala Kokar. Ella además es integrante de la Asociación Animalista Libera, de España. En ese país, el pasado 8 de abril, se desató un enorme escándalo cuando una ONG ambientalista divulgó imágenes de espeluznantes maltratos a animales —perros, chanchos, monos, conejos— en el laboratorio Vivotecnia de Madrid. Kokar deja entrever que teme que acá pase algo parecido. “Durante años hemos pedido para observar investigaciones y nos han dicho que no. Vamos a hacer un listado de empresas en Uruguay que testean, hace seis meses que estamos recabando información, esa va a ser una forma de presión”.

Arévalo, del Pasteur, señala que en Uruguay las tensiones entre científicos y ambientalistas no han alcanzado el voltaje que en otras partes del mundo. “He visto grafiteados los muros en algunas facultades (y en el Pasteur, el Clemente Estable y en las calles), hubo algunas movilizaciones (en Veterinaria) pero desconozco que haya habido conflictos personales”. La también titular de Aucytal señaló que cuando dieron una charla sobre métodos alternativos al uso de animales, en mayo de 2018, los activistas mostraron apertura y acercamiento. 

Entre las técnicas alternativas, la web del Pasteur enumera la utilización de piel regenerada a través de células epiteliales humanas cultivadas in vitro (en laboratorio), el uso de córneas de vacunos ya sacrificados o membranas de huevos de gallina, o simulaciones en computadora basadas en estudios ya existentes. “En el instituto nosotros estimulamos la incorporación de métodos alternativos, que por suerte están cada vez más financiados en todo el mundo. Pero si bien se pueden reemplazar determinados procesos, hay veces que un organismo vivo no puede ser sustituido. Vos podés reemplazar algo que ya ha sido estudiado, pero en investigaciones nuevas o en enfermedades nuevas, sí se precisa investigar en algo vivo”, enfatiza Arévalo.

Y ahí, como antes, está en juego la salud humana; hace un siglo con la diabetes, hoy con el nuevo coronavirus. 

EN EL MUNDO DE LA COSMÉTICA

El presidente de la CNEA, Martín Breijo, y su par de la Aucytal, Ana Paula Arévalo, coinciden en que no les consta que en Uruguay se hagan investigaciones en animales con fines cosméticos. Karina Kokar, de la Plataforma Animalista y de Libera, prefiere no asegurarlo y agrega que también están trabajando en un listado de empresas del sector que usen animales para sus productos terminados o sus ingredientes. 

La lupa puesta en este sector de la industria explica que un conejo sea el símbolo del cruelty free. Este año se viralizó el corto animado Save Ralph, sumamente explícito sobre la crueldad sufrida por estos animales en el desarrollo de cosméticos. Históricamente, a estos roedores se les aplican los productos a testear en la piel depilada, estirada con fuerza, o en los propios ojos para saber si se producen daños (ulceración, sangrado, ceguera). En estos casos, los conejos están inmovilizados en jaulas con las cabezas afuera y los párpados abiertos a la fuerza, como si fuera el “Método Ludovico” de la Naranja mecánica. Ha habido casos que en la desesperación por escapar los conejos acaban rompiéndose el cuello. 

Al menos en los papeles, en Europa la experimentación en animales con cosméticos ya terminados está prohibida desde 2004 y en sus ingredientes desde 2009. “Hoy estamos utilizando tecnologías in vitro que sustituyen el testeo animal. Esto también incluye el trabajo con proveedores”, dice a Galería la gerenta general de Unilever Uruguay, Teresa Cometto. “Hace muchos años que trabajamos con alternativas. Hoy tenemos 26 marcas de belleza con la certificación de la PETA”, señala respecto a esta multinacional.

En la cosmética es común que se encuentren productos de procedencia animal como la miel, el ácido hialurónico, el colágeno o la grasa. Por eso, también han surgido marcas de cosmética vegana que se caracterizan porque ninguno de sus componentes tiene esa procedencia. “Lo que usamos no son sustitutos, sino formulaciones que parten de otro lado, como plantas, aceites o extractos botánicos. Y llegado el caso preferimos lo sintético a lo animal”, indica por su lado Matías Fernández, director de Génova Cosmética Vegana, surgida en setiembre de 2020. Para él, el pasaje de las grandes marcas de los testeos tradicionales a la tendencia cruelty free tiene muchas veces más de presión de los consumidores —escandalizados por la crueldad con los conejos— que una real conciencia ambientalista.  

En esta misma línea opina Karina Kokar: “Hay multinacionales que tienen marcas no testeadas en animales y otras que sí. Yo no diría que eso es un avance sino una segmentación, solamente apuntar a otro público”. De cualquier forma, señala, en el mundo de la cosmética las restricciones al uso de animales son más rápidas que en otro tipo de investigaciones: “En la experimentación por medicamentos humanos es más complicado”.