Estilo de vida
Pelear bien

Qué hacer y qué evitar para que las discusiones de pareja sean constructivas

Cada pareja es un mundo, e intentar vaticinar su potencial duración a simple vista es prácticamente un juego de azar. Ni siquiera algunas variables que parecerían ser un indicador evidente lo son. Discutir siempre/no discutir nunca: ni la segunda es medida de éxito en un vínculo amoroso, ni la primera de fracaso.

30.05.2021 14:00

Lectura: 19'

2021-05-30T14:00:00
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Por Patricia Mántaras

Hay parejas que parecen marchar a la guerra a diario, y 20 años después, con ese régimen de confrontación constante todavía vigente, siguen de pie. Otras, en cambio, pueden no tener ni un sí ni un no pero vivir su ocaso mucho más temprano. Todos hemos pensado en algún momento: "Qué raro que se separaron, si no se peleaban nunca". La cuestión, entonces, no es no pelear, sino pelear bien.

"La pregunta es si las parejas saben pelearse y conversar en profundidad sobre las cosas que les están pasando. Muchas veces las parejas no pelean porque fueron callando, porque se fueron desconectando, y llega un momento en que el problema se les hace tremendamente grande, y que no lo soportan", explicó a Galería la magíster Lorena Estefanell, directora de la Maestría en Psicoterapia de Adultos, Parejas y Familias de la Universidad Católica. "Y de repente otras parejas pelean mucho pero pelean bien, porque pueden decir las cosas, pueden hablar en profundidad, pueden darle información al otro sobre lo que les está pasando, y de alguna manera eso hace que se puedan ir ajustando y se puedan ir estableciendo pequeños acuerdos".

¿Por qué es tan difícil tener una discusión productiva? ¿Qué entra en juego en el calor del momento? ¿Hay que perderle miedo al conflicto? ¿Qué tan importante es la postura corporal y la actitud durante la pelea? ¿Hay una posición que caracterice más a los hombres o a las mujeres en estos enfrentamientos? ¿Cómo son las parejas que pelean bien? ¿Cuál es la barrera que nunca se debe cruzar?

Siempre la misma historia. Hay un hecho estudiado y constatable que más vale asumir desde el día uno de una relación: algunas disputas serán eternas. Probablemente, una discusión que aparece por primera vez en los albores de la relación, reaparezca a los meses, y se vuelva uno de esos asuntos insalvables, algo así como una enfermedad crónica con la que lo mejor es aprender a convivir. Estefanell lo explica así: "En los vínculos, 70% de los problemas son perpetuos, porque tienen que ver con estilos de personalidad o con estilos de enfrentar las emociones diferentes; con cosas que en realidad no se resuelven, se conversan". Según la experta, cuando se elige una pareja se están eligiendo un montón de problemas perpetuos, y es bueno preguntarse a tiempo si esos problemas en específico se podrán tolerar.

Pelear o disentir es parte del proceso de construcción de una pareja, y cómo gestionar el conflicto es uno de los pilares para que perdure en el tiempo. "Que una pareja sea funcional no tiene que ver con cuántas veces se pelea, sino con el tipo de interacciones que tiene cuando se pelea, sobre todo con el equilibrio entre las interacciones negativas y las positivas. Hay parejas que pelean pero que pueden reparar, y hay parejas que no se pelean nunca pero que tampoco tienen interacciones positivas o nutritivas".

El calor del momento (y el otro como contrincante). Muchos elementos entran en juego cuando el diálogo se transforma en una discusión acalorada: "Hay mucho ego, mucho querer tener razón, mucho querer desahogarse, mucha emoción, mucha pasión y muy poca intención en ese momento de una comunicación real para llegar a un entendimiento mutuo", dice a Galería el psicólogo y escritor Gustavo Ekroth. "Cuando sube la temperatura entran a la cancha el orgullo, el amor propio herido, el enojo, las quejas prehistóricas, y las consabidas listas interminables de defectos recíprocos. Y se van al banco de suplentes el amor, la empatía, el entendimiento, el optimismo, la moderación e incluso muchas veces hasta el respeto por el otro", agrega el experto.

Según Estefanell, uno de los motivos que dificulta que una conversación sea productiva es la cantidad de emociones involucradas, porque los sentimientos tienden a matar la lógica. "Las emociones generan bloqueos cognitivos, y eso históricamente ha sido beneficioso para la supervivencia, porque imaginate que te viene a asaltar un ladrón y vos no tuvieras ese bloqueo, mientras te estás protegiendo del ladrón te acordarías de que tenés que pagar la luz, y que dejaste la ropa tendida y va a llover; todo al mismo tiempo mientras estás protegiéndote. Sería una respuesta muy inefectiva". He ahí la explicación de por qué la lógica se bloquea cuando la emoción que sea (miedo, ira), desborda. El problema en la pareja es que cuando la lógica desaparece, también lo hace en gran medida la posibilidad de conciliar. "Durante mucho tiempo las terapias de pareja fallaban porque los terapeutas querían que las personas enojadas conversaran bien. Una de las cosas que empezaron a ver, sobre todo en los desarrollos de John Gottman (psicólogo e investigador de los predictores del divorcio), fue que nadie enojado conversa bien", agrega.

Una de las principales capacidades que tienen los conversadores asertivos es, según la licenciada en Psicología, que cuando se enojan presionan un botón de pausa, se regulan, y después, cuando están en un estado óptimo, vuelven a conversar. "De hecho, en terapia de pareja en Estados Unidos se trabaja con un pulsómetro donde van midiendo las pulsaciones de las personas mientras conversan, y así se dan cuenta si se empiezan a desregular. Ahí suspenden la sesión, hacen unos ejercicios de relajación, y no dejan a las personas escalar, que es lo que muchas veces pasa. Cuando uno está enojado por lo general el cortisol, que es la hormona del estrés, vinculada a la emoción de la rabia, transforma al otro en tu enemigo, entonces las personas lejos de querer llegar a un acuerdo, de entender, lo que quieren es destruir al otro".

De ser posible no se debería comenzar una conversación con la pareja sobre un tema importante si alguno de los dos, o ambos, están enojados, recomienda a su vez Ekroth. "A veces lo más productivo e inteligente puede ser lograr evitar esa discusión en espera de un mejor momento para dialogar", agrega. "Sería increíblemente bueno si todos pudiéramos no abrir la boca cuando estamos enojados con nuestra pareja". Si lo hiciéramos y esperáramos al menos 24 horas, probablemente descubriríamos que la situación no era tan grave como para estar tan enojado, o que "el error era nuestro y el otro tenía razón", o que "sin la pasión del momento y menos cansados, a la mañana siguiente logramos tener una charla mucho más constructiva". De acuerdo a Ekroth, la ira es una especie de "vómito mental-emocional" que debemos evitar a toda costa arrojar sobre nuestro compañero de vida. "Luego podemos arrepentirnos mil veces, pero lo hecho hecho está. Cada agresión verbal produce heridas en el corazón del otro, que con el tiempo pueden cicatrizar pero van endureciéndolo cada vez más".

Otros enemigos de las discusiones. Estefanell cita una vez más a Gottman y sus cuatro jinetes del Apocalipsis para referirse a qué evitar en las discusiones de pareja (aunque aplica para todos los vínculos). "Básicamente Gottman dice que cuando una persona conversa sobre un conflicto hay cuatro elementos que, si aparecen, pueden ser altamente disfuncionales". Una es la actitud crítica, que suele ir de la mano, además, con la atribución de una intencionalidad: "Nunca me valorás, sos un desagradecido, sos un egoísta, pensás solo en vos". El segundo jinete es la descalificación, que puede manifestarse con un rechazo explícito o a veces implícito: "Esto que decís es una estupidez". El tercero es la actitud defensiva; cuando el otro en vez de intentar entender se defiende, contraataca, o está todo el tiempo poniendo excusas de por qué actuó de tal manera. El cuarto jinete es adoptar una actitud evasiva, que demuestra indiferencia y no hacerse cargo: "Sos un loco, yo no tengo nada que ver con eso". "Estos cuatro elementos activan mucho a la otra persona en la conversación".

Otro ingrediente nefasto en una discusión es la tendencia a atribuirle la culpa al otro. "Hay veces en que el problema está planteado de manera que es muy difícil pedir perdón, porque hablamos en términos de todo o nada. Por lo general la culpa es 0 o 100: o sos culpable o sos inocente. Y a las personas por lo general les cuesta asumir la culpa, sentirse 100% responsable de algo", explica Estefanell. "Si el pensamiento no es circular, de contribuciones mutuas, de múltiples causas, donde no hay nadie inocente sino que todos contribuimos de alguna manera, es muy difícil que las personas se hagan cargo de lo que se plantea, porque es demasiado grande el paquete que el otro tiene que asumir. La culpa es uno de los grandes eslabones que trabajamos en terapia de pareja, y tratamos de salir de esas miradas lineales para hacer miradas más circulares, porque la culpa genera un circuito de ataque y defensa".

Ekroth agrega dos componentes que deben evitarse a toda costa en una discusión: "El alcohol y las drogas deben permanecer totalmente fuera de la ecuación de cualquier diálogo constructivo de pareja".

Al mismo tiempo, hay unas cuantas barreras que no se deberían cruzar, porque pueden ocasionar daños irreversibles. En el extremo está el abuso psicológico y la agresión física, pero antes de llegar a eso seguramente se han pasado por alto "muchos semáforos en rojo", como "el respeto, la empatía, los buenos modales y el compañerismo". Según el psicólogo, es fundamental estar atento a todas esas señales previas porque rara vez estas barreras se transgreden en un evento repentino, sino que suele ser "un proceso de lenta escalada progresiva".

Otro llamado de atención es cuando las peleas de gran intensidad son reiteradas, cuando la dinámica se vuelve casi un deporte, porque pueden llegar a convertirse en una adicción y hasta estar acompañadas de cambios bioquímicos en el cerebro similares a los de otras adicciones. "Toda pareja con estas características podría beneficiarse de períodos de abstinencia y desintoxicación acordados previamente entre ambos", asegura Ekroth.

¿Hombres y mujeres discuten diferente? Sí hay algunas diferencias leves; algunas culturales, otras biológicas. "Por ejemplo, se sabe que las mujeres pueden pronunciar sin esfuerzo entre 6.000 y 8.000 palabras diarias, el promedio del hombre se sitúa apenas entre las 2.000 y 4.000 palabras diarias. Esta disparidad en la capacidad para verbalizar puede hacer la diferencia, sobre todo en discusiones largas", dice Ekroth. Por lo general, "la mujer al dialogar prefiere ir libremente de un punto a otro del territorio del problema confiando en su sensibilidad e intuición mientras que el diálogo masculino generalmente va de un punto a otro teniendo un objetivo y una ruta lo más directa posible para alcanzarlo".

Según el especialista, en la pareja siempre hay "una sutil lucha por el poder", pero sería una decisión sabia reconocer las fortalezas del otro. "En lo afectivo, lo emocional, en los sentimientos, los hombres deberíamos tener más en cuenta la intuición de la mujer, y en el mundo material la mujer debería escuchar más la racionalidad del hombre", sugiere Ekroth.

En cuanto al pronunciamiento del tan esquivo "¿me perdonás?", el psicólogo opina que a ellos puede costarles más. La explicación podría estar en que son "más racionales y lógicos" y hacen del pedir perdón "un cálculo matemático, una estrategia más bien política. La cuestión importante para nosotros es si el otro se merece nuestras disculpas. Tenemos que analizar bien la situación como si se tratara de algún tipo de negociación afectivo-emocional, y eso lleva algún tiempo". Para la mujer, en cambio, es más sencillo: "Solo tiene que sentir que su corazón está listo para pedir perdón y lo hace sin más vueltas", dice el psicólogo.

Choque de dos mundos. Si bien hombres y mujeres tienen diferentes formas de atravesar sus emociones, distintos esquemas cognitivo-emocionales -que es cómo se manejan con una emoción-, para Estefanell el abismo no está entre los géneros, sino entre los diferentes estilos de comunicación que puedan tener los integrantes de una pareja; en sus estilos de interacción emocional. "Hay gente más expresiva, expansiva, impulsiva, desregulada, y hay gente más introvertida, que le gusta menos discutir", dice.

Entonces, el peleador introvertido y el extrovertido, ¿cómo se entienden? "Cuando las parejas tienen estilos muy diferentes, es un problema. A veces tenemos parejas pasionales, que son los dos explosivos, y funciona muy bien. Si son los dos introvertidos, también. Pero cuando uno tiene un canal y el otro tiene otro, por lo general tenemos que hacer ajustes en esa forma de manejar las emociones, porque el explosivo es como un océano lleno de olas y el introvertido es como un agua tranquila, que no sabe lidiar con esas olas tan grandes", ejemplifica Estefanell.

Ekroth ofrece algunos consejos, primero, para los explosivos, aquellos que se exceden cuando la discusión sube de tono. Además de buscar ayuda profesional en caso de que se vuelva sistemático, sugiere que intenten aceptar el hecho de que "su pareja es un ser humano falible con virtudes y defectos y que no está aquí para cumplir todas y cada una de sus expectativas personales". También recomienda que en cada discusión intenten poner primero el amor que los une a la otra persona y hagan a un lado "su falso orgullo"; que intenten no criticar pero, si no pueden evitarlo, que critiquen situaciones y comportamientos pero no a la persona, que "no le adjudiquen adjetivos"; y que no descarten, previo a alguna charla difícil, "descargar físicamente tensiones o el enojo" a través de alguna actividad física. Basta con caminar rápido, subir y bajar escaleras, ordenar la casa, cortar leña o cualquier actividad aeróbica de moderada a intensa, propone el psicólogo.

Por el otro lado, a quienes evitan la confrontación, les aconseja primero que reivindiquen su derecho a decir que no sin sentirse culpables. "Es muy saludable para la dinámica de la pareja defender nuestros derechos propios sin atacar ni violar los derechos del otro", asegura. También les diría a los introvertidos de las discusiones que "no es egoísmo, en ciertas circunstancias, poner por delante las necesidades propias"; "que se olviden de la idea de que la sumisión genera algún tipo de amor real y duradero"; y que "a pesar del miedo a que nos dejen de querer siempre tenemos que atrevernos a ser intensamente nosotros mismos".

Una discusión sana. Cualquier discusión tiene el potencial de fortalecer el vínculo o debilitarlo. Una pelea sana, según Ekroth, debe, en primer lugar, iniciarse en el momento propicio: "No lo haga si está enojado, no lo haga si el otro está enojado, no lo haga si lo que quiere es desquitarse, no lo haga si el otro tiene de momento otras preocupaciones por atender". Debería, también, limitarse a un tema a la vez. "Por ejemplo, si el tema es la sexualidad, no sacar a relucir temas de las finanzas o de la educación y modales de los chicos". Conviene también abordar solo hechos del presente. "Si el tema son los espacios personales, no traer al tapete los problemas que se tuvo con los actuales suegros en la etapa de noviazgo".

Durante el diálogo, "demostrar en cada situación que sea posible, con palabras y acciones, los sentimientos amorosos que lo unen a esa persona". Siempre que se tome consciencia de un error personal, lo mejor es reconocerlo inmediatamente, en lugar de "torcer los hechos para parecer mejor de lo que se es". Conviene asimismo evitar las "artes adivinatorias": "No estar a cada rato adivinando lo que siente y piensa la pareja. No imaginar lo peor y, mucho menos, actuar como si eso que se imagina fuera la pura verdad". Por último, Ekroth invita a evitar el destructivo juego de "quién es peor". Y advierte: "Si bien este tipo de estrategia proporciona un cierto alivio al que va ‘ganando' la discusión, a la larga solo sirve para entorpecer y hasta bloquear el sano diálogo de pareja".

En definitiva, ¿qué es ganar una discusión de pareja? ¿Cuál es la recompensa? ¿Sentirse más poderoso? ¿Menos falible? "En las parejas disfuncionales ambos integrantes piensan exactamente lo contrario y generan una gran muralla de incomunicación recíproca", asegura Ekroth. Por otra parte, las parejas que pelean bien están interesadas en conocer la opinión del otro. Estefanell cita a Sue Johnson -una de las principales exponentes de la terapia de pareja- para explicar que las crisis de pareja se dan cuando el otro deja de ser ese lugar seguro al que acudir, porque de alguna manera "tocó alguna herida de tus apegos principales", entonces "las personas se sienten defraudadas, no queridas, no valoradas". Las personas que pelean bien, entonces, son las que pueden poner sobre la mesa el dolor que hay detrás del enojo, "la herida de apego que el otro toca cuando hace tal o cual cosa"; pueden hablar más de lo que les duele que de lo que les molesta.

Los buenos conversadores discuten para comprender y para sumar, y están orientados a resolver el dolor y no tanto a hablar de las intenciones del otro, porque en definitiva las intenciones (buenas o malas) son solo una atribución, una interpretación que la mayoría de las veces es fallida. Los buenos conversadores son contagiosos, según Estefanell, porque involucran al otro en una clase diferente de discusión. Dejémonos contagiar entonces.


DISCUSIONES DE PELÍCULA, DISECCIONADAS

Un sinfín de discusiones de parejas del cine han trascendido por diferentes motivos: su nivel de realismo, su crudeza, su elocuencia, su locura. El psicólogo Gustavo Ekroth analiza qué hicieron bien (casi nada) y qué hicieron mal (casi todo), los protagonistas de estas escenas que seleccionamos de tres películas (todas están disponibles en Netflix). 

Viviendo con mi ex

Dirigida por Peyton Reed. Protagonizada por Jennifer Aniston y Vince Vaughn.

Este tipo de pelea necesita una mente muy distraída. Si él estuviera un poquito más atento a los mensajes y señales de su compañera, no podrían estar peleando, no tendría sentido. Todo parece ser absurdo, destructivo y no le ayuda a la pareja en ningún sentido. Ella buscando señales de amor y no encontrándolas genera agresión, enojo y sarcasmo, porque siente que él tal vez ni siquiera está interesado en ella. Él piensa que ella lo único que quiere es molestarlo. No hay ningún entendimiento posible: ella le habla en chino y él le responde en alemán.

Este tipo de peleas suelen tener antecedentes, capítulos anteriores, historias previas, nunca surgen de la nada. Cada pelea deja una especie de archivo oculto en el disco duro y cualquier pequeño roce de una tecla descarga una nueva pelea. Así que la discusión causa más discusión; un conflicto no resuelto crea otro conflicto.

A veces las peleas de pareja son como los temas musicales enganchados, no se sabe dónde termina un tema y ya comienza el otro.


Historia de un matrimonio

Dirigida por Noah Baumbach. Protagonizada por Scarlett Johansson y Adam Driver.

En esos niveles de violencia mutua es prácticamente imposible que la comunicación dé lugar a algún tipo de entendimiento recíproco. Dado el hipotético caso de que eventualmente accedieran a una terapia de pareja, necesitarían mucho trabajo individual previo en el manejo de la ira y la comunicación eficaz antes de poder llegar a plantearse la posibilidad de entrar juntos a un consultorio.

En esta escena se observan varios errores típicos en la comunicación verbal y corporal. Por ejemplo, recurrir a la opinión de terceros para descalificar al otro. Ingerir alcohol antes y durante la discusión. Hablar en diferentes planos, él sentado y ella parada. El nivel de la voz excesivamente alto, el abuso de gesticulaciones, los movimientos de manos y cuerpo. Hablar parados y desplazándose en lugar de estar ambos sentados lo más relajados posible. Jugar al destructivo juego de quién es peor.

Dedicarse a "medir" quién ama o amó más y quién ama o amó menos. Atacar y descalificar áreas fuera de la pareja, como la profesión. Tratar de explicar motivos y justificaciones de un "error" en lugar de pedir perdón. Falta de empatía y sensibilidad frente al dolor del otro.

En la discusión también resulta muy claro cómo el hombre, entre el amor y la libertad, elige jugársela por la libertad y la mujer no lo entiende porque entre el amor y la libertad ella elige el amor.

Luego de varias señales de advertencia, la conversación pasa la barrera de la violencia física. En el momento en que el hombre golpea la pared, él, ella o ambos deberían haber puesto fin inmediatamente a la discusión.


Belleza americana

Dirigida por Sam Mendes. Protagonizada por Kevin Spacey, Annette Bening y Thora Birch.

No es extraño que en dos de las tres escenas elegidas para comentar esté involucrado el alcohol en la discusión. Es mucho más común de lo que podríamos pensar que las parejas discutan acaloradamente (sin realmente comunicarse) bajo los efectos "liberadores" del alcohol u otras drogas. Incluso hay parejas que erróneamente usan el alcohol o las drogas como método para "distenderse" antes o durante una discusión complicada.

Aquí tampoco se respeta la regla de tiempo y lugar . Se involucra en la discusión deliberada y despiadadamente a la hija de ambos. En una acción totalmente egoísta pretenden que la adolescente sea testigo, juez y jurado de su disputa. Aquí lo más importante es demostrar que se tiene razón y que el otro está equivocado, no hay una verdadera búsqueda conjunta de la verdad. No importa tampoco abusar de un menor, aquí los fines justifican los medios.

Es indudable que presenciar reiteradamente las peleas violentas de sus padres daña la psicología de cualquier hijo. Las parejas que conviven con hijos, y sobre todo si estos son pequeños, deberían tener bien claras varias líneas rojas que jamás podrían sobrepasar en ninguna discusión, el tener una palabra de seguridad puede ser de ayuda.

Finalizando la escena la violencia extrema "gana" la discusión: nadie llegó a comprender al otro ni aprendió nada.