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Cómo funciona Tinder

Por qué Harry hace match con Sally

A partir de su experiencia como usuaria y de una profunda investigación periodística, la francesa Judith Duportail escribió El algoritmo del amor. Un viaje a las entrañas de Tinder

13.01.2020

Lectura: 16'

2020-01-13T09:55:00
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Por Patricia Mántaras

Anotarse en el gimnasio fue el primer paso de Judith Duportail para sacar cabeza después de una ruptura dolorosa. Se compró el outfit adecuado, con las calzas de marca y probablemente los championes de running a modo de mimetizarse con ese universo nuevo y, hasta entonces, ajeno. Descargar Tinder fue el previsible segundo paso de esta periodista francesa, nacida en 1986, para sentir que estaba haciendo algo para conocer gente nueva y, con algo de suerte, interesante. El profundo conocimiento que fue obteniendo sobre la app de citas -que abordó desde su lugar de usuaria y también como tema de estudio-, la llevó a especializarse profesionalmente en cómo la tecnología ha adulterado las relaciones sentimentales y la libertad.

El algoritmo del amor. Un viaje a las entrañas de Tinder, es el título del libro en el que relata los pormenores de esa investigación, antropológica y tecnológica, que la llevó a descubrir y deducir el funcionamiento de esta máquina de fabricar encuentros románticos o lujuriosos, soñadores o terrenales. Lejos de generar combinaciones aleatorias entre las personas, la aplicación está programada para presentar algunos perfiles antes que otros, jerarquizando, para los hombres, las mujeres más jóvenes (dentro del marco de edad señalado por el usuario) con menores ingresos y nivel educativo, y para las mujeres, hombres de más edad, con mayores ingresos y nivel educativo. Y esto es solo un ejemplo de los hilos invisibles dirigidos por humanos que determinan quién tiene más posibilidades de acabar con quién.

La periodista, que escribía para Le Figaro y publicó un artículo con sus primeros hallazgos en The Guardian, también analiza con base en su propia experiencia y a investigaciones científicas cómo operan los mecanismos de Tinder en la psiquis de los usuarios. "Al principio, me sentí transportada. Cada match llega, como una microtirita (curita), a colmar los abismos de mi ego. Cada notificación alimenta mi autoestima", explica. Y así, en algún momento, abrir la app se vuelve para algunas personas un impulso incontrolable, pues tiene todos los ingredientes para convertirla en una adicción. "La app se nutre de técnicas sacadas de los videojuegos y la astucia de los casinos para mantenernos en vilo, descargas de dopamina que recibimos en el momento oportuno, pero nos toca a todos en el mismo punto", dice Judith.

Con ese despectivo swipe (deslizamiento) -a la derecha de aprobación, a la izquierda para descartar el perfil- Tinder vende, además, la ilusión de que "siempre habrá alguien más". Y, probablemente, mejor.
Según promociona la aplicación, por día se producen 2.000 millones de match y se conciertan más de un millón de citas a la semana en los 190 países en los que está presente.
Judith Duportail se calzó las botas y se dispuso a sumergirse en las profundidades de este fenómeno. Alguien tenía que hacerlo.

Comienza el viaje. Estaba trabajando en Le Figaro cuando empezó a investigar sobre el tema. Buscando propuestas para la reunión del periódico, se topó con un artículo de la web estadounidense Fast Company. "Me arrepiento de haber descubierto mi puntuación secreta de deseabilidad en Tinder", se titulaba, y estaba escrito por un periodista, Austin Carr, a partir de la información recabada en una reunión con el CEO de Tinder, Sean Rad. Ese puntaje -que no es visible para el usuario- no es resultado directo de la belleza, ni de la cantidad de personas que hagan swipe a la derecha en su foto: "Es un sistema muy complejo para evaluar la deseabilidad de un perfil. Construir este algoritmo nos ha llevado dos meses y medio porque tiene en cuenta muchos factores", contaba Rad en la entrevista.

Desde que lee ese artículo, ya totalmente absorbida por la dinámica tinderiana, Judith se obsesiona con descubrir cómo cotiza ella en el mercado de citas virtual. "Tengo que conocer mi puntuación, y tengo que saber más sobre la aplicación más rentable de la Apple Store: ochocientos millones de dólares de facturación en 2018". No la mueve solo la curiosidad periodística.

Primero, se interiorizó en la historia de Sean Rad, su fundador, que podría resumirse en pocas líneas: un tipo que soñaba con ser una estrella de rock y terminó creando un sistema de generar parejas que puede resultar tan útil como deprimente, desalentador o frustrante. "En 2006 creó Adly, una plataforma para que los famosos gestionen sus diferentes perfiles en las redes sociales. En 2012 vendió su parte de Adly para entrar en Hatch Labs, una incubadora para aplicaciones móviles financiada por IAC, un conglomerado de empresas estadounidense con 150 marcas en todo el mundo, como Vimeo, CollageHumor, Dictionary.com o Match Group, el grupo de portales de citas más grande del mundo. Ahí inventó Tinder junto con un equipo de cinco personas; entre ellos, su mejor amigo de la infancia, Jonathan Badeen", cuenta Judith.

Finalmente, después de tirar unos cuantos anzuelos, consigue una entrevista con Rad. Es telefónica, porque él reside en Silicon Valley y, en ese momento, Judith vive en Berlín.

En la charla, le pregunta por la nueva funcionalidad de Tinder, que permite agregar al perfil las preferencias musicales del usuario a través de Spotify. Le pregunta si cuando un usuario se conecte a Tinder la aplicación le mostrará primero los perfiles con gustos musicales parecidos a los suyos. La respuesta es que sí. Judith repregunta: "Entonces, ¿estoy condenada a encontrar solo hombres que se me parecen?". "¡No!", responde Rad; "No se te oculta ningún perfil de Tinder, puedes ver a todo el mundo. Es solo una cuestión de jerarquización. Si las personas con tu mismo gusto musical no te gustan, sigue deslizando".

Judith Duportail

Espejismo o realidad. Judith tiene dos grandes crush en su historia en Tinder. Suceden después de unas cuantas primeras citas aburridas y decepcionantes. "Yo, que soñaba con besos apasionados en el umbral de mi puerta, por ahora parece que estoy encadenando entrevistas de trabajo".

A uno de esos intereses amorosos lo llama "Espejismo". Salen poco tiempo, pero ella está excesiva e ingenuamente entusiasmada. En una desafortunada conversación, el chico hace alusión a la "tentación de volver a la app para ver si hay algo mejor en el expositor". Expositor. Esa es la palabra que Judith no podrá olvidar incluso mucho tiempo después. "Porque es verdad, hay otras mejores que yo en el expositor, mucho mejores, y nunca he sido tan consciente de ello. No soy un artículo de reclame (publicitario), como en la cabecera de un pasillo, con el que se atrae a clientes. Tampoco soy un bote de estofado. Estaré en algún punto entre los dos. Me veo como un buen gruyer; eso es, soy un buen gruyer. Un producto reconfortante, pero por el que no te vuelves loco".

Un día, Espejismo desaparece sin dar explicaciones. Ella le escribe y él no responde a su último mensaje de WhatsApp. "¿Se le habrá acabado la batería? ¿Estará durmiendo? ¿En el cine? ¿Y si a lo mejor no ha mirado el móvil?". Pero, chequeando su última hora de conexión según el Messenger de Facebook, ha estado conectado y, evidentemente, ha decidido no leer su mensaje. "Ya no hay dudas, solo la certeza de un silencio deliberado", escribe. Y entonces, a oscuras en su habitación sin poder dormirse, escribe en Google: "Tinder makes me" (Tinder me hace), y aparecen las sugerencias del motor de búsqueda: "Tinder me hace sentir deprimido/solo/vacío/ansioso/mal/inseguro". No es la única en quien Tinder despierta sentimientos dañinos.
Esa constatación da lugar a que la chica comience una campaña en los baños de los bares a los que va con sus amigas. Dentro de los cubículos, para consolar a otras como ella, escribe: "Desliza hacia la derecha sobre ti misma".

Un poco más adelante, cita a Roland Barthes en una entrevista posterior a la publicación de Fragmentos de un discurso amoroso (1977): "Se ha producido una inversión y, ahora, estoy seguro de que a un sujeto -y subrayo sujeto para no posicionarme antes de tiempo sobre el género de ese sujeto-, enamorado le resultará muy difícil vencer esta especie de tabú de la sentimentalidad, mientras que el tabú de la sexualidad, hoy en día, se transgrede con mucha facilidad". Judith se siente identificada. La sobrevuela una sensación de que las relaciones iniciadas en Tinder son algo así como de segunda categoría, como si transitaran por un circuito diferente y más superficial que las que comienzan con encuentros presenciales y con cierta cuota de azar.
Vuelve a cruzarse con Espejismo en una fiesta y él la presenta como su ex. "Me doy cuenta de que, para él, estuvimos juntos. Yo no tuve esa sensación, y eso me frustra mucho".

Entender el juego (y el mercado). Su amiga Giulia también ha tenido malas experiencias. Estuvo chateando tres semanas con un hombre y el mismo día de la cita, apenas minutos antes, él la canceló sin dar explicaciones, "como se cancela un pedido de sushi o un Uber". Los últimos mensajes que ella le envía ni siquiera aparecen como leídos. "Es extraño, porque, aun así, siento como si lo conociese un poco, aunque nunca nos hayamos visto", dice Giulia. "El caso es que en Tinder o en las otras aplis nunca hay que creerse lo que se lee. Que quedéis para veros, no significa que vaya a presentarse; que te diga que está interesado, no significa que te vaya a volver a escribir. Que un tío parezca interesado, no significa que lo esté de verdad, o que lo siga estando después de quedar y, sobre todo, después de haberse acostado contigo".

Judith cita un informe de la ONU publicado en 2015 que asegura que 73% de las mujeres han recibido insultos y acoso en línea. Con base en eso y a sus propias experiencias, reacciona. "Por mi parte, tengo un apego tan ansioso que de primeras también me muestro evitativa (es lo que se llama ambivalente): al coleccionar principios de historias y acumular posibles pretendientes, evito crear una conexión real y mostrar mi verdadera cara de existencia angustiada".

Los trabajos de la socióloga marroquí Eva Illouz siguen esa línea y ofrecen una explicación del fenómeno. En el libro que menciona Judith, Por qué duele el amor, expresa que los sitios y las apps de citas han creado un mercado de transacción íntima. "Los usuarios compiten los unos contra los otros por ligar y se transforman ellos mismos en mercancía. Las mujeres heterosexuales que buscan una relación ocupan la posición más precaria del mercado", asegura.

Todo sobre Judith. Apelando a la ley francesa sobre informática y libertades, Judith le escribe un e-mail al equipo de privacidad de Tinder para obtener su puntuación. Le responden desde el servicio jurídico de Match Group, la empresa que engloba a Tinder, con un PDF adjunto y encriptado con una clave que le envían en otro correo electrónico. La extensión del documento la deja sin aliento: 802 páginas. Allí consta desde su última hora de conexión hasta el rango de edad que estableció en su búsqueda; están sus lugares de estudios y su historia laboral. "Me estremezco al imaginarme a los empleados de Tinder recopilando mis datos y riéndose de mí, pero se los he servido todo yo solita y en bandeja de plata".

Están también todas las páginas que le interesan en Facebook y una transcripción completa de todas las conversaciones que ha mantenido dentro de la aplicación.

De acuerdo a un estudio que cita Judith de la Universidad de Stanford, la inteligencia artificial puede deducir la personalidad de alguien y su comportamiento solo con esos rastros de información que vamos dejando aquí y allá: "A partir de un mínimo de sesenta y ocho likes de un internauta, se puede predecir su color de piel (en un 95%), su orientación sexual (88%), sus convicciones políticas (85%) e incluso concluir si sus padres están o no divorciados". De hecho, fue un artículo que Facebook publicó en su página web para empresas Facebook IQ sobre el tema uno de los primeros insumos de Judith para su investigación. En él, la compañía les explicaba a los anunciantes por qué recomendaba dirigir su publicidad a personas que habían sufrido recientemente una ruptura amorosa: porque "están más dispuestos a probar cosas nuevas o buscarse una nueva afición". Y suma un dato: 55% de los usuarios de Facebook hicieron un viaje largo luego de una ruptura.

El contenido abrumador y alarmante de esas páginas dio título al artículo que la periodista escribió para The Guardian en 2017: Pedí mis datos personales a Tinder y recibí ochocientas páginas con mis secretos más oscuros e íntimos. Fue uno de los más leídos de ese año en el portal del diario británico. Lo termina así: "Como cualquier millennial típica que no se despega de su teléfono, mi vida virtual es ahora mi vida real. Ya no hay diferencias. Tinder es una herramienta, y con ella conozco a gente, es mi realidad. Una realidad en la que influyen constantemente los otros, pero no se me permite saber cómo".

Tan sonado es el artículo que hasta el exdirector del Fondo Monetario Internacional, Dominique Strauss-Kahn, hace eco de él: "Ochocientas páginas, ¡qué picarona!". Su extensísimo archivo personal se exhibe además como una instalación en el Victoria and Albert Museum de Londres. Unas semanas después, Tinder añade una nueva opción en la aplicación: Download My data, que permite a los usuarios solicitar su historial. Judith lo considera una batalla -la primera- ganada.

Los algoritmos secretos. "Mi ego está pasando por una etapa de recuperación de puntos. Ya no soporto la idea de someterme a la validación de un hombre, ni de que tengan una opinión sobre mí y mi cuerpo; que vean mis muslos o mi vientre y se pregunten lo que piensan de ellos; que se pregunten si tienen o no que responder a mis mensajes, si valgo la pena, o si prefieren seguir buscando porque igual hay algo mejor en el expositor", cuenta Judith.

Las repercusiones por el artículo de The Guardian siguen llegando. Como caído del cielo, un día recibe un e-mail de Jessica Pidoux, una doctoranda en Humanidades digitales de la politécnica de Lausana. Le dice que está escribiendo una tesis sobre modelos científicos de los algoritmos de los portales de citas y le envía su investigación referente a Tinder. Pidoux hace referencia a la patente de la aplicación, un documento público disponible en Google Patent, "una versión del motor de búsqueda especializada en patentes". Allí, Judith encuentra la solicitud de patente que presentó match.com, en el que con gran nivel de detalle explican las características y funciones de la app.

"Aunque algunas personas creen que la gestión de un portal de citas es tan simple como cruzar la oferta con la demanda, hay pruebas estadísticas y empíricas que sugieren que un portal de citas eficaz implica mucho más que eso", explican los autores en el documento. "El servidor se puede configurar para buscar en los perfiles de los usuarios las palabras clave relativas a actividades o intereses. El servidor puede usar el análisis de palabras clave cuando busca e identifica match para un usuario (...). Cuantas más palabras clave tengan en común Harry y Sally, más posibilidades hay de que el servidor incluya el perfil de Sally en los resultados de Harry". Harry y Sally, los nombres de los protagonistas de la famosa comedia romántica de Rob Reiner con guion de Nora Ephron, son los que representan al usuario masculino y al femenino en los ejemplos que utilizan los creadores de la app; un atisbo de humor y ocurrencia en la redacción en este documento que expone cómo orquesta la aplicación el futuro próximo de los usuarios en lo que refiere al amor con algunas especificaciones escalofriantes: "El servidor se puede configurar para hacer que un perfil sea más atractivo para un usuario subrayando las coincidencias de los perfiles, lo que da al usuario la sensación de que ha intervenido el destino".
"¿Tan previsibles e influenciables somos? El que hayan pensado que pueden jugar con nuestra ‘creencia en el azar' o nuestro ‘sentido del destino' es fascinante. Es como si estuviera leyendo un manual de uso de los terrícolas escrito por extraterrestres", escribe Judith.

En el documento, los programadores de Tinder también detallan que el servidor de matching analiza la media de palabras por frase, el número de palabras de más de tres sílabas y la cantidad de palabras utilizadas por los usuarios en las conversaciones que mantienen, "para precisar el CI de un usuario, su nivel escolar o su estado emocional". Todo esto con la premisa de unir personas con características similares.

Además, declaran que la distancia que figura entre los usuarios es relativa, pues si a dos usuarios con "los mismos ingresos, la misma edad y el mismo nivel de estudios" los separan más de 50 kilómetros, "el servidor se puede configurar para otorgar una puntuación que se corresponde a una distancia de diez kilómetros".
El documento también explica que "si Harry tiene diez años más que Sally, gana 10.000 $ más que ella al año y tiene un máster, mientras que Sally solo tiene un grado (...), el servidor atribuirá al perfil de Sally una puntuación alta que aumentará sus posibilidades de aparecer en la lista de resultados de Harry". En cambio, "si es Sally quien tiene diez años más, gana 10.000 $ más y tiene un máster, mientras que Harry solo tiene un grado, el servidor atribuirá una puntuación baja al perfil de Harry, con lo que tendrá menos posibilidades de aparecer en la lista de resultados de Sally". Judith se enfurece. "¿Un hombre rico con una jovencita, sí, pero una mujer rica con un jovencito, no?", se pregunta. En esto, Tinder se aferra al concepto de pareja más tradicional y conservador.

La ingeniería detrás de Tinder determina qué perfiles pueden cruzarse entre sí, por lo tanto, interviene en las chances que tienen las personas de entrar en contacto, de interactuar, conocerse y, eventualmente, formar una pareja. Es un gran poder, aunque por momentos pueda verse como un juego. Ahora, al menos, ya conocemos algunas reglas.