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Personajes
¿Dopaje tecnológico?

Otra acusación para Lance Armstrong, el gran fraude del pedal

Sumado al doping "tradicional" que le costó la gloria obtenida, al que ganara por siete veces el Tour de Francia se le señala ahora haber utilizado motores en su bicicleta

26.04.2021 06:00

Lectura: 15'

2021-04-26T06:00:00
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Por Leonel García

Para el mundo, el nombre de la corredora de bicicross belga Femke Van den Driessche no suena conocido. Sin embargo, el suyo es un mojón en la historia del deporte internacional y no por una buena causa. A los 19 años, fue la primera atleta suspendida por "dopaje tecnológico" tras participar en el Mundial Sub-23 disputado en su país, en Zolder, en 2016. Le encontraron un pequeño motor escondido en el eje de pedalier, cuya caja conecta al tubo del asiento con el resto del cuadro. Se la suspendió, se le quitaron títulos que había obtenido de forma retroactiva, no volvió a competir.

El nombre del estadounidense Lance Armstrong, en cambio, trasciende en mucho al mundo del ciclismo. Nacido en Plano, Texas, el 18 de setiembre de 1971, apodado Le Boss o Big Tex, era reconocido en todo el mundo por sus hazañas deportivas, por su casi milagrosa recuperación de un cáncer que inspiró a millones de personas, y, desde hace casi una década, por tramposo. Pero no cualquier tramposo: un tramposo que era considerado el mejor ciclista del mundo con siete Tour de Francia consecutivos en su palmarés. Y así como decir Tour de Francia es decir la competencia ciclista más importante del mundo, hoy decir Lance Armstrong -quien había ganado más esa competencia que nadie- es sinónimo de fraude.

Y cuando parecía que no se le podía echar más tierra encima -breve conteo: por admitir que había consumido EPO, un estimulante muy utilizado en el ciclismo, la Unión Ciclista Internacional (UCI) lo suspendió de por vida y le retiró sus siete tours y el Comité Olímpico Internacional (COI) lo despojó de su medalla de bronce en la contrarreloj de Sidney 2000-, ahora se lo acusa de haber incurrido en un dopaje tecnológico, además del, digamos, "tradicional".

Jean-Pierre Verdy, titular de la Agencia Antidopaje de Francia entre 2006 y 2015, no tuvo ambigüedades para referirse a Armstrong cuando fue entrevistado por la televisión de su país el jueves 8 de abril, a raíz de la publicación de su libro Dopage: Ma guerre contre les tricheurs (Dopaje: mi guerra contra los tramposos): "Es la mejor estafa". Y luego de dar a entender que era muy difícil enfrentarse a una estrella, lo que habla de una complicidad a varios niveles, tiró la piedra: "Yo también creo que tenía un motor en la bicicleta". De inmediato, recordó una prueba de montaña en la que el norteamericano pedaleaba sin cesar y casi sin sudar, cuando sus rivales dejaban la vida en la ruta. "¡Dejó a todos atrás! Llamé a todos los especialistas que conocía y ninguno de ellos entendía cómo era posible ese rendimiento, aun considerando el EPO".

Al día siguiente, el periodista especializado en ciclismo Antoine Vayer compiló en su cuenta de Twitter una serie de videos "sospechosos". En ellos se veía a Armstrong pedaleando duro, enseguida llevándose la mano izquierda hacia atrás, tocando una parte de su asiento, y continuando con la pedaleada. A simple vista no se puede ver si eso es seguido de una aceleración. Pero quienes conocen el tema saben que estos motores están parapetados bajo el asiento o en la caramañola.

Más allá del escándalo, la duda que genera en muchos amantes del ciclismo, seguidores (y exseguidores) de Armstrong es: ¿por qué ahora, cuando el hombre ya es un paria para el mundo deportivo? ¿Nadie controlaba nada entonces? No se está hablando del siglo pasado: Lance ganó sus siete tours consecutivos entre 1999 y 2005.

"Creo que, en primer lugar, por todo lo castigado que fue Lance Armstrong durante tantos años, no era necesario. Cometió un error con el dopaje, que por supuesto está mal, pero que ya mereció castigo: se le retiraron los títulos del Tour de Francia, la medalla olímpica, ¡ya está!", opina en esa sintonía Adriana Laca, periodista uruguaya que lleva 28 años cubriendo los llamados "deportes menores" (según la óptica local; ningún francés considera "menor" al ciclismo), desde 1995 sigue la Vuelta Ciclista y Rutas de América en Uruguay, y que desde 2011 trabaja en Tenfield. Para ella, lo que está pasando con Big Tex se sintetiza en la callejera noción de pegarle a alguien en el piso.

Auge y esplendor. Desde su infancia en Texas, Lance demostró interés y habilidad en los deportes. Empezó en la natación y ahí pasó al triatlón, donde logró destaque a escala nacional aún siendo adolescente. Finalmente se decantó por el ciclismo. Ya para 1992 representaba a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Barcelona, en la prueba de ruta, logrando un honroso 14º lugar. Al año siguiente su nombre traspasó fronteras al ganar el Campeonato Mundial de Ruta en Oslo, Noruega. Solo tenía un año como profesional y ya había sido contratado por el prestigioso equipo Motorola. Y era un fenómeno, algo que conviene tener claro, antes de que su nombre quedara salpicado ad eternum por el dopaje. "Aquellos que aman a Lance Armstrong, lo van a seguir amando y van a seguir diciendo que es el mejor ciclista de todas las épocas", subraya Laca.

En 1996 se enfrentaría al mayor desafío de toda su vida y al que, aún hoy, le debe que la tan en boga cultura de la cancelación no lo haya exterminado del todo. El 7 de octubre de ese año anunció que padecía cáncer testicular, con metástasis en distintas partes de su organismo, como los pulmones, el abdomen y el cerebro. Es por eso que más allá de la extirpación de un testículo, solo tenía cuatro posibilidades en 10 de sobrevivir. Pero lo venció, así como había vencido al español Miguel Indurain en 1993 en el Campeonato del Mundo. "Me llamo Lance, soy estadounidense y creo que puedo decir con orgullo que soy un ganador. No lo digo con presunción, sino como consecuencia de haber salido airoso -hasta ahora- de los revolcones que me ha dado la vida", escribió en su autobiografía Mi vuelta a la vida, publicada en 2000.

Para entonces, su regreso había sido tan rutilante que ya había ganado por primera vez el prestigioso Tour de Francia. Su historia de superación había inspirado a muchos y la fundación que había creado para apoyar a quienes padecían cáncer, Livestrong, reconocida en todo el mundo por sus pulseras amarillas de silicona vendidas a un dólar para financiar investigaciones oncológicas, beneficiaba a miles de pacientes y a sus familias. Era un héroe. También en 2000 había ganado el Premio Príncipe de Asturias a los Deportes en reconocimiento a la "ejemplaridad" de su vida.

"Quiero decir a los que no creen en el ciclismo, a los cínicos y a los escépticos, que lo siento. Lo siento por los que no creen en los milagros, pero en el Tour no hay secretos, es una prueba tan difícil que solo el trabajo diario te lleva a la victoria", dijo el texano en 2005, tras su séptima coronación al hilo en Francia, una hazaña considerada imposible.

Es que era un héroe al que las acusaciones de dopaje -muy frecuentes en el ciclismo- lo acompañaron casi desde el inicio de sus éxitos. "Lo que terminó pasando no es una sorpresa. Fue resultado de que lo empezaron a perseguir. A él (a Lance) siempre se le preguntaba por las sospechas de doping en las conferencias y siempre lo negaba", señala José María Pepe Mansilla, periodista especializado en ciclismo de Radio Oriental y presidente de la ONG Ciclistas Sin Fronteras. Este experto apunta a un extremo que sobrevuela toda esta historia: la UCI, que lo terminó crucificando, en algún momento disimuló todo posible escándalo. Armstrong y su historia significaban millones de francos primero y euros después (y dólares siempre) en publicidad, sponsors y derechos de televisión, además de ser el principal atractivo para el público. "Si el tema ya estaba instalado, ¿cómo es que, si se me permite el término, se le escapó la tortuga a la UCI? O eran unos ineptos, o la tecnología que usaba Armstrong era muy afinada para la época, o su presencia le resultaba funcional. Y me inclino por esta última", subraya.

Caída deportiva. En 2011 se retiró sin que se disiparan las dudas sobre el dopaje. Su última actuación destacada había sido un tercer lugar en el Tour de Francia de 2009. Su vinculación con el médico deportólogo italiano Michele Ferrari, en 2001, no hizo sino alimentar los rumores. Se decía que Ferrari le daba "nafta de avión" a sus ciclistas para mejorar sus rendimientos, muy por encima de los esperables. Artículos periodísticos y testimonios de compañeros y excompañeros de equipo lo dejaban en muy falsa escuadra.

Hasta que alguien habló públicamente. Fue Floyd Landis, compañero de equipo de Armstrong en el US Postal.

La Agencia Antidopaje de Estados Unidos, luego de una exhaustiva investigación, concluyó una acusación de 15 páginas en las que se hablaba de sustancias como EPO, testosterona, corticoides y transfusiones de sangre. Se habló del "sistema más sofisticado, profesionalizado y exitoso de dopaje que el deporte jamás ha visto". Pidió a la UCI que le retirara todos sus títulos desde 1998 y la Unión aceptó.

El 17 de enero de 2013, en una entrevista que le realizó la mundialmente famosa Oprah Winfrey para su propio canal de televisión por cable, OWN, el ciclista confesó ante el mundo que todo fue una mentira sostenida durante mucho tiempo. "¿Alguna vez tomaste sustancias dopantes prohibidas?". "Sí". "¿Te hiciste transfusiones de sangre?". "Sí". "¿Alguna vez consumiste EPO?". "Sí". "¿Es posible ganar el Tour de Francia sin doparse, siete veces seguidas?" "En mi opinión, no". Esto fue parte del breve intercambio entre la presentadora y el ángel caído del deporte.

Todos los sponsors que tenía y que aún atraía como deportista retirado se le cayeron. Está muy lejos de haber quedado en la indigencia, de todos modos. Pepe Mansilla apunta que fue un inteligente inversor de sus ganancias. Depositó en Uber, Twitter, una marca de cerveza sin alcohol (que en Estados Unidos es un negocio creciente), en ropa deportiva y hasta en podcasts; en todos obtuvo rentabilidades. Es padre de cinco hijos, tres fruto de su matrimonio con Kristin Richard y otros dos de su relación con su actual pareja, Anna Hansen; hombre que supo ganar fuera de las rutas, también estuvo relacionado sentimentalmente con la cantante Sheryl Crow y la actriz Kate Hudson.

Y cuando las aguas se habían aquietado, saltó la liebre en forma de acusaciones de dopaje tecnológico.

Dos caras. Según un artículo de la BBC publicado en 2016, poco después del escándalo con la ciclista belga, los motores en las bicicletas se comercializan desde 1998 para aficionados. Pesan unos 800 gramos y generan unos 500 vatios de potencia. No sustituyen el pedaleo pero sí ahorran mucho esfuerzo, sobre todo en subidas o tramos finales. En las competencias están estrictamente prohibidos. La batería del motor está parapetada bajo el asiento o escondida tras la botella de agua, se puede encender con un botón en el manubrio y una vez hecho se "activa" el pedal.

Si bien para cuando comenzó su seguidilla de tours franceses ya existían estos dispositivos, no tan sofisticados como los actuales, todo esto ha hecho dudar al ambiente. "La bicicleta del tipo (Lance Armstrong) pasó por mil controles. Si me dijeras que esto ocurrió hace dos años, te podría decir que sí, que es posible, porque la tecnología avanzó mucho y el dopaje tecnológico es frecuente. Eso hoy está muy controlado: todas las bicicletas que corren el Tour de Francia o el Giro de Italia se escanean. Ahora, esa tecnología era demasiado adelantada en los 90. Debería haber viajado al futuro y traerla a su tiempo", ironiza Mansilla.

También desde Uruguay, Adriana Laca se suma a los escépticos. "Dicen que se tocaba la parte trasera del asiento y hacía funcionar el motor. Ahora me pregunto: ¿eso no podría ser un tic? Así como lo tiene Rafael Nadal cuando va a sacar y se toca las orejas, el short, ¿no lo podría hacer Lance Armstrong cuando se ponía nervioso por algo? Son preguntas que uno se hace. Si me apretás en la pregunta, te digo que no lo creo. El ciclismo siempre estuvo envuelto en escándalo, ha sido muy castigado en temas de dopajes, pero creo que se habla a veces más de lo que es". Para ella, no solo el EPO -abreviatura de eritropoyetina, hormona natural proteica producida por el riñón que estimula la producción de glóbulos rojos, aumentando el caudal de oxígeno que llega a los músculos de los atletas-, del cual el texano está lejísimos de ser el único usuario, fue el causante de sus logros: "él fue uno de los más grandes ciclistas".

Mansilla también prefiere ver el vaso medio lleno de la biografía de Armstrong, poniendo énfasis en su parte más incuestionable y en el hecho -esto sí más cuestionable- de que sus rivales posiblemente contaban con un "ayudín" semejante. "Para Estados Unidos, Lance es un tramposo drogadicto que ya está condenado. Para la elite ciclista, también. Se lo crucificó a él, ¿pero los que llegaron segundo y tercero están limpios? Si hablás con ciclistas, te hablan maravillas de él. No solo porque no era el único que iba como iba (dopado), sino porque se contempla su labor social, con su fundación que combate al cáncer donde se ayudó a mucha gente. Como deportista, lo suyo es condenable, pero también está la cara del superhombre que inspiró a mucha gente a pelear por su vida. Vos elegís con qué cara te quedás".


MÁS TRAMPOSOS

Rosie Ruiz
Era una cubana-estadounidense de 26 años que ganó sorpresivamente la prestigiosa Maratón de Boston de 1980 con el mejor récord logrado por mujer alguna en esa competencia (2:31:56). Sin embargo, a los ocho días fue descalificada. No solo sus mediocres antecedentes hacían muy extraña su victoria, sino que no figuraba en ninguna de las diez mil fotos tomadas durante los primeros cuarenta kilómetros de carrera. Dos testigos aseguraron haberla visto saltando a las calles cuando faltaban menos de dos kilómetros. Una fotógrafa testificó que se había cruzado con ella en el metro de Nueva York durante el Maratón de esa ciudad de 1979. Se cree que hizo lo mismo.

Ben Johnson
El momento más esperado de los Juegos Olímpicos de Seúl 1988 era el duelo en los cien metros llanos entre el canadiense Ben Johnson y el estadounidense Carl Lewis. Johnson, que tenía 26 años, era el recordman de la disciplina desde el año anterior, en el Mundial de 1987, con 9,83 segundos, y en la pista coreana lo volvió a romper, con unos increíbles 9,79. Pero la gloria y los contratos con cinco multinacionales se cayeron a los tres días cuando tras constatarse estanozolol en su orina fue descalificado. Al tiempo, admitió que había ingerido esteroides en 1987, por lo que también se le anuló ese registro. Volvió tras su suspensión en 1991, sin destacar más.

Roberto Rojas
El capitán y mejor jugador de la selección chilena de fútbol a fines de los años 80 era su arquero Roberto Rojas. Pero fue el protagonista del segundo "Maracanazo", el 3 de setiembre de 1989, y no por ninguna hazaña. Chile debía derrotar a Brasil como visitante, en el inmenso estadio de Río de Janeiro, si quería clasificar al Mundial de Italia del año siguiente. Sabedor de que era una misión casi imposible, el meta buscó una ocasión para provocar un escándalo y lograr la descalificación de los locales. Cuando el partido iba 1-0 a favor de Brasil, aprovechó la caída de una bengala cerca de su arco para simular haber sido herido por ella. Para eso, usó un bisturí que tenía escondido en su guante. El partido se suspendió, Chile clamó por los puntos pero los registros gráficos eran claros sobre que la lesión era fingida. Cinco días después, Rojas fue suspendido a perpetuidad del fútbol (fue amnistiado en 2000, a los 43 años) y a Chile se le impidió jugar las eliminatorias para Estados Unidos 1994.

Luis Resto
El caso del boxeador portorriqueño Luis Resto más que registrar una trampa, fue un acto criminal. Era un mediocre peso welter de 29 años que en aquella noche de 1983, en el Madison Square Garden, tenía la misión de ser un mojón más en la carrera del ascendente Billy Collins Jr., un norteamericano de 21 años, hacia el título. Sin embargo, para sorpresa de todo el mundo, Resto ganó por puntos, en fallo unánime, luego de desfigurar el rostro de su rival. Esa misma noche se supo el motivo: no tenía puesto el relleno en sus guantes; mucho después, se supo que les había añadido escayola. Esto equivalía a darle piedrazos en vez de piñazos a su rival, que recibió tal castigo que jamás volvió a subir a un ring; y en los hechos fue su muerte en vida, ya que murió en un accidente de tránsito al año siguiente sumido en la depresión, drogadicción y alcoholismo. Resto fue inhabilitado para siempre y fue a la cárcel por tres años.

Selección española de básquetbol
Lo de la selección española de básquetbol en los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000 supera los límites de lo indignante. Ese equipo ganó el oro en la competencia para discapacitados intelectuales con una facilidad tremenda. Una investigación posterior reveló que 10 de los 12 integrantes del plantel no tenían ningún tipo de discapacidad.