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One Hit Wonders: dueños de un solo podio

Un piñazo de suerte, un favorito en un mal día, los astros que se alinean, y nace un campeón inesperado para todos, de reinado breve.

12.04.2021 06:00

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2021-04-12T06:00:00
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Por Leonel García

Hay deportes, sobre todo los colectivos, donde prima la lógica. Se da como por un hecho que en el rugby, difícilmente un cuadro débil (no uno mediano, débil) derrote a una potencia. En el fútbol, en cambio, los batacazos son comunes. En las disciplinas individuales la dinámica de lo impensado tiene más prevalencia: un piñazo que sale de la nada, un malestar físico del favorito que le impide estar concentrado, o simplemente un día en que todos los astros se le alinearon a un perfecto desconocido.

En el número anterior, Galería inició una serie sobre los denominados one hit wonders (maravillas de un solo éxito) en el mundo en el cual este concepto nació: la música. Sin embargo, este es extrapolable a otros mundos. En esta entrega, por caso, se habla del deporte.

Hay que ser muy fanático del boxeo para recordar a Leon Spinks, efímero campeón mundial de peso pesado en 1978 tras vencer a Muhammad Ali en una pelea que causó más de una suspicacia, sobre todo al perder la inmediata revancha. Michael Chang fue un estadounidense que amenazó con arrasar en el tenis al vencer Roland Garrós en 1989, a los 17 años, y luego irse evaporando. Como ellos, varios amenazaron con dejar una huella eterna y apenas fueron un mojón -notorio, sí- en la estadística.

La mayor sorpresa. Si sos un boxeador mediocre, si se te filtró el secreto a voces de que la pelea no tiene mayor intención que darle el gusto al público japonés de ver casi un entrenamiento de lujo del campeón en un ring de Tokio, que las apuestas te tienen perdiendo 42 a 1, que tu récord de 29 victorias, un empate y cuatro derrotas parece una risa a la hora de enfrentar esa invicta máquina de demolición llamada Mike Tyson, y para peor tenés el ánimo por el piso porque tu madre falleció de una larga enfermedad tres semanas antes, lo mejor que podés hacer es cobrar los US$ 1.300.000 de tu bolsa y tratar de no ir a la lona de forma indigna al segundo piñazo más o menos bien dado.

Sin embargo, el 11 de febrero de 1990 James Buster Douglas dio el considerado mayor batacazo de la historia del boxeo, al menos en la categoría peso completo. Seis años más joven, campeón del mundo desde los 20 años, Iron Mike había ganado 33 de sus 37 peleas (todos triunfos, obvio) por nocaut; 17 de sus rivales no habían pasado del primer round. Sin embargo, Douglas aguantó el primer asalto, y el segundo, el tercero, el cuarto... Mal entrenado, acuciado por problemas personales, Tyson no parecía el mismo; el retador, en cambio, lucía muy concentrado en la chance de su vida.

Aun así, en el octavo round el campeón demostró por qué era tal y mandó a Buster a la lona. Parecía que todo volvía a la normalidad, pero una larga (y polémica) cuenta le dio una nueva oportunidad, que no desaprovechó. En la décima vuelta, la seguidilla de trompadas más inesperada de la historia volteó a Tyson y lo dejó gateando en el ring. "¡Mike Tyson ha sido noqueado! ¡Increíble!", dijo el relator de la transmisión por HBO. "Es la mayor sorpresa en la historia del boxeo", agregó luego. Buster Douglas, el campeón de todos los pesos por el que nadie daba nada, defendió por primera vez su título el 25 de octubre de 1990 ante Evander Holyfield, quien lo puso KO en el tercer round. Apenas ocho meses duró su efímero reinado.

Seis segundos para la historia. Seis segundos, 19 pasos y un salto para la historia y para la incredulidad hasta de los jueces, que no podían creer lo que veían. Eran las 15.45 del 18 de octubre de 1968 en el Estadio Olímpico de la Ciudad de México y Bob Beamon, un atleta de Estados Unidos nacido en Jamaica hacía 22 años, que estaba viviendo el mejor año de una carrera que apenas superaba lo mediocre, marcaba unos increíbles 8,90 metros en salto largo. Batía la plusmarca existente en 55 centímetros, más de medio metro, lo que hizo que se midiera más de una vez; el logro fue homologado recién luego de 20 minutos.

Fue medalla de oro, récord olímpico (aún vigente) y récord mundial durante casi 23 años (recién lo quebró Mike Powell, con 8,95, el 30 de agosto de 1991). Lo curioso es que el día anterior, Beamon había estado cerca de perderse la final de la disciplina, porque había conseguido dos nulos en sus tres saltos clasificatorios. Nunca antes había ganado una competencia importante y nunca después volvió a hacerlo, pero esos seis segundos le valieron la inmortalidad, la creación de un adjetivo deportivo ("beamonesco", referido a una marca espectacular e insólita) y un extraño elogio de su rival británico Lynn Davies, el campeón olímpico 1964 y europeo 1966: "Destruiste esta competencia".

Perdedor campeón. La Fórmula 1 está llena de grandes competidores que, pese a tener excelentes trayectorias y grandes habilidades de manejo, nunca lograron un título; José Froilan González, Stirling Moss, Gilles Villeneuve y Rubens Barrichello son algunos de ellos. Y en el otro extremo está el finés (nacido en Suecia) Keijo Keke Rosberg.

Su debut tardío en la máxima categoría del automovilismo, a los 29 años, en 1978, da la pauta de que no se esperaba más de él que ocupar una butaca en una escudería menor, como Theodore o ATS. En sus primeras cuatro temporadas apenas había obtenido seis puntos, todos en 1980, que le valieron un décimo lugar en la clasificación.

Pero evidentemente algún talento tenía, porque una gran marca como Williams se fijó en él para el campeonato de Fórmula 1 de 1982. Ese año es recordado no como el mejor, pero sí como el más loco de todos los que se vivieron en la categoría. Once pilotos distintos ocuparon el podio en las 16 carreras oficiales; ninguno de ellos ganó más que dos. Por ello y ganando solo una carrera (la primera de toda su trayectoria, en la antepenúltima fecha), tres segundos puestos y dos terceros, Keke se convirtió en campeón del mundo con solo 44 puntos.

Disputó cuatro temporadas más, que le valieron cuatro victorias en grandes premios y un tercer puesto en el torneo de 1985, lejísimo del francés Alain Prost, que terminó primero casi por el doble de unidades. Su hijo, Nico Rosberg, también corrió en Fórmula 1, también logró el título mundial una sola vez (2016), pero con una carrera bastante más sólida.

Campeona, pero de la vida. La italiana Francesca Schiavone, nacida en 1980, se hizo profesional del circuito femenino de tenis en 1998. Demoró nueve años en ganar su primer título. Tesonera, siguió peleando como actriz de reparto en torneos de primer y segundo orden, hasta que tocó el cielo en Roland Garrós y en 2010, derrotando en la final a la favorita, la australiana Samantha Stosur.

Su triunfo en el Abierto de Francia significó la primera vez que una tenista italiana ganaba un título de singles en un Grand Slam. Fue también su primer Grand Slam; también fue el último. En cualquiera de los otros majors -Wimbledon, Abierto de Estados Unidos o Abierto de Australia- no pasó de los cuartos de final. Ganó el 56,2% de los partidos que jugó (más de mil) y ocho trofeos en total. Su mejor ubicación en el ranking de la WTA fue el cuarto lugar, en enero de 2011, gracias a un Roland Garrós en el que su triunfo fue una sorpresa.

El tenis es un deporte individual, por lo que sus victorias como parte del equipo italiano en la Fed Cup (versión femenina de la Copa Davies) en 2006, 2009 y 2010, le valieron el cariño de sus compatriotas más que rédito profesional. Retirada en 2018, en el último tiempo logró una victoria más importante que cualquiera que haya logrado en los courts: venció un cáncer.

Horribles campeones. En los deportes colectivos, no es raro que un jugador que nunca sirvió más que para completar un plantel tenga una temporada inusual y se revele. Sí, en cambio, es más raro que un equipo eternamente condenado al ostracismo se destape en un torneo de los grandes. Pero ha pasado, incluso en el más popular de los deportes.

Grecia es la cuna de los Juegos Olímpicos, antiguos y modernos, pero jamás de los jamases tuvo peso específico en el fútbol. De hecho, recién pudo disputar un Mundial en 1994, en la 15ª edición, con sede en Estados Unidos. En la Eurocopa 2004, organizada por Portugal, nadie daba un céntimo por ellos; más siendo la cenicienta de un grupo clasificatorio junto con los locales, España y Rusia.

Lejísimos de ser un ballet, ver a Grecia en ese torneo europeo hacía casi sangrar los ojos; pero con un promedio de 1,1 goles por partido (7 en 6), siendo la segunda selección en patear menos al arco contrario (7,8 por partido) y también la segunda con menos posesión de pelota (43% por partido), resultó la campeona en un torneo al que aspiraban 16 combinados nacionales. Fueron los reyes del 1 a 0 en las rondas eliminatorias.
Todo apuntaba a que semejante mezquindad futbolística sería golondrina de un verano. Y así fue. No clasificó al Mundial 2006 de Alemania y en la siguiente Eurocopa, Austria y Suiza 2008, perdió todos los partidos de la ronda clasificatoria. Su mejor actuación en un Mundial fue en Brasil 2014, donde acabó en el decimotercer lugar.