Estilo de vida
Lo aprendí de mamá

Madres e hijos: cuando un hobby o profesión se convierte en un momento conexión

Ya sea con la música, en la cocina o a través del juego, seis madres cuentan cómo sus pasiones o su profesión las llevaron a encontrar momentos inolvidables con sus hijos

06.05.2021 07:00

Lectura: 13'

2021-05-06T07:00:00
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Por Sofía Supervielle

A través de juguetes de madera y reinos inventados, con dibujos de sirenas y videos graciosos, preparando galletas de Nutella y comiéndolas juntos, haciendo collares con cuentas sinfín, tocando el violín arriba de la cama o saliendo a recolectar plantas o hierbas silvestres. A Eliana Hodara, Agustina Boni, Natalie Ostrow, Leticia Gambaro, Marjorie Spitalnik y Camila González Jettar sus pasiones o su profesión las llevaron a encontrar momentos inolvidables con sus hijos. Bajo la premisa del disfrute, crean, ríen, se ensucian y generan anécdotas que seguramente compartan toda la vida. En la previa del Día de la Madre, y con la pandemia como un invitado más a su rutina, conversaron con Galería sobre cómo viven ese constante aprendizaje que es la maternidad.

Un universo para jugar
Eliana Hodara

Foto: Lucía Durán

El escritorio de Eliana Hodara está rodeado de canastos de colores, almohadones con formas de animales y juguetes de madera. Hace ya un tiempo que decidió convertir la barbacoa de su casa en oficina, sala de juegos y a la vez showroom de su emprendimiento Kokino, que vende juguetes para niños de hasta seis años. "Tengo el feedback de mis hijos. Jugar con ellos se volvió parte de mi trabajo y eso me encanta'', cuenta. Como la mayoría de los productos con los que trabaja son juguetes didácticos, Eliana suele pasar horas probando de primera mano con sus cuatro niños: Francisco (6), Juan Ignacio (1 y 10 meses) y los mellizos Emilio y Valentín (4).

Hoy más que nunca, ese espacio se transformó en un universo donde sus hijos pasan buena parte del día. "Pasan todo el día jugando ahí y a mí me divierte mucho hacerlo con ellos. No me estresa que se ensucien todos, me encanta verlos disfrutar'', comenta. Más allá de las crayolas, que son las favoritas a la hora de pintar sobre cualquier superficie y se limpian fácilmente, los cinco pasan horas construyendo trenes, robots y altas torres de cubos de madera. Entre los juguetes, los preferidos son la casa de muñecas y la cocina de madera. "Tanto Francisco como Juan Ignacio las usan sin parar, se entretienen mucho con ambas. Esa idea de que hay unos juguetes para niñas y otros para niños ya está cambiando''.

Poco más de un año después de haber fundado Kokino, Eliana se convirtió en la madre que quería ser. Siempre admiró a quienes emprendían y quería un trabajo que le permitiera estar más tiempo en su casa, pero nunca se imaginó que lo iba a lograr. "Quería ir a buscar a mis hijos al colegio, estar con ellos y que no me tuvieran que decir todo el tiempo ‘Mamá, dejá de trabajar'". El contexto de pandemia hizo que que se valorara aún más que antes la capacidad de interacción y de generar tiempo de calidad con los niños. "Quería tratar de que usen pocas pantallas. La pediatra me dijo que muchas enfermedades las estamos creando nosotros y entonces me propuse hacer lo posible para que el celular fuera la última opción'', señala. Así, le dedica la mayor cantidad de tiempo posible a jugar con sus hijos en el universo de colores que creó en el fondo de su casa.

Muchas manos en la masa
Natalie Ostrow

Foto: Adrián Echeverriaga

Ningún detalle parece escapar de la vista de Natalie Ostrow al cocinar los postres y tortas, verrines y entremets en la pastelería boutique que lleva su apellido, Ostrow Patisserie. Los ángulos perfectamente calculados de cada budín, la increíble textura del sablee de cacao y cada merengue o pétalo de flor que posa sobre una torta son de una delicadeza exquisita. Cada preparación parece una pieza de museo.

Hace cinco años que Natalie decidió convertir su pasión y terapia en su profesión. Dejó a un lado su profesión de psicóloga y su experiencia como maestra de educación inicial y se metió a estudiar en el Colegio de Gastronomía Gato Dumas, donde aprendió de referentes uruguayos y extranjeros. Pero su curiosidad fue más allá y empezó a incursionar con distintos productos, como el matcha o la palta, generando texturas nuevas que sorprenden hasta a los paladares más experientes. De a poco, su proyecto fue cobrando forma y hoy ya cuenta con más de 12.000 seguidores en Instagram y miles de postres vendidos.

Sus dos hijos, Noah de 11 años y Gael de 9, tienen la cocina muy incorporada en su día a día, ya que crecieron entre ingredientes y herramientas de pastelería. "Cuando tienen que hacer algo para el colegio, generalmente lo agarran desde el lado de la cocina dulce''. Natalie recuerda que, una vez, Noah tenía que dibujar una célula para un deber de Biología y le pidió que la ayudara a hacerlo a partir de la forma de un cupcake. "Siempre que pueden, me piden para ayudar a cocinar, pero cuando hay un pedido de la pastelería solo yo meto mano'', señala Natalie.

Si bien disfrutan de cocinar los tres juntos, también esperan ese momento mano a mano con su mamá. En las tardes, se reúnen en la cocina para hornear una torta de chocolate, la preferida de Noah, o cookies rellenas de Nutella, las predilectas de Gael. De tanto observar a su madre y de cocinar su merienda, Noah prácticamente cocina sola. También les divierte cocinar juntos para el cumpleaños de alguna prima o familiar. El año pasado, relata Natalie, lo hacían todavía más seguido. Cuando chefs de cualquier parte del mundo invitaban a sus seguidores a sumarse a un video en vivo y cocinar a la misma vez, los tres se compenetraban con la misión. "Es un momento que disfruto mucho y ellos también. Escuchamos música y bailamos mientras cocinamos". No es raro verlos mezclar harina, chocolate y manteca mientras bailan al ritmo de Dua Lipa o Jason Derulo. Para Natalie, compartir su pasión con Noah y Gael es algo fascinante y está convencida de que se fue dando gracias a que ellos veían su entusiasmo al entrar a la cocina.

Dibujar, un estilo de vida
Agustina Boni

Foto: Mauricio Rodríguez

Agustina Boni y su hija Emilia viven rodeadas de paredes dibujadas, ilustraciones de animales y lápices de colores. Con formación como diseñadora gráfica y experiencia de haber trabajado en publicidad, hace varios años que la pasión de Agustina por la ilustración la llevó a crear Linda Wall, un emprendimiento de productos infantiles al que desde 2016 se dedica full time. Emilia, de siete años, comparte el gusto por el dibujo con su madre y es algo que disfrutan hacer juntas. Con las clases online, el tiempo y las actividades que comparten se multiplicaron. A Emilia le gusta formar parte del proceso creativo y también acompaña a su madre a todos lados. "Sabe todo del negocio. Me acompaña a lugares insólitos y vamos juntas a comprar insumos", señala Agustina.

Cuando se ponen a dibujar, son capaces de perder la noción del tiempo. Les gusta probar con muchos colores y hacer manualidades con distintos materiales. Cuando Agustina hace sirenas, animales o globos terráqueos, Emilia suele sentarse a su lado para hacer su propia versión. Otras veces, la niña le pide que le dibuje algo para luego pintar.

Si bien Agustina empezó su emprendimiento haciendo vinilos y cuadros, con el tiempo se sumaron mochilas, luncheras, almohadones y, más recientemente, tapabocas. Más allá de que cada producto es diferente, el estilo de Linda Wall está presente en cada uno de ellos. En su Instagram, donde comparte y difunde sus novedades, también hay anécdotas, fotos y videos de Emilia dibujando a su lado o de ambas abriendo regalos que otras marcas emprendedoras les envían. Como Emilia siempre fue parte del proyecto de su madre, ya es habitual que cuando las marcas se comunican con Linda Wall para enviar dulces o cajas de manualidades para agradecerle por su trabajo, le hagan algún regalo especialmente para ella. "Emilia sin dudas es parte del proyecto. Le divierte mostrar los productos en las historias de Instagram y cuando se aburre me dice: ‘Renuncio, mamá'", cuenta Agustina entre risas.

Un dúo que se hace sentir
Leticia Gambaro

Foto: Adrián Echeverriaga

Desde que estaba en la panza, Sebastián participa en los ensayos de su madre en el Sodre o la acompaña en alguna gira. Con cuatro años, correteaba detrás del escenario del Gran Rex en los conciertos de No Te Va Gustar, en los que ella participó. Leticia Gambaro forma parte de la Orquesta Sinfónica desde 2009 y tiene su propia banda, llamada Ninguna Higuera. Fue a ensayar al teatro hasta los siete meses de su embarazo y ya en aquel entonces sentía que su hijo se movía cuando la música de la Sinfónica iba subiendo de volumen. "Pateaba como loco" y eso, para Leticia, era porque él vibraba con la música tanto como ella.

Leticia viene de una familia de artistas y desde muy chica que vive abrazada a la música. Lo mismo le sucede a Sebastián: vive entre cuerdas de violines, partituras y ensayos. Después de nacer, era su papá quien lo llevaba al teatro a encontrarse con Leticia. De hecho, ella recuerda que la primera vez que aplaudió fue en un ensayo de la orquesta. "Se puso a aplaudir cuando terminamos. Está metido en el teatro desde siempre''.

La música es, sin dudas, el lenguaje que los conecta. Leticia ensaya en su casa y Sebastián siempre la acompaña. Le encanta escuchar y atender cómo suenan y se agarran los instrumentos. Con cinco años sabe agarrar el violín y leer partituras. "Siempre le dio curiosidad la música. Por eso siempre le mostré mis instrumentos y le compramos un violín al año de haber nacido''. Aunque todavía es pequeño, el niño ya siente que forma parte de la orquesta y siempre lleva su violín a los ensayos. Pero además, Sebastián y Leticia hacen música juntos. "Él hace música y canta todo el día. Desarrolló un oído que me impresiona y llena de orgullo'', cuenta la madre. Al ver una película, es habitual que le comente sobre su música y cuando agarra un libro, simula que son partituras.

Además, cuenta Leticia, juega a que tiene una banda que llama Los Panqueques y donde su madre es la invitada. Cuando terminan de tocar, él se inclina y saluda al mejor estilo show, como si hubiera un gran público escuchándolo. Les gusta mucho componer, elegir dónde poner tambores u otros instrumentos y musicalizar historias. Además de cantar, tocar juntos, y componer canciones en Los Panqueques, Sebastián inventó un juego que le gusta compartir con su madre. Reproducen temas y la idea es descubrir qué melodías, instrumentos, tiempos tiene cada uno, cuándo hay coros o arreglos. "Todo lo hacemos de manera muy espontánea, no hay nada definido. Es normal para él''. Además, ahora que no hay escuela presencial y Sebastián pasa más tiempo en casa, Leticia le comenzó a dar clases de violín.

Complicidad entre costuras
Marjorie Spitalnik

Foto: Mauricio Rodríguez

Marjorie Spitalnik y su hija Luana parecen salidas de un capítulo de Gilmore Girls. Cada vez que pueden, se acomodan en el sillón de su sala de estar, se pintan las uñas, se cubren la cara con una mascarilla facial y le dan play a la serie estadounidense. Sus cuatro perros golden retriever las acompañan en la maratón y, como fans de Gilmore..., el café no puede faltar: moca para la hija y un café doble para la madre. Marjorie es quien se encuentra detrás del proyecto Little Rebels, una línea de muñecas de peluche que representan a mujeres pioneras como Malala Yousafzai y Marie Curie, y la entusiasma todo lo que sea creativo y manual, dos cosas que desde siempre practica con su hija.

Sumergidas en su mundo creativo, madre e hija comparten la pasión por el dibujo, los juegos de caja, la lectura y construir con piezas Lego. Hoy, la actividad preferida de esta dupla incondicional es, sin duda, la creación de accesorios. Luana, de 13 años, comenzó su propio emprendimiento: I Am With Her, en el que hace pulseras y anillos personalizados. Ambas llevan la bandera feminista bien arriba y, en palabras de su madre, Luana "es una miniactivista y lleva el sello feminista muy fuerte".

En la tarde, el lugar elegido para trabajar es el escritorio. Junto a una máquina de coser -con la que Luana confecciona tapabocas y cartucheras- se encuentran las cajas con los materiales. Mostacillas, tanza elástica, alambre y colgantes de distintos tamaños, cuentas de colores, dijes brillantes, estrellas, letras y piedras que parecen cristales son los materiales que eligen a la hora de hacer pulseras y anillos, tanto para ellas como para las clientas de I Am With Her. Deciden los colores, el orden de las mostacillas y dónde debería colgar tal o cual piedra. En breve van a empezar a hacer caravanas y también llaveros. "Es un momento de desenchufe. Todo lo manual es muy relajante; menos cuando la pulsera todavía no está rematada y se caen todas las mostacillas'', cuenta Marjorie entre risas. Las playlists de Luana musicalizan cada ocasión, pero además les gusta elegir una canción para que el encuentro se convierta en una dance party: cuando esa canción -generalmente de Coldplay o Imagine Dragons- comienza a sonar, ambas se olvidan de lo que están haciendo y empiezan a bailar. Cuando termina, reanudan su trabajo.

Conectar con la naturaleza
Camila González Jettar

Foto: Adrián Echeverriaga

Haga frío, un calor insoportable o llueva, Camila González Jettar y su hijo Apolo salen a caminar por El Pinar en busca de hojas, plantas y ramitas. El disfrute de la naturaleza, valorar lo local y una especial sensibilidad por los detalles siempre están presentes en la vida de Camila, que está detrás del proyecto Objeto Único Distinto, vinculado al arte y la decoración, y de Cauce, un emprendimiento de aceites naturales.

Sin reloj ni celular, esta mamá se pasa un gran rato en el bosque de la esquina de su casa con Apolo, hermano mayor de Paloma, de ocho meses. Vuelven con piñas, flores o palos, que luego él utiliza para jugar toda la tarde. Las plantas de carqueja, marcela, cola de caballo, llantén y manzanilla abundan en su jardín y en el bosque. Son todas plantas que Camila utiliza como materia prima para hacer pomadas, tés o aceites. "Los hijos son como animalitos que copian cosas, van conectando con lo que ven que su madre disfruta'', comenta Camila.

Apolo recolecta igual que su madre, reconoce distintas especies de plantas y sabe sobre sus propiedades. Son verdaderos amantes de la naturaleza y Camila trata de usar la menor cantidad de sintéticos posibles. Aplica hojas de llantén en picaduras de hormigas o le hace té de manzanilla a Apolo si está decaído. Les enseña a sus hijos a aprender a cuidarse, escuchando su cuerpo y utilizando la naturaleza. Por eso, sus caminatas valen oro.

Apolo reconoce que le damos un valor especial a la naturaleza, integramos su poder y reconocemos su generosidad'', señala ella. Las caminatas son para ambos un regalo de escucha y charla. "Tener un niño de cuatro años es una superinvitación a la charla. Ya habla de la muerte, siente miedos. Es un desafío, sobre todo cuando se pretende cuidar el planeta: guiar a los hijos es una oportunidad para reconstruirlo''.