Cultura
Los nombres ilustres del pago chico

Los referentes que han bautizado calles, plazas y edificios en el Interior

En cada localidad, pueblo o ciudad del interior, una calle, una plaza, una escuela o un teatro recuerdan a alguien que se destacó sobre los demás en su comunidad, sin trascender a escala nacional

30.08.2020 06:00

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2020-08-30T06:00:00
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Por Leonel García

En Montevideo y alrededores, donde se concentra más de la mitad del país, ¿dice algo el nombre de Emilio Penza? ¿Hay alguien ajeno a la capital de Soriano que sepa quién fue Eusebio Giménez, un escribano que hizo carrera en Buenos Aires pero nunca se olvidó de su tierra? También en el litoral, ¿qué apellido hermana un teatro y una ciudad? A menos de 40 kilómetros del punto cero del país, ¿alguien sabe a qué se debe el nombre de una estación ferroviaria, en torno a la cual se creó toda una localidad, cuando el tren era mucho más que un medio de transporte?

Como homenajes ya no en vida, cada pueblo o ciudad del país decide incluir en su nomenclátor de calles o en el nombre de varias de sus construcciones más notables a sus ciudadanos más ilustres, ya sea por su importancia histórica, su relevancia en la vida cultural, su actuación política, militar o deportiva. Algunas son figuras a escala nacional que no requieren mayor presentación. Pero la macrocefalia capitalina ha transformado en perfectos desconocidos -o apenas conocidos- a personalidades muy importantes del interior, a menos que su trascendencia exceda en mucho los límites de su localidad -o país- natal, como la melense Juana de Ibarbourou, el minuano Juan Antonio Lavalleja o el artiguense Eladio Dieste (se podría incluir al "tacuaremboense" Carlos Gardel, pero eso solo sería alimentar más una polémica eterna y estéril). Aquí, en una primera entrega, galería recuerda a alguno de ellos.

Los Young regalan un teatro y nombran una ciudad

Cuando el departamento de Río Negro se creó por decreto, separándose del inmenso Paysandú, en 1880, ya había una familia de grandes ganaderos, proveedores del saladero Liebig de Fray Bentos: los Young. Miguel Young es uno de los hijos del poderoso hacendado Diego Young, a quien el primer arzobispo de Montevideo, Mariano Soler, le sugirió la construcción de un asilo para huérfanos en la joven capital. Diego, considerado también un filántropo, compró tierras para ello y para un hospital.

Miguel Young, en cambio, no era una personalidad rutilante. De hecho, según dice a galería el arquitecto Carlos Sobrino, murió en Montevideo en 1937 sin tener descendencia ni una actividad ganadera relevante y ya habiendo sido declarado incapaz. Pero antes, la vida le dio para obsequiarle un teatro a Fray Bentos. Sobrino, de hecho, fue quien participó en las obras de remodelación del Teatro Miguel Young, reabierto en 2015.
Miguel Young vivía entre el campo y Montevideo. Cada vez que iba a Fray Bentos se hospedaba en el Hotel Sanmarti, que era algo así como el epicentro de la crème local. En la ciudad, que apenas tenía unos cinco mil habitantes, había un pequeño teatro, casi un tinglado, conocido popularmente como Oxilia, que se prendió fuego por 1908. "Yo a Fray Bentos le voy a regalar un teatro", dijo Miguel Young, que tenía de sobra lo único realmente importante para este emprendimiento: plata. "Es acá cuando aparece el arquitecto Antonio Llambías de Olivar, que fue el primer arquitecto formado en el país", cuenta Sobrino. El teatro se inauguró el 4 de enero de 1913, como una Scala de Milán en miniatura y una excelente acústica. En ese evento participó Juan Zorrilla de San Martín; fue aquí que el poeta recitó por última vez los versos de La leyenda patria, en 1931. Es también Monumento Histórico Nacional y propiedad de la Intendencia de Río Negro.

Miguel Young le puso su nombre a un teatro. Su hermano Carlos, ingeniero, le pondría el apellido de la familia a la segunda ciudad de Río Negro, Young, que recientemente cumplió 100 años. Este trabajaba en la ferroviaria Midland, responsable del ramal Algorta-Fray Bentos en torno al cual se creó esa localidad.

Como extra, Miguel Young no fue el único hacendado que le dio nombre a un teatro. Bartolomé Macció era un terrateniente italiano de mucho dinero que tenía grandes extensiones de tierra en Rincón del Pino, una zona rural de San José pegada al Río de la Plata. Al morir en 1900, su viuda quiso erigirle un gran mausoleo. "Sin embargo, uno de sus yernos le dice a su suegra: ‘Pero, doña Filomena, ¿por qué vamos a recordarlo entre los muertos si lo podemos hacer entre los vivos?'. Y termina haciendo un proyecto tremendo, fastuoso, de una cuadra, que luego termina reducido a la mitad", relata el director de la Casa de la Cultura maragata, Pablo Rivero. Más allá de que el Teatro Macció, inaugurado en 1912 y aún hoy uno de los más hermosos del interior del país, lleve el nombre que lleve, es el periodista Rafael Sienra -el yerno de marras- el gran responsable de su edificación.

Una estación para el ingeniero

Empalme Olmos, como Young, fue una ciudad que nació gracias al tren. En unos terrenos donados por Octavio Olmos comenzó a construirse el empalme ferroviario que unía a Montevideo con Minas (todavía en funcionamiento) y a Punta del Este (ya en desuso).

"Los primeros talleres del ferrocarril inglés funcionaron acá antes de que se mudaran a (el barrio) Peñarol", dice a galería el alcalde de Empalme Olmos, Luis Fernández. "Y es acá donde aparece el nombre de Víctor Sudriers".

Sudriers, un ingeniero de destacada actuación tanto en la construcción de puentes como de ramales ferroviarios y del uso hidroeléctrico de las aguas, es el nombre con el cual fue bautizada la estación de trenes de Empalme Olmos, en Canelones, que había sido inaugurada en 1895. Los ramales hacia el este tienen su impronta detrás.

Esta localidad de Canelones, a 37,5 kilómetros de Montevideo, considera ese año el de su propia fundación. Sudriers, que falleció en 1958, llegó a ver su nombre honrado en la estación de trenes, ya que fue bautizada así en 1944.

El escribano que nunca se olvidó de su tierra

La calle Eusebio Giménez es una de las principales de Mercedes, la capital de Soriano. Es una de las que bordea la plaza principal, Independencia. Sobre ella está la Intendencia Departamental y también la biblioteca, museo y pinacoteca que llevan su nombre. Buena parte de la estatuaria que adorna la rambla sobre el río Negro, una de las más hermosas de todo el interior, fue donada por él.

Y pese a que Eusebio Eustaquio Giménez nació en Mercedes en 1850, desarrolló casi toda su vida en Buenos Aires, huyendo en 1870 de las guerras civiles que afectaban la campaña de la joven república, sobre todo las protagonizadas por Timoteo Aparicio. Ahí se recibió de escribano y fue uno de los más destacados vecinos y filántropos de la localidad bonaerense de Morón, según recuerda el historiador Efraín Cano. De su iniciativa nació una biblioteca, en un predio construido con su dinero; también ahí organizaba un reparto de juguetes a niños pobres durante la Navidad.

En 1905 volvió a su tierra natal, después de 35 años. En un texto titulado Viajando por el Uruguay, el propio Giménez se manifiesta gratamente sorprendido por cómo encontró a Mercedes. "En fin, todo lo veía como entonces y me creía transportado a esa edad feliz y sin penas que oprimiesen el corazón. Pero Mercedes ha cambiado mucho, su población se ha extendido considerablemente, las construcciones nuevas son elegantes y las antiguas se van modificando, debiendo pronto en virtud de una ordenanza municipal, ser revocadas las casas y cercos y adoquinadas sus calles principales. No ha sufrido en la revolución pasada, de modo que tiende a ser con el tiempo una buena ciudad si el gobierno le dedica su atención, pues allí las municipalidades no tienen autonomía propia". Toda una crónica de época.

Según publicó el Boletín Histórico Digital del Centro Histórico y Geográfico de Soriano en abril de 2012, en 1926 Giménez anunció haber mandado hacer dos estatuas de portland, réplicas de El Sembrador y El Segador del belga Constantin Meunier, para engalanar la rambla, que ya mostraba su incipiente belleza. La donación de El Ciervo también correría por su cuenta. Las tres desembarcarían en el puerto de Mercedes el 22 de setiembre de 1926 en el vapor Yaguarón, según el mismo texto.

Al morir Eusebio Giménez en Buenos Aires, en 1933, le dejó expresas instrucciones a su hijo Ángel para "que en el terreno que ocupara su casa paterna, se levantara una edificación apropiada para biblioteca, museo y sala de conferencia", todo ello "en prueba de afecto por el pueblo en el que nací", agrega el boletín. Los primeros 8.000 tomos del acervo eran también suyos, ya que conformaban su biblioteca personal, así como a él pertenecían las primeras obras de arte allí colgadas. La piedra fundamental del edificio se colocó el 29 de julio de 1934. Un año después de su muerte, Eusebio Giménez volvía a su tierra.

Con calle en dos ciudades

Emilio Penza Spinelli era un médico de origen italiano que se radicó en Durazno en el siglo XIX. Miembro de la masonería, fue él quien tomó las riendas de la educación de su sobrino, Emilio Penza Berlingieri, ya que su hermano, Orestes Penza Spinelli, prefería administrar su campo en Cuchilla de Navarro (Río Negro). Así, lo envió a estudiar Medicina a Italia. El menor de los Penza médicos, que había nacido en Durazno en 1872, proyectó en el Viejo Mundo su vida. Pero al enfermarse su tío y mentor se lo llamó de vuelta a su tierra. Penza Spinelli murió en 1899; Penza Berlingieri se convirtió en un hijo dilecto de la ciudad.

"Se anuncia que era intención de los vecinos irlo a esperar a la Estación de Ferrocarril con la Banda... Se nos dice que esa ovación responde a los sentimientos humanitarios que distinguieron al joven médico en su última estadía entre nosotros, que le captaron gran popularidad entre la gente menesterosa", escribió un periódico local en 1900, citado en un texto escrito por el historiador local Oscar Padrón. Consultado por galería, Padrón describe a Emilio Penza, el sobrino, "como el prototipo de los médicos de las primeras décadas del siglo XX, médicos filántropos que tenían un gran compromiso con la carrera y la profesión, que complementaban con una actividad muy fuerte en el plano político y en el cultural". Hoy una calle céntrica duraznense lleva su nombre, la misma donde en 1905 erigió su mansión con el estilo belle époque, que hoy es casa museo, desde 1996 Monumento Histórico Nacional y desde 2004 propiedad de la Intendencia de Durazno.

"Era un médico con mucha inclinación a la cultura y a la música. En su casa había un pequeño espacio para conciertos", agrega el historiador. Hoy la Orquesta Departamental Juvenil ensaya ahí. "También participó en el Ateneo (local), integró la Junta Económica Administrativa y fue director del hospital local, donde desarrolló una labor muy importante", añade. El Hospital de Durazno se llama Emilio Penza. Integrante del Partido Colorado, "tras un fracaso electoral" se fue a Guichón, en Paysandú, donde ejerció la Medicina entre 1943 y 1952. En esa ciudad sanducera también una calle lleva su nombre. Falleció en 1960 en su casa tan querida, sobre la arteria que hoy lo honra.