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No con la Celeste

Los otros uruguayos en los mundiales

Bruno Fornaroli puede estar en Catar defendiendo a la selección de Australia; sería el último eslabón de una cadena que incluye a un campeón

22.04.2022 07:00

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2022-04-22T07:00:00
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A los 23 minutos del segundo tiempo del partido en el que Japón derrotó a Australia 2 a 0 en Sídney, por las eliminatorias asiáticas para el Mundial de Catar 2022, el uruguayo Bruno Fornaroli debutó en la selección oceánica. A sus 34 años, este salteño se convertía en el jugador de más edad en estrenarse con la green & gold, equivalente australiano a la celeste. Cinco días después, fue titular en la derrota como visitante ante Arabia Saudita. Y más allá de estos traspiés, quien en sus inicios fue conocido como el Tuna, puede ser “el otro” jugador uruguayo en participar de la Copa del Mundo, además de los que integren el plantel de Diego Alonso.

Claro que para que eso pase, la selección de Australia deberá superar dos repechajes: el primero de ellos será con Emiratos Árabes Unidos, en Catar el 7 de junio; el ganador de ese partido se las verá, también en Catar pero el 13 de ese mes, ante Perú. En Twitter, Fornaroli ya expresó su esperanza: “Afortunadamente, esto está lejos de terminar. Todavía tenemos una chance de ir a la Copa del Mundo y haremos todo por clasificar”, escribió el 1º de abril.

Pase lo que pase, el Tuna es un socceroo más. “Toneladas de emociones. Gratitud por sentirme tan bienvenido. Orgulloso de ser un ciudadano australiano. En deuda por todo lo que me han dado a mí y a mi familia. Feliz por la oportunidad de devolverlo vistiendo la verde y oro. Daré mi corazón por el equipo donde sea que me necesite”, tuiteó el futbolista el 17 de marzo, poco antes del debut. Ese mismo día tuvo en la red un amable diálogo con un ilustre colega y compatriota, Luis Suárez: “Muy feliz por vos hermanito y espero de corazón que puedas tener esa ilusión de llegar al mundial con Australia, te quiero mucho y te deseo todo el éxito”, le escribió el goleador histórico de la celeste.

Como Suárez, Fornaroli surgió de la cantera de Nacional. Apareció como un goleador interesante, pero luego tuvo momentos irregulares en Sampdoria (Italia), San Lorenzo (Argentina), Huelva (España) o Panathinaikos (Grecia). En Australia, adonde llegó en 2015 para jugar en el Melbourne City y desde 2019 en el Perth Glory, ha metido casi cien goles y encontró su lugar futbolístico en el mundo.

La historia del fútbol está llena de casos así, aunque la reglamentación ha cambiado con el tiempo. Actualmente, la FIFA tiene cuatro reglas de “elegibilidad” que determinan si un jugador puede ser convocado a representar la selección de una asociación nacional: el primero (el más habitual) es haber nacido en el territorio del país de esa asociación; el segundo es si ahí nació el padre o madre biológicos; el tercero es si alguno de sus abuelos nació en ese país; el cuarto y último (y acá entra el Tuna) es si el jugador ha vivido por lo menos durante cinco años luego de llegar al territorio de esa asociación, siempre y cuando haya llegado con 18 años o más.

Esto permite a los jugadores representar a más de una selección a lo largo de su carrera. Desde 2004, además, se eliminó la restricción que impedía a los que habían sido seleccionados por un país en su etapa de juveniles, a ir a otro combinado ya mayores. Por caso, Fornaroli jugó por Uruguay en el Sudamericano Sub-17 de Bolivia.

La FIFA —al menos en los papeles— pide una “conexión clara” con el país que se quiera representar. Para los jugadores y las selecciones, es un win-win: la asociación de un país cuenta con un jugador que les puede resultar un gran aporte para un plantel mundialista y el jugador —que ya no tenía ninguna chance de ser considerado por su país de origen— cuenta con la posibilidad de ir a la mayor cita futbolística del mundo, con todo lo que eso trae aparejado (trascendencia, visibilidad, dinero). Fornaroli nunca estuvo en el radar de la celeste, más allá de su periplo en las inferiores. También es habitual ver a asociaciones de poderío medio y bajo revisar por todo el mundo la nacionalidad de los abuelos de distintos jugadores para ver quién puede subir a su tren.

En otros casos la ecuación es mucho más simple: un jugador emigrante de un país pobre (de África, por ejemplo) logra destaque en la liga de un país rico (de Europa, casi siempre); el país rico, sea por vidriera, por el poderío económico o por la sincera gratitud del deportista, lo termina llevando para su corral. Punto.

Fornaroli no sería el primer uruguayo en jugar un mundial por una selección que no sea la celeste. De hecho, en la ya clasificada Canadá juega Lucas Cavallini, un hombre nacido en Toronto pero que cuenta con la nacionalidad uruguaya; acá jugó en Nacional, Peñarol, Fénix y Juventud. El sanducero Sebastián Soria es, con 40 goles, el goleador histórico de la selección de Catar, país donde juega desde 2004; pero su edad (38 años) conspira fuertemente contra sus chances de defender a los locales en el torneo que comenzará en noviembre. Pero más allá de ellos hay una rica historia anterior.

El campeón y el francés. El 12 de julio de 1938, por la instancia de cuartos de final del tercer campeonato mundial de fútbol, se vivió lo que el lugar común calificaría de final anticipada. El anfitrión, Francia, que en octavos había vencido sin mayores apremios a Bélgica, se enfrentaba al campeón vigente, Italia, que sudando la gota gorda había derrotado en esa fase a Noruega, necesitando un alargue. Además de la tensión de un partido, se vivía un clima prebélico, el mismo que al año siguiente daría paso a la Segunda Guerra Mundial. Italia, en breve una de las potencias del Eje, jugó con su equipo de alternativo negro e hizo el saludo romano, como mandaba el manual del buen fascista. El público francés, que quería que su equipo siguiera la línea de los dos torneos anteriores, donde los locales levantaban la copa, respondió con insultos y abucheos. Francia sería en la gran conflagración uno de los aliados.

Pese a tener todo el público en contra, Italia sacó toda su carpeta y venció 3 a 1, dando un gran paso para retener el título del mundo, lo que finalmente lograría. En ese partido histórico por varios lados hubo dos uruguayos, uno en cada contendiente: Miguel (o Michele, según algunos registros) Andreolo (o Andriolo, ídem) corría la mitad de la cancha de los tanos, mientras que Héctor Cazenave era uno de los hombres de la defensa francesa.

En esos tiempos el mundo todavía era ancho, largo y ajeno, y era impensable que un jugador sudamericano que militara en un club europeo se tomara un avión o un barco para sumarse a su selección nacional. Aún faltarían décadas para que se popularizara, sobre todo peyorativamente, el concepto de “repatriados”. Así, era común que la selección de un país se formara con los jugadores (nacidos en él o no) que disputaran las ligas locales, hubiesen jugado en otros combinados o no. El fútbol todavía no era un gran negocio, así que era raro que los equipos, incluso aquellos de mercados donde se manejara mucho dinero, tuvieran a varios extranjeros en sus filas. Y si además tenían antepasados en el país de destino, directamente eran elegibles.

Nacido en Montevideo el 13 de abril de 1914, Héctor Cazenave era hijo de padres franceses que vinieron a hacerse la América. Jugaba de back, como se decía entonces respetando la terminología inglesa, mucho antes de que se hablara de defensas, zagueros o centrales. Empezó y terminó su carrera como futbolista en Defensor. En el medio jugó en Peñarol, equipo con el que se consagró campeón uruguayo en 1935, y emigró a la tierra de sus padres. Entre 1936 y 1939 estuvo en el Sochaux, que supo tener a varios uruguayos en sus filas, donde se hizo figura, ganando la copa de Francia de 1937 y el campeonato de Francia de 1938.

Su nivel y su ascendencia llevaron a que fuera llamado a jugar por la selección francesa, con la que disputó ocho partidos, incluyendo los dos en los que participó en el Mundial de 1938. Nunca se puso la celeste en el pecho.

Andreolo sí había integrado planteles uruguayos. Mediocampista —half, al decir de la época— combativo, nacido en Carmelo el 6 de setiembre de 1912 y criado en Dolores, había sido parte de la celeste vencedora del Campeonato Sudamericano disputado en Lima en 1935, lo que terminó siendo el canto del cisne de la generación olímpica. Sin embargo, no llegó a jugar ni un minuto en ese torneo, ya que en su puesto estaba Lorenzo Fernández, considerado un titular indiscutible. Su maldición fue jugar en una época de grandes futbolistas, lo que también provocó que pese a haber sido campeón uruguayo con Nacional en 1933 y 1934, tampoco ahí tuviera el puesto asegurado.

Cansado de no ser reconocido, en 1935 decidió aceptar la oferta del Bologna, equipo de la tierra de sus padres, que eran provenientes de Salerno. La decisión terminó siendo más que acertada: ganó cuatro veces el campeonato italiano y fue convocado para la selección. Es el único uruguayo campeón mundial de fútbol con una selección que no sea la celeste, siendo figura clave en el Mundial de Francia 1938, donde tuvo asistencia perfecta y fue parte del equipo ideal del certamen. Con la azzurri jugó 26 partidos, entre 1936 y 1942. No volvió a Uruguay.

El mejor del mundo en su puesto. En las décadas siguientes la situación continuó incambiada. En el Uruguay campeón del mundo de 1950, por caso, jugó el nacido en Italia Ernesto Vidal, y en la copa de 1954 estuvo el argentino Juan Eduardo Hohberg. Cierto es que ninguno de ellos había tenido figuración con los combinados de sus países de origen. También es la realidad del arquero Fernando Muslera, nacido en Argentina y venido al país siendo un bebé de meses.

Con José Emilio Santamaría no pasó lo mismo. Nacido en Montevideo el 31 de julio de 1929, había debutado en Nacional con 17 años. En los albos tuvo notables actuaciones como zaguero, siendo campeón uruguayo en cinco oportunidades, en años en que tanto ellos como Peñarol tenían tremendos planteles. Por Uruguay fue parte del equipo titular que finalizó cuarto en el Mundial de Suiza 1954; también se puso el brazalete de capitán de la selección.

La segunda parte de su historia la jugó en España. En 1957 fue contratado por el Real Madrid, donde ya brillaba el argentino Alfredo Di Stéfano. Santamaría fue parte de uno de los mejores equipos de todos los tiempos, ganando seis ligas españolas, una copa de España, cuatro copas de Europa y una intercontinental. Semejante palmarés —tuvo que aparecer Luis Suárez medio siglo después para que un uruguayo ganara más títulos en el Viejo Mundo— le valió ser considerado durante muchos años como el mejor del mundo en su puesto. Y, claro, llegó el llamado a la selección de España.

El vínculo de Santamaría con la selección de España no fue tan dulce. Como jugador, disputó dos partidos en el Mundial de Chile 1962, donde los hispanos decepcionaron. En tierras trasandinas, usando el número 19, jugó dos partidos: una derrota ante Checoslovaquia y una victoria ante México; para el tercer y último partido, derrota ante Brasil, ya no fue incluido.

Santamaría tuvo una nueva oportunidad mundialista con España, siendo el director técnico de la selección que disputó y albergó el Mundial de 1982. Los locales tuvieron una floja actuación, acabando en el puesto 12 entre 24 participantes. Las críticas al uruguayo llovieron de todos lados.

Dos criollos en el Norte. Si bien Andreolo y Cazenave no llegaron a ser profetas en su tierra, el haber jugado en los grandes de Uruguay les quitaba el rótulo de desconocidos. Santamaría, por otro lado, se fue de un país siendo titular de una selección para ser titular de otra. Tabaré Tab Ramos y Fernando Clavijo, en el otro extremo, no dejaron huella en las canchas criollas, lo contrario a su pasaje por Estados Unidos.

El infaltable álbum de Panini sobre Italia 90 traía una sorpresa. En la selección de EE.UU. —un equipo por el que nadie daba dos cobres, y dos cobres fue lo que terminó dando— había un uruguayo de 23 años: Tab Ramos, un mediocampista montevideano nacido el 21 de setiembre de 1966, que vivía en el país del norte desde que tenía 11; ahora los uruguayos eran los emigrantes. Mucho antes de que la Major League Soccer fuera una realidad, había defendido los colores de los New Jersey Eagles y los Miami Sharks, en un mercado donde al fútbol casi ni se le prestaba atención (de hecho, lo llamaban soccer). Su carrera lo llevó a España (Figueres y Betis) y México (Tigres de Nuevo León). Sin embargo, lo más fuerte de su trayectoria lo hizo con la camiseta de su país de adopción.

Pedro Rocha es el futbolista uruguayo con más mundiales disputados: cuatro. A esa marca podrán llegar en Catar 2022 Luis Suárez, Edinson Cavani, Fernando Muslera, Diego Godín y Martín Cáceres, que actualmente tienen tres. Jugar tres mundiales no es para cualquiera. Tab Ramos es el único jugador uruguayo que disputó esa cantidad de torneos (Italia 90, Estados Unidos 94 y Francia 98) en una selección que no fuera la celeste. En esas tres citas jugó nueve partidos, incluyendo todos los de su equipo en Italia (donde no pasó la fase de grupos) y en su propio país (donde llegó a octavos de final). Acá tuvo su actuación más recordada, aunque él quisiera olvidarla: en el partido en que Brasil les ganó 1 a 0, el mediocampista rival Leonardo lo sacó de la cancha luego de partirle la nariz de un codazo. Leyenda del fútbol de su país (EE.UU.), hoy se dedica a la dirección técnica.

El mismo partido donde a Ramos lo lesionaban de forma alevosa fue el último encuentro internacional de Fernando Clavijo. La carrera mundialista de este uruguayo, nacido en Maldonado el 23 de enero de 1956, fue más modesta, limitándose a tres partidos del Mundial de Estados Unidos 1994, donde defendió los colores de la selección local.

Fallecido tras una larga lucha contra un cáncer hace tres años, la trayectoria uruguaya de Clavijo fue en uno de los grandes de su departamento, Atenas de San Carlos, donde logró dos títulos como campeón del interior. Como tantos en su tiempo, se fue a Estados Unidos a trabajar en un restaurante de Nueva Jersey. Eso fue en 1979, con 22 años y casado, según recordó la necrológica del Chicago Tribune, del 10 de febrero de 2019. En sus ratos libres despuntaba el vicio en su deporte favorito, en la modalidad indoor.

La de Clavijo es la realidad de muchos “extranjeros” en selecciones de todo el mundo: residente en un país de escasa cultura futbolística, proveniente de un país donde si algo sobra es cultura futbolística, pronto demostró que su nivel estaba por encima de la media local y fue tentado para jugar en la selección. En EE.UU. 94 participó en tres partidos. Su fallecimiento conmocionó al ambiente del soccer.

Los uruguayos Ramos y Clavijo jugaron, para una misma selección, uno de los partidos más tristes de la historia de los mundiales. El 22 de junio de 1994, por el grupo A del Mundial de EE.UU. 94, los locales derrotaron a Colombia por 2 a 1. El defensa colombiano Andrés Escobar anotó un gol en contra que propició su eliminación; al regreso a su país fue asesinado.

DEL OTRO LADO DE LA RAYA

El 21 de junio de 1998, Irán derrotó a Estados Unidos por 2 a 1 en el Grupo F del ?Mundial de Francia. Fue un partido con un enorme trasfondo político antes del cual los jugadores, para dar una señal positiva, aceptaron posar juntos para los fotógrafos. Tab Ramos fue titular en los derrotados y fue sustituido a los 12 minutos del segundo tiempo. Fue la última vez que un uruguayo estuvo en cancha en un mundial por una selección que no fuera la celeste.

En ese mismo mundial francés, el director técnico de Chile fue el uruguayo Nelson Acosta. Criado en Estación Francia, Tacuarembó, como jugador tuvo destaque en el Peñarol de la década de 1970, y jugó cinco partidos por la celeste. Su carrera como entrenador la desarrolló en Chile, llegando a clasificar a la selección de este país a un mundial luego de 16 años. En Francia, la roja sorteó la fase de grupos, cayendo luego en octavos ante Brasil.

En los últimos mundiales, los uruguayos de otras selecciones las han defendido desde el lado de afuera de la línea de cal. El ya nombrado Fernando Clavijo fue asistente técnico de Bora Milutinovic en la selección de Nigeria en el Mundial de Francia ‘98. Clavijo había sido dirigido, justamente, por Milutinovic, en EE.UU. 94. Justamente Bora, nacido en 1944 en lo que en ese entonces era la muy joven Yugoslavia, tiene un posgrado en eso de defender otras nacionalidades en las lides mundialistas: fue técnico de México (1986), Costa Rica (1990), Estados Unidos (1994), Nigeria (1998) y China (2002).

En el cuerpo técnico de la selección de Ecuador que jugó el Mundial de Alemania 2006, como asistente y entrenador de arqueros estaba Lorenzo Carrabs. Este fue un guardameta uruguayo, que debutó en la Primera de Danubio a los 15 años, jugando varios años en Colombia y en Nacional. El preparador físico Milton Graniolatti, radicado en México desde hace décadas, trabajó como tal para la selección de ese país también en el mundial alemán.

CAMPEONES MUNDIALES EXTRANJEROS

La lista de jugadores que han integrado selecciones de fútbol de países en los que no nacieron es eterna. Pero la de jugadores campeones mundiales en esa situación ya es mucho más acotada.

En la segunda Copa del Mundo, Italia —anfitrión y campeón— tuvo a cuatro argentinos en sus filas: Luis Monti, Enrique Guaita, Raimundo Orsi y Attilio Demaría. El primero y el último habían defendido a su país en el primer mundial de todos, el de Uruguay en 1930.

En 1938, el uruguayo Miguel Andreolo se clasificó campeón con Italia.

En la celeste del Maracanazo, en 1950, la punta izquierda era de un italiano que había emigrado a Argentina de niño y que en 1943 vino a Uruguay a jugar en Peñarol. Titular todo el torneo, se perdió justo el partido decisivo ante Brasil por una lesión.

Mucho tiempo después, la Francia campeona de 1998 contó con el senegalés Patrick Vieira y el ghanés Marcel Desailly como grandes figuras. Bernard Lama, Liliam Thuram y Christian Karembeu también integraron el plantel y nacieron en territorios franceses de ultramar.

En el Mundial de 2006, en Alemania, la campeona Italia volvió a tener a un argentino, Mauro Camoranesi, en sus filas. Este había tenido un breve pasaje por Wanderers mucho antes de tocar la gloria.

En el segundo mundial brasileño, el de 2014, dos jugadores nacidos en Polonia hicieron sus aportes para que Alemania saliera campeona: Lukas Podolski y Miroslav Klose.

Al igual que en 1998, Francia ganó el último mundial, el de Rusia 2018, con el aporte de Samuel Umtiti, de Camerún, y Steve Mandanda, de Zaire. De los territorios de ultramar también llegó Thomas Lemar. No, Antoine Griezmann no es uruguayo.