Cultura
De la boca al papel, segunda parte

Los cuentos que los escritores crean para sus hijos

Una niña capaz de colorear un pueblo gris, un niño muy valiente que le teme a la sopa y un gallo que cuida de sus pollitos: historias inventadas a medida de los niños. Por Laura Farber, Iván Kirichenko y Verónica Leite

25.04.2020 07:00

Lectura: 17'

2020-04-25T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

En algunos casos, la inspiración parte de una imagen. En otros, de la necesidad de consolar a un niño, tranquilizarlo a la hora de dormir o ayudarlo a volar con la imaginación en un relato fantasioso. Comparten sus historias, en esta segunda entrega, Laura Farber, Iván Kirichenko y Verónica Leite; escritores que se inspiraron en sus hijos para crear historias que publicarán (o no) después; y autores que atravesaron el mundo para contar una historia en árabe a niños que leen las páginas en sentido contrario.

 

UN CUENTO PARA TOMAR LA SOPA

En mi familia siempre han circulado extrañas historias de sopas mágicas. No sé cuándo empezó esa loca costumbre de preparar hechizos con la comida, pero ya mi bisabuela materna decía que ella misma había llegado a preparar algunas recetas tan poderosas, que hasta el mismísimo diablo corría espantado cuando veía salir vapores de su olla. Una vez me contó que con una de sus recetas hechizó a un pueblo entero y que, mezclando unos ingredientes secretos por allí, y otros por allá, podía uno convertir a cualquier cristiano en un sapo o en una cotorra parlanchina o hasta en un malvón carnívoro. Catalina escribía sus recetas en hojas sueltas que terminaban perdiéndose o volándose por la ventana abierta. Sin embargo, aunque llegué a rescatar algún que otro papel arrugado y borroso, y guardo esas pocas recetas como un tesoro, este cuento de sopas encantadas, aunque cueste creer, proviene de otra rama de mi familia... Déjenme que les cuente.

Mi abuelo Gogo vivía con sus abuelos en una enorme casona, rodeada de un jardín extraordinario. En el centro, envuelta en una selva espesa y salvaje, había una fuente de agua, revestida de azulejos blancos y azules, que su abuelo Francisco había encargado construir especialmente a un albañil italiano, experto en fuentes y construcciones colosales. Gogo era el encargado de mantenerla siempre limpia y llena de agua fresca, porque en esa selva, como es lógico suponer, vivían toda clase de criaturas salvajes, que bebían agua de la fuente. No voy a detenerme en detallarles la variedad de plantas y criaturas que se podían encontrar en aquel jardín, porque no me alcanzarían todas las páginas del mundo para hacerlo, pero sí voy a hablarles de Muchinga: un niño a quien el viento trajo desde una selva lejana, dentro de una semilla de café. Nadie sabe cómo pudo suceder algo así. Solo puedo decirles que Muchinga tocaba los tambores desde la rama más alta de los árboles y que no llegó solo, sino acompañado de su león. Sí, supongo que, al igual que yo, se preguntarán cómo es que un niño y su león entraron cómodamente dentro de una semilla de café. Eso no lo sé. Me imagino que deben haber viajado bastante apretados. No se me ocurre otra manera.

Había que ser el muchacho más valiente del mundo para salir en medio de la noche a abastecer de agua la fuente. Aunque mi abuelo se encargaba de la fuente durante el día, cuando el sol calentaba y la luz iluminaba los rincones más retorcidos de la jungla, muchas veces debía regresar en la oscuridad de la noche, en especial cuando el calor del verano apretaba y los bichos andaban sedientos. No olvidemos que un solo león puede llegar a beber unos cuantos litros de un tirón, y es de suponer que aquella jungla insondable albergara más de una bestia de gran porte, tales como rinocerontes, gorilas y algún que otro felino.

Esas excursiones nocturnas, Gogo las hacía con su abuelo. El viejo era un experto en junglas salvajes y conocía a la perfección sus vericuetos. Sabía bien qué caminos tomar y cuáles no, dónde pisar para no hacer el más mínimo ruido y dónde no pisar jamás. Debían ser muy cuidadosos, porque, además de niños que vuelan en el viento dentro de una semilla de café y leones que le rugen a la Luna, las selvas ocultan toda clase de criaturas asombrosas que se mueven sigilosamente entre la vegetación y que aprovechan el sonido de los tambores o el ulular de algún búho, para camuflar sus propios sonidos y permanecer agazapados en la espesura...

Pero como les dije, Gogo era un niño de una valentía extraordinaria, y no solo se enfrentaba a la selva con el pecho inflado de orgullo, sino que hasta llegó a hacerse amigo de Muchinga y su león. Mi abuelo mismo me contó que algunas noches se trepaban a los árboles y miraban la Luna, que Muchinga le enseñó a tocar los tambores y a llamar a todos los bichos de la selva y que a cambio él le enseñó a leer y a contar las estrellas una por una.

Insisto en la valentía de Gogo, porque todo lo que tenía de corajudo a la hora de recorrer la selva, se desmoronaba en un periquete cuando su abuela Aída le servía la sopa. Sí, aunque no lo crean, Gogo le tenía pavor a la sopa. Ahí las piernas le empezaban a flaquear, se ponía blanco como un papel, se le daba vuelta el estómago y la habitación se le ponía patas arriba. Pero no culpemos a la pobre abuela por esto. Aída era una experta cocinera, pues no solo preparaba las sopas de calabaza más deliciosas del mundo; su casa siempre olía a chocolate caliente y exquisitos panes de levadura y canela con los que mi abuelo se atiborraba cada tarde, hasta quedar con la barriga hinchada.

-Menos pan y más sopa, Gogo. ¿Acaso no sabía que la sopa vuelve a los niños buenos mozos y fuertes? -le repetía la abuela.

Pero no había nada que a Gogo lo convenciera de tomar su sopa. Apenas los abuelos se distraían, cambiaba su plato por uno vacío que escondía bajo la mesa y luego, cuando comprobaba que no había moros en la costa, corría al jardín a volcarla siempre en la misma planta: una enredadera de hojas enormes como paraguas, donde había visto que habitaban unas orugas regordetas de colores que, al parecer, se tomaban la sopa sin chistar. En especial la famosa sopa de calabaza, que era la que a él más le repelía y de la que no podía tragar una sola cucharada.

Siempre me he preguntado si es que esos lindos abuelos no notaban el cambio de platos o si se hacían los distraídos. Eso no puedo saberlo. Supongo que a veces los abuelos prefieren pasar por abombados que por mandones. Lo cierto es que Gogo continuó con el truco del cambio de platos durante mucho tiempo, hasta que algo increíble sucedió.

Era un mediodía tibio de otoño y Gogo había salido de prisa a tirar su sopa en el mismo rincón de siempre. Una brisa cálida y suave agitaba las ramas más tiernas de los árboles y los rayos del sol se colaban entre el follaje, dibujando extrañas figuras en el suelo tapizado de hojas marrones.
-Psst psst... -escuchó de pronto.

Miró hacia arriba. Muchinga se reía con una carcajada contagiosa y señalaba la planta de hojas como paraguas. Gogo miró a su amigo y luego miró la planta con atención. Las orugas gordas ya no estaban allí y en su lugar había decenas, cientos, miles de mariposas. No eran mariposas simples, como nada lo es en esta historia, sino de colores vivos y brillantes. Al mover las enormes hojas, las mariposas comenzaron a salir de su escondrijo y a formar una nube alrededor de Gogo. Mi abuelo levantó los brazos y se dejó rodear por los insectos. Era como una danza, como un arcoíris que desprendía un polvillo iridiscente, como un sueño. Pero como todo sueño, duró apenas unos segundos. Un minuto después, las mariposas habían desaparecido, perdiéndose para siempre en la inmensidad de la selva.

-Menos pan y más sopa, Gogo. ¿Acaso no sabía que la sopa vuelve a los niños buenos mozos y fuertes? -le pareció escuchar la voz de la abuela Aída.
-¡La sopa! -exclamó- ¡Fue la sopa! -gritó rascándose la cabeza y mirando a Muchinga, que se agarraba de la melena de su león y se doblaba de la risa. Pero el león no se rio ni hizo el más mínimo gesto, porque a los leones poco les importa la vida de las mariposas o el sabor de una sopa de calabaza.

-A esas orugas las alas les crecieron en el cuerpo, porque volar era su destino, Gogo -le explicó el abuelo Francisco, después de escuchar la atropellada historia de Gogo con atención-. Habría que ver dónde le crecen a usted el día que decida tomarse su sopa.

-¿Usted también tiene alas, abuelo?

-¡Por supuesto que sí! 

-¿De verdad? ¡No las veo!

-Ah... es porque las alas de las personas no sirven para volar y son invisibles...

-Entonces... ¿para qué sirven?

-Ah...

A partir de aquel día, como se imaginarán, Gogo se convirtió en un gran tomador de sopa, en especial de la de calabaza. Pensó que, si unas pocas cucharadas habían convertido a unas orugas feas en mariposas de colores, ¿qué cosas maravillosas podían ocurrirle a él si se tomaba la sopa hasta la última gota, como le decía su abuela?

Ese mismo día Gogo tomó toda su sopa, y lo hizo al día siguiente y al otro. Y lo más curioso de todo es que le gustó. Sí, aunque no lo crean. Y, como es de suponer, no pasó demasiado tiempo para que a él también le crecieran alas. Solo que las alas de las personas, tal y como le dijo su abuelo, son invisibles, por eso no las podemos ver, pero sí las podemos sentir.

A mi abuelo Gogo las alas invisibles le crecieron en las manos, por eso se transformó en un gran ilustrador que pobló mi niñez de dibujos de selvas y leones, de niños que dormían en las ramas de los árboles, de cielos repletos de estrellas, de semillas de café que volaban en el viento, de criaturas envueltas en una nube de mariposas. A mí, las alas me crecieron en la imaginación, por eso escribo historias para niños e imagino selvas y cielos y locos capitanes que navegan en barcos blancos a vapor y cantan a voz en cuello. Y a ustedes ¿dónde les crecerán sus alas cuando prueben la receta mágica de la sopa de calabaza y tomen hasta la última gota?

 

Laura Farber. "La historia de Muchinga la escuché muchas veces de mi abuelo. Recuerdo muy poco de ella, pero sí me parece escuchar el sonido de los tambores que hacía mi abuelo sobre las rodillas", contó la autora. Tiene publicados cinco libros de literatura infantil y juvenil, entre ellos Inés y los mundo mágicos de Gogo, también inspirada en esas memorias.

LALI CON COLORES

No hay quien se escape del gris bien oscuro en el pueblo de Grisura, allá lejos, pasando la montaña Grisácea y el lago Regris. Todos vestidos de gris oscuro, así, bien parejito.

Bueno, en realidad todos menos Lali, que un día apareció en el pueblo llegando vaya uno a saber desde qué lugar.

Y así ni bien llegó, empezó a caminar por la avenida principal, toda llenita de colores. Colores raros, mezclados, amarillo, celeste, naranja, verde, violeta, azul marino, azul Francia, azul eléctrico, azulado... Y a su lado apareció la primera niña del pueblo, que la miraba desconfiada pero sin saber bien qué decir.

Lali de colores era muy rara en Grisura. Otras niñas y niños la miraban pasar y la empezaban a seguir. "¡Qué hace con esos colores, qué cosa rara!", se rio una niña y ahí nomás largaron todos unas carcajadas feas -pero bien feas, ¿¡eh!?- mientras Lali seguía caminando.

El pueblo empezó a salir todo a la calle para seguirla. Ella no paraba de caminar. Y atrás iban todos, burlándose y mirándose entre ellos sin saber qué hacía esa niña de colores locos en el pueblo donde hay que vestirse de gris oscuro. La verdad es que nadie se reconocía, porque todos estaban vestidos igual. Las casas también eran gris oscuro y la gente hasta se confundía de puerta.

Entonces se hizo el milagro. Lali paró de caminar y empezó a acariciar a todos a su alrededor: niños y niñas eran acariciados, y a cada uno que acariciaba, lo pintaba. Así como lo cuento: los tocaba y los pintaba de colores. Los primeros salieron corriendo horrorizados porque estaban escapando del gris oscuro y no querían que los demás los vieran así.

Pero los que venían más atrás empezaron a pedirle caricias de colores.

Cada uno tenía un dibujo distinto, con un color único y una caricia suave. A Pablo le tocó un verde agua, a Carola el beige, Toto quedó todo amarillo patito y Celeste quedó pintada de celeste. Hasta llegaron corriendo el gato y el perro del pueblo, que eran grises, claro está, y mientras el perro movía la cola el gato se refregaba contra las piernas de Lali pidiéndole por favor que los acariciara con sus colores.

El pueblo se coloreaba y todos empezaron a bailar mientras seguían caminando por la calle, atrás de Lali.

Fue ahí que Lali paró de caminar y habló: "¿Se reconocen ahora?".

Todos se quedaron mudos y, cuando se miraron, descubrieron algo increíble.

Cada uno tenía un color único, como el tuyo.

 

Iván Kirichenko. Periodista, publicó Polo y Analía viajan por el mundo, su primer libro para niños (ilustrado por Paz Sartori) a principios de este año. Este cuento se inspiró en un dibujo de su hijo. "Una noche vi esa imagen pintada por él y el resto lo hizo mi imaginación. Apareció la historia de Lali en Grisura. Y le gustó mucho, y nos dio tema de conversación, así que Lali -no tengo idea de por qué elegí ese nombre- nos hizo viajar juntos antes de dormir", explicó Iván.

EL ORIGEN DE UN CUENTO PARA EL OTRO LADO DEL MUNDO

Una mañana de mayo de hace tres años recibí un WhatsApp desde Túnez, de Wafa M., licenciada en Letras. Me proponía que ilustrara un cuento para niños, de su autoría.

Con Wafa nos conocimos en la Feria Internacional del Libro de Sharjah de Emiratos Árabes (SIBF, Sharjah International Book Fair) en 2014, a donde fui como invitada por América del Sur a realizar una serie de talleres de arte para niñas y niños. La convocatoria fue recibida por IBBY Uruguay (International Board on Books for Young People), por su sostenido trabajo en actividades de promoción de lectura, y para concursar tuve que cumplir severas condiciones exigidas por la SIBF.

Pedían postular varios proyectos propios en formato de talleres para niñas y niños. Debía cumplirse también la doble condición de autor de libros junto con actividad docente. El resultado fue vivir una experiencia impactante en suelo musulmán, por la diferencia cultural y por el hecho de ser mujer.
Pese a mi temor de que las cosas no salieran todo lo bien que se esperaba de mí -cada vez que un profesional participa en un evento oficial en el exterior viaja, no a título personal, sino del país-, los talleres resultaron más que exitosos, pero lo más significativo fue la fluidez en la comunicación con esas niñas y esos niños provenientes de tantos países diferentes (Rusia, Líbano, India, Paquistán, Egipto, Francia, Italia). Eso no hizo más que comprobar, con la diversidad al extremo, lo ya intuido: la comunicación exitosa con las niñas y los niños implica honestidad y amor. Si bien el idioma oficial era el inglés, ante todo nos comunicamos desde las artes.

Las ciudades cosmopolitas generan complicidad entre quienes no somos locales. Sharjah me recordaba a Londres, donde viví en mi adolescencia. Pero acá había un color propio: parecía estar en un episodio de La guerra de las galaxias, con la atmósfera de aquellos bares llenos de seres extraños, ajenos y atrapantes. El arte fue lo que nos convocó y nos unió a tantas raras y tantos raros en esa cuidad de ciencia ficción, inventada de la nada, plantada como un hongo artificial en el desierto.

Respondí que sí aceptaba al mensaje de Wafa. Ni bien cerramos trato con su editor de Líbano, recibí el cuento en francés, aunque el libro se editaría en árabe y en suelo libanés. Nada fue una dificultad, y llegamos a buen puerto con El Gallo y sus pollitos, libro para lectores de unos seis años.
"El Gallo cantó fuerte ni bien salió el sol y los animales de la granja se despertaron, sobresaltados. Se fueron desperezando con toda prolijidad antes de levantarse de la cama. El Gallo era el rey de la granja. Se sentía poderoso con su canto, tanto como el mismo Sol: entre los dos hacían que todos los animales se despertaran al instante".

Hacía croquis y los enviaba. Wafa confiaba en mí.

"En la casa del Gallo, las pollitas y los pollitos salieron muy rápido del nido. Iban de un lado para otro haciendo mucho alboroto. Era imposible seguir durmiendo. Pero la mamá Gallina no se levantó.
Cuando el Gallo llegó, se inquietó al ver a su esposa inmóvil. Se acercó y, con toda ternura, le preguntó si se sentía bien".

Y el problema apareció: la lectura en la cultura árabe se realiza en sentido inverso al nuestro. Las páginas avanzan de izquierda a derecha en vez de derecha a izquierda. Lo que parecía un dato curioso, me complicó todo. Nuestros ojos recorren los libros de izquierda a derecha siempre. Lo aprendemos desde bebés; queda impreso en la mente y el cuerpo. Nada de esto era válido ahora. Para nosotros la zona más relevante de una publicación es la página derecha, en su sector superior; el ojo va hacia allí automáticamente. Por eso es lo más cotizado en publicidad. Ahora era al revés. Tuve que obligarme a salir de un adiestramiento de 45 años de mirar imágenes: es una de las convenciones culturales que nos constituyen, y que son propias de nacer en una época y un territorio determinados. Algunas verdades son tales, sí, pero solo en el lugar del mundo en el que te toque vivir.

"La Gallina no se sentía bien. Pidió al Gallo que se ocupara de las pequeñas y los pequeños mientras se recuperaba. Él amaba a su familia, pero las tareas de ser el rey de la granja lo alejaban seguido del día a día del hogar. El Gallo dejó de lado sus otros asuntos para ocuparse de ellos el día entero".

El rey de la granja puede, y sobre todo quiere, ocuparse de la crianza de sus hijas e hijos. Ese día atenderá sus necesidades de alimento, juego, y aprendizaje, mientras los animales de la granja lo reprueban. Frente a las reacciones burlonas y discriminatorias, el Gallo se reafirma en su rol de padre responsable y protector, así como de esposo compañero.

La necesidad femenina de equidad social, así como en lo vincular, y en todos los temas que importan, habló de un lado a otro del océano, conectando idiomas y culturas. ¿Qué tanto hemos avanzado, en verdad?

Creo indispensables a los libros ilustrados; es una manera de interpelarnos a cualquier edad.

Verónica Leite. Es escritora e ilustradora de libros infantiles. Ha publicado libros en la región y en México y este proyecto que llevó adelante en el Líbano nunca se publicó en español.