Cultura
De la boca al papel

Los cuentos que los escritores crean para sus hijos

Un pato que mira la tele, una tarántula innombrable, un duende furioso y un globo perdido: relatos que Magdalena Helguera, Inés Bortagaray, Cecilia Curbelo y Luis Prats inventaron para narrarle a sus niños antes de ir a la cama.

18.04.2020 07:00

Lectura: 13'

2020-04-18T07:00:00
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Por Patricia Mántaras

Con una capacidad natural para crear historias, es probable encontrar entre los escritores relatos pensados especialmente para sus hijos, nietos o niños cercanos. La inspiración puede ser diversa. Desde un relato inventado sobre la marcha para lograr que coman con más ganas, se olviden de algún miedo o aflojen con los berrinches, hasta una forma de poner la imaginación al servicio de la parentalidad o un simple ejercicio de la fantasía en el que los gustos del niño en cuestión dan forma a un relato hecho a su medida.

En esta primera entrega, Magdalena Helguera, Inés Bortagaray, Cecilia Curbelo y Luis Prats comparten los cuentos que inventaron para sus pequeños. Algunos de ellos nunca habían bajado al papel.

EL GLOBO QUE VOLÓ MUY, MUY ALTO

Esta es la historia de un globo.
Un globo amarillo que quiso volar.
Pero cuando se perdió allí en lo alto
se asustó muchísimo y quiso bajar.

El regreso no era tan fácil
porque Globo estaba perdido.
Necesitaba la ayuda de alguien
que lo guiara en su camino.

Voló por un buen rato sin rumbo
hasta acercarse a una nube gris
que le rugió con gran desprecio.
Y él ¡casi se hace pis!

Se alejó cada vez más pequeño.
Estaba sin aire, se desinflaba.
Ya no era tan redondito,
ni siquiera era aquel que brillaba.

Globo estaba tan solo y enfermo
Que decidió dejar de luchar.
Comenzó a desinflarse y caer.
Comenzó a caer y a soltar.

Caía entre miles de estrellas
Caía hasta que apareció la Luna,
que creyéndose ser su mamá
lo rescató y cuidó en su cuna.

Ahora está sano y redondo.
Le gusta salir, le gusta pasear.
Aunque sople fuerte el viento,
Globo sabe regresar.

Cecilia Curbelo. El nombre detrás de las novelas adolescentes en Uruguay empezó creando historias para su hija Rocío. En total eran as A4, le leía antes de llevarla a dormir. Tres de ellos se publicaron hace tres años en una colección especial para niños pequeños y este sale a la luz cuando su hija, que se los sabía de memoria, tiene cacuatro los cuentos que había escrito especialmente para ella y que, impresos en hojsi 18 años.

 

PATITO Y LA TELEVISIÓN

Patito quería ver la televisión. Él nunca había visto una, pero el perro le contó que era una caja con una ventana de vidrio que tenían los dueños de la granja donde vivían, por la que se veían animales, casas, gente y paisajes. Patito quedó muy impresionado con lo que le dijo el perro, por lo que decidió que tenía que ver ese aparato tan interesante.

Se metió entonces en la casa de los dueños de la granja, pero justo estaba el padre, quien se enojó al verlo: "¡Quién dejó entrar a este pato a la casa? ¡Va a hacer caca en el piso del living!". Y Patito salió apurado.

Al rato quiso entrar de nuevo, pero estaba la señora de la casa, que también lo hizo salir.

Cuando volvió, una hora más tarde, se encontró con la niña de la casa. Patito pensó que por fin podría ver la televisión, porque ella lo quería mucho. Pero la niña quiso jugar a las visitas con Patito. Lo hizo sentarse ante su pequeña mesa de juguete y le dio el té, convidándolo con una cucharita en la boca. Y tampoco pudo ver la televisión.

Mucho después, Patito pudo meterse en la casa sin que nadie lo viera. Como era chiquito, no tuvo problemas para esconderse debajo de una mesa. Y allí decidió esperar hasta que alguien encendiera la tele para verla.

Por fin llegó el niño de la casa, que le dijo a su madre: "¡Voy a ver el canal de los animales!". Patito pensó que era su gran oportunidad para, por fin, conocer la tele.

Patito salió de su escondite y justo apareció en la pantalla del televisor un gran león rugiendo. El pobre Patito se pegó un susto tan grande que salió corriendo de la casa y no paró hasta esconderse bajo el ala de su mamá, en el galpón de los patos donde vivía con su familia.

"¿Qué pasa, Patito?", le preguntó ella. Él, con mucho miedo, le contó que había un gran león en la televisión. La mamá le explicó que el león no podía salir de la tele, por lo que podía mirarla tranquilo. Patito volvió a la casa y estuvo largo rato mirando dibujos animados, películas y hasta los avisos de la televisión.

Luis Prats. Periodista, publicó Vamos al mundial, su primer libro para niños, en 2014, pero inventó sus primeros relatos infantiles años atrás, especialmente para sus hijas Victoria y Florencia. Hubo una serie de detectives protagonizada por el Hombre invisible y estuvo este, que Luis llegó a tipear y ellas lo ilustraron. Hoy se lo sigue contando a su nieta Pía y fue ella quien hizo el dibujo para acompañar su publicación en galería.


INICIO DE UN CUENTO

La tarántula Trotamundos se enamoró del Innombrable, un sauce llorón mucho mayor que ella, en todos los sentidos habidos y por haber. El Innombrable era un sauce llorón que había sufrido mucho, porque en el monte donde había nacido (de una semilla liviana como una pluma de golondrina, como un pétalo de jazmín, como la uña de una niña llamada Beatriz) se comentaba que el pobrecito daba mala suerte. Esa era una calumnia. Una calumnia es algo así como noventa y nueve veces peor que una mentira, porque es algo que se hace a propósito para causar daño, mientras la mentira a veces es involuntaria, y no siempre es algo horroroso.

El Innombrable tenía un nombre muy bonito: Eusebio. Eusebio era un sauce que lloraba mucho, de día y de noche. Sus lágrimas lo mantenían bien humectado, y su tronco era firme y lustroso, y sus raíces viajaban lejos, bajo la tierra, y era apuesto. La madurez le sentaba bien al sauce llorón.

¿Y quién creen ustedes que era el dueño de esa calumnia que ensuciaba su honor? ¿Y quién creen ustedes que le había puesto, por mote, "el Innombrable"? El molle rastrero, un auténtico licenciado en la chismografía y la especulación.

¿Por qué haría eso un molle?, se preguntarán ustedes.

Y yo les digo: atiendan el cuento que contaré a continuación.

Inés Bortagaray. Cuántas aventuras nos aguardan (2018) es el título del más reciente libro de la autora, que supo plasmar un viaje familiar en primera persona desde su perspectiva de niña en Prontos, listos, ya (2006), reeditado el año pasado. Aunque no ha publicado relatos para niños, sí ha inventado algunos para sus hijos. Uno, puntualmente, tiene un sinfín de finales pero siempre el mismo comienzo.


DON ENREDO

La mamá de Cecilia la persiguió por toda la casa, con un peine en una mano y un cepillo en la otra. Como todas las mañanas, Cecilia no se quería peinar.

Finalmente la alcanzó y comenzó a desenredar aquella maraña de nudos, nuditos y nudazos en que se había transformado el cabello de su hija.

Al principio era como la selva amazónica, con árboles milenarios, lianas, yuyitos y todo. En cualquier momento podía saltar un mono, un papagayo o una terrible y hambrienta fiera salvaje. Pero poco a poco y como por arte de magia -en realidad por arte de paciencia de mamá- la selva se iba transformando en un ordenado bosque, limpito y perfumado, como para ir un domingo a merendar y a jugar a la escondida.

Por suerte para todos, tanto la selva como el bosque se veían totalmente deshabitados. De pronto, sin embargo, cuando ya la señora suspiraba aliviada porque el enredijo iba llegando a su fin, el peine se encontró con un enorme nudo que le impedía el paso por completo. Probó con el cepillo, y nada. Intentó de nuevo con el peine y...

-¡Ay! ¡Auxilio!

No, no era Cecilia quejándose de los tirones. Si el peinado no le hacía doler ni un poquito, y además estaba ocupadísima mirando el libro de Blancanieves.
Madre e hija vicharon por la ventana por si había alguien quejándose afuera. Como no vieron nada pensaron que sería la tele del vecino y regresaron cada una a lo suyo: Cecilia al libro y su mamá a arremeter contra el entrevero aquel.

Apenas había empezado cuando volvió a escucharse la voz:

-¡Socorro! ¡Mi casa!

Esta vez era seguro que quien gritaba estaba allí mismo, en la habitación. ¿Pero dónde?

Se fijaron detrás de la silla, debajo de la cama y hasta en el cajón de los juguetes, sin encontrar a nadie. La mamá de Cecilia la miraba de reojo, sospechando... ¿No sería una broma? Su pícara niña era capaz de cualquier cosa, con tal de no peinarse.

Entonces levantó nuevamente el peine, decidida a finalizar de una vez la tarea, con o sin gritos. Pero al observar otra vez el nudo, abrió la boca como en el dentista y dijo ¡Aaahhh! Y también abrió los ojos, casi tan grandes como la boca.

¿Estaba asustada, asombrada o perpleja? ¡Todo eso y algo más! Porque parado muy derechito sobre la cabeza de Cecilia había un... No, si pensaron que era un piojo, están equivocados. Lo que allí se veía era un personaje increíble: un enanito del tamaño de un grano de arroz, todo vestido de amarillo, con una barba larga como pestañas de bebé, minúsculos zapatitos rojos y un bonete verde que parecía un pedazo de perejil picado.

Cuando se le pasó un poco el susto, a la mamá solo se le ocurrió levantarlo con dos dedos, muy suavemente, y depositarlo sobre la mesa de luz.

Entonces el hombrecito empezó a patalear y a chillar, a tironearse la barba y a saltar sobre su sombrero mientras gritaba: "¡Capalute! ¡Mocilaco! ¡Zute!" y otras palabras feísimas por el estilo, que quién sabe qué querrían decir en idioma de duende furioso.

¡Qué pataleta, madre mía! Nadie creería que alguien tan chico pudiera enojarse tanto. Daba más miedo que el tío Manuel cuando le llegó la cuenta de luz de enero. Y eso que el tío mide casi dos metros y pesa ciento cuarenta kilos y aquella vez estaba realmente indignado, porque la computadora quería cobrarle un disparate, o algo así.

Bueno, volvamos a lo nuestro. Cuando Cecilia lo vio más calmado (al enanito, no al tío) acercó un dedito para acariciarlo y le preguntó suavemente:

-¿Qué te pasa? ¿Cómo te llamás?

Pero la mamá, de un manotazo, la alejó del personajito.

-¡No lo toques! Capaz que muerde.

-¡Yo no muerdo, señora! Ni pico, ni araño, ni hago mal a nadie. -Parecía que de nuevo iba a enfurecerse-. Yo soy Don Enredo y soy amigo de todos los niños que no se peinan, como Ceci. Acabo de mudarme a un precioso nudo de su pelo y usted, señora, no tiene derecho a echarme de mi casa. ¡Haga el favor de ponerme donde estaba, ahora mismo!

-De ninguna manera. Nadie va a instalarse a vivir en la cabeza de mi nena. Y voy a desenredarle ese nudo de una vez por todas.

-¿Qué? ¿Desenredar mi casa? ¿Mi precioso hogar? ¡No se lo permito!

-Me lo permita o no, es lo que voy a hacer.

-¡Que no!

-¡Que sí!

-¡No, no y no!

-Mire, don Enredo. No tengo ganas de seguir discutiendo. Usted ha de saber que aunque a Cecilia no le gusta nada peinarse, le encanta bañarse y lavarse la cabeza. ¿Ha pensado ya en lo que sucedería con su casa en cuanto ella se metiera en la ducha? ¡Se le iba a inundar toda! Imagínese, los muebles mojados, los platos flotando...

-¡No siga, no siga, por favor! -y para sorpresa de las dos, el que antes parecía tan malo se echó a llorar como un bebé.

-Siempre lo miiis... mo, siem... pre es iguaaal -lagrimeaba con desconsuelo-. Dejan que se forme un precioso enredijo, uno se entusiasma, se va a vivir allí y después... ¡Buuuaaa! ¡Siempre aparece alguien a desenredarlo! ¡Buuuaaa!

A Cecilia le dio mucha pena. A la mamá también, pero además le dio vergüenza porque antes lo había estado rezongando. ¡Y era tan chiquito! Pobrecito...

En eso se le ocurrió una idea. Fue a revolver el costurero y regresó con una aguja de crochet y un carretel de hilo finito. Empezó a tejer y tejer, a tal velocidad que la aguja ni se veía. Como las alas del picaflor, cuando vuela.

A los cinco minutos les mostró su obra: una bellísima bolsita marrón, como el pelo de Ceci. La había hecho con tanto apuro que se le habían escapado algunos puntos y se le habían entreverado bastante los hilos. ¡Bien al gusto de don Enredo!

Cuando le dijo que era un regalo para él, el enanito no lo podía creer. Casi empieza a llorar otra vez, pero de emoción. Enseguida se metió en su nueva casa, loco de alegría. Era justito de su tamaño.

-Dígame ahora, don Enredo -preguntó la mamá-, ¿dónde le gustaría que instalara su vivienda? No puede quedarse para siempre en la mesa de luz...

-Tiene razón, señora. A ver... Déjeme pensar... Me gustaría estar cerca de Cecilia, que me ha resultado muy simpática. ¡Ah! Y mejor todavía si es un lugar bien asoleado. Soy muy friolento.

Entonces la mamá no lo dudó más. Tomó la casa tejida, con su propietario adentro, y la cosió a la cortina de la ventana del cuarto de Ceci. Después regresó, aliviada, a terminar de peinarla.

Cecilia y don Enredo se hicieron muy amigos. Todas las noches conversan, se cuentan cuentos y ella le canta para que se duerma. Y por las mañanas, él le canta a ella para que se despierte y tenga tiempo de peinarse antes de ir a la escuela.

No sea cosa que aparezca otro nudo como aquel. Don Enredo quiere que su casa-enredijo siga siendo la más grandiosa del mundo.

Magdalena Helguera. Es autora de 45 libros de literatura infantil y juvenil, inventó para su hija mayor El cuento de Cecilia la que no se quería peinar, inspirada en la "urgente necesidad de lograr que una hija muy inquieta, de unos tres años de edad, detuviera por unos instantes su movimiento perpetuo y se dejara quitar el aspecto de niña de la selva criada por los lobos". La historia cumplió su objetivo desde el primer día. Más tarde, Magdalena la escribió y se publicó en 1993 bajo el título Don Enredo en un tomo de varios autores llamado Calidoscopio V, publicado por Amauta e ilustrado por Malí Guzmán. El cuento obtuvo, además, la mención en el concurso Amauta 1992. La autora tiene además un canal de YouTube en el que lee sus propios cuentos para niños.

 

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