Estilo de vida
Hechizo felino

Los artistas y sus gatos: amor, fascinación e inspiración

Enigmáticos, elegantes y exóticos. También astutos, ágiles y curiosos. Sabios, torpes y escurridizos. Independientes, solitarios e individualistas. Y también: salvajes, tiernos y adorables, generosos y juguetones, gregarios y amistosos. Los gatos despiertan fascinación y admiración en el mundo de la creación, en especial entre los escritores

04.10.2020

Lectura: 13'

2020-10-04T07:00:00
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Para Charles Bukowski, los animales eran fuente de inspiración. “No saben mentir”, dijo. “La tele me pone enfermo en cinco minutos, pero miro a un animal durante horas y solo veo gracia y gloria, la vida tal y como debería de ser”. Los gatos le resultaban criaturas fascinantes, llegó a tener nueve en su apartamento, en su mayoría, callejeros y sin castrar. Bukowski plasmó esa fascinación en poemas y relatos breves. “En mi siguiente vida, quiero ser un gato”, escribió. “Para dormir 20 horas diarias y esperar a que me den de comer. Para no hacer nada y lamerme el culo”. Los gatos fueron generosos proveedores de metáforas: “No me gusta que el amor sea una orden, una búsqueda. Tiene que venir a tu encuentro como un gato hambriento a la puerta de tu casa”.

En Gatos (Ediciones Continente, 2015), Abel Debritto, uno de los mayores especialistas en la vida y obra del autor de Factotum, compiló poemas, relatos, apuntes, borradores nacidos de la inspiración y el asombro que estos animales generaban en Bukowski. “Los muy malditos me despiertan por la mañana para que los deje salir. Si no lo hago, se cargan el mobiliario. Pero son unos animales hermosos y maravillosos. Son la serenidad en persona”, escribió. En otro texto se lee: “Los gatos no tienen nada en cuenta, por eso cuando atrapan un pájaro no lo sueltan. Son un claro ejemplo de que cuando los elementos de la naturaleza entran en juego no hay nada que hacer. El gato es un diablo hermoso, nunca mejor dicho”. Y también: “Ojalá fuera tan hombre / como gato es él”.

Bukowski, por supuesto, no es el único hechizado. Abundan los casos de escritores que han compartido sus vidas con felinos. Albert Camus tuvo un gato negro al que llamó Étranger, en alusión a su primera novela, El extranjero. En Gato encerrado, William Burroughs se refirió a ellos como “compañeros psíquicos” y “enemigos natos del Estado”. Allí escribió: “El gato no ofrece ningún servicio. El gato se ofrece a sí mismo. Por supuesto busca cariño y protección. El amor no se compra a cambio de nada. Como todas las criaturas puras, los gatos son prácticos. Los perros comenzaron como centinelas. Es su función principal en la granja y en la aldea, alertar de lo que acecha, como cazadores y guardianes, y por eso odian a los gatos”. Sobre el final de sus días, Allen Ginsberg le preguntó si quería ser amado. “Depende, ¿por quién o qué? Por mis gatos, definitivamente”, respondió el autor de El almuerzo desnudo.

Raymond Chandler tuvo una gata persa, Taki, a quien adoraba y decía que era su secretaria. “Ha estado conmigo desde que empecé a escribir, casi siempre sentada sobre el papel que quería usar o la copia que quería revisar, apoyada a veces contra la máquina de escribir, a veces mirando serenamente por la ventana desde un ángulo de mi escritorio como diciendo: ‘Lo que estás haciendo no es más que una pérdida de tiempo, compañero’”.

Jorge Luis Borges adoró a los gatos desde su niñez; ya de adulto tuvo a Odín y luego a Beppo, en homenaje a uno de los gatos de Lord Byron, que tuvo cinco. El gato en realidad se llamaba Pepo, Borges lo encontró en La Boca. “Era un nombre horrible, entonces se lo cambié enseguida por Beppo, el gato de Byron. El gato no se dio cuenta y siguió su vida”, contó Borges, que además le escribió un poema, como también lo hicieron Charles Baudelaire o Georges Perec.

Aquí un fragmento del poema Los gatos, de Baudelaire:

Amigos de la ciencia y la sensualidad,
Prefieren el silencio y las tinieblas crueles.
Del Erebo serían los fúnebres corceles
Si su altivez cediese ante la majestad.

Cuando sueñan, adoptan las nobles actitudes
De las grandes esfinges que en vastas latitudes
Solitarias se pierden en un sueño inmutable.

Mágicas chispas arden en sus grupas tranquilas
Y partículas de oro, como arena impalpable,
Alumbran vagamente sus místicas pupilas.

Le club des amis des chats. Como Borges, Julio Cortázar tuvo gatos desde niño. Abundan fotografías de él junto a Flanelle, gata que conoció en París. Durante unas vacaciones en Provenza encontró a un gatito famélico, al que adoptó y llamó Teodoro Adorno, homenaje al filósofo alemán Theodor L. W. Adorno. La historia de su encuentro está incluida en La entrada en religión de Teodoro W. Adorno, incluido en Último round. “Un gato es territorio fijo, límite armonioso; un gato no viaja, su órbita es lenta y pequeña, va de una mata a una silla, de un zaguán a un cantero de pensamientos; su dibujo es pausado como el de Matisse, gato de la pintura, jamás Pollock o Appell”, escribió. “Ah Teodoro, qué bonito era verte bajar por el sendero, la cola al aire, gimiendo por tu gatita entre la lavanda, qué dulce era encontrarte otra vez cada año, el día en que se te antojaba, la noche de luna que elegías displicente para saltar a la ventana y quedarte unas horas con nosotros antes de volver a tu libertad que como tantos de nosotros has cambiado por una jubilación de gato, por el cielo que te tienen prometido”.

Cortázar y Flanelle

Sobre los gatos, dijo Guy de Maupassant: “No hay sensación más delicada y más aguda, que la de una caricia a su cálido y vibrante pelaje”. En El gato, Theóphile Gautiere apuntó: “Se convierte en compañero de tus horas de soledad, melancolía y pesar. Permanece veladas enteras en tus rodillas, ronroneando satisfecho, feliz por hallarse contigo y prescinde de la compañía de animales de su propia especie. Los gatos se complacen en el silencio, el orden y la quietud y ningún lugar les conviene mejor que el escritorio de alguien de letras. Es una labor muy difícil ganar el afecto de un gato; será tu amigo si siente que eres digno de su amistad, pero no tu esclavo”.

Leonardo Da Vinci admiraba a los felinos: “Hasta el más pequeño de los felinos es una obra de arte”.Pablo Picasso tuvo y pintó y dibujó gatos. Al igual que Salvador Dalí. Y al igual que Pierre Auguste Renoir, Henri Matisse, Theofile Alexandre Steinlen y Henri de Toulouse-Lautrec. El polifacético Jean Cocteau, poeta, novelista, dramaturgo, cineasta, ocultista, dibujante, pintor, diseñador y crítico francés expresó: “Si prefiero los gatos a los perros es porque no hay gatos policía”. Decía que Karoun era “el rey de los gatos”, incluso le dedicó una obra de teatro, Drôle de ménage. “Me gustan los gatos porque me gusta mi casa. Y porque, poco a poco, se convierten en su alma visible”, es una de sus frases célebres. Cocteau fundó Le club des amis des chats (El club de los amigos de los gatos), del que se encargó de diseñar su escudo. “Un miau es un masaje para el corazón”, dijo el artista francés.

Otra figura francesa polifacética y controversial, Sidonie-Gabrielle Colette, conocida simplemente como Colette, tuvo gatos toda su vida. Según ella, “no hay gatos corrientes”. Su novela La gata es una salvaje y sensual historia de amor, celos y venganza, en la que Saha, la minina del título, tiene incluso sus propias líneas de diálogo. Y Saha, de hecho, era el nombre de una de sus gatas. 

Ray Bradbury y compañía

Algunos autores experimentaron todavía más. Como Natsume Soseki, uno de los nombres mayores de la literatura japonesa. Una de sus más celebradas novelas narra las aventuras de un felino que vive con una familia de clase media en Tokio. La narración es en primera persona, y la novela se titula Soy un gato. Soseki no es el único en arriesgarse con la primera persona gatuna. Akenatón. La historia de la humanidad contada por un gato es un libro de Gérard Vincent, quien no figura como autor sino como traductor (del siamés).

Honestidad emocional. Ezra Pound, en El gato manso, escribió sobre el poder seductor del ronroneo. Jacques Derrida estaba cautivado con la mirada de los felinos. También Philip K. Dick, que encontraba paz y sosiego en su compañía. Y también Edgar Allan Poe, Charlotte y Emily Brontë, Herman Hesse, H.G. Wells, Jack Kerouac y Neil Gaiman. Y Joyce Carol Oates, que en su cuenta de Twitter sube de manera casi constante fotos de su gata Zanche. Mark Z. Danielewski vive ordeado de gatos, usa remeras estampadas con gatos y concibió la saga de 27 novelas The Familiar (inconclusa) sobre “lo que les ocurre a una niña de 12 años y a su gatito”, según definió el mismo autor.

Charles Dickens tuvo un gato al que llamó William, luego descubrió que era hembra y pasó a llamarse Williamina. Mark Twain tuvo muchos y a uno de ellos lo llamó Belcebú. Ray Bradbury llegó a tener 25 mininos dando vueltas por su casa, cortesía de Marguerite McClure, su esposa, amante fiel de los felinos. Ernest Hemingway fue un poco más lejos. Además de escribir sobre ellos, llegó a tener más de 50 en su casa. “Un gato es de una absoluta honestidad emocional: los seres humanos por una razón u otra, pueden esconder sus sentimientos, pero un gato no”, dijo el autor de El viejo y el mar.

Otro premio Nobel, Doris Lessing, ha vivido entre gatos y contó sus experiencias, desde su infancia en África a principios del siglo XX hasta el Londres de la década de 1960 en Gatos Ilustres. “Un gato es un auténtico lujo... lo ves caminar por tu habitación y en su andar solitario descubres un leopardo, incluso una pantera. La chispa amarilla de esos ojos te recuerda todo el exotismo escondido en el amigo que tienes al lado, en ese animalito que maúlla de placer cuando le acaricias”, escribió Lessing. Existe una hermosa edición del libro, con ilustraciones de Joana Santamans.

Zanche, gata de Joyce Carol Oates

El bar de jazz de Haruki Murakami en Kokubunji, Tokio, se llamaba Peter Cat. El novelista, que vive con gatos desde la década de 1970, los incluye en varias de sus creaciones, como Kafka en la orilla y 1Q84. Algo similar ocurre con Stephen King, que si bien tiene una perra muy célebre, Molly, también es muy fan de los felinos y los introduce en cuentos y novelas. “Esto es lo que le duele al mundo: los gatos se parecen demasiado a las personas, he ahí la contradicción”, ha dicho.

“Las mujeres y los gatos hacen lo que les place; los hombres y los perros deberían relajarse y acostumbrarse a esa idea”, sentenció el autor de ciencia ficción Robert A. Heinlein, creador de Tropas del espacio. G'mell, uno de los personajes más fascinantes de la saga de ciencia ficción Los señores de la instrumentalidad, de Cordwainer Smith, es una mujer con una inteligencia y una sensibilidad sublimes precisamente porque tiene genes gatunos.

El escritor argentino Osvaldo Soriano bautizó a uno de los que vivían con él como Taki, en honor a la gata/secretaria de su admirado Chandler. “Un escritor sin gato es como un ciego sin lazarillo”, dijo. Un consejo de Aldous Huxley al aspirante a escritor: “Si uno quiere ser novelista psicológico y escribir sobre los seres humanos, lo mejor que puede hacer es convivir con un par de gatos”.

“Cuando mi padre se murió, a los cien años, no sentí absolutamente nada, indiferencia absoluta. Cuando se murió mi gato Mao, que había vivido veinte años conmigo, lloré como un niño. Lo sentí profundamente”, confesó Alejandro Jodorowsky, escritor, guionista, dramaturgo, productor y director de cine. “Para mí ha sido esencial vivir casi toda mi vida acompañado por lo menos de un gato y de varias plantas”, escribió el autor de La montaña sagrada. “Convivir con otras formas de vida que la humana es enriquecedor, nos hace humildes, responsables, comprensivos. Aprendemos otras formas de ser, no verbales (el gato) y no nómadas (la planta). A través de estos compañeros nos unimos a todas las diferentes formas de vida que pueblan nuestro planeta y el cosmos. Y más aún, nos unimos al animal y al vegetal (también al mineral) que habita en nosotros mismos”. En una senda similar está el escritor alemán Eckhart Tolle, autor de El poder del ahora, quien escribió: “He vivido con muchos maestros zen, todos ellos gatos”.


Caracoles, Patricia

Es célebre la afición y el amor que Patricia Highsmith (1921-1995) tenía por los gatos, a quienes consideraba su “familia preferida”. Tuvo seis. La autora estadounidense, que escribía durante tres o cuatro horas al día, por las mañanas, en la cama, rodeada de cigarrillos, ceniceros, fósforos, una jarra de café, una dona y un azucarero, tenía una conexión especialmente intensa con los animales en general. Un día, en la pescadería, vio un par de caracoles unidos en un extraño abrazo. Decidió que serían sus mascotas y se los llevó. Desde entonces decidió criar sus propios caracoles. “Me transmiten una inmensa calma”, diría en una entrevista. Highsmith, autora de una treintena de novelas y ocho colecciones de cuentos, llegó a albergar 300 moluscos gasterópodos en su jardín de Suffolk, Inglaterra. Se dice que una vez asistió a un cóctel portando una cartera en el que llevaba hojas de lechuga junto con un centenar de caracoles. Llegó a escribir un relato, El observador de caracoles, una historia de toque macabro en el que el protagonista atribuía su éxito laboral al relajamiento casi balsámico que le proporcionaba observar caracoles. Cuando se mudó a Francia, para eludir la prohibición de ingresar con caracoles vivos al país, realizó varios viajes con entre seis y 10 de sus criaturas escondidas en cada seno.


Música para felinos

Oscar, Freddie y Tiffany

T. S. Elliot escribió El libro de los gatos habilidosos del viejo Possum, colección de poemas y textos humorísticos y fantásticos sobre psicología gatuna que sirvió de inspiración para Cats, el musical. La argentina María Elena Walsh escribió poemas y cuentos poblados de gatos. Taylor Swift convive con tres gatos: Olivia Benson, en homenaje al personaje de Law & Order: Special Victims Unit; Meredith Grey, una scottish fold nombrada así por el papel de Ellen Pompeo en Grey's Anatomy; y Benjamin Button, en honor al personaje interpretado por Brad Pitt en la película inspirada en el relato de Francis Scott Fitzgerlad, quien tuvo un gato llamado Chopin.
Tom, Jerry, Oscar, Tiffany, Goliath, Miko, Romeo, Lily y Delilah. Así se llamaban los nueve gatos con los que vivió Freddie Mercury y a quienes quería y cuidaba como a sus hijos. Su favorita era Delilah, a quien le compuso la canción homónima. En el clip de These are the days of our lives, que Mercury filmó cuando ya estaba muy enfermo, se lo ve luciendo un chaleco con estampado de gatos, diseñado por Donald McKenzie especialmente para él.