Estilo de vida
Más rápido, más alto, más fuerte

Las mujeres que descollaron en tierra, en el mar, en el aire y la montaña y el espacio

Un repaso a mujeres que supieron romper barreras y se convirtieron en protagonistas de hazañas deportivas o de mojones en la historia.

12.10.2020 06:00

Lectura: 18'

2020-10-12T06:00:00
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Por Leonel García

El mundo es de los audaces, dice el dicho popular. Pero en un mundo predominantemente masculino en general se piensa en los hombres al hablar de audaces. Muchas mujeres, mil veces más audaces, decidieron desafiar los estereotipos y romper barreras, todo aquello que la sociedad esperaba de ellas.

En muchas oportunidades, en estas páginas se ha escrito sobre mujeres destacadas en el arte, la tecnología, la ciencia, las empresas o la política. Para celebrar estos 20 años, galería también quiere recordar a aquellas mujeres que han desafiado las convenciones y los mares embravecidos, la fuerza de la gravedad, los cronómetros o la falta de aire.

Fue una mujer la que en su momento nadó en menos tiempo que nadie el canal de la Mancha y la primera persona en unir Cuba y Estados Unidos a brazada limpia y sin protección contra tiburones. Fue también una mujer la pionera en eso de recorrer más de 100 kilómetros en un prototipo de auto que amenazaba con destartalarse a cada tramo. Fue una mujer la primera en demostrar que en el deporte la perfección también existe e incluso una superó al considerado entonces hombre más fuerte del mundo. Siempre hubo una mujer que marcó el camino.

A mar abierto. El canal de la Mancha une al mar del Norte con el océano Atlántico y separa Gran Bretaña de Francia. En su momento de menor anchura, una orilla de otra se separa por 33 kilómetros. Con mucho oleaje y enormes mareas, cruzarlo a nado siempre fue considerado una de las mayores proezas a mar abierto. Durante más de 50 años se consideró que era una hazaña vedada para las mujeres, desde que en 1875 el inglés Matthew Webb lo lograra por primera vez. Sin embargo, una joven de 20 años hizo trizas no solo ese mito, sino también el récord existente.

La neoyorquina Gertrude Ederle, nacida en 1905, era campeona olímpica. Como parte del equipo femenino de natación de Estados Unidos, ganó el oro en los Juegos Olímpicos de París de 1924 en la posta de cuatro por 100 y dos bronces en pruebas individuales: 100 y 400 metros libres. Pero no solo se destacó en la piscina. El 6 de agosto de 1926, dos meses antes de cumplir los 21 años, logró cruzar el canal de la Mancha en 14 horas y 32 minutos. Fue la primera mujer en lograr tal proeza. La mejor marca anterior, lograda obviamente por un varón, era de 16 horas con 33 minutos. A partir de ahí comenzaron a llamarla "reina de las olas". Ederle vivió casi 100 años y falleció en 2003. Tenía una gran deficiencia auditiva, secuela de un sarampión que contrajo de niña. Por eso enseñaba natación a niños sordos.

Casi un siglo después, el 2 de setiembre de 2013, la también estadounidense Diana Nyad se convirtió en la primera persona en nadar durante 52 horas, 54 minutos y 18,6 segundos los 177 kilómetros que separaban las costas de La Habana (Cuba) y Key West (Florida, Estados Unidos) sin hacerlo dentro de una jaula que la protegiera de los tiburones. Tenía 64 años y lo intentaba desde 1978; este era su quinto intento. Los vientos y las picaduras de las medusas (para las cuales utilizó una pomada especial) fueron quienes frustraron los casos anteriores.

Al alcanzar la meta dijo que tenía tres mensajes: "Uno es que nunca nos debemos dar por vencidos. Dos es que nunca eres muy viejo para perseguir tus sueños. Y tres es que esto se ve como un deporte en solitario, pero esto es un equipo". Efectivamente, un equipo de apoyo de cinco botes navegó al lado de ella para alimentarla, quitarle todas las medusas posibles del camino y -si llegaba a ser necesario- salvarle la vida. "Felicitaciones. Nunca hay que rendirse en tus sueños", la congratuló vía Twitter Barack Obama, entonces presidente.

Perfección que superó a la tecnología. La gimnasia es un deporte olímpico desde los primeros juegos de la era moderna, los de Atenas de 1896. Como todo, comenzó siendo una disciplina netamente masculina, hasta los Juegos Olímpicos de Ámsterdam de 1928, cuando las mujeres comenzaron a competir. Siempre se puntuó tomando en cuenta la fuerza, la plasticidad, el equilibrio y la estética, considerando que, al tratarse de apenas seres humanos, la perfección no existe. Hasta que apareció Nadia Comaneci.

El 18 de julio de 1976, durante los Juegos Olímpicos de Montreal, Nadia, una joven rumana de 14 años, terminaba su rutina de 20 segundos en las barras asimétricas y dejaba mudo al Forum de esa urbe canadiense. Ella no era una desconocida: sus buenas actuaciones previas en los torneos europeos y otras competencias preolímpicas la ubicaban entre las favoritas. Pero ni las 18.000 personas que conformaban el público, ni el jurado, ni los millones de televidentes ni el tablero electrónico Omega -que solo tenía tres dígitos: unidad, décimo y centésimo- estaban preparados para ver lo que vieron. Cuando un "1.00" subió al marcador nadie entendía nada. Era la forma que encontraron para anunciar el perfecto "10", el primero de toda la historia. Harían falta cuatro años para que un hombre también alcanzara la perfección en gimnasia, con el soviético Alexander Dityatin en los Juegos Olímpicos de Moscú de 1980.

Comaneci quizá haya sido la más relevante de las mujeres campeonas olímpicas, una lista que comenzó con la inglesa Charlotte Cooper, quien en los Juegos Olímpicos de París de 1900 se convirtió en la primera ganadora al vencer en tenis.

Hasta el techo del mundo. Poder trepar a lo más alto de la montaña es toda una metáfora al tratarse de mujeres y de las dificultades que deben enfrentar para llegar a la cima. En su concepto más literal, la precursora fue la francesa Marie Paradis, quien al alcanzar la cumbre del monte Blanco, el entonces considerado como el pico más alto de Europa (4.810 metros sobre el nivel del mar), el 14 de julio de 1808, a sus 30 años. Si el techo de cristal es duro y resistente todavía, duele pensar cómo sería a principios del siglo XIX.

Más de un siglo y medio después, el 16 de mayo de 1975, la japonesa Junko Tabei se convertía en la primera mujer en subir el monte Everest, que con sus 8.848 metros sobre el nivel del mar es la montaña más alta sobre la Tierra, en la frontera entre China y Nepal, en la cordillera del Himalaya; la primera ascensión exitosa databa de 1953, por el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa (guía en expediciones de alta montaña en el Himalaya) Tenzing Norgay. No contenta con esta hazaña, Tabei fue la pionera también en eso de alcanzar las Siete Cumbres, como se denomina a los puntos más altos de todos los continentes (en una curiosa enumeración que tiene varias interpretaciones, ya que según los diferentes listados existentes hay dos cumbres en Europa, el monte Blanco y el Elbrus en el Cáucaso; dos en Oceanía, el australiano Kosciuszko y el insular Jaya; y dos en América, el sudamericano Aconcagua y el norteamericano McKinley), en 1992. La escaladora murió en 2016, a los 77 años.

Curiosamente, el Everest no es una montaña considerada de excesiva dificultad técnica para escalar, más allá de las avalanchas, el viento, otras contingencias climáticas y el riesgo latente de edema pulmonar (más de 200 personas murieron intentando esa hazaña). Pero escalar los 14 ochomiles -las montañas superiores a esa altura, todas en Asia, en las cordilleras del Himalaya y Karakorum- es una proeza monumental. La primera mujer en conseguirlo fue la española Edurne Pasaban, una vasca de Guipúzcoa de 47 años, que completó esas cumbres entre 2001 y 2010. Esto sí que es una tarea para gente con sangre de hielo, ya que el Annapurna (la décima montaña más alta del mundo con "apenas" 8.091 metros) tiene un escalofriante registro de 34 muertos cada 100 descensos logrados; el K2 (segunda, 8.611 metros), 29 cada 100; y el Nanga Parbat (novena, 8.125 metros), 21 cada 100.

Volando alto. A principios del siglo XX, en París, el pionero de la aviación Alberto Santos Dumont, nacido en Brasil, sorprendía a los franceses al pilotear sus dirigibles, globos de hidrógeno propulsados con un motor a gasolina. En 1901 comenzó con sus ensayos. Era tan celoso de su trabajo que no le dejó a nadie subirse a sus creaciones, salvo a una mujer de 19 años: la cubana Aída de Acosta.

Ella era una socialité de la aristocracia norteamericana, de paseo en París, que quedó fascinada con los dirigibles de Santos Dumont. Se hizo habitué de su hangar y entró tan en confianza que se animó a pedirle que le dejara pilotear una de sus creaciones, la número 9. Él accedió. Aída de Acosta se convirtió en la primera mujer pilota de la historia el 27 de junio de 1903, volando de París a Château de Bagatelle, aproximadamente a un kilómetro de distancia, con el brasileño que la acompañaba en bicicleta gritándole indicaciones (solo le había dado tres "clases" previas). Dos cuestiones son particularmente significativas de este episodio: el vuelo de esta pionera ocurrió seis meses antes del considerado debut en el aire de los hermanos Wright, el 17 de diciembre de 1903, y al enterarse, la familia de esta joven quedó tan escandalizada que le pidió -según algunas fuentes, amenazó- a Santos Dumont a no revelar jamás lo que ella había hecho. Temían que una mujer que había volado jamás quisiera ser desposada por varón alguno.

Muy poco después, también en Francia, Raymonde de Laroche -erróneamente presentada como baronesa de Laroche, cuando no poseía ningún título nobiliario- se convertía en 1910 en la primera mujer del mundo en obtener su licencia de piloto, la número 36 de la naciente Federación Aeronáutica Internacional. Tenía 23 años. En junio de 1919 se convirtió en la primera mujer que había volado a mayor altura (4.800 metros) y había recorrido mayor distancia en el aire (323 kilómetros). Pero al mes siguiente murió en un accidente aéreo mientras maniobraba el aterrizaje de un prototipo en Le Crotoy. Tenía 36 años.

El coraje también resultó trágico para la estadounidense Amelia Earhart. Nacida en 1897, fue la 16ª mujer en lograr su licencia de piloto en la Federación, pero fue la primera en cruzar en solitario el océano Atlántico tras 14 horas y 56 minutos de vuelo, el 20 de mayo de 1932. Su único antecesor había sido el propio Charles Lindbergh. En 1935 fue la pionera total en volar sin escalas desde Honolulu, en Hawai, a Oakland, en California. Era una especialista en viajes transoceánicos y quería más. El 17 de marzo de 1937 inició lo que pensaba que iba a ser un viaje alrededor de todo el globo. Sin embargo, tras varias escalas, desperfectos y hasta una disentería, cuando se habían recorrido 35.405 kilómetros y quedaban 11.265, perdió comunicación con el barco guardacosta que la estaba monitoreando, el 2 de julio de ese año. Desapareció en algún punto del océano Pacífico. En una carta a su esposo, George Putnam, escribió: "Por favor debes saber que soy consciente de los peligros, quiero hacerlo porque lo deseo. Las mujeres deben intentar hacer cosas como lo han hecho los hombres. Cuando ellos fallaron sus intentos deben ser un reto para otros".

Ese logro, ser la primera mujer aviadora en dar la vuelta al mundo en solitario, finalmente lo consiguió la también norteamericana Jerrie Mock el 17 de abril de 1964, tras 29 días, 21 escalas y casi 37.000 kilómetros. Pero para ese entonces ya una fémina había llegado al espacio: Valentina Tereshkova, como cosmonauta (versión socialista y soviética de astronauta) piloteó el Vostok 6 el 16 de junio de 1963, completando 48 órbitas terrestres en tres días. Sí, la lucha de las mujeres por romper barreras también llegó a la Guerra Fría. Eso lo logró Valentina a sus 26 años. Aún viva y lúcida, le ha manifestado recientemente al actual presidente ruso, Vladimir Putin, cuando la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) ya es un recuerdo, su disposición a subirse a un viaje tripulado a Marte.

Correr sin parar. Cuesta creer que la milenaria prueba de la maratón recién incluyera su versión olímpica femenina en Los Ángeles 1984, hace menos de 40 años. La primera mujer que compitió oficialmente en los 42.195 metros fue la alemana Kathrine Switzer, en la Maratón de Boston de 1967. Su participación fue un escándalo. Ella se inscribió de forma "clandestina" e intentaron expulsarla en plena competencia. Pero a partir de ahí las puertas a las mujeres corredoras quedaron abiertas.

En los hechos, el episodio que involucró a la alemana fue el punto de inflexión, pero no fue en rigor la primera vez que una mujer corrió la carrera en homenaje al griego Fidípides. La griega Stamata Revithi la completó en los Juegos Olímpicos de Atenas 1896, un día después de la oficial (y única) de varones, solo para demostrar que se podía; lo hizo en cinco horas y media (Spiridon Louis, el primer monarca, lo hizo en 2 horas, 58 minutos y 50 segundos). Su logro no fue homologado; esa distinción sí le correspondió a la francesa Marie Louise Ledru, en 1918, en la Maratón de París de ese año, en la que compitió de forma no oficial. Tampoco fue oficial la participación de la inglesa Violet Percy en Londres, en 1926, pero su tiempo sí quedó registrado: 3 horas, 40 minutos y 22 segundos.

Pero la historia de Kathy Switzer en el mítico Maratón de Boston, donde no estaban permitidas las mujeres como corredoras oficiales, es especial. En una nota publicada por la BBC el 16 de mayo de 2015, ella misma enumeró los mitos que había sobre la participación femenina en una carrera de tan larga distancia: "Las mujeres mismas no entendían que ellas tenían la capacidad. Tenían los temores de todo lo anticuado de las señoritas: que se agrandaran las piernas, que les saliera un gran bigote, que el útero se cayera". Ella entrenaba con un profesor de la neoyorquina Universidad de Syracusa, Arnie Briggs, a quien convenció de inscribirla si ella lograba completar la distancia en un tiempo digno. Lo hizo y se inscribió como "K. V. Switzer", pagando los dos dólares correspondientes. A la organización el detalle de anotarse solo con las iniciales le pasó completamente por alto y recibió el dorsal 261. Estaba corriendo de forma oficial.

Bien firmes al volante. Si hay un terreno donde las mujeres han tenido que soportar los peores prejuicios machistas es en el manejo de vehículos. Ahí hay buena parte de la explicación de por qué en la principal competencia del automovilismo internacional, la Fórmula 1, donde no está prohibida la participación femenina, solo hubo cinco corredoras en 70 años. La presencia de las mujeres se ha visto limitada a las grid girls, las "azafatas", eliminadas en 2018 en parte por presiones de los movimientos feministas.

"El único casco que una mujer debe usar es el de la peluquería", fue la desagradable frase con la que el director del Gran Premio de Francia de 1958 vetó la participación de la italiana María Teresa de Filippis. De todas formas, ese mismo año se convertiría en la primera mujer en correr en la Fórmula 1, logrando un décimo puesto en Bélgica. Lella Lombardi, también italiana, fue la más constante: disputando 17 carreras entre 1974 y 1976, fue la primera y hasta ahora única en puntuar, al obtener un sexto puesto en España en 1975. La última en intentarlo fue Giovanna Amati, también italiana, que intentó clasificar a tres grandes premios en 1992.

Mucho más suceso tuvo en cambio la francesa Michèle Mouton en el exigente Campeonato Mundial de Rally. Nacida en 1951, debutó como copilota en 1973. Ya con las manos en el volante, fichada por el equipo Audi, haría historia al ganar el Rally de San Remo en octubre de 1981. El año siguiente sería aún más épico, ya que ganó tres carreras más (con otra mujer de copilota, la italiana Fabrizia Pons) y peleó el título hasta el final. Terminó 1982 como subcampeona, ya que decidió abandonar la prueba decisiva, el Rally de Costa de Marfil, cuando fue informada, en el mismo transcurso de la etapa, del fallecimiento de su padre.

Y más éxito tuvo aún tuvo la alemana Jutta Kleinschmidt. Contraviniendo todos los prejuicios, en 2001 se convirtió en la primera y hasta ahora única mujer en ganar el Rally Dakar (anteriormente conocido como París-Dakar) en la categoría coches, en un Mitsubishi Pajero Evolution. Ya había sido pionera al ganar una etapa por primera vez en 1997. No fue apenas una temporada buena: fue subcampeona en 2002 y tercera en 1999 y 2005. Esta competencia, dados los terrenos en los que se compite y los desafíos a enfrentar, es considerada una de las más exigentes y difíciles (y famosas) del mundo: en 42 ediciones murieron 26 participantes.

Pero mucho antes que todas estas proezas, incluso mucho antes del "tenías que ser mujer" vomitado en alguna esquina del mundo, no fue sino una dama la primera persona en conducir un automóvil durante una larga distancia; es decir, más de 100 kilómetros. Bertha Benz (sí, la esposa de Karl Benz, el inventor del primer vehículo impulsado por un motor de combustión interna) recorrió los 106 kilómetros que separan Mannheim de Pforzheim en el Benz Patent-Motorwagen. Lo hizo junto con sus dos hijos y a escondidas de su marido para demostrarle las posibilidades comerciales del todavía prototipo, de las que su propio creador dudaba. Ese viaje, realizado el 5 de agosto de 1888, fue también una verdadera prueba de ingenio. Bertha "encontró una solución para cada dificultad en el viaje: recurrió a una liga, a un alfiler y saqueó las reservas de ligroína (éter de petróleo) de las farmacias a lo largo de la ruta. Incluso, cuando el combustible se agotó completamente fuera de Wiesloch y el automóvil tuvo que ser empujado por varios kilómetros, ella no dudó ni un momento en bajar y ayudar", indicó la Mercedes-Benz en un comunicado conmemorativo. De hecho, a ella se atribuye la creación de la pastilla de freno y la conclusión de que un sistema de dos velocidades podía resultar insuficiente para pendientes muy empinadas.

La fuerza del sufragio. El 26 de agosto de 1920, con la aprobación de la Decimonovena Enmienda a la Constitución, las mujeres tuvieron acceso al voto en Estados Unidos. Se coronaba con éxito la lucha del movimiento sufragista, integrado por un montón de agrupaciones de diferentes ámbitos. Una de ellas fue la Suffragette Ladies of the Barnum & Bailey Circus, que nucleaba a 800 artistas de circo. Su vicepresidenta era Katharina Brumbach, una austríaca radicada en Estados Unidos que, además de ser activista, fue considerada por el Libro Guiness de los récords como la mujer más fuerte del mundo entre 1911 y 1986. Recién en 1987 la superó Karyn Marshall, la primera campeona del mundo en levantamiento de pesas femenino.

Hoy ya dejó de llamar la atención que las mujeres participen en disciplinas de fuerza, boxeo, artes marciales y artes marciales mixtas. Pero a principios del siglo pasado una mujer fuerte y combativa era más una atracción de circo que deportiva. Nacida en 1884, de adolescente medía 1,80 metros y pesaba 90 kilos. En el circo familiar que regentaban sus padres, uno de los números era desafiar a los hombres asistentes a luchar con Katie (luego conocida como Lady Hércules o La Mujer de Acero) por un premio de 100 marcos en caso de vencerla; ninguno pudo. Una de las personas que la retó a pelear no fue un asistente, sino un acróbata del mismo circo que quería hacerse unos pesos extra, Max Heymann. No lo logró, pero le cayó lo suficientemente simpático como para terminar casándose. El matrimonio duró 52 años y tuvo dos hijos. Contrariamente a lo que podía pensarse, dada la mentalidad de la época con respecto a una mujer con actividades tan varoniles, siempre fue descrita como hermosa.

Uno de los números de Katie era levantar a su marido con una sola mano, algo que no era tan sorprendente, ya que el hombre pesaba algo más de 70 kilos. Pero dejó a todo el mundo atónito al quedarse con el récord mundial de levantamiento de peso en 1911. Usando una sola mano, logró levantar 300 libras (unos 136 kilos) por encima de su cabeza. Su vencido fue nada menos que Eugen Sandow, considerado el padre del culturismo moderno, y hasta entonces el poseedor del récord. Desde entonces, a los 27 años, también fue conocida como Lady Sandwina. Poco tiempo después también sería Sandwina Suffraggette. Es que, si de romper barreras se habla, ella las cruzó todas.