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Un escándalo eterno

Las dos caras del caso Woody Allen-Mia Farrow

La miniserie de HBO Allen vs. Farrow reavivó la polémica en torno a la familia, ofreciendo la versión de Mia Farrow de los hechos y contraponiéndose a los dichos de Woody Allen en su reciente autobiografía, A propósito de nada

25.03.2021 09:30

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2021-03-25T09:30:00
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Por Patricia Mántaras

A fines de febrero, HBO estrenó una miniserie documental que revisita la historia truculenta y triste que puso fin a una familia. En sus cuatro episodios de Allen vs. Farrow (ya disponibles en HBO GO), los realizadores Kirby Dick y Amy Ziering narran la versión Farrow de los hechos, en algo que podría interpretarse como una respuesta a la autobiografía de Woody Allen A propósito de nada (Apropos of Nothing), publicada en Estados Unidos en marzo del año pasado y que llegó a Uruguay en estos días. Allí están, a la vista del público, las dos caras del horror.

Escrito muy al estilo Allen, como un monólogo de 12 horas y 24 minutos (es lo que tarda el director en leerlo en el audiolibro), yendo y viniendo en el tiempo y empezando párrafos con "¿Dónde estaba?", A propósito de nada dedica la mitad de sus páginas a relatar anécdotas y episodios que pintan al personaje neurótico, inseguro, hilarante y por momentos deliberadamente liviano o despiadadamente ácido en que se piensa, cuando se piensa en Woody Allen. Y, por supuesto, su peculiar vínculo con las mujeres. La otra mitad del libro se dedica a contar el lado Allen del vínculo con Mia Farrow, y todo lo que vino después de la catástrofe.

Dos hechos encendieron el escándalo que ubicó a esta expareja en extremos opuestos del ring: primero, el vínculo incipiente entre Allen y la hija adoptiva de Farrow Soon-Yi; después, el supuesto abuso sexual del director hacia Dylan, la niña (de entonces siete años) que habían adoptado juntos. Hace ya casi 30 años de ambos sucesos, pero siguen teniendo oleadas de impacto propiciadas por algunos disparadores puntuales, y por el contexto y las circunstancias sociales.

Mientras la miniserie despertó la crítica furibunda de una parte del público (sobre todo europeo, donde Allen tiene más apoyo) por la falta de voces contrastantes, el libro también lo hizo, obviamente, por el mismo motivo. En estos días, la red es una lluvia constante de titulares como ¿Qué hace falta para detener la carrera de Woody Allen? ¿Por qué Allen vs. Farrow no es suficiente? (IndieWire), tuits que exigen que las películas del director se den de baja en las plataformas que las exhiben e incontables artículos en primera persona (como Por qué nunca voy a volver a ver una película de Woody Allen, del Hollywood Reporter) haciendo catarsis sobre la aplastante desilusión de algunos al ver el documental (aunque la denuncia de Farrow data de agosto de 1992 y desde entonces la controversia ha sido pública).

Ver la miniserie y a la vez leer el libro es lo más cercano a tener las dos campanas. Y es, también, constatar que una de las dos partes miente con una convicción absoluta y una credibilidad asombrosa.

Parte I: A PROPÓSITO DE NADA

Sorpresivamente neurótico

Woody Allen tiene 85 años y al día de hoy no entiende el misterioso desenlace de su personalidad. Hijo de Martin Konigsberg, un buscavidas, y Nettie, una mujer bien plantada, Allan Stewart (nombre real de Woody) nació en un hospital del Bronx el 30 de noviembre de 1935 cerca de la medianoche, pero sus padres forzaron la fecha para que empezara su vida un día 1. Por eso, su fecha oficial de cumpleaños es el 1o de diciembre. Nunca se explicó por qué sus padres estaban juntos; por qué un hombre como su padre, al que "le gustaba la ropa, tener buenos ingresos y las mujeres sexies", se fijó en su madre, "leal y cariñosa y decente", pero no "físicamente atractiva"; "estaban en desacuerdo en todo, excepto en Hitler y mis boletines de calificaciones. Y aún con toda la matanza verbal, estuvieron casados por 70 años", escribe. Y sin pruritos (tal vez porque Nettie murió en 2002) Allen asegura que quería más a Martin, un hombre que llevaba "una vida encantadora": "Nos consentía con la misma libertad generosa con la que su padre lo había consentido a él".

Contrario a la imagen que ha ido alimentando su filmografía y pese a tener el physique du rôle adecuado, no se considera un intelectual. "Yo creo que son estos anteojos, que combinados con un don para incluir en mi trabajo fragmentos apropiados de fuentes eruditas, doy esta impresión engañosa de que sé más de lo que sé y mantiene a flote este cuento de hadas".

Los libros no abundaban en su casa (había solo uno, Pandillas de Nueva York, y era de su padre), así que su acercamiento a la lectura fue tardío y sus motivos, espurios. "No leí hasta el final de la Secundaria. Mis hormonas habían despegado y noté por primera vez que esas mujeres jóvenes con pelo largo y liso que no usaban labial, llevaban poco maquillaje y se vestían con poleras y polleras con medias negras, llevaban carteras grandes de cuero con copias de La metamorfosis". Entonces pensó que si quería conquistarlas tenía que ponerse a tiro con la lectura, y leyó "indiscriminadamente", aunque le quedaron "grandes brechas de conocimiento"; según Allen, el público quedaría en shock si supiera todo lo que no sabe o no ha visto.

Su carrera de comediante empezó con algo tan sencillo como un amigo festejando su sentido del humor y sugiriéndole que escribiera algunos gags. Cuando su madre, esta mujer con el corazón de "nitrógeno líquido", los leyó y le sugirió que se los mostrara a un famoso agente de prensa, pensó que no perdía nada. Así empezó.
A los 16 se compró la Olympia portátil que todavía usa para escribir. "Al día de hoy no puedo cambiar la cinta. Mi esposa lo hace por mí, pero por años cuando era soltero tenía un conocido a quien invitaba a cenar cada vez que la cinta necesitaba ser cambiada", cuenta. A los 18 años ya ganaba el triple que sus padres juntos y a los 22 era el escritor principal de un show de televisión.

Las mujeres de edad apropiada, y alguna excepción

Su primera esposa fue Harlene (no menciona el apellido, pero sabemos que es Rosen). Se casó con ella con 20 años, cuando la chica acababa de graduarse de la Secundaria, con 17. "Yo era estúpido (es como manejar -nunca pierdes eso), incivilizado, neurótico, totalmente no preparado para el matrimonio, un lío emocional", escribe.

Cuatro años después, en una doble cita a la que acudió con Harlene cuando todavía estaban juntos, conoció a la que sería su siguiente novia (y esposa): Louis Lasser. "Nunca soñé que un día sería mi esposa y eventualmente nos separaríamos pero seguiríamos siendo amigos de por vida".

Con Louis salieron ocho años antes de casarse. "En ese viaje (...) ella fue infiel, hizo dietas, entró y salió de hospitales, fue adicta a la hierba, a las drogas recreativas y medicinales, maníaca, muy autocrítica, seguida abruptamente de un huracán categoría cinco de euforia, trató de actuar, trató de cantar, trató de mantenerse viva, trató de ser mi novia, (...) deshonesta, encantadora, colaboradora e impulsora de mi carrera, exasperante, adorable, triste, llena de pensamientos inteligentes, siempre divertida". Así la describe.

Después, o tal vez ligeramente superpuesta con el final de su relación con Louis (este parece ser el patrón), entró en escena, literal y figuradamente, Diane Keaton. Cuando se presentó al casting para la obra de Broadway Play it again, Sam (escrita por Allen) supo que el papel era de ella ni bien terminó su audición. "Keaton es mágica", escribe; es a la única mujer a la que se refiere siempre por su apellido.

El breve tiempo que duró su amorío coincidió con los años en que el director era habitué de Elaine's, un restaurante de dudosa calidad gastronómica pero un imán de celebridades o, como dice Allen, "personas de alto perfil". "Con los años me hice amigo de Elaine (la dueña) y llegué a cenar con amigos ahí todas las noches por 10 años". Keaton se volvió su compañera frecuente y allí se reunían con amigos. "En esos años Nueva York era peligrosa por la noche, y volver caminando a casa para ver si sobrevivíamos era siempre excitante. Una vez en casa, mirábamos una película. Esos tiempos están entre mis recuerdos más lindos".

Más adelante Allen saldría con Robin, una de las dos hermanas de Diane Keaton, y luego con Dory, la otra. "Las tres hermanas Keaton eran todas hermosas, maravillosas mujeres. Buenos genes en esa familia", escribe. La historia con Keaton también terminó en amistad. "Además de tener buen gusto y ser brillante, es totalmente directa. (...) Ella es ella. Siempre le he mostrado mi trabajo, y es una de las pocas personas cuya opinión realmente me importa". Cuando Allen escribió Annie Hall (1977), hacía años que ya no eran pareja, pero la escribió con ella en mente y le puso el apellido real de Keaton al personaje principal.

La película obtuvo varias nominaciones al Oscar. La noche de la premiación, Allen tenía un toque de jazz. Se enteró de que su película había ganado cuatro Oscar a la mañana siguiente: "Reaccioné como reaccioné con la noticia del asesinato de JFK. Pensé en eso un minuto, después terminé mi bowl de cereales, fui a mi máquina de escribir, y me puse a trabajar".

En A propósito de nada menciona, entre otras relaciones, la que mantuvo con Stacey Nelkin, la chica que inspiró el personaje de la entonces jovencísima Mariel Hemingway en Manhattan. Pero Allen ve la diferencia de edad como una excepción en sus parejas, no como la norma. "Mucho se diría en la prensa en años posteriores sobre que yo gravitaba en torno a chicas jóvenes, pero realmente no es así. Mi primera esposa era tres años menor que yo. Lo mismo la segunda. Diane Keaton tenía la ‘edad apropiada', como Mia Farrow, con quien salí por 13 años".

Parte II: ALLEN VS. FARROW

Woody, Mia y la prole

Todo empezó años antes de que empezara realmente, con una carta que ella le escribió cuando ya era una actriz de renombre. Pero aun así, según relata él, guardaba un aire de idolatría más parecido al de una admiradora, y se despedía con un "Simplemente, te amo". "Fue una muy linda carta para recibir de una mujer famosa y hermosa. Le respondí que gracias, y eso terminó el tema por varios años", asegura él.

La primera vez que se vieron en persona fue en una fiesta íntima en Hollywood. Esa noche los presentaron y hablaron de trivialidades, pero según escribe él, "la tierra no se movió". Volvió a verla años después, en un encuentro casual en Elaine's. Ella llegó con Michael Caine, se saludaron cordialmente, se sentaron en mesas diferentes y él volvió "a zambullirse en sus tortellini".

El encuentro definitivo se dio en una fiesta que organizó el propio Allen. "Todos estaban invitados y todos vinieron", asegura. En ese mar de personas estaba también Mia Farrow con un grupo de amigos. Una vez más se dijeron "hola" y siguieron, pero a los días ella le envió un libro de regalo con una carta, y él le respondió con un "si estás libre un día almorcemos". Ella aceptó. "Resultó ser brillante, hermosa, podía actuar, podía dibujar, tenía oído musical, y tenía siete hijos", escribe. "Encontré divertido al estilo de una sitcom estar entrando en una relación con una mujer con siete hijos, pero en ese punto no era más que otro dato sobre ella", escribe él. Los siete hijos que Farrow tenía hasta ese momento eran los tres biológicos que tuvo con su segundo marido, André Previn (Matthew, Sascha y Fletcher), tres que adoptó dentro de ese matrimonio (Lark, Daisy y Soon-Yi), y uno que adoptó ya divorciada de él (Moses).

Los encuentros siguieron sucediéndose. Por mucho tiempo fue la secretaria de Allen quien llamaba a Farrow para agendar sus encuentros, según relata él. "No era demandante, estaba mejor informada que yo, más cultivada, apropiadamente libidinosa, encantadora con mis amigos y, lo mejor de todo, vivía directo cruzando el Central Park, así que era un gran ahorro en transporte", escribe él.

"A veces colgaba una toalla roja de la ventana como una forma de decir te amo inmensamente", cuenta Mia Farrow en el documental. "Todo en esa época era romántico".

Según Allen, hubo varias señales de alerta que tendría que haber escuchado. Una fue cuando, semanas después de empezar la relación, ella le lanzó que quería tener un hijo con él, a lo que él respondió cambiando de tema. Poco después llegó la propuesta de matrimonio, por parte de ella, y Allen le contestó que después de dos matrimonios fallidos lo veía como un "ritual innecesario".

Otras advertencias que señala eran los antecedentes familiares de ella. "La familia de Mia estaba plagada de comportamientos extremadamente ominosos que aumentaron en los años que la conocí. Sus hermanos tenían problemas con la bebida y con las drogas, había historiales criminales, suicidio, instituciones para problemas mentales, eventualmente un hermano fue preso por abuso infantil". Ella, en Allen vs. Farrow, da su propia versión de su familia, muy diferente: "Me encanta todo de ser mamá. Al haber nacido en una familia grande que seguía creciendo me di cuenta de que me encantaba ser parte de una familia grande. (...) Tuve padres maravillosos".

Pero Allen terminó pasando por alto esas alarmas; la relación que comenzaron en 1979 duró 13 años, en los que filmaron juntos (ella trabajando exclusivamente con él), 13 películas. Nunca se casaron, ni vivieron juntos. "Nunca en los 13 años que salimos me quedé a dormir en su departamento de Nueva York. Fuera de unas pocas veces el primer y segundo año, que ella se quedó en mi casa, vivíamos separados. Cuando la escuela terminaba, ella salía para Connecticut (la casa de veraneo) con sus hijos y, aparte del 4 de julio y el fin de semana de Labor Day, yo pasaba los veranos solo en Manhattan", asegura Allen.

Cuando habla de los hijos de Farrow, dice que eran bien educados: "Mia los disciplinaba tanto psicológica como corporalmente, para lograr la obediencia sumisa".

Tal como hace el documental, en el libro Allen refuerza su versión con fuentes que reafirman su relato. Entre ellas está Moses, uno de los hijos adoptivos de Farrow, con el que Allen hizo tan buenas migas que terminó adoptándolo legalmente. En 2018 Moses Farrow, terapeuta familiar especializado en traumas de adopción (especialmente en niños adoptados por padres de diferente raza), decidió hablar por primera vez públicamente y contar su verdad como miembro de la familia en un extenso ensayo que publicó en su blog. Allí escribe: "Yo fui testigo de ver a mis hermanos, algunos ciegos o físicamente discapacitados, ser arrastrados escaleras abajo para ser lanzados a un dormitorio o un ropero, después cerrar con llave desde afuera. Incluso (Mia Farrow) encerró a mi hermano Thaddeus, paraplégico a causa de la polio, en un cobertizo a la intemperie como castigo por una transgresión menor". Según Allen, ella siempre negó haber sido violenta o abusiva con sus hijos adoptivos, pero Judy Hollister y Sandy Boluch, dos mujeres que trabajaban en la casa en esa época, "corroboraron la historia con exactitud".

Allen llega a aseverar que la actriz devolvió a un niño mexicano días después de adoptarlo, y a otro con espina bífida que llegó a convivir con la familia varias semanas pero no le caía bien a su hijo Fletcher, el hijo menor biológico de la actriz con Previn.

Allen vs. Farrow muestra, en cambio, una recopilación de momentos familiares felices en la casa de Connecticut. Mia Farrow era aparentemente aficionada a hacer videos caseros, y registraba instancias de juego entre sus hijos. "Era una locura pero había una estructura'', dice Dylan Farrow en el documental. Sin embargo, una de las críticas que han recibido los directores de Allen vs. Farrow es que excluyeron por completo a varios hijos adoptivos de Farrow, y también omitieron mencionar las trágicas muertes de algunos de ellos.

Otra pincelada sobre su ex que el director eligió incluir en su autobiografía es que Mia Farrow tenía por costumbre ir cambiando el nombre de sus hijos. "Moses solía llamarse Mischa, pero un día en un partido de basketball, mirando al gran Moses Malone jugar, Mia se enamoró del nombre Moses y le cambió el nombre a su hijo", escribe Allen. "Le cambió a Dylan por Eliza, después a Malone, e intentó cambiarle a Soon-Yi por Gigi, pero Soon-Yi no lo aceptó"; "Ronan era Satchel, después Harmon, después Seamus y luego Ronan". Así, como Ronan, conocemos hoy al menor de los hijos de Mia Farrow y Woody Allen, el único biológico de ambos, aunque según el director, la actriz deslizó en alguna conversación que Ronan (en aquel momento Satchel) era en realidad hijo de Frank Sinatra.

Ronan Farrow es el periodista ganador del Pulitzer por la pieza que escribió para The New Yorker que significó el ocaso de Harvey Weinstein, y ha sido uno de los voceros más poderosos contra su padre.

A medida que avanza el primer capítulo, el documental comienza a profundizar en el apego peligroso que habría existido entre Allen y Dylan. "Recuerdo un día que llevamos a los niños a pasear al Central Park. Los chicos se habían subido a un juego y de pronto llega una limusina. Woody se baja y corre hacia el juego donde están, sigue a Dylan para arriba y para abajo por los túneles y toboganes, y recuerdo que pensé: ‘Nunca vi a alguien actuar así con un niño, espero que sea algo bueno", relata Casey Pascal, una de las amigas de la familia de Farrow, en el documental. Dicen que la niña escapaba de él porque tenía una "energía sofocante". "Recuerdo que muchas veces me sacaba del cuarto incluso cuando me quería quedar", dice la propia Dylan. "Siempre estaba entre sus garras".

Mientras que en el documental se acusa a Allen de ser demasiado apegado a Dylan, él acusa a Farrow de haber tenido un vínculo enfermizo primero con su hijo Fletcher, y luego con Ronan. "A Mia le sobraba poco tiempo para oficiar de madre con Moses y Dylan o cualquiera de los otros niños. Pero eran niños adoptados, y tanto Moses como Soon-Yi describen la ciudadanía de segunda clase de los niños adoptados", escribe Allen. Y cuenta que la primera vez que su hermana visitó la casa de Farrow se confundió a Lark, una de las hijas adoptivas, con una sirvienta; "se sorprendió cuando supo que era familia". Según él: "No sorprende que dos de los hijos adoptados resultaran suicidas (Thaddeus y Tam). Un tercero lo contemplaría (Moses) y una adorable hija adoptiva que luchaba con su condición de VIH positivo (Lark) fuera abandonada en sus treinta por Mia para morir sola de sida en un hospital una mañana de Navidad".

El infierno

Soon-Yi fue una de las niñas que Mia Farrow adoptó con André Previn, y era la única, según Allen, que le hacía frente. Estaban en plena preproducción de Maridos y esposas, la última película de Allen que protagonizaría Farrow, cuando se encendió la chispa entre él y Soon-Yi. "Alguna vez le había señalado a Mia cuán solitaria era Soon-Yi y que quizás necesitara un psicólogo. Mia me dijo: ‘¿Por qué no vas a dar un paseo con ella o a un partido de basketball? Siempre estás buscando a alguien para ir'". Él aceptó la sugerencia, y el resto es historia. En su defensa, Allen dice que en ese entonces su vínculo con Farrow estaba prácticamente extinto. No es lo que ella cuenta en el documental cuando se refiere al estado de su relación de pareja cuando encontró las famosas Polaroid del escándalo; unas fotos eróticas de su hija, cuando estaba en su primer año de universidad, tomadas por Allen: "Y eran todas... no las publicarían en Playboy, eran más bien fotos para Hustler. Eran fotos muy vulgares", asegura.

Según Allen, él entiende "su shock, su consternación, su ira". "Era la reacción correcta. Soon-Yi y yo pensamos que podríamos tener un pequeño romance, mantenerlo en secreto, ya que Soon-Yi ya no estaba viviendo en casa y yo vivía solo como un soltero. Pensé que sería una linda experiencia, y probablemente Soon-Yi eventualmente conocería a algún tipo en la universidad y empezaría una relación más convencional. No me di cuenta de cuán unidos ya estábamos".

Cuando Farrow se enteró, reunió a sus hijos para contarles todo. Según dice la actriz: "Fue la terapeuta de Dylan la que me dijo que les tenía que decir a ella y a Ronan (los más pequeños). Me recitó las palabras y yo las memoricé. Hubiese preferido cortarme el brazo que contarles eso". También dice que le dieron la oportunidad de quedarse en la familia, pero Soon-Yi eligió no volver.

Después, según Allen, le cortó el pago de la universidad a Soon-Yi, y en una llamada telefónica con él le aseguró que tenía "algo planeado". En una de esas conversaciones, que el documental reproduce porque ella las grababa (y él también), ella le pregunta: "¿Estás enamorado de mí o de Soon-Yi?". Y se puede percibir, por su voz, que en ella además de enojo y dolor todavía había vestigios de una mujer enamorada.

Aunque Allen no lo dice en el libro, en una entrevista de la época contó que en el San Valentín posterior a las Polaroids, Farrow le envió una tarjeta que consistía en una foto familiar repleta de agujas clavadas y un cuchillo forrado con la foto de Soon-Yi que atravesaba específicamente a Farrow. Él llegó a decir que temía por su vida. Y así, poco a poco, se fue construyendo un perfil público de Mia Farrow como una mujer despechada y vengativa. Más adelante en el documental, Ronan Farrow hace referencia a cuán poderosa puede ser una máquina de relaciones públicas "cuando siembra una idea en la narrativa pública".

Ese mismo año, 1992, fue el del incidente con Dylan. Según narra el documental, Mia Farrow y su amiga Casey habían ido a hacer compras y los niños se quedaron con las niñeras. En el ínterin habría llegado Allen a la casa de Connecticut para visitar a los niños. Cuando la actriz y su amiga volvieron, la niña corrió a abrazarla. "Tenía un vestidito de playa y no llevaba bombacha. Me pareció un poco extraño, pero puede pasar. Al día siguiente estábamos desayunando y llamó Casey, diciendo que su niñera había visto algo que la perturbó", recuerda Farrow. Lo que había visto era a Dylan sentada en el sofá con su padre arrodillado frente a ella, con el rostro enterrado en su regazo. Después, no se sabe bien cómo, habrían desaparecido de la vista de todos para ir al ático, donde él habría abusado de ella.

"Quería que el terapeuta (de Dylan) viera lo que había hecho, pero se había ido por el verano, y fue cuando me di cuenta de que tenía mi videocámara y pensé: haré este video". En el documental se ven al menos tres grabaciones diferentes en las que Farrow le pregunta reiteradamente a su hija de siete años, bastante distraída y aparentemente desinteresada en responder: "¿Qué te hizo papi? ¿Qué te dijo cuando estaban en el ático? ¿Dónde te tocó?".

"Entonces, ¿qué me salvó (...)? Solo que la mujer estaba verdaderamente chiflada, y cuando yo aparecí en la corte (...), ella no apareció", escribe Allen en A propósito de nada. Y hace referencia a las dos grandes investigaciones que tuvieron lugar a partir de las acusaciones de Farrow: "Una de la Child Sexual Abuse Clinic en el Yale-New Haven Hospital, a donde solía recurrir la policía por esos temas, y otra por la New York State Child Welfare". La conclusión de la primera: "Es nuestra experta opinión que Dylan no fue abusada sexualmente por el Sr. Allen. Es más, creemos que las declaraciones de Dylan en el video y sus declaraciones a nosotros durante nuestra evaluación no refieren a sucesos reales que ocurrieron el 4 de agosto de 1992...". Y agregaron que una de las opciones que manejaban era que Dylan habría sido entrenada por su madre.

Por otra parte, la New York State Child Welfare concluyó lo siguiente: "No se encontró evidencia creíble de que el niño citado en este reporte fuera abusado o maltratado. Este reporte ha sido, por lo tanto, considerado infundado". "Nunca hubo ningún juicio. No hubo cargos porque quedó claro para los investigadores que nada había ocurrido", se jacta Allen.

Las conclusiones son verídicas, pero los directores del documental fueron un paso más lejos en la investigación. Hurgaron en 60 cajas de documentación, archivada desde los años 90, y entrevistaron a algunos personajes vinculados a las investigaciones que afirman que se trató de un "intento masivo de encubrimiento". Al punto que Paul Williams, el asistente social a quien se le encargó la investigación (y que había ganado el año anterior un premio por su sobresaliente dedicación a los niños, entregado por la ciudad de Nueva York, el primero que se entregaba a un asistente social), terminó siendo despedido de la Child Welfare Administration de Nueva York por no querer acatar a sus superiores cuando quisieron callarlo. Eventualmente, después de presentar una demanda a la ciudad, le devolvieron su cargo, pero ya no volvió a estar vinculado al caso. "Todos los procedimientos, reglas, normativas, estatutos y ordenanzas relacionados a la investigación de abuso sexual infantil, fueron violados en este caso", contó Williams en una entrevista que dio en aquellos tiempos y que aparece en el documental. La periodista y activista feminista Gloria Steinem concluye, también en el documental, que "Al final el resultado fue que las personas con poder lograron acabar con el caso".

Moses, que pasó de inclinarse por su madre a apoyar a su padre ya en la adultez, distanciándose de los Farrow, escribió en su blog: "Como profesional entrenado, sé que el abuso infantil es una enfermedad compulsiva... y sin embargo algunos los han hecho creer que, a la edad de 56, repentinamente alguien decidió ser un abusador sexual".

Dylan, en tanto, se mantuvo firme en su relato. "Me ha llevado mucho tiempo entender que puedes querer a alguien y al mismo tiempo temerle", dice en Allen vs. Farrow.

El escándalo se reavivió en 2014, cuando Woody Allen recibió el premio Cecil B. DeMille a la trayectoria, que se entrega en la ceremonia de los Globos de Oro, con todo el star system presente rindiéndole homenaje y prodigándole elogios. Esa noche, Ronan tuiteó: "Me perdí el tributo a Woody Allen: ¿pusieron la parte en que una mujer confirmó públicamente que la abusó cuando tenía 7 años antes o después de Annie Hall?". Eso alentó a su hermana a sentir que podía volver a hablar del tema públicamente, y con 29 años escribió una carta abierta contando todo sobre el abuso. La envió a The New York Times, que se negó a publicarla, pero un columnista del diario, conocido de la familia, le dio difusión posteándolo en su blog. Woody Allen respondió a los pocos días con otra carta abierta, y esa sí se publicó en The New York Times.

"Entiendo por qué las personas no pueden creerlo, porque ¿quién iba a creer eso de Woody Allen? Yo no lo podía creer", dice Farrow en el documental. Los directores entrevistan a varios periodistas y críticos de cine de diferentes medios estadounidenses. Una de ellas se pregunta: "¿Qué hacemos con buen arte hecho por malas personas?"; un debate del que ya mucho se ha hablado. Varios coinciden en que, por lo pronto, no volverán a ver una película del realizador neoyorquino mientras él viva; "Es mucho más fácil cuando nadie está lucrando -dice un periodista cultural de The Forward-. Wagner no está cobrando cuando montamos sus óperas".

Cuando en 2018 Dylan Farrow volvió a la carga dando su primera entrevista televisiva, ya había explotado el movimiento Me Too (impulsado en parte por la denuncia contra Weinstein de su hermano Ronan) y las cosas se complicaron realmente para Allen. Desde entonces, el sistema parece haberse vuelto en su contra: la mayoría de los actores ya no quiere trabajar con él y su última película, Un día lluvioso en Nueva York, no se distribuyó en Estados Unidos, aunque sí en el resto del mundo.

Hace ya 29 años que él y Soon-Yi están en pareja (él tenía 57 y ella 22 cuando se involucraron), y 24 que se casaron en Venecia. Juntos adoptaron dos niñas, que ya están en la universidad. Después de hacer un recuento de su vida en su autobiografía, concluye: "Si muriera ahora no podría quejarme -y tampoco se quejarían muchos de ustedes".