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Un libro que expone intimidades

La sobrina de Trump cuenta entretelones de la familia

Siempre demasiado y nunca suficiente, de Mary L. Trump relata cómo el presidente que salió de un reality show es una construcción sin contenido y explica por qué el entorno en el que creció "creó al hombre más peligroso del mundo".

 

19.10.2020 12:35

Lectura: 15'

2020-10-19T12:35:00
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Por Patricia Mántaras

Mary L. Trump es psicóloga, tiene un máster en Literatura Inglesa y se ha especializado en Trauma, Psicopatología y Psicología del Desarrollo. En su primer libro publicado echa mano a ambas ramas de conocimiento para analizar en profundidad la conflictiva personalidad de su tío: Donald Trump. Siempre demasiado y nunca suficiente se titula el trabajo (ya disponible en Uruguay, y que en el mundo vendió casi un millón y medio de copias en su primera semana), que lleva el siguiente subtítulo: Cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo. Siendo justos, Mary tiene varios motivos para odiar a su tío. El primero: la competitividad destructiva que Donald tenía con su padre, Fred junior (o Freddy), el mayor de los cinco hermanos Trump. Se podría decir que fue con él que el actual presidente de Estados Unidos perfeccionó las herramientas de desdén y presunta superioridad de las que hace gala hoy, aunque a mayor escala. El segundo: Mary es lesbiana, y no se animó a salir del closet en su familia hasta la adultez, por un prejuicio que cultivó la familia y floreció en Donald.

Esta especie de biografía no autorizada recorre la vida del hombre del bronceado químico y el gesto eterno del pulgar hacia arriba desde su infancia hasta hoy, deteniéndose en algunos tramos que ilustran, en algunos casos, por qué es como es, y en otros simplemente da muestras de cómo ese carácter mezquino y falto de empatía siguió arraigándose hasta volverse definitivamente irreversible.

La primera vez que Mary estuvo en la Casa Blanca fue en 2017. El flamante presidente había organizado un festejo por el cumpleaños de una de sus hermanas, y su sobrina fue una de las últimas en llegar. "Aún no le había dicho hola, y cuando me vio, me señaló con una mirada de sorpresa en su cara, y luego me dijo: ‘Pedí específicamente que estuvieras aquí'. Ese era el tipo de cosas que decía a menudo para encantar a la gente, y tenía el don de adaptar su comentario a la ocasión, lo que era aún más impresionante porque yo sabía que no era cierto", relata en el libro.

La reunión transcurrió como tantas otras de la familia, con Donald en la cabecera y sus familiares aprobando y festejando sus historias, a menudo magnificadas. "Como siempre sucedía con Donald, la historia importaba más que la verdad, que era fácilmente sacrificada, especialmente si una mentira hacía que la historia sonara mejor". Ese mismo encuentro le recordó, también, todas las charlas de sobremesa en las que su tío se había despachado con comentarios misóginos o discriminadores: hablaba "de todas las mujeres que consideraba feas y gordas o de los hombres, normalmente más hábiles o poderosos que él, a los que llamaba perdedores (...).

Ese tipo de deshumanización casual de la gente era común en la mesa de los Trump".
Desde las primeras páginas del libro, su sobrina expresa la sorpresa que le causó que "se saliera con la suya", resultando electo presidente: "62.979.636 votantes habían elegido convertir este país en una versión macro de mi maligna familia disfuncional", escribe.

A medida que para este hombre -que toma más de 12 Coca Colas light al día y duerme poco- aumentan las presiones (acentuadas por la crisis extrema que el Covid provocó en EE.UU.), "la disparidad entre el nivel de competencia requerido para dirigir un país y su incompetencia se ha ampliado, revelando sus delirios más claramente que antes".

Un niño difícil. Donald Trump es el cuarto hijo (y segundo varón) del matrimonio de Mary y Fred Trump. La primera hija mujer de esa unión (celebrada en enero de 1936) se llamó Maryanne, la suma de los dos nombres de la madre, y el segundo hijo Fred (aunque lo llamaban Freddy), como su padre.
Fred padre, según describe su nieta y autora del libro, era lisa y llanamente un "sociópata altamente funcional".

La falta de empatía, la tendencia a mentir, la indiferencia ante el bien y el mal, el comportamiento abusivo y la ausencia de interés por los derechos de los demás son rasgos que definen a los sociópatas y, por tanto, al patriarca de los Trump. "El hecho de tener a un sociópata como padre, especialmente si no hay nadie más alrededor para mitigar los efectos, garantiza una grave distorsión en que los niños se entienden a sí mismos, regulan sus emociones y se relacionan con el mundo", escribe Mary, refiriéndose también a una madre de familia emocionalmente ausente, una "mera espectadora" de la vida intrafamiliar.

Fred se dedicaba a la construcción y sabía venderse. "Al principio de su carrera, había mentido sobre su edad para parecer más precoz. Tenía propensión al espectáculo y a menudo hablaba con hipérboles, todo era ‘genial', ‘fantástico' y ‘perfecto'. Inundó los periódicos locales con comunicados de prensa sobre sus casas recién acabadas y dio numerosas entrevistas ensalzando las virtudes de sus propiedades", cuenta su nieta.

Para él, el valor monetario de una persona era equivalente a su valor humano. Pese a sus intentos de que Freddy fuera "implacable", ese mensaje constante y directo no logró permear en su primer hijo varón, el que llevaba su nombre: "Él era, en cuanto a temperamento, lo opuesto a eso". Sin embargo, sí impactó de lleno en Donald, que adquirió casi naturalmente esa actitud. "Gracias al beneficio de una diferencia de edad de siete años y medio, tuvo mucho tiempo para aprender de las humillaciones que sufría su hermano mayor (...). La lección que aprendió, en su forma más simple, fue que estaba mal ser como Freddy".

A los 13 años, a pesar de sus objeciones, Donald asistió a la escuela militar. El principal motivo que llevó a sus padres a tomar la decisión de inscribirlo fue el mismo que, más adelante, despertaría la admiración de su propio padre: el desprecio que el chico tenía por la autoridad. La NYMA es un internado privado ubicado casi 100 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. "Los otros niños de la familia se referían a la NYMA como un reformatorio (...). Nadie enviaba a sus hijos a la NYMA para que obtuvieran una mejor educación, y Donald lo entendió, correctamente, como un castigo".

La escuela militar reforzó en el entonces jovencísimo Donald Trump su aversión a la vulnerabilidad, algo que, según su sobrina, todavía no puede tolerar. En ese entonces era un buen deportista y alguien a quien algunos encontraban interesante por "sus ojos azules, su pelo rubio y su fanfarronería. Tenía la seguridad en sí mismo de un matón que sabe que siempre va a conseguir lo que quiere y que nunca tendrá que luchar por ello".

Años más tarde, en 1968, se graduó en la Universidad de Pennsylvania y empezó a trabajar en Trump Management con un cargo jerárquico; "mi tío de 22 años gozó de más respeto e incentivos y recibió un sueldo mayor que el de mi padre", asegura Mary.

De tal palo... No pasó mucho tiempo antes de que Fred nombrara a su hijo favorito, el que lo reflejaba por completo, vicepresidente de varias de sus compañías. Había elegido a su sucesor, el que continuaría un imperio hasta entonces altamente lucrativo. En ese entonces Fred seguía visitando en persona a los inquilinos de sus edificios, y dando lecciones ejemplarizantes a Donald. "Una vez que un inquilino llamó repetidamente a la oficina para informar de la falta de calefacción, Fred le hizo una visita. Después de llamar a la puerta, se quitó la chaqueta del traje (...). Una vez dentro del apartamento, donde, de hecho, hacía frío, se arremangó la camisa (...) y le dijo a su inquilino que no sabía de qué se estaban quejando". Y sentenció: "Esto parece el trópico".

Donald, que había descubierto su atracción por "la parte más sórdida de tratar con los contratistas" y que "disfrutaba moviéndose entre las estructuras de poder político y financiero que sustentaban la industria inmobiliaria de la ciudad de Nueva York", era tierra fértil para las enseñanzas nefastas de Fred. Tal como a su padre, le encantaba ganar, y a cualquier precio. La autora recuerda que cuando todavía era una niña y Donald estaba presente, jugaban sobre todo al béisbol o a lanzarse una pelota de fútbol americano. El problema era que "no veía ninguna razón para lanzar la pelota con más suavidad solo porque sus sobrinos tuvieran seis, nueve u once años. (...) Incluso con niños pequeños, Donald siempre tenía que ganar". Frases como "voy de camino a la ciudad para ver algunas propiedades embargadas. Es el momento ideal para aprovecharse de los inútiles que compraron durante el auge del mercado", salían con frecuencia de la boca del joven Donald.

En 1973, Donald y Fred recibieron una demanda de la División de Derechos Civiles del Departamento de Justicia. Los acusaban de haber violado la Ley de Vivienda Justa de 1968 por negarse a alquilar una casa a personas negras. "Fue una de las mayores demandas federales por discriminación en materia de vivienda jamás presentadas". En respuesta, y asesorados por su abogado, presentaron una contrademanda dirigida al

Departamento de Justicia por 100 millones de dólares por supuestas difamaciones. "La maniobra fue simultáneamente absurda, llamativa y efectiva, al menos en cuanto a la publicidad cosechada: era la primera vez que Donald, a los veintisiete años, aparecía en la portada de un periódico". La contrademanda se desestimó, pero la empresa logró llegar a un acuerdo con la otra parte y tanto Trump como el abogado consideraron todo el hecho una victoria por la gran cobertura mediática que alcanzó.

Las primeras deudas. Para ilustrar la velocidad con la que Donald Trump despilfarraba o malinvertía el dinero, su sobrina cita un artículo de 2018 de The New York Times que destapó, también a nivel familiar, el favoritismo del que gozó el cuarto hijo de la familia. Las empresas Trump, lideradas por Fred, confiaron en Donald ciegamente al punto de concederle préstamos y líneas de financiación desproporcionadas en comparación con las "limosnas" que recibían los demás miembros de la familia. Como ejemplo, el artículo cita el año 1979, "cuando pidió prestado 1,5 millones de dólares en enero, 65.000 dólares en febrero, 122.000 dólares en marzo, 150.000 dólares en abril, 192.000 dólares en mayo, 226.000 dólares en junio, 2,4 millones de dólares en julio y 40.000 dólares en agosto (...)".

Donald e Ivana, que a esta altura ya estaban casados y eran parte de la familia, no eran, sin embargo, particularmente generosos con los regalos. Una Navidad, cuando Mary tenía alrededor de 10 años, recibió de parte de su tío y su esposa un paquete inexplicable, envuelto en papel celofán: un zapato de lamé dorado con un taco de 10 centímetros relleno de caramelos. "¿De dónde había salido aquello? Me lo preguntaba. ¿Se trataba del premio de alguna rifa o de un regalo de recuerdo de algún almuerzo?". Al año siguiente, el obsequio fue igualmente sorprendente. "Donald e Ivana me regalaron una cesta de regalos que se llevó la palma: era obvio que se trataba de un obsequio que les habían hecho a ellos, no servía para nada y demostraba la inclinación de Ivana por el celofán. Tras abrirla, advertí, entre la lata de sardinas gourmet, la caja de galletitas saladas, el frasco de aceitunas para el vermut y un salami, una hendidura circular en el papel de seda que cubría el fondo de la cesta donde antes había habido otro frasco". Entre los primos concluyeron que allí probablemente había habido un frasco de caviar que la pareja prefirió conservar.

Aunque para fines de los 80 las empresas de Donald Trump ya habían contraído una deuda de miles de millones de dólares ("en 1990, su obligación personal se elevaría a 975 millones de dólares"), en esos años compró también un yate por 29 millones de dólares y la aerolínea regional Eastern Air Lines por 365 millones de dólares. "En 1990 tuvo que emitir casi 700 millones de dólares en bonos, con una tasa de interés del 14%, solo para poder terminar la construcción de su tercer casino, el Taj Mahal", escribe Mary. "Parecía que el gran volumen de compras, el precio de las adquisiciones y la audacia de las transacciones impedían que todo el mundo, incluidos los bancos, prestara atención a la rápida acumulación de deuda y a su dudosa perspicacia para los negocios".

El libro fallido. Para reafirmar su imagen de hombre de negocios exitoso, le ofreció a su sobrina que escribiera su tercer libro: el primero había sido El arte de la negociación, escrito por Tony Schwartz ("había hecho un buen trabajo -que luego lamentó- para hacer que sus ideas sonaran coherentes, como si Donald hubiera adoptado una completa filosofía de negocios que entendía y vivía"), y el segundo, Surviving at the Top (una "vergüenza"). Ella, entusiasmada por la oportunidad, aceptó.

"Pasé la primera semana en el trabajo familiarizándome con la gente que trabajaba allí y el sistema de archivo. (Para mi sorpresa, había una carpeta con mi nombre que contenía una sola hoja de papel, una carta escrita a mano que había enviado a Donald en mi primer año de secundaria. Le pedía que me consiguiera un par de entradas para un concierto de los Rolling Stones. No pudo)", cuenta. Unas semanas después de haber empezado el trabajo, le recordó a su tío que aún no le habían pagado, y él "fingió no entender de qué estaba hablando". Pero él nunca llegó a concederle unos minutos para entrevistarlo, ni siquiera llegó a leer algunos fragmentos que ella le había enviado para su aprobación. Finalmente, la despidió a través de su editor, que le explicó que contratarían a un periodista experimentado para el trabajo. Ella, asegura, no se resintió con él, pero sí sacó algo en limpio: "(...) después de todo el tiempo que pasé en su oficina, aún no tenía idea de qué era lo que realmente hacía".

Maniobras desesperadas. Fred Trump murió el 25 de junio de 1999. El obituario de The New York Times lo describía como "un hombre hecho a sí mismo", mientras que se refería a su sucesor como "su extravagante hijo Donald". Empezaba una decidida cuesta abajo. Todas las deudas que su abuelo nunca adquirió, las contrajo su hijo entre los 70 y los 80, cuando sus ambiciones "crecieron y sus errores se hicieron más frecuentes".

En los años 90 la cara de Donald Trump ilustró bebidas alcohólicas (Trump Vodka) y productos cárnicos (Trump Steaks), entre otras mercancías, algunas intangibles, como la Trump University, una estafa de principio a fin. Para bien o para mal, su nombre y su rostro estaban estampados por doquier y mucha gente, sin conocer los pormenores de sus finanzas, seguían creyendo en la fachada multimillonaria de las empresas Trump. "En 2004, cuando El aprendiz se emitió por primera vez, las finanzas de Donald eran un desastre (incluso luego de recibir su parte de 170 millones de dólares de la herencia de mi abuelo cuando él y sus hermanos vendieron las propiedades). (...) Tanto Donald como los espectadores fueron el blanco de la broma que era el programa (...), que, a pesar de todas las pruebas en contra, lo presentaba como un magnate legítimamente exitoso". El reality show en el que varios concursantes competían por ganar 250.000 dólares y dirigir una de las empresas Trump "se aprovechó de la imagen de Donald como el descarado y autodidacta negociador", asegura Mary: "Un mito que había sido la creación de mi abuelo cinco décadas antes y que, sorprendentemente, considerando la vasta evidencia que lo refutaba, había sobrevivido en el nuevo milenio casi completamente inalterado". El mito continuaba vigente para 2015, cuando Trump anunció su candidatura a la presidencia por el Partido Republicano.

Según su sobrina, él se ha autoconvencido de que ha logrado todo por sus propios medios, al punto de que ha contado en innumerables entrevistas la historia ("obvia y falsa") de que empezó con un millón de dólares que le prestó su padre, y que efectivamente le devolvió luego de haber forjado su propia fortuna.

"Aunque la naturaleza fundamental de Donald no ha cambiado, desde que asumió la presidencia, la cantidad de estrés al que está sometido ha cambiado drásticamente. No es el estrés del trabajo, porque él no hace el trabajo, a menos que ver la televisión y tuittear insultos cuenten. Es el esfuerzo por mantener al resto de nosotros distraídos del hecho de que no sabe nada -sobre política, civismo o simple decencia humana-, y eso requiere de una enorme cantidad de trabajo", escribe la autora, que opina que recién en estos últimos años, en que su accionar ha estado bajo la lupa por el nivel de exposición de su cargo, está siendo "sometido a un escrutinio minucioso".

Según su sobrina, gran parte de la crisis general que está atravesando su país se debe a la debilidad de este hombre, que intenta contrarrestar con una proyección de falsa fortaleza y una "positividad tóxica" que raya (o directamente invade) la inconciencia. "Ahora, todo su sentido de sí mismo y del mundo está siendo cuestionado", escribe. Y está quedando en evidencia que, detrás de esa fachada omnipotente, solo hay aire.