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La revalorización de los oficios y cuatro jóvenes que los hacen brillar

Producto de tendencias mundiales, los oficios manuales están atravesando un período de revalorización; los jóvenes que los estudian les aportan un valor agregado de diseño

10.10.2020

Lectura: 17'

2020-10-10T07:00:00
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Por Alejandra Pintos

Todo surgió cuando vio unas maderas que estaban tiradas en el piso de una forma tal que le resultó inspiradora. A partir de esa idea se sentó a dibujar y hacer un croquis. Luego eligió lapacho y nogal para hacerla, dos maderas que le gustan por su nobleza y también por su color, oscuro con un toque rojizo, que va en contra de la tendencia de las maderas claras que están tan de moda. Compró la madera, la cortó y, para llegar a la textura que a él le gusta, casi como la de una seda, lijó la madera unas siete veces, mojándola en el medio y pasando de una lija de grano 40 a una 600. Las patas fueron un gran desafío y le llevó bastante tiempo descifrar cómo resolverlas, hasta que un amigo le sugirió un abordaje. Cuando la terminó le sacó fotos, la vendió y la empacó él mismo. A Krikor Abrahamian le llevó un año hacer esa mesa.

Abrahamian tiene 33 años y estudió Diseño Gráfico, pero hace unos dos años se dio cuenta de que también le encantaba la carpintería y la ebanistería. Por eso, forma parte de una nueva generación de jóvenes que se están volcando a los oficios tradicionales, a hacer con las manos.

La mesa creada por Krikor Abrahamian. Foto: Lucía Durán.

"El mundo siempre se manejó con tendencias y contratendencias. Entonces, hay una corriente muy fuerte que es el fast fashion, el consumismo, la industrialización, pero siempre convive con una contratendencia que es la de revalorizar los oficios, lo hecho a mano. Donde existe una existe la otra, es un juego de contrastes que siempre va a existir. Me parece lógico que en un momento en el que está volviendo a importar el planeta, las personas, se recuperen los oficios. Además hay un anhelo por el pasado donde no estaba la digitalización", explica Florencia Gómez de Salazar, diseñadora de modas que en el último tiempo se ha volcado al tejido con cuentas en red.

Es que estas prácticas y oficios resultan tentadores para los nativos digitales, ya que representan una forma de expresión, una herramienta para trasladar el plano de las ideas a lo tangible, pero también un contrapeso a una vida acelerada, frenética y centrada en la tecnología. Según el prestigioso buró de tendencias WGSN, esta "vuelta a las raíces" no es una moda pasajera, sino una transformación que se va a ir dando progresivamente en la sociedad.

Historia de los oficios. En los últimos 10 años la cantidad de alumnos matriculados en la UTU aumentó 47%, según los datos del Departamento de Estadística de la institución. Un tercio de los inscriptos corresponde a las áreas de Industria y producción, Arquitectura y construcción y Artes y artesanías, mientras que el resto se divide entre servicios y programas generales.

Pero no solo cambió la cantidad de alumnos, sino la forma en la que es percibida la UTU. La Escuela de Artes y Oficios -así se llamaba originalmente- fue creada en 1878 y apuntaba a jóvenes con problemas de conducta, que "aprendían artes y oficios basados en el control y el disciplinamiento". Treinta años después, Pedro Figari asumió como director y buscó poner en práctica nuevos sistemas de valores integrando "el arte al oficio, el genio al ingenio y la teoría a la aplicación práctica", eliminando el internado e incluyendo a las mujeres. Sin embargo, el origen de los oficios en Uruguay, en cierta forma, quedó marcado.

Como explica Alejandro Bastos, encargado de Educación Media Profesional en Talleres Don Bosco, en esta institución sucedió algo similar. Los salesianos no buscaban crear un reformatorio, pero en cierta medida, enseñarle un oficio a un joven problemático era una forma de intentar llevarlo por el buen camino. Así empezaron en 1893 con talleres como sastrería, zapatería e imprenta. Sin embargo, en la década de 1950, el país dio un giro hacia lo industrial. Eso se vio reflejado en la propuesta educativa de Don Bosco, que incorporó cursos como tornería. Más cerca en el tiempo, sobre fines de los 90 y principios de los 2000 la maquinaria agrícola empezó a predominar en el campo, llegaron las papeleras y el parque automotor se multiplicó exponencialmente y, por lo tanto, los jóvenes comenzaron a inclinarse por cursos como mecánica automotriz o industrial, que saben que tienen salida laboral. Y muy bien paga. Hoy, alrededor de un tercio de los que estudian en Talleres Don Bosco tienen el bachillerato completo e, incluso, algunos alumnos ingresaron a la universidad pero luego cambiaron de rumbo.

Además de estas dos grandes instituciones, hoy existen varias escuelas donde uno puede aprender oficios como, por ejemplo, Café Costura, que nació hace 10 años como un espacio para estudiantes de diseño, pero se terminó transformando en una escuela para las nuevas generaciones interesadas en el corte y la confección, o para personas adultas en busca de un pasatiempos que los relaje. También está Olímpica Casa de Oficios, fundada a principios de este año por la diseñadora de accesorios Valentina Clavería. "Conocía a tanta gente haciendo cosas increíbles que quería compartirlo", explicó a galería. En el este, en Manantiales, está La Proveeduría, donde se puede aprender desde cerámica hasta pátina de madera. Y para quienes no pueden acceder a esos lugares, siempre está YouTube.

Florencia Gómez de Salazar
Diseñadora de modas y bordadora | 30 años


Florencia Gómez en su taller. Foto: Lucía Durán.

De niñas, Florencia Gómez y sus hermanas tomaban clases de patín artístico. En su infancia, las competencias eran una cuestión habitual, al igual que sus trajes llenos de lentejuelas. Por eso, tanto ellas como su madre, padre y abuelo aprendieron a bordar. Es que en su familia estaba muy arraigado el hacer tareas manuales como tejer y confeccionar ropa, así como reciclar y reutilizar.

Años después, ya siendo diseñadora de modas, se reencontró con el bordado con mostacillas en plena preparación de la colección que presentó en el concurso Lúmina, junto con Vivian Sulimovich. La dupla ganó el primer premio y juntas fundaron Zarvich, una marca donde siguió explorando y explotando esta técnica, que se terminó convirtiendo en su sello personal.

El año pasado se alejó de Zarvich y se enfocó en lo que ella llama "diseño con cuentas en red". "Mi viaje, mi búsqueda creativa va por ese lado hoy", asegura. Pero Florencia no es celosa con el conocimiento y le encanta la docencia. Actualmente da clases de costura a reclusos a través del INR y de diseño de cuentas en Olímpica. También ha trabajado en la escuela Peter Hammers como profesora de Diseño y de asistente de cátedra en Serigrafía en la Universidad ORT con Gabriel Pasarisa de Caja Baja. "Me di cuenta de que enseñar es lo que más me devuelve, te da frutos en el día a día, es la sonrisa de un chico de la cárcel que salió de la celda. Me siento reprivilegiada de estar en este lugar y de haberlo encontrado", asegura.

Bolso creado por Florencia Gómez. Foto: Lucía Durán.

¿Cómo es para vos el hecho de estar creando con las manos?

Es un proyecto creativo individual, no es mi trabajo y no vivo de eso, entonces es mi tiempo para mí, de no pensar en nada. Es un vicio, me pongo a bordar y no paro. También enseño para que mis alumnas hagan sus marcas y sus productos pero también a bordadoras para poder reproducir las prendas a escala. De hecho, en Zarvich vendimos tops a Japón que hace poco salieron en la revista Madame Figaro de ese país. Es una locura ver cómo sale en una editorial en otro lado del mundo, pero llegó allá porque tiene un pienso. Son piezas caras, no para cualquier público y capaz que no para Uruguay.

En todas las áreas en las que trabajé como diseñadora siempre colaboré con artesanos, con sastres, sombrereros, tejedoras de punto. Para mí es reimportante darle valor al trabajo y resaltar la trazabilidad del producto, saber quién lo hizo. Es fundamental seguir educando para que la gente lo valore.

¿Qué enfoque le están dando los jóvenes a ese trabajo artesanal?

Para mí lo más importante es acercar a los artesanos, que es gente que tiene 20 años de experiencia arriba. Tal vez yo estudié diseño pero ellos son los que saben hacer. Entonces es fundamental escuchar, aprender a hacerlo y luego transformarlo, y hacer de eso una cosa contemporánea y nueva.

¿Qué te dejó el saber un oficio?

Es la conexión entre el mundo de las ideas y la materialización. Eso para mí es increíble, es un viaje. El oficio dignifica.

El bordado con cuentas hace unos años había pasado de moda, pero vos lo retomaste y lo volviste aspiracional.

Para mí esa es la gracia del diseño. Si solo fuera artesana, tal vez haría solo el bordado que me piden, como para los cumpleaños de 15. Pero es esa vuelta de tuerca la que hace que algo que no se entiende como cool vuelva a tener relevancia, que se vuelva algo distinto. Eso para mí es lo más importante, la experimentación, es a través de eso que surge el diferencial. Empiezo con cosas más tradicionales, que todo el mundo hace y termino probando otras técnicas y variables. Por ejemplo, bordo con lentejuelas pero antes las plancho, entonces transformo el material. Trabajo mucho con las texturas y con explotar la parte más táctil. No siempre hay recursos para poder designarle tanto tiempo a esa exploración, pero es lo que hace el diferencial.

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Krikor Abrahamian

Diseñador gráfico y carpintero | 33 años


Krikor Abrahamian en su taller. Foto: Lucía Durán.

"Siempre fui alma vieja", explica Krikor, y cuenta que cuando era niño incursionó en el mundo del tallado en piedra y madera de forma autodidacta. Sin embargo, a la hora de elegir una carrera optó por Diseño Gráfico en la Facultad de Bellas Artes y casi enseguida empezó a trabajar para Mutate, una tienda que se enfoca en la curaduría de objetos, y entre sus tareas estaba viajar por el mundo buscando piezas únicas, hechas de forma artesanal. "Me inspiró toda esa situación así que empecé a generar bocetos de muebles y de objetos. Hace dos años surgió la primera banqueta", asegura. De esta forma nació Estudio Ka.

Después de hacer el primer prototipo de la silla decidió estudiar carpintería. Buscó el lugar perfecto para aprender y dio con Designo Patagonia, un estudio en Bariloche que combinaba la parte de diseño con la carpintería y les envió una solicitud para hacer una pasantía. Lo aceptaron y estuvo unos meses en Argentina. Luego volvió a Uruguay y siguió aprendiendo con distintos maestros, como Marcelo Gómez, amigo y carpintero.

Krikor Abrahamian en su taller. Foto: Lucía Durán.

¿Qué sentís cuando estás trabajando con la madera?

Cuando estás en el taller trabajando te desconectás de todo, el hacer con las manos te da bienestar, te conecta con la tierra. En la computadora no pasa eso aunque estés haciendo algo creativo, porque te vas a internet, cambiás la música. En la carpintería tenés que prestar mucha atención, incluso por las herramientas, que son peligrosas. Para mí es un placer enorme. De hecho, mi sueño es generar la unidad entera, tener la parte de diseño, producción, un departamento de fotografía y comunicación.

¿Cuál es el concepto detrás de Estudio Ka?

Hago piezas de mobiliario pero escultóricas, que resaltan en un espacio casi como un objeto de arte. Hoy en día lo estoy proyectando desde una veta más artística, no veo a los objetos que hago como algo meramente funcional, son decorativos. Mi fin no es generar una carpintería ni brindar un servicio, no lo haría, no me interesa estar a disposición de lo que otro quiere.

¿Notás que se le está dando un nuevo valor a lo hecho a mano?

Creo que se están revalorizando los oficios, hay una vuelta al origen y la gente está buscando volver a conectar con los objetos porque con la industrialización se perdieron mucho los procesos. La gente vibra con el proceso, parte del enamoramiento surge de ver cómo se construyó la pieza. Formás parte de una comunidad, sos visto, no sos alguien que compra y se va. Lo mío es ebanistería, son piezas que están muy trabajadas, quiero que duren toda la vida, que dentro de 50 años alguien se las encuentre en un remate y las pague al precio que costó o más, no me gustaría que se desvaloricen. Quiero que cada objeto sea atemporal, que se construya y se vuelva a resignificar en el tiempo, que lo puedan restaurar, que no se descarte, que sea algo para heredar.

Jeremías Merino

Arquitecto y herrero | 35 años


Jeremías Merino en su taller. Foto: Lucía Durán.

"De niño siempre me gustó crear. Mi padre me enseñó las básicas y siempre hubo herramientas en casa. Yo usaba las de él y después me regaló unas cuando yo tenía 10 años", cuenta Jeremías Merino. Fueron esas ganas de crear las que lo llevaron a estudiar Arquitectura. Paralelamente, se dedicó a estudiar herrería a través de YouTube y, entre otras cosas, se fabricó un escritorio que tenía "mil complejidades". El orgullo fue tan grande que, por primera vez, le puso un nombre a su emprendimiento de diseño de muebles: Taller Capitán.

Al recibirse se dio cuenta de que la herrería podía ser un buen complemento a la arquitectura y se dedicó a transitar un camino que combina las dos vetas. Un ejemplo de su trabajo es el café Culto, de Ciudad Vieja, donde recuperó el edificio de valor patrimonial y, además, creó el mobiliario en zinc con un toque de dorado emulando el bronce de épocas pasadas.

La silla más característica de Taller Capitán.

En tu carrera, ¿cómo era el vínculo con los artesanos?

Lamentablemente -al menos en mi época- era un tema que no se tocaba en lo más mínimo. Ahora, por lo poco que veo, las nuevas generaciones lo tienen mucho más incorporado, se hacen prototipos, maquetas escala uno a uno, que eso es algo que me fascinó. El contacto con el material y con la escala te cambia completamente, en mi época era puro papel. Cuando salías de facultad era como que quedabas rengo, te faltaba una pata. A mí el mundo de los oficios me encanta. Antiguamente estaban invisibilizados, se le daba otro protagonismo a la máquina, ahora se dio la vuelta y se empezó a revalorizar eso. Me gustan mucho los oficios. Hago algo en mis redes que se llama "vida de taller" y la idea es mostrar esos talleres, las personas que trabajan ahí, que me parece que deberían tener otro protagonismo. Aparecieron las alertas cuando los oficios empezaron a perderse, a los maestros veteranos les pasa que no tienen a quién enseñarle todo lo que saben.

¿Es liberador saber materializar algo que tenés en tu mente?

Una maqueta te aporta mucho pero el poder aproximarte al volumen, al tamaño, te cambia la percepción. Para mí las generaciones nuevas tienen otro dinamismo en sus pensamientos por la conectividad, por cómo se manejan, que necesitan otra inmediatez, necesitan materializarlo. Además, teniendo lugares como YouTube en los que ves cómo otro lo hace decís: "¿Por qué no?". El hacer alimenta al diseño.

¿Qué sentís cuando trabajás con las manos?

Me calma, me desestresa. Antes más, porque esto era mi hobby y al transformarse en mi trabajo me quedé sin pasatiempo. A veces me tomo un ratito para hacer algo que no tenga connotaciones estéticas, que no sepa qué es lo que va a pasar. Entonces experimento y si no me gusta, queda por ahí. Esos momentos los disfruto a pleno, como era antes. Porque cuando es un trabajo no puede quedar así nomás.

¿Tuviste algún maestro?

YouTube. Soy autodidacta, me encantaría ir a algún taller o ir a aprender a algún lado porque aceleraría los procesos y llegaría a mejores resultados pero nunca se me dio. Creo que YouTube es una herramienta que está buenísima, creo que en algún momento me gustaría devolver, hacer algún tutorial. En la plataforma veo cómo se fabrica cualquier cosa prácticamente.

¿Cuál es el estilo de Taller Capitán?

La experimentación es la base de Taller Capitán, no sé qué puedo estar haciendo dentro de unos años. Me gusta probar y no tener ataduras.

Santiago Cuervo

Estudiante de Diseño Industrial y orfebre | 27 años


Santiago Cuervo trabajando en una pieza. Foto: Mauricio Rodríguez.

Santiago Cuervo siempre supo que quería ser orfebre y dedicarse a la joyería. Sin embargo, le generaba cierta presión el que todos sus hermanos tuvieran una carrera universitaria. Así que cuando le tocó mudarse de Fray Bentos a Montevideo para estudiar se anotó en Diseño Industrial. Y, a pesar de que lo hizo a desgano, la carrera le terminó aportando una base más sólida a su trabajo como orfebre.

Cuando llegó a tercer año le puso pausa a la universidad y se inscribió en la UTU para hacer joyería y modelado en cera. También se anotó en cuanto taller particular pudo. Después de años explorando, practicando y aprendiendo ahora está por lanzar su marca y su sueño es ser "el artista de los artistas".

Anillo creado por Santiago Cuervo para un graffitero. Foto: Mauricio Rodríguez.

¿Lo manual era algo que se veía en tu casa?

Mi abuela era mecánica dental, pero también le gustaba la joyería y diseñaba sus piezas, participaba del proceso. Yo la conocí poco, falleció cuando tenía 5 años pero tengo un primo, que es mucho más grande que yo, que se ve que lo influenció y él se hizo joyero. Entonces cuando era niño siempre que estaba libre me venía a Montevideo a verlo trabajar, me quedaba horas mirándolo. Ya ahí me di cuenta de que era eso lo que quería hacer.

¿Cómo es el proceso de hacer una pieza de orfebrería?

Es mágico. De repente no te sale todo de una como vos querías, pero está bueno meterse en desafíos e irlos concretando. Todos los oficios tienen lo suyo pero este es hacer alquimia, es soldar, son muchas cosas juntas, tiene mucho conocimiento de química, de física, mucha habilidad manual. En la orfebrería estás creando símbolos, cada piedra, cada metal, representa algo para el que lo hace y para el que lo lleva consigo. Hay gente que se casa y tiene metales que están en la familia hace 50 o 60 años y uno se siente parte de esa historia, trabajás con cariño porque son símbolos de amor.

¿Cuál fue la primera pieza que hiciste?

Fue un dije de un collar, empezó como un ejercicio pero cuando quedó terminado no lo podía creer, fue reemocionante porque me creía más lejos de llegar a un resultado así. La sociedad tiene otros parámetros, quiere que cumplas como un reloj y yo, por suerte, me pude dar el tiempo para los procesos.

¿La universidad te ayudó con la parte conceptual?

Sí, me ayudó muchísimo. Al principio yo hacía la carrera a regañadientes, obligado, pero en el fondo sabía que me estaba potenciando y que me iba a ayudar. La formación que elegí es muy complementaria. Está buenísimo el nivel que tiene la Udelar y también la UTU.