Actualidad
Un respiro en la naturaleza

La quietud humana: cuánto cambió con la cuarentena y cómo afectará a la Tierra

El aislamiento por la pandemia de coronavirus contribuyó a la disminución en los niveles de contaminación y trajo nuevas preguntas al debate medioambiental, pero los expertos temen por el efecto rebote

08.05.2020 06:00

Lectura: 13'

2020-05-08T06:00:00
Compartir en

Por Florencia Pujadas

El agua estaba limpia, casi cristalina. En los canales de Venecia no había desechos de turistas ni estragos del tráfico marítimo. Por primera vez en años, la ciudad italiana tenía el mismo color que inspiró las obras de los pintores renacentistas. Lo único que se escuchaba era el canto de los pájaros y a través del agua se podían ver peces, cangrejos, medusas y algas de todos colores que iban al ritmo de la corriente. Era pleno marzo, y no se veían los sedimentos arrastrados por las embarcaciones. La descripción de esta escena suena folclórica y hasta un poco romántica, pero es consecuencia directa de la quietud, en una crisis que transita toda la humanidad. Mientras los seres humanos observamos con espanto las consecuencias de la pandemia del coronavirus, la naturaleza adquirió un ritmo que el aire y el mar agradecen. Y no solo en Venecia.

Venecia

La ciudad de Estambul muestra su esplendor sin tráfico marítimo, el agua en el estrecho de Bósforo está más azul y los ríos llenos de vida. Los delfines fueron los protagonistas de un espectáculo de bioluminiscencia sobre el océano Pacífico con escenas maravillosas. Los animales en el mar recuperaron espacios que habían perdido por la aparición de las grandes embarcaciones. Bajaron los niveles de contaminación acústica submarina y en las ciudades se respira un aire de mejor calidad. El planeta parece estar respirando, pero los expertos temen por el efecto rebote.

¿Una falsa sensación de dominio? La razón detrás de este cambio en el orden natural es clara: la llegada del coronavirus movió las fichas en el tablero de prioridades de los gobiernos que -quizás sin pensar en los efectos secundarios- construyeron protocolos para proteger a los ciudadanos. Ya sabemos que los cambios fueron drásticos. La minimización de las actividades económicas, la significativa disminución de la vida laboral y el transporte (en Uruguay los viajes en ómnibus se redujeron hasta un 70% en marzo), provocaron una caída en la emisión de gases de efecto invernadero. Y esto tuvo consecuencias casi inmediatas.

Durante el confinamiento, las redes sociales se llenaron de imágenes de animales que ocuparon los espacios de los humanos. En Nara (Japón), por ejemplo, los ciervos se adueñaron de calles que solían estar colmadas de turistas. Aquí los animales son sagrados, están protegidos en sus propios parques y se alimentan con raciones que se venden para los visitantes por unos pocos yenes. Pero ahora parecen estar cambiando de hábitat. Se los ve en los senderos, las calles, las estaciones de metro, las puertas de las casas. Y en Mar del Plata, los lobos marinos se acercaron a comercios, incluso lejos de la costa, como si estuvieran en su territorio. 

Una imagen similar se repitió en Oakland, en la bahía de San Francisco, cuando los pavos salvajes entraron a una escuela. En Barcelona, ante el silencio y la tranquilidad de la noche, los jabalíes bajaron de las montañas cercanas a la ciudad y recorrieron las calles completamente desiertas en busca de comida, como si fuera la escena de una película futurista.

Bajo el estado de alerta, las políticas de aislamiento trajeron una suerte de mayor "armonía" en los ecosistemas que, si se mantuviera en el tiempo, podría reducir los efectos del cambio climático. Pero no basta con congratularse por estos primeros impactos. La comunidad de biólogos, científicos y ecologistas aseguran que los cambios solo serán reales y sostenibles si los gobiernos toman medidas de reinserción a la vida moderna con conciencia ambiental. Porque si en este momento tomáramos una fotografía de las playas, los océanos y los bosques, nos quedamos con una impresión tan idílica como frágil.

Cuando el reloj se detiene. El botón de alarma por el cambio climático suena desde hace décadas. Según el último reporte de Naciones Unidas, la humanidad tiene 10 años para controlar las emisiones de dióxido de carbono y no llegar a padecer consecuencias catastróficas. La temperatura sube a ritmos preocupantes, los glaciares se derriten y los desastres naturales continúan. El Foro Económico Mundial asegura que el nivel del mar está subiendo y se espera que para 2050 haya más plásticos que peces.

Mientras se lucha por el avance del coronavirus, un grupo de científicos puso en marcha un proyecto con el objetivo de proteger los arrecifes sobre la Gran Barrera de Coral de Australia. Este es el mayor sistema de corales del mundo y está sufriendo un duro blanqueamiento por el aumento de las temperaturas. Con este experimento se busca enfriar el agua alrededor de los corales para que puedan usarlos como un ventilador y los investigadores dicen que las pruebas son "muy alentadoras". Pero, claro, aún es pronto para anticipar cómo influirá el proyecto y la quietud humana en este territorio.

Con la reducción de la actividad humana en el planeta, bajaron los niveles de contaminación acústica submarina de forma significativa. Según un informe publicado en la revista Acoustical Society of America, desde el 1º de enero hay una caída constante de ruido en el puerto de Vancouver por la baja actividad de los barcos, que son responsables del estrés crónico y la disminución de la comunicación entre algunos cetáceos. "Hay generaciones de ballenas que nunca han conocido un océano tranquilo", aseguró la ecologista marina Michelle Fournet. Y ahora, junto con otras especies, sienten el impacto.

Entre el aire y el mar. En la tierra el cambio es más notorio. Según datos del Centro de Investigación sobre Energía y Aire Limpio (CREA), con sede en Estados Unidos, del 3 de febrero al 1° de marzo hubo una disminución de 25% en las emisiones de CO2 (dióxido de carbono) en el territorio chino. Para ser más gráficos, la cifra es equivalente a 200 millones de toneladas, y representan más de la mitad de las emisiones anuales en Reino Unido. En esta línea, el Ministerio de Ecología y Medio Ambiente en China aseguró que el promedio de "días de aire de buena calidad" aumentó 21,5% en febrero. La alteración no es poca cosa si se considera que este país es el mayor contaminador del mundo, responsable de 30% de las emisiones de CO2.

El cierre de comercios, centros educativos y empresas también provocó una reducción en la concentración de dióxido de carbono en la atmósfera. Además de por la poca actividad en el océano, la caída en los niveles de contaminación se explica por la drástica disminución del tránsito en el aire. Según datos de la Asociación Internacional de Transporte Aéreo, la aviación contribuye con alrededor de 2% de las emisiones mundiales de carbono. Y ahora la gran mayoría de los aviones se encuentran estacionados en los aeropuertos.

Venecia

Las estadísticas de Flight Radar 24, un sitio web sueco que monitorea el tránsito aéreo y las actividades de los aeropuertos, registró el descenso de 184.000 vuelos el 1° de febrero a 76.000 el 27 de abril. La curva va en picada y no tiene precedentes. "Esta es la primera vez que veo una caída tan dramática en un área tan amplia por un evento específico", dice la investigadora Fei Liu desde el portal de la NASA. Y solo hay que ver las gráficas para entender el asombro.

Las imágenes satelitales que liberó la agencia de gobierno de Estados Unidos en su último informe muestran que la nube visible de gas tóxico sobre las centrales industriales está desapareciendo. ¿Las razones? El estado de alarma y la baja en el consumo. Solo en febrero, el consumo chino cayó 36% en comparación al mismo período del año pasado, según el análisis de CREA.

La influencia del estado de alarma. Era de esperarse que los primeros en notar los cambios ambientales de esta nueva realidad fuesen los chinos. En definitiva, fue allí donde se originó el brote de coronavirus y donde se trazó el primer protocolo de acción. Pero los efectos ambientales viajaron con la misma velocidad que los contagios por la pandemia.

El caso más notorio fue el de India, que tiene 21 de las 30 ciudades más contaminadas del mundo, según el informe de Calidad del Aire Mundial 2019 de IQAir AirVisual. Este país arrastra un serio problema por la concentración de PM 2,5, una partícula con un diámetro inferior a 2,5 micrómetros que es especialmente peligrosa porque se aloja en los pulmones, pasa al torrente sanguíneo y es responsable de graves enfermedades. De acuerdo con datos del gobierno, en Nueva Delhi el promedio de PM 2,5 se redujo un 71% en tan solo una semana y sigue bajando. La cifra todavía es alarmante porque la Organización Mundial de la Salud (OMS) asegura que el nivel mayor a 25 microgramos es peligroso y hay 91 microgramos por metro cúbico, pero el cambio fue anunciado con entusiasmo por las autoridades.

En Europa también se sigue la tendencia a la baja en los registros diarios. Los datos del satélite Sentinel 5P muestran que la reducción y las fluctuaciones de dióxido de nitrógeno fueron significativas en ciudades como Madrid y Barcelona. Desde hace semanas, de hecho, el Ayuntamiento de la capital española muestra que el índice de calidad del aire está en la categoría "muy bueno", y en Barcelona bajaron 75% los niveles de CO2.
La quietud de las ciudades influyó hasta en el ruido sísmico, que engloba las vibraciones que las actividades diarias le causan a la corteza terrestre. El deterioro se redujo cerca de un tercio: "Todo está calmado y las estaciones sísmicas también sienten esa tranquilidad", aseguró Thomas Lecocq, geólogo y sismólogo del Observatorio Real de Bélgica, a BBC Mundo. El efecto se está viendo, por ejemplo, en Bruselas, donde la reducción del ruido sísmico pasó de 30% a 50% a mediados de marzo, cuando el país implementó el cierre de escuelas, negocios y promovió el distanciamiento social.

El dato es significativo: por un lado, muestra la alta adhesión de la población a las medidas y, por el otro, evidencia cuánto influye el ritmo de vida actual en la percepción de fenómenos naturales. En semanas normales, de hecho, el zumbido de la ciudad hace que la estación de Bruselas no pueda detectar los eventos sísmicos más pequeños. Ahora, los fenómenos se escuchan y analizan con mayor fuerza.

Qué pasará después. Los expertos señalan que la disminución en la contaminación atmosférica tiene consecuencias positivas en la salud de las personas que hoy están expuestas a los gases. Según el último estudio de CREA, la reducción que hubo en las semanas de confinamiento evitará cerca de 11.000 muertes en Europa y se espera una réplica en otras partes del mundo. La mejora en la calidad del aire podrá llegar a reducir el impacto de problemas de salud como el asma e, incluso, disminuir las visitas a los servicios de urgencia por crisis respiratorias. Pero no es suficiente.

La OMS estima que la contaminación provoca 4,2 millones de muertes prematuras al año y reduce un promedio de tres años la esperanza de vida. Nueve de cada 10 personas respira aire contaminado. Los datos muestran, de hecho, que los problemas de salud ambiental son un factor de riesgo en 12 millones de fallecimientos al año; casi 4 millones son en Asia Sudoriental y 3,5 millones en la región del Pacífico Occidental. Las causas son claras: influye la calidad del aire, el mal saneamiento, los agentes químicos y la radiación.

Las consecuencias ambientales se redujeron, sí, pero eventualmente la vida en las ciudades regresará y los niveles volverán a aumentar. "Es probable que las decisiones políticas den lugar a un deterioro acelerado del medio ambiente y repercutan negativamente en una amplia gama de derechos humanos, como el derecho a la vida, la salud, el agua, la cultura y la alimentación, así como el de vivir en un entorno saludable", señaló el vocero de la ONU, David Boyd, en conferencia de prensa.

Los expertos temen que una vez que la amenaza por coronavirus haya pasado, se tomen medidas para recuperar la economía sin pensar en el medio ambiente. Y estas respuestas ya están apareciendo en China; un país que tiene antecedentes preocupantes para los ambientalistas.

Hace una década, el gobierno lanzó un paquete de estímulo de 568.000 millones de dólares como respuesta a la crisis financiera que azotaba al mundo. La mayor parte del dinero se destinó a proyectos de infraestructura de gran escala y fue responsable de una explosión de la contaminación en los años siguientes. Ahora, y ante una nueva situación, el presidente Xi Jinping dejó clara su intención de que los trabajadores y empresarios aumenten la actividad para volver a los valores previos a la pandemia. Si la salida no es paulatina y pensada, dicen los expertos, se producirá un pico en el consumo de bienes y servicios, y el resultado puede provocar una emisión masiva de gases de efecto invernadero y un aumento en el uso de combustibles fósiles. Así aparecerá el efecto rebote.

Fotoluminiscencia en California, Estados Unidos

La pandemia por Covid-19 evidenció que los humanos y la naturaleza somos una entidad y que nuestras actividades tienen fuerte incidencia sobre la Tierra. Los expertos, activistas y políticos de todo el mundo repiten en conferencias, videos y comunicados que la emergencia mundial mostró la voluntad y capacidad de los ciudadanos para adaptarse a nuevos escenarios. Mientras se cambian las rutinas sin aviso ni anestesia, la naturaleza intenta recuperar su lugar. Todos estamos intentando sobrevivir. Ahora se tendrá que definir si se pueden reunir las mismas fuerzas para afrontar un problema de escala pandémica: el cambio climático.

El reino de las noticias falsas

Aunque el mundo salvaje parece haber recuperado su territorio, no todas las noticias ni las fotografías que circulan por las redes y que despiertan la admiración de los ciudadanos son reales. Circularon imágenes de delfines que aparentemente nadaban por los canales de Venecia y de elefantes que habían bebido licor de una plantación de té en la provincia china de Yunnan y estaban caminando por la ciudad. Son falsas.
Así como ocurrió el año pasado cuando se incendió la Amazonia, que en cuentas de Facebook, Twitter y, sobre todo, Instagram empezaron a circular contenidos falsos, imágenes adulteradas e información que no está confirmada, ahora sucede lo mismo. La última fake news, y quizás la más confusa, es que con las picaduras de mosquito se puede transmitir el coronavirus. Aunque hay enfermedades como el paludismo y el dengue que pueden trantransmitir el coronavirus. Aunque hay enfermedades como el paludismo y el dengue que pueden transmitirse por este vector, en este caso solo es a través del contacto humano.