Cultura
Letras negras

La novela policial en Uruguay tiene sus sagas, sus (anti)héroes, sus autores y su público

Mercedes Rosende, Renzo Rossello, Gonzalo Cammarota, Hugo Burel, Pedro Peña y Gabriel Sosa hablan de la aventura de crear personajes y tramas creíbles, en lugares reconocibles, en un género que permite denunciar realidades crudas.

12.11.2020 06:00

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2020-11-12T06:00:00
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Por Leonel García

En aquellos veranos por la calle Juan María Pérez, en el límite entre Pocitos y Punta Carretas, sus padres prohibían a la niña Mercedes Rosende hacer lo que ella más quería: salir a jugar a la vereda a la hora de la siesta. No había más remedio que leer para combatir el hastío estival. En el jardín, al fondo, había un "cachivachero" que incluía los libros que los adultos no consideraban dignos de estar en la biblioteca de la casa. "Solo servían para pasar el rato". Entre ellos, recuerda, estaba la colección de novelas policiales El séptimo círculo, dirigida por unos tales José Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. La bestia debe morir, de Nicholas Blake, fue su primera aproximación a ese mundo.

"En una época, la novela negra era considerada casi un género menor. Al menos mis padres, que no eran especialmente intelectuales pero sí muy cuidadosos con los libros que mostraban, no consideraban el hecho de ubicarlos en la biblioteca. En ese ‘cachivachero' también había obras de Agatha Christie", cuenta a Galería esta escritora que, con Mujer equivocada (2011), El miserere de los cocodrilos (2016) y Qué ganas de no verte nunca más (2019), instaló definitivamente su nombre en el aún no muy vasto mundo de las sagas del noir uruguayo, regalándole un personaje que genera tanta empatía como repulsa: Úrsula López. "Alguna vez sospeché que si me decidía por el género negro, iba a entrar a la literatura por la puerta de atrás; como que todavía se nos miraba despectivamente. Pero no fue así, por suerte".

Mercedes Rosende (62), hoy escritora full time (a fines de octubre se editó su libro de cuentos Historias de mujeres feas, por Planeta), vino del mundo de la escribanía y de la supervisión de los procesos electorales. Renzo Rossello (61) y Gabriel Sosa (54) son periodistas, Hugo Burel (69) es un licenciado en Letras que también ha incursionado en el periodismo y la publicidad, el maragato Pedro Peña (45) es profesor de Literatura, y Gonzalo Cammarota (44) dejó sus estudios de Psicología para convertirse en un conocido conductor de radio y televisión. Llegados de universos muy distintos, todos han creado su propio Philip Marlowe. La alusión no es antojadiza: la gran mayoría nombró a Raymond Chandler -responsable entre las décadas de 1930 y 1950 de que la novela negra tuviera una dignidad literaria desconocida hasta entonces- como un referente.

Personajes, conflictos y posibilidades. "Para una saga, lo importante es la credibilidad del personaje central, la coherencia en la continuación y es, creo yo, imprescindible el conflicto social", dice Marcela Saborido, directora de la colección Cosecha Roja de HUM/Estuario, que cumple una década en este 2020. En ella se publicaron las dos primeras historias de Úrsula López (la última fue editada por Planeta), las tres desventuras de Obdulio Barreras, expolicía, exconvicto y buscavidas creado por Renzo Rossello; la segunda historia en un Macondo muy reconocible del interior uruguayo de Gustavo Larrobla, el protagonista de Gabriel Sosa; y las cuatro investigaciones del periodista Agustín Flores, el Marlowe de Pedro Peña.

Mercedes Rosende, feliz porque en estos días recibió críticas positivas de las reediciones de su Miserere... en países de habla inglesa, cuenta que Úrsula -una mujer corpulenta y asesina- nació en una charla con un desconocido que le comenzó a hablar, en forma bastante indignada, de su exesposa, durante una escala en el aeropuerto argentino de Ezeiza. "Lo empecé a escuchar como quien oye llover y luego comencé a prestar atención y se me prendió una luz roja. En un momento cambia de tema y yo lo corto: ‘¿Me puede seguir hablando de ella?'". Vueltas de la vida: ese pasajero en tránsito terminó siendo su actual marido. "Luego el personaje fue mutando (risas). Evidentemente, ¡ella (la ex de su marido) no es ninguna asesina!". La vida cotidiana, las noticias que salen en los diarios, lo que le cuentan sus familiares y sus amigos son manantiales de los que abreva. "¿Quién nunca fue gordo al mirarse al espejo?, ¿quién nunca sufrió bullying y lo que eso determina? Todos en parte fuimos alguna vez desgraciados, y de eso se trata la literatura". Aun así, se sorprende de la empatía que logró un personaje aparentemente destinado a no obtenerla, así como el interés que provocaron sus imágenes de Montevideo en lectores que no conocían la ciudad.

Renzo Rossello fue durante años periodista policial en periódicos como El Diario, El Observador y El País. Le sobraban insumos y oficio: eso le permite ser claro, conciso, preciso y saber ir directo al punto sin demérito de la calidad literaria. "El periodismo es una gran lección de economía que le hace bien a la literatura", sostiene. Obdulio Barreras -un nombre uruguayísimo hasta en lo fonético- es una especie de investigador privado con muchos contactos entre la policía y el bajo mundo, que investiga por encargo y resuelve según lo que le dicta su moral. Todo eso en un Montevideo tan reconocible que parece filmado y con personajes secundarios muy definidos y reales. Su protagonista también es un homenaje a un colega, trágicamente fallecido: César Casavieja. Renzo se emociona cuando lo recuerda.

Para él, en situaciones como las vividas por Barreras -relatadas en El simple arte de caer (2018), Cien veces muerto (2019) y la muy reciente El verdugo escondido (2020)-, que incluyen lealtades creadas tras las rejas, policías honestos y corruptos, políticos advenedizos, homofobias y transfobias, abusos sexuales, pasados que atormentan y necesidades de querer y ser queridos, permiten hincar el diente en la verdadera potencia de un género antes subestimado. "Cuando llegué al policial, con Chandler, Dashiel Hammett o Chester Himes, me quedé deslumbrado y me pareció encontrar un proyecto narrativo interesante que permitiera contar cosas desde la calle, casi una novela social. Lo que pasa con Barreras tiene que ver con la propia novela policial. No se trata solo de resolver quién cometió un crimen. Hay preguntas que tienen que ver con lo que todos vivimos: ¿qué está bien o mal?, ¿en qué se basan los juicios morales que con tanta ligereza nos hacemos? No son preguntas filosóficas sino de todos los días. A mí me parece que la novela policial es una gran herramienta para indagar en las cuestiones humanas".

Antes de protagonizar En Carnaval todo se sabe (2014), ¿Por qué mataron a Jonathan Núñez? (2018) y Redención (2019, las tres por Debolsillo, de Penguin Random House), el detective Francisco Perrone había nacido como una radioserie del programa Justicia Infinita, del cual Cammarota es uno de sus conductores (antes en Océano FM, ahora en Urbana FM). Era un personaje caricaturizado con tintes humorísticos. Esto no es ajeno al género. De hecho, a Cammarota lo influyó mucho el irlandés John Connolly y su antihéroe Charlie Parker, quienes se sumergen tanto en el humor como en lo sobrenatural al estilo Stephen King.

"En mis primeros borradores, el humor estaba más presente, ¡como si fuera una novela de (Roberto) Fontanarrosa! Es que Perrone ya tenía cierto entorno y cierta historia. Pero a medida que pasó el tiempo me alejé del Perrone y del Gonzalo de las radioseries, de a poco me fui desprendiendo del humor". Al igual que Rossello, Cammarota siente que temas como racismo, inmigración y desigualdad son campo fértil para la narrativa negra. Así, comenzó a indagar en el genocidio de Ruanda una vez que viajó a Bélgica invitado por un proveedor de logística portuaria, tras lo cual se reunió con cascos azules que participaron en misiones de la ONU en ese lugar; el resultado fue Redención. También se sentó con referentes de barras de fútbol para que le "pasaran letras para cosas que son ciertas y cosas que no" para Jonathan Núñez. "Las novelas policiales tratan de una sociedad que puede ser violenta y que anda pariendo crímenes y criminales; tiene mucho de ensayo y crítica social, son una fotografía de las distintas sociedades".

Anclajes en la realidad. Gabriel Sosa es periodista, escritor y editor. Al igual que sus colegas presentes en esta nota, el noir está lejos de ser el único mar por el que navega. Los cuentos de humor costumbrista en Qué difícil es ser de izquierda en estos días (2004) y la investigación El lado oscuro de parir (2018, ambos por Planeta) son una muestra de su versatilidad. Había tenido una experiencia policial "a cuatro manos", junto con su admirado Elvio Gandolfo, con El doble Berni y Los muertos de la arena, en 2008 y 2011, respectivamente. Pero su zambullida definitiva en el género, con la presentación en sociedad de Gustavo Larrobla, fue con Las niñas de Santa Clara (Aquilina, 2016), seguida en este 2020 por Las mujeres de Nueva Troya (Estuario). Entre homicidios, prostitución infantil, contrabando, narcomenudeo, políticos y policías corruptos y (o) decadentes, personajes del interior que van de lo servicial a lo patético, personajes de Montevideo que van de lo pretendidamente cool a lo lisa y llanamente snob, el periodista Larrobla hace lo mejor que puede su trabajo y logra, de la mejor manera posible, salir vivo cuando se pone a investigar lo que no debe.

Sosa, como periodista, trabajó en el suplemento Qué pasa del diario El País entre 2001 y 2007. "Las historias están basadas en lugares reales, cosas que vi y que oí. Eso me demostró que en las ciudades del interior la ficción y la realidad se solapan mucho", dice. No hace falta ser muy sagaz para ver que una de las historias está inspirada en Río Branco y otra en Nueva Palmira. Alcanza con ser del medio para saber a quién se "homenajea" -el humor de Sosa es muy particular- con la ficticia revista Posmo y a sus responsables, así como a más de un actor secundario o terciario que un lector atento sacará al toque, para su regocijo o disgusto. "Yo no puedo escribir de un personaje si no lo conozco, tengo que basarme en alguien". Ninguno, aseguró, se ha dado por aludido: "Dudo que los representados más evidentes lo hayan leído".

Hugo Burel, ya un veterano de mil batallas literarias y editoriales, durante un verano en una librería de Gorlero se encontró con cinco novelas de ese dios pagano y noir llamado Raymond Chandler y el bichito -que ya había sido previamente alimentado con Hammet- no lo largó más. Si bien con Corredor nocturno (2005) ya había iniciado en el thriller y El caso Bonapelch (2014) mezclaba ficción con un asesinato que realmente ocurrió, a él corresponde la que es considerada por muchos como la primera trilogía de novela negra made in Uruguay; algo así como la Millennium de Stieg Larsson, pero criolla y con el opaco Gabriel Keller en vez de la inclasificable Lisbeth Salander. Así surgieron Montevideo noir (2015), Sorocabana Blues (2017) y Noches de bonanza (2018, todas por Alfaguara).

"En la trilogía apuesto a un personaje criminal". Al igual que en el caso de Rosende, el héroe es el asesino. Como un Alonso Quijano de un Montevideo de 1960 transformándose en Don Quijote de la Mancha tras enloquecer de tanto leer historias de caballería, el viudo Gabriel Keller, de gris existencia, se convierte en un verdugo después de leer la ficticia Asesino a sueldo del también ficticio Ned Balinger. Y como el Quijote tiene a su Dulcinea, Keller se obsesiona con su vecina Beatriz, motivación de sus matanzas.

Acá, además de pintar una crónica social, la novela negra le sirvió como marco para hablar de historia. "Esto de alguna manera me resultó útil para hablar del Montevideo de los años 60, de un país que va entrando lentamente en la violencia y de cómo un personaje gris y anodino decide comenzar a cometer determinados crímenes. Es como una reflexión de un país que se transforma en otro, y que luego va a desembocar en la dictadura", indica Burel. Pero también, agrega, es desde un determinado punto de vista una historia de amor.

El amor no es ajeno al noir. El Obdulio Barreras de Renzo Rossello lo busca en Fabiana, una peluquera que fue un amor en otros tiempos, en otra vida. Pero tristemente comprueba que 12 años de cárcel tanto lo cambian a uno por dentro como lo cambian a ojos de los demás.

Desde San José, el prolífico Pedro Peña ha presentado ya cuatro capítulos de la saga de Agustín Flores: Ya nadie vive en ciertos lugares (2010), No siempre las carga el diablo (2011), Tampoco es el fin del mundo (2012) y A veces tarda, casi nunca llega (2014). Luego de otras producciones -otro thriller, La noche que no se repite (2015, también por Estuario), fue llevado al cine en 2018 por Aparicio García y Manuel Berriel- promete una quinta entrega de este periodista "a fines de este año o principios del próximo".

Profesor de Literatura en Formación Docente y Bachillerato, si algo ha influido en su vida, son los libros. En el género policial en particular, lo subyugó La piedra lunar (1868), de Wilkie Collins. Para crear a Flores se inspiró en un periodista al que contactó para entrevistarlo para un blog que entonces tenía, y que no aceptó con la excusa de que estaba "investigando un crimen en Colonia". Pide que el nombre de ese periodista -al que luego adornó con otras características- no sea conocido públicamente, pero se trata de un reconocido profesional que hoy trabaja en un cargo público. "Además, en las historias hace cosas que no creo que él haría", (ríe).

"Mis personajes rápidamente adquieren vida propia, es todo muy intuitivo, a veces yo mismo me sorprendo con Flores", dice Peña, haciéndole caso a lo que Stephen King recomienda a los jóvenes escritores en Mientras escribo: dejar a los personajes a su aire, que el escritor sea el primer lector y, como tal, se asombre con lo que pasa. "No tengo una estructura previamente desarrollada". Con matices, esto es una constante en los autores contactados por Galería. "Es interesante que el protagonista ejerza sobre el autor una capacidad de dominio, que no deje de sorprendernos y sorprenderse", señala, por caso, Burel. "Si bien tengo un hilo pensado, no puedo sino asombrarme de las derivaciones de la historia", acota Rosende.

Lo que sí tiene Pedro Peña con Agustín Flores es una relación no de padre pero sí de cronista de su vida. "Lo aprecio y lo quiero. Sé que algunas cosas que hace no están bien y trato de explicar por qué lo hace". Si bien Flores trabaja en un medio de Montevideo, los flashbacks que Peña utiliza son de su propia memoria emotiva, vinculada con el campo. "El violento y la violencia son una construcción social. Y la sociedad genera condiciones para esa violencia". Qué mejor vehículo para reflejarla que una novela negra, entonces.

Las nuevas aventuras. Entre calles, pueblos y esquinas muy reconocibles para el lector uruguayo, con menos o más humor, con héroes con notorios claroscuros o antihéroes con los que resulta fácil empatizar, con mucho de crítica social, algo de crónica histórica y algún que otro espacio para la redención o para dejar entrever que la historia continuará, marchan Agustín, Francisco, Gabriel, Gustavo, Obdulio y Úrsula. No parece casual que la única protagonista femenina surja de la pluma de la única autora consultada. Esa capacidad de reconocerse, ya sea en los lugares o de identificarse en los claroscuros de los protagonistas -aunque el lector esté lejos de ser un investigador o un asesino- hace al éxito de los textos. Esa es la credibilidad de la que hablaba Marcela Saborido, de HUM/Estuario. Y tampoco es casual que esté siempre presente la idea de que la saga continúe, ya sea como un hecho consumado o un anhelo.

"La satisfacción pasa por ver el libro publicado y que algunos amigos a los que les tengas respeto les guste. Hoy la narrativa es lo que antes era la poesía: escribías para tus amigos poetas y para dos o tres que te compraban. Sacando a muy pocos, nosotros publicamos por amor a la literatura", desgrana Gabriel Sosa sobre la realidad que vive la inmensa mayoría de los escritores uruguayos. Gustavo Larrobla, para alegría de los cultores del género, tiene previsto volver en 2021, con Los hombres de Piedra Negra como título tentativo.

"Una vez le hice una entrevista a Mario Levrero sobre su metodología para escribir y me dijo: ‘En un momento dejo que el inconsciente trabaje'. Para mis adentros pensé que estaba loco, pero me terminó pasando a mí. Como en periodismo tenés que escribir sí o sí, tengas ganas o no, yo me hago un esquema, tengo las cosas en la cabeza medio armadas, y arranco", agrega Sosa.

Con escasas diferencias de opinión, todos esperan que si esa cosa llamada inspiración existe, que los agarre trabajando. No hay más misterio que escribir y escribir. Y borrar. "Yo me siento a escribir muy temprano en la mañana", dice Peña. Docente, casado y con dos hijos, lo más auténtico sería decir: escribo cuando me dejan. "Podrá ‘bajar' mucho o podrá ‘bajar' nada, pero hago la tarea. Generalmente escribo todo de una, sin mirar para atrás. Luego vendrán las correcciones y los ajustes". También están las satisfacciones: la llegada al cine de una de sus obras -La noche que no se repite es un rarísimo ejemplo de un guion y una película totalmente producidas en el interior del país- y el Premio Nacional de Narrativa 2006 por Eldor, un libro de ciencia ficción.

Renzo Rossello se considera "un trabajador". Es un creyente de la disciplina de la escritura: sentarse frente a la computadora se tenga ganas o no. "En algún momento, la musa caerá". Obdulio Barreras, su sentido de la justicia y sus fantasmas en la mochila, será protagonista de un cuarto libro en 2021, espera su autor; y hay un quinto ya en gateras. Y no cree en los libros monstruosamente grandes. "Hay mucho producto editorial inflado. La Guerra y la Paz (de León Tolstoi) sí necesariamente tiene que tener mil páginas; Moby Dick (de Herman Melville) amerita las casi 800 porque es mucho más que un libro sobre ballenas. Pero en este tipo de novelas no hacen falta más de 120, 150 o 200 páginas. Ahí ya tenés todo el universo que querés transmitir".

Burel (también periodista, publicista, diseñador y docente), cuyas obras le han valido premios como el Libro de Oro (por El caso Bonapelch) o el Bartolomé Hidalgo (en 2004, por Los inmortales) considera "muy peligroso" el concepto de la inspiración. Prefiere buscar algo que lo conforme: "El escritor, antes que nada, escribe para sí mismo". Nunca le pasó con un personaje suyo lo que le ocurrió con Keller: la gente lo apreciaba y quería que "zafara" siendo un asesino (similares reacciones provocó Úrsula López en los lectores de Mercedes Rosende). No desdeña presentar una cuarta entrega, aún en estado ni siquiera embrionario.

"Tenés que laburar. A mí la inspiración nunca me vino. De hecho, a veces estás cuatro días sin escribir porque estás con otras tareas y te olvidaste de en qué andabas", se sincera Cammarota. "Todos me preguntan cuándo se viene ‘la cuarta de Perrone'". Esa pregunta aún no tiene respuesta. Tirarse a escribir novela negra fue una de las experiencias que más inseguridades le causó, pero las satisfacciones fueron grandes. Una de ellas fueron los elogiosos conceptos que el mexicano Elmer Mendoza, autor de novelas negras, con el detective Edgar el Zurdo Mendieta, como protagonista, desparramó en el exterior sobre su En Carnaval... "Y era mi primer libro, el que más vergüencita me dio. Y que un tipo así te diga esas cosas tan generosas, es fuerte...".

Hasta hace un tiempo, Mercedes Rosende escribía cuando tenía ganas y tiempo. "Me tuve que reinventar cuando me di cuenta de que era escritora profesional (risas), de que podía vivir modestamente de ello", dijo quien también ha sido distinguida con los premios Municipal y Nacional de Literatura. Ahí conoció la rara sensación de tener que escribir bajo presión, de que a las musas hay que echarles el lazo, de que hay plazos que cumplir. "Ahora me tuve que imponer una rutina: despertador, café y ocho horas delante de la máquina". Esa rutina ha llevado al momento a Úrsula al interior del país, para una cuarta entrega que ya tiene escrita algo así como una cuarta parte, por algunas razones que ya habían quedado reflejadas en Qué ganas de no verte nunca más. "Tengo un par de títulos tentativos, pero no te los voy a decir ni loca. Hoy me parecen geniales y mañana, una estupidez".

¿VENTAS? LAS SUFICIENTES

Marcela Saborido, directora de la serie Cosecha Roja de HUM/Estuario, señala que las ventas de las novelas negras uruguayas "son suficientes como para mantener una colección que cumple 10 años en este 2020". La de esta editorial, donde escriben Renzo Rossello, Gabriel Sosa y Pedro Peña, así como también supo estar Mercedes Rosende, es una experiencia exitosa que sobrevivió donde otras no pudieron. "Hubo un intento años atrás que hizo (el diario) La República pero que no prosperó".

Las sagas de Hugo Burel y Gonzalo Cammarota se han publicado a través de Penguin Random House. Su director editorial, Julián Ubiría, señala que ambas "se han vendido excepcionalmente bien por tratarse de libros de ficción". Es que en Uruguay hay una gran brecha, si de ventas se habla, entre los textos de no ficción (investigaciones, biografías, textos de autoayuda) y los literarios, con mucho menos salida. "Y estos están en un punto intermedio: se han hecho reimpresiones, están presentes en el catálogo y al ser una saga, se suman nuevos lectores que esperan nuevas entregas".

ALGUNOS FRAGMENTOS

"La información también se ocupaba de recordar que, en otro caso no cerrado todavía, las autoridades aún no habían logrado dar con el paradero de Ricardo Villa, al que las pruebas encontradas en Parque del Plata señalaban como el asesino del identikit que se hacía llamar Milo Epstein. Más modesto que el de Punta del Este, el chalé de Villa también era un escenario siniestro, del cual el propietario se había esfumado sin dejar rastros. Si en las diferentes aduanas y pasos de frontera no constaba su ingreso al país, tampoco había pruebas de su salida". (Noches de bonanza, Hugo Burel)

"Se puso un sombrero de los New York Yankees y por encima unos auriculares Monster Beats que le habían salido muy caros, pero era el costo de lucir como un deportista de las grandes ligas. Recogió su bolso, puso play en el reproductor y el sonido de la cumbia lo aisló. Ta ta tan ta ta tan tzi tzi. Y así de sencillo se perpetraba el primero de los tantos crímenes que ocurrirían esa tarde: estaba usando unos auriculares de cuatrocientos dólares para escuchar canciones en las que se gastó la mitad en su proceso de grabación". (¿Por qué mataron a Jonathan Núñez?, Gonzalo Cammarota)

"Hace un ratito envié todo. Enseguida me llamaron avisando que había salido todo bien y que les mandara las fotos que tuviera. La puta que lo parió: me había olvidado de las fotos. Tuve que llamar al diario y arreglar con Fernando. Le dije que pusiera una del año pasado, que yo no era fotógrafo, que qué se creían en diseño, etcétera, y terminé quejándome porque a Javier, cuando vino, le habían dado un fotógrafo y que a mí me mandaban a la guerra con una cuchara y esas cosas que uno dice, incluido algún que otro improperio". (Ya nadie vive en ciertos lugares, Pedro Peña)

"Sabe lo que sucederá y empieza a sudar, el miedo la violenta, la paraliza. Escuchará los sonidos que ya conoce, el crujido lento de las suelas de los zapatos contra el piso, verá el brillo negro del cuero, él la tomará del hombro y la hará avanzar unos pasos, caminará alrededor de su hija, ella escuchará la respiración alterada, lo verá dar dos, tres vueltas. Papá la tomará del mentón, la obligará a levantar la cabeza, sabe que va a carraspear, que se aclarará la garganta. Jugará con el encendedor, la llama aparecerá y desaparecerá, cada vez más rápido. Imagina, le castañetean los dientes". (El miserere de los cocodrilos, Mercedes Rosende)

"El interior del apartamento luce en completo desorden. Los cajones de la cómoda yacen dados vuelta y su contenido está regado por el piso. Hay decenas de objetos tirados en el piso sin orden ni concierto. Entre el salón y la primera puerta del pasillo interno del departamento yace el cuerpo. Tiene la cara totalmente destrozada por un disparo, hay una mancha negruzca en la entrepierna, bajo el cuerpo se ha acumulado un espeso charco de sangre oscura. Hay decenas de moscas que danzan en total paroxismo, borrachas de sangre y tejidos descompuestos". (El verdugo escondido, Renzo Rossello).

"Se volvió, y su mirada se encontró a la distancia con la del Tiro Pedraza, al otro lado de la cinta. El policía, aún de uniforme, lo miraba totalmente inmóvil, con el rostro pétreo. Pudo ver que en la mano sostenía un revólver, sin duda la fuente del estampido que había escuchado antes. Mientras se miraban el Tiro guardó sin prisa el revólver en la canana. Revolvió algo en su cinturón, y volvió a levantar la mano. Esta vez, el periodista lo vio nítidamente a pesar de la distancia, sostenía un cuchillo. Larrobla se dio vuelta y comenzó a correr". (Las mujeres de Nueva Troya, Gabriel Sosa)