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¿Inclusión o ventaja?

La nadadora trans Lia Thomas y un nuevo capítulo de una eterna controversia

La nadadora estadounidense Lia Thomas es la protagonista de un nuevo capítulo en la eterna controversia sobre la inclusión de mujeres trans

09.05.2022 07:00

Lectura: 14'

2022-05-09T07:00:00
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Por Leonel García

Fue John Paddington, un periodista de Newport especializado en tenis, el que lanzó la bomba, allá a mediados de los 70: Renee Richards, una tenista ya veterana y desconocida, que arrasaba en los torneos amateur de California, que sorprendía por su altura, su fuerza y un rostro “poco armonioso” para ser una mujer, era la misma persona que pocos años antes era conocida como Richard Reskind. Este, otrora un hombre casado y con hijos, había sido un tenista aficionado bastante afamado, destacado en el equipo de la Marina, donde revistió, y Yale, donde estudió oftalmología.

Ni bien se supo eso, muchas jugadoras rechazaron compartir un court con ella y la organización del US Open le retiró la invitación que le había cursado para disputarlo. Ella llevó su caso a la Suprema Corte de Justicia, que consideró que efectivamente —hormonas y operación de cambio de sexo mediante— era una mujer mucho antes de que se popularizara el concepto transgénero, y que no podrían cerrársele las puertas del deporte. En 1977, a sus 43 años, participó en la rama femenina del principal torneo de tenis de su país y uno de los cuatro Grand Slam. Como singlista, no pasó de la primera ronda, pero como doblista alcanzó la final.

Renee Richards, hoy una vecina de Nueva York de 87 años, cuyo paso por el tenis femenino acabó siendo más mediático que exitoso, es considerada la primera mujer trans deportista. Y pese al paso del tiempo, la misma controversia que ella vivió se revive en cada una de las atletas que pasan por la puerta que ella misma abrió hace casi medio siglo.

El último episodio envuelve a la nadadora transgénero Lia Catherine Thomas, una mujer de 22 años que pasó de ser un atleta sin mayor lucimiento como varón, llamado Will Thomas, a transformarse en una potencial competidora de elite. El 17 de marzo de este año, ella venció en las finales de las 500 yardas libres en los prestigiosos torneos nacionales universitarios de Estados Unidos (la NCAA) realizados en Atlanta. En esta disciplina no olímpica, marcó un tiempo de 4:33:24, casi dos segundos más rápido que la que salió segunda, Emma Weyant, quien tenía en su CV una medalla de plata en Tokio 2020. Si bien distó más de nueve segundos del récord en esa distancia, alcanzó para armar un revuelo que excedió a lo deportivo y llegó a lo político. El gobernador de Florida, el conservador Ron DeSantis, emitió una declaración donde nombró a Weyant, oriunda de ese estado, como la “legítima ganadora” de esa carrera.

Richards fue la primera. Thomas no será la última. En el medio hubo un montón de casos, más o menos conocidos, con dispares repercusiones. A la tenista pionera le quedaba poca vida deportiva y sus logros fueron escasos y modestos. El revuelo de la nadadora, con múltiples voces a favor y en contra, se aviva debido a que ya venció en una competencia importante y que aún le quedan muchos años de vida útil en las piscinas, Juegos Olímpicos incluidos.

Según Collette Spinetti, directora nacional del Colectivo Trans del Uruguay (CTU), la aparición de alguien así suele molestar. “Esto siempre pasa cuando una deportista trans se destaca. Si llama la atención cuando una persona trans tiene trascendencia en cualquier ámbito y se le busca la quinta pata al gato, ¡imaginate en el deporte, que es un lugar mucho más machista, más cerrado, más binario! El deporte está pensado para las personas cis. Y cuando una persona trans se destaca, se llega a pensar que es peligrosa”, dice Spinetti a Galería.

Es que no son pocas las voces que señalan que estos casos representan una “amenaza al deporte femenino”. Así lo pensó por ejemplo un grupo de padres de nadadoras de la Universidad de Pensilvania, institución a la que defiende Thomas, que calificaron de esa forma su inclusión en el equipo. También lo hicieron, carta mediante, sus competidoras de la Universidad de Arizona. A fines del año pasado, la jueza de natación Cynthia Millen renunció a su cargo en la Federación de ese deporte en EE.UU. en desacuerdo con su presencia: “No pretendo criticar a Lia, pero es un cuerpo masculino nadando contra el femenino”, escribió en su nota de despedida. Si bien en el Comité Olímpico Internacional (COI) pasa por permitir la participación de atletas transgénero, se habla que de todas formas tienen una potencia y una masa muscular que les da una ventaja significativa en ese universo.

La polémica reiterada no tapa un hecho: ningún atleta trans ha tenido mayor destaque. Lia Thomas puede ser la primera.

Tránsitos. Will Thomas era un niño de Austin, Texas, que desde chico se mostró interesado en la natación. Defendiendo a su liceo, Westlake, salió sexto en los torneos estatales para chicos de secundaria. Su afición deportiva siguió en la Universidad de Pensilvania (UPen), donde comenzó a asistir en 2017. En el verano boreal de 2018 ya había decidido que era una mujer en un cuerpo de hombre. La última vez que compitió para el equipo universitario masculino fue en noviembre de 2019, habiendo comenzado la terapia de reemplazo hormonal en mayo de ese año. Para el primer día de 2020 ya era legalmente Lia.

Si bien sus números no eran nada deslumbrantes, eran lo suficientemente buenos como para estar entre los mejores del equipo masculino de la UPen. Para 2021 ya había pasado a la sección femenina, luego de más de dos años de terapia en los que si bien no competía, algo a lo que contribuyó la pandemia, sí entrenaba.

Aunque el COI evita que cualquier deportista sea discriminado por su identidad de género, son las federaciones respectivas las que tienen la última palabra. “El COI reconoce que debe ser competencia de cada deporte y de su organismo rector determinar de qué manera un atleta puede tener una ventaja desproporcionada frente a sus compañeros, teniendo en cuenta la naturaleza de cada deporte”. Hasta fines del año pasado se pedía al atleta femenino trans mantener los niveles de testosterona en menos de 10 nanomoles por litro de sangre durante un año o haber completado su transición al menos dos años antes. Pero desde que se pasó la pelota a cada federación, el máximo organismo deportivo lo único que pide es “que no haya una ventaja automática sobre las mujeres cisgénero”. En este caso, el visto bueno lo dio la National Collegiate Athletic Association (NCAA), la que regula la competencia universitaria en Estados Unidos. Algo tan laxo y debatible solo podía generar más polémica. O, por lo menos, muchas dudas.

“Muchas federaciones internacionales, entre ellas la nuestra, tienen en estudio todo este tema. Por eso, al momento no tenemos opinión”, dice sucintamente a Galería Verónica Stanham, presidenta de la Federación Uruguaya de Natación.

“A pesar de los supresores hormonales que ha tomado de acuerdo con las pautas de la NCAA, la ventaja de Lia Thomas en la pubertad masculina no se ha reducido en una cantidad adecuada”, indicó a fines del año pasado un editorial de la revista especializada Swimming World. En pocas semanas, Lia ya había establecido varias plusmarcas en su universidad. “El hecho es que, durante casi 20 años, desarrolló músculo y se benefició de la testosterona producida naturalmente por su cuerpo. Esa fuerza no desaparece de la noche a la mañana, ni con un año de supresores. En consecuencia, Thomas se sumerge en el agua con una ventaja inherente respecto a las demás”.

Los abucheos y las pancartas se hicieron presentes en esa jornada en Atlanta. Las cámaras, insistentemente concentradas en Lia, no dejan mentir: es notoriamente más alta y corpulenta que sus rivales. Luego de ganar, se ve cómo se saluda con Weyant y Erica Sullivan, segunda y tercera en la carrera, respectivamente. Esto también servirá para poner en contexto una foto posterior, en la que se ve a la sonrisa nerviosa de Thomas en un extremo del podio y la alegría compartida de Weyant, Sullivan y Brooke Forde, quien culminó cuarta, en el otro. De arranque, esa foto fue rotulada como una protesta de las nadadoras ante la inclusión de la intrusa; algo así como “este es el verdadero podio”. Sin embargo, Sullivan diría luego en su cuenta de Instagram que simplemente quería sacarse una foto con las compañeras que habían integrado el equipo olímpico en Tokio 2020; cierto es que tanto ella como Forde se habían pronunciado a favor de la participación de Thomas.

Hay un hecho que ha tenido menos notoriedad: en la misma competencia, Lia no tuvo actuaciones destacadas en las 100 y 200 yardas.

“Lo que yo quiero decirle a los deportistas trans es que no están solos. No tienen que escoger entre quiénes son y el deporte que aman. Yo soy una mujer y una nadadora. Pero poco más voy a decir”, declaró Lia a Sports Illustrated en el pico de la polémica. Según consigna un artículo de La Vanguardia, les ha pedido a familiares y amigos que no se metan en las polémicas ni salgan a contestar agravios en las redes sociales. Tampoco ha hablado de las colegas que se han expresado en contra suyo. Solo nada, y no contesta nada.

Antecedentes. A los 43 años, la neozelandesa Laurel Hubbard fue la primera atleta abiertamente transexual en participar en unos Juegos Olímpicos, en la última edición de Tokio 2020, disputados en 2021. Tenía el antecedente interesante de haber sido segunda en el Mundial de 2017 en la categoría de más de 90 kilos, tan solo cinco años después de haber transicionado. Como Thomas, también había sido pesista en su género de nacimiento o asignación. En 2019 había ganado dos oros en los Juegos del Pacífico. Sin embargo, cuando muchos ponían ya el grito en el cielo, dando por sentado que su fortaleza masculina de nacimiento la haría ganar poco menos que al trote, en la cita máxima falló en sus tres intentos. Luego se retiró.

En un artículo publicado por El País de Madrid, el 1º de enero de este año, se incluyeron las palabras de Constantino Iglesias, presidente de la Federación Española de Halterofilia, que apunta a la denominada corrección política. “Hay que buscar la igualdad en el deporte y esa posibilidad de que deportistas transexuales compitan con ventaja física contra mujeres cisgénero es una injusticia. Es como el dopaje. (…) El COI no se atreve a enfrentarse a ese tipo de colectivos. Es quien tiene que crear alguna categoría. No pueden competir juntas. Es una tomadura de pelo. Pero nadie se atreve a decir: ‘que no, señores, que no puede ser’. Nosotros queremos ayudar a esas personas, pero Hubbard le quitó el puesto a alguien para competir en los Juegos Olímpicos y no es justo. Por mucho que lo intentes, no vas a lograr que la masa muscular de una persona que se ha desarrollado y ha hecho deporte como un hombre se sitúe al nivel de la de las mujeres. No basta con un año de transición, su ventaja es muy grande”. Según su palabra, el silencio sobre este tema se debe al temor a ser considerados transfóbicos.

En el otro extremo, en ese mismo artículo, se citaba la palabra de Víctor Granado, presidente de la Agrupación Deportiva Ibérica, que tenía bajo su órbita a los clubes inclusivos de España. Según sus palabras, el planteo transfóbico pasa por considerar que las deportistas trans son tramposas per se. “Lo que planteamos es que las transexuales no hacen trampa, no van contra los derechos de las otras mujeres y no poseen una ventaja deportiva en absoluto. Nadie se plantea que (el nadador Michael) Phelps, (el ciclista Miguel) Indurain o (el tenista Rafael) Nadal son deportistas fuera de los parámetros de otros deportistas, ni de dónde procede esa excelencia. (La atleta) Marion Jones tenía un rendimiento por encima de lo normal. A lo mejor, el rendimiento de esta nadadora estadounidense (por Lia Thomas) está fuera del rango porque no todo el rendimiento procede de la testosterona y la pubertad masculina. Indurain, por ejemplo, poseía una capacidad pulmonar y cardiaca excepcional. El agravio comparativo solo se denuncia cuando una transexual destaca o gana, porque parece que una transexual no puede destacar y ganar”, culminaba.

Si bien Hubbard es conocida como la primera atleta olímpica transgénero (el caso de la saltadora alemana Dora Ratjen, en Berlín 1936, es hoy más considerado el de un hombre al que le hicieron pasar por mujer), en setiembre de 2021 la futbolista canadiense Quinn —así, a secas— se autodefinió como transgénero no binaria. Para entonces, como integrante de la selección olímpica de fútbol de su país había ganado la medalla de bronce en Río de Janeiro 2016; en 2021 se hizo con el oro. Claro, se trataba de un deporte colectivo.

En otras ocasiones, el morbo y la exageración venden. El mundo de las artes marciales mixtas —como el de todo deporte de combate— es particularmente fértil para ello, alimentando la idea de una mujer trans rompiéndole el alma a una mujer cis. Allana McLaughlin, en su vida anterior un soldado de la U.S. Army condecorado en Afganistán, venció en 2021 en su única pelea a la francesa Celine Provost en poco más de tres minutos. Luego de aprobar los exámenes médicos y test hormonales exigidos, subió al ring con una remera que rezaba “End trans genocide” (terminen con el genocidio trans), pero cosechó más rechazo que empatía. “Cambiate el nombre, llamate mujer, pero seguís siendo un p… hombre, cobarde”, escribió en sus redes el luchador Stan Strickland. Pese a que posteó las marcas en el rostro que le dejó su rival, que vendió cara la derrota, no ha vuelto a pelear.

Fallon Fox, su antecesora, también exmilitar, debió luchar contra el mito de “la revienta cráneos”. En su momento se divulgaron por redes imágenes horripilantes de una luchadora gravemente herida, asegurando que había quedado así luego de pelear con ella. Era falso: las fotos eran de un combate particularmente sangriento entre mujeres. Fox, ya retirada, participó en seis luchas entre 2012 y 2014, de las cuales ganó cinco y perdió uno por KO. Tampoco era una picadora de carne.

En Uruguay, Spinetti recuerda el caso de Yessica Sotelo, una futbolista de Cerro Largo que se convirtió en 2019 en la primera mujer trans en ser habilitada para participar en un torneo de la Organización del Fútbol del Interior (OFI). “Había muchas quejas y presiones para que no jugara. Nosotros mandamos una nota de apoyo y le permitieron participar”. También dice que en el CTU están siguiendo el caso de una chica trans a la que no le permitieron jugar para un equipo femenino de vóleibol de Aires Puros. Según la respuesta que se dé a un reclamo al amparo de la Ley 19.684, la Ley Integral para las Personas Trans, se verá qué hacer.

Algunas han logrado cambiar las reglas. Colette Spinetti recuerda a la argentina Jessica Millaman, era una jugadora de hockey que fue impedida a jugar por la federación amateur de su provincia, Chubut, que argumentó “diferencias físicas” con el resto de las jugadoras. Su lucha, que tomó gran trascendencia mediática entre 2016 y 2017, terminó con el COI recordando a su federación afiliada su postura de no discriminación. Las puertas permanecen abiertas, pese a los intentos de entornarlas.

EL CASO CASTER SEMENYA

Caster Semenya es una corredora sudafricana de 31 años que en los 800 metros lisos fue tres veces campeona del mundo y dos veces oro olímpico. Nació como mujer intersexual y posiblemente sea el caso más conocido de atleta femenina con hiperandrogenismo, lo que le genera niveles inusualmente altos de testosterona. Heroína en su país y símbolo de lucha por la equidad de género en el deporte, está en litigio actualmente con la Federación Internacional de Atletismo, que varió sus requisitos sobre los niveles de testosterona que pueden tener las competidoras, lo que provocó que ella no pudiera participar en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020.