Cultura
Se rematará a unos 250 mil dólares

La historia detrás del Torres García que fue testigo de una tragedia

El jueves 26 se remata Proyecto para el Mural del Sol, último testimonio de una serie de siete murales pintados por Joaquín Torres García en 1944 en el Hospital Saint Bois que se destruyeron en el incendio del Museo de Arte Moderno de Río de Janeiro

14.11.2020

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2020-11-14T07:00:00
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Por Alejandra Pintos

Cuando sacamos de la oscuridad esta obra -que estaba en una caja bien guardada-, y la vi por primera vez, se me cayeron las medias por así decirlo. Fue algo impresionante, sentís la historia de lo que es este cuadro, la importancia y la presencia de Torres García", explica emocionado Luis Ignacio Gomensoro, rematador especializado en arte y director de la galería Tazart. Gomensoro habla de Proyecto para el Mural del Sol, la "joya de la corona" de su próximo remate, que tendrá lugar el jueves 26. El resto del catálogo lo completan obras de alumnos del Taller Torres García, incluidos los propios hijos del artista, Olimpia, Augusto y Horacio.

Cuando el rematador habla de "la historia" que tiene el cuadro, no exagera. Para conocerla hay que remontarse a la década de 1940, cuando la tuberculosis aún era una infección sin cura. Los tratamientos con fármacos apenas estaban comenzando y la enfermedad solía ser mortal. Quienes la contraían solo podían intentar vivir un poco mejor, en un entorno agradable y con acceso a cuidados paliativos. En Montevideo los tuberculosos eran enviados al Hospital Saint Bois. Ubicado a las afueras de la ciudad, en Villa Colón, su entorno permitía a los internados respirar aire fresco y tomar sol en las grandes terrazas del edificio. Además, en la Colonia de Convalecientes, como se le solía llamar, se alimentaba bien a los enfermos y, en algunos casos, se realizaban tratamientos quirúrgicos que consistían en hacer colapsar el pulmón. La arquitectura del Saint Bois, distribuido en pabellones, también permitía alojar a otros enfermos crónicos que eran trasladados desde el Hospital Maciel y el Pasteur, para hacer lugar para los agudos.

Teniendo en cuenta las largas internaciones que atravesaban los enfermos de tuberculosis, el equipo médico estaba abocado a mejorar su calidad de vida. Entre ellos se encontraba el joven doctor Pablo Purriel, subdirector del instituto y responsable del Servicio de Medicina, quien estaba convencido de la importancia de que el ambiente no fuera de tristeza y desesperanza. Por eso, procuró proporcionarles a los pacientes acceso a la cultura. Había una biblioteca y audiciones de música seleccionada. En 1942 se inauguró una ampliación, el Pabellón Martirené, un proyecto de Carlos Surraco (arquitecto del Hospital de Clínicas y del Instituto de Higiene, que se encuentra al lado) y Sara Morialdo. Allí pasó a ubicarse un centro especializado en enfermedades torácicas médicas y quirúrgicas, el Instituto de Tórax, con varios pisos y 300 camas para internación.

En 1944 Purriel, que seguía con la idea de alegrar -en lo posible- la vida de los enfermos, invitó a Joaquín Torres García y a su taller a pintar una serie de murales. El ya aclamado pintor accedió y durante gran parte del invierno estuvo viajando junto con sus discípulos (20, seis de ellos mujeres) a Villa Colón para concretar la obra. Según el trabajo académico Pablo Purriel, Joaquín Torres-García, su taller y los murales del Pabellón Martirené, escrito por el Dr. Augusto Soiza Larrosa, Torres García le dio total libertad a sus alumnos, "solo les exigió que le presentaran un boceto de inspiración constructiva con los colores primarios. Luego cada uno eligió su tema, y el Maestro, abandonando temporalmente sus murales se paseaba entre ellos controlando los trabajos, pero sin inmiscuirse en el proyecto en sí". Ninguno de ellos cobró por el trabajo -a pesar de que se estaban exponiendo a una enfermedad altamente infecciosa-, pero Purriel dispuso una ambulancia del hospital para trasladarlos a todos desde el centro de Montevideo hasta el hospital.

Pabellón Martineré.

Para 1944 Joaquín Torres García ya tenía 70 años, sin embargo, el artista no daba ninguna señal de estar pensando en retirarse. De hecho, ese año fue de vital importancia para su carrera, según explica Emma Sanguinetti -divulgadora, crítica y especialista en Historia del Arte- a Galería. "Es el año en que publica Universalismo constructivo, reuniendo en él las famosas conferencias dictadas desde su llegada al Uruguay y que se convertirá en el credo de su lenguaje. A su vez, expone en varias oportunidades tanto obras recientes como en retrospectiva y finalmente, se pone en marcha el proyecto del Pabellón Martirené. En una palabra, Torres y el Taller Torres García estaban llegando a un punto culminante de presencia y afirmación del ismo".
Purriel quedó encantado con el resultado: 35 murales en total, siete pintados por el propio Torres García. El artista, en forma de agradecimiento por la oportunidad, le regaló el proyecto de uno de ellos, El Sol. La pieza, pintada con óleo sobre cartón, difiere de la obra en sí, a la que despojó de algunos símbolos. Este estudio previo es el que hoy se encuentra a la venta, certificado por Cecilia Torres, miembro de la familia.

Proyecto para el Mural del Sol, 1944. Óleo sobre cartón.

Vanguardia y controversia. El día de la inauguración se otorgó a los presentes un folleto con un texto que resumía la visión de Purriel y su equipo: "Pertenecemos al grupo de médicos que en el balance de la enfermedad valoran en su justo término el estado espiritual del enfermo (...). Nada mejor que poner a los enfermos en contacto con las más altas y puras manifestaciones del espíritu humano: la pintura, la música y la literatura", rezaba. Sin embargo, y a pesar de las buenas intenciones, los murales del Pabellón Martirené no fueron bien recibidos por todos.

Pero el disgusto que causó en algunos críticos, observa Sanguinetti, no fue recibido como algo malo para el Taller Torres García. Por el contrario, "buscaban y ansiaban la controversia y la polémica". Y agrega: "Les daba cohesión en la lucha y fraguaba ese sentir colectivo de pertenencia en el que Torres hacía tanto hincapié. Y sí, por supuesto, fueron controversiales por la fuerza con que transmitían los postulados constructivos, tanto en su composición, como en la simbología y la paleta de colores primarios, sin olvidar la decisión de Torres de no pintar al fresco, sino sobre el muro con esmalte. Decisión que fue muy criticada y que, a la larga, llevará a la obra a un proceso de deterioro que culminará en la remoción de las piezas de la pared".

En la década de los 70 los siete murales de Torres García era amenazados por el deterioro del edificio, olvidados. Tras una operación compleja se logró traspasarlos a un lienzo y montarlos en bastidores. Así se convirtieron en piezas portátiles de gran porte. Se exhibieron en el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, en una retrospectiva por el centenario de Torres García en 1974, al año siguiente viajaron a París y en 1978 aterrizaron en Brasil para formar parte de la exposición América Latina Geometría Sensível.

En la madrugada del 8 de julio de 1978 el museo de Arte Moderno de Río de Janeiro se prendió fuego; aunque nunca se supo la causa, fue el precario sistema de control de incendios lo que convirtió al incidente en una tragedia. El resultado fue la destrucción de 73 obras de Joaquín Torres García, entre ellos los murales del Saint Bois. También se dañaron severamente "dos telas de Picasso, una de Van Gogh, tres de Miró y veinte de los artistas brasileños Di Cavalcanti y Portinari", según consignó El País de Madrid en su momento. El incendio fue catalogado por el presidente del museo, Ivo Pintaguy, como "una catástrofe de la cultura brasileña y del mundo".

Tras el desastre, los restos de las obras regresaron a Uruguay y estuvieron confinados durante años en un almacén del Museo Nacional de Artes Visuales. En 2011, varias décadas más tarde, fueron llevados al Museo Torres García. En 2014, en el aniversario de la inauguración de los murales, se anunció un proyecto de restauración que pretendía repintar los siete murales dañados en el incendio, a pesar de que en los restos rescatados de las llamas faltaban "muchísimos elementos del cuadro", explicó en su momento a la agencia EFE uno de los integrantes del equipo de restauración, el artista uruguayo Luis Balbuena.

En 2018 el museo inauguró la muestra Tiempo de mirar, en la que se exhibían cuadros blancos -aludiendo a las obras incendiadas- que el público podía escanear a través de un código QR con el celular y así volver a darle vida al patrimonio artístico de forma virtual. Allí también se exhibieron los restos de las obras y recortes de prensa de la época en la cual sucedió el incendio. Consultado por el próximo remate de Proyecto para el Mural del Sol, Alejandro Díaz, actual director del Museo Torres García y bisnieto del artista, prefirió no hacer declaraciones a Galería por tratarse de "una cuestión del mercado de los cuadros".

Hoy, esta pequeña pieza en cartón de 20 x 65 centímetros es uno de los pocos testimonios de aquellas obras que se conserva intacto. Según cuenta Gomensoro, el cuadro pasó de las manos de Purriel a una pareja de colegas amigos, que conociendo su valor lo guardaron en una caja fuerte, protegido del sol, durante 30 años.
Contrario a lo que uno podría intuir, el director de Tazart asegura que este es un gran momento para vender arte. De hecho, fue un remate de aforo acotado pero gran éxito realizado en junio lo que lo llevó a proponerles a los herederos de Proyecto para el Mural del Sol subastar la obra, que hasta el momento estaba disponible a través de venta privada. "A nivel personal lo que pasó fue que hicimos en junio un remate presencial muy importante en el que se vendió 95% del remate. Lo normal, en una buena subasta, es 60%. Superó ampliamente las expectativas, se batió un récord a nivel personal, con un Gurvich que se vendió a 110.000 dólares", asegura a Galería. El rematador espera que se venda a un precio entre los 250.000 y 300.000 dólares.

El año pasado la obra Construcción en blanco superó el récord anterior de Joaquín Torres García, subastándose a 3,4 millones de dólares en un remate de Sotheby's, en Nueva York. "Una obra así, tan especial y con tanta historia, esperemos que llegue a las manos de un gran coleccionista que la disfrute colgada en su casa o en un museo, en el exterior. No creo que a nivel local, en estos momentos, el Estado invierta en esta obra. Aunque sería muy lindo que quede en el Torres García o en el Gurvich y que lo podamos ver todos".

El precio de mercado es tan solo un elemento más para terminar de validar a uno de los mayores pintores uruguayos que, como explica Sanguinetti, "jugó un rol crucial en el destino del arte nacional". "Su regreso al Uruguay en 1934 tras más de cuarenta años de ausencia, implicó la irrupción del arte de vanguardia en el país y no solo eso, sino que con él llegaron también, 'los modos de vanguardia' o sea las clásicas actitudes clánicas y cerradas, combativas y provocadoras que dominaban el panorama plástico en Europa, especialmente en París. Torres entendía el universalismo constructivo como el único y verdadero lenguaje y, en consecuencia, su irrupción fue lo más parecido a un tsunami, tanto en lo plástico como en las maneras de manejarse en el medio artístico. La personalidad de Torres, carismática y enérgica, su actitud de trabajador incansable tanto en el decir, como en el hacer y en su prédica, forjaron a su alrededor una inmensa autoridad moral, la que conjuntamente con sus novedosos planteamientos plásticos, dejaron una huella tremenda en el destino de nuestros artistas y del arte nacional", concluye.