Actualidad
Alcohol y adolescencia

La droga más temida está en la casa

Es la sustancia tóxica más difundida, la menos percibida como un riesgo y la de inicio más temprano, incluyendo casos en edad escolar.

26.09.2021 07:00

Lectura: 11'

2021-09-26T07:00:00
Compartir en

Por Leonel García

"Alejandra tiene un tema con la bebida”, le dijo María José a su madre, quien estaba preocupada por las frecuentes borracheras y vómitos de la amiga de su hija, ambas de 16 años. Hace un año, una petaca de whisky y otra de vodka fueron parte de una requisa que esta mujer hizo en un pijama party teen que Majo y unas amigas hicieron en su casa, imposibilitadas de salir a ningún lado. En la otra punta de la ciudad, Mario les contaba jocosamente a sus amigos sobre “el pedo azul” que se agarró Marito, su hijo, con cerveza; que Marito tuviera 13 años y que no fuera la primera vez que le pasaba parecía que le sumaba gracia al asunto.

¿A qué edad se empieza a tomar alcohol en Uruguay? En promedio, un adolescente bebe su primer sorbo unos tres meses antes de cumplir los 13 años. De acuerdo con los últimos datos oficiales, registrados en la VII Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas en Estudiantes de Enseñanza Media, presentada a principios de 2020, la edad media de iniciación está en los 12,78 años. El varón se adelantará unos seis meses a la mujer: 12,53 a 13,0; y no hay mayores diferencias entre el adolescente de Montevideo y el del interior: 12,71 y 12,83, respectivamente. No hay droga más precoz, más consumida, más aceptada y que sea menos percibida como un riesgo. Y lo tiene.

“Más que el consumo de alcohol, lo que preocupa más en los adolescentes es la forma de consumo”, dice a Galería la médica Laura Batalla, especializada en Adolescencia y Familia. Es una edad en la que rebelarse, transgredir e intentar cruzar los límites es mucho más esperable que temible. “Cada vez que una madre me dice ‘es retranquilo, no sale a ningún lado, no contesta’, yo tiemblo”, agrega esta profesional. Pero el tema no es que se tome más o menos temprano que nunca, el tema es que lo hacen no para experimentar o hacerse mayores; toman con el fin principalísimo de intoxicarse.

“Están tomando para 'darse vuelta'”, asiente también el psicólogo Paul Ruiz, docente de la Universidad de la República e investigador de la Agencia Nacional de Investigación e Innovación (ANII). “Uno de cada tres adolescentes manifiesta que la motivación para tomar es buscar el efecto”, dijo la psiquiatra infantil Ruth Gajer en una charla sobre consumos adolescentes, organizada por Medicina Personalizada.

Y no es que la precocidad no sea también un tema. En 2016 Ruiz comenzó a dar charlas en liceos sobre consumo de sustancias tóxicas, actividad que debió modificarse: “Empiezan a consumir muy jóvenes; tanto, que tuvimos que empezar a dar charlas en sexto de escuela. Nosotros hicimos una encuesta a 1.600 jóvenes para un trabajo que publicamos el año pasado, donde encontramos chicos que arrancaron a tomar a los 11 años”.

Hasta no poder más. Porcentajes decrecientes: durante toda la etapa liceal, 84,3% de los jóvenes ha tomado alcohol; en los últimos 12 meses lo ha hecho el 72,1%, siendo el mayor indicador para esta variable desde 2003; en los últimos 30 días lo hizo casi la mitad: 47,8%. Y ese mismo estudio oficial, a cargo de la Junta Nacional de Drogas (JND), señaló que tres de cada 10 estudiantes “bebió sobre el nivel de intoxicación por lo menos una vez en el último mes”. Y acá, a diferencia de otros ámbitos, casi no se percibe una brecha entre hombres y mujeres.

En una investigación propia, Paul Ruiz tampoco encontró diferencias significativas según la región geográfica, lo que le quitó sustrato científico a esa creencia que dice que se toma mucho más en el interior que en Montevideo.

Por otro lado, se han notado cada vez más modalidades de consumo realizadas por teens en todo el mundo. Laura Batalla no ha sabido aún de casos en Uruguay de chicas intoxicadas por usar tampones empapados en bebidas destiladas, una práctica que comenzó en Europa en 2013 como un reto viral y que luego cruzó el Atlántico, pero sí ha sabido de episodios locales de destilación ocular.  “Se ponen gotas de vodka en el ojo, aseguran que la absorción es más rápida”. Los expertos, en cambio, señalan que es más probable que cause inflamaciones y coagulaciones en vasos sanguíneos antes que una borrachera, pero la moda ya está extendida.

En cualquier caso, ya son de uso corriente términos anglosajones como binge drinking y blackout. Segun definió el médico toxicólogo Antonio Pascale en el evento de MP, el primero de ellos se trata de “un consumo excesivo y episódico de alcohol”. Esto es tomarse todo al punto de no poder más. La JND habla de que en un período corto de tiempo hay una ingesta abundante, cifrada en dos o más litros de cerveza, tres cuartos litros o más de vino o cuatro medidas o más de bebidas destiladas. Según cifras oficiales, del segmento de adolescentes que bebió alcohol en los últimos 30 días, 60% sufrió una intoxicación.

En estos casos, no influye tanto si se trata de un varón o de una mujer, pero sí va aumentando a medida que el adolescente crece: si un chico de hasta 14 años tomó en el último mes, hay 46,2% de posibilidades de que se haya pasado de rosca; si tiene entre 15 y 16 años, 60,5%; si tiene 17 o más, 65,9%. Acá sí se nota la distancia entre Montevideo e interior: 52,4% y 65%, respectivamente.

El blackout es, graficó Ruth Gajer, un “apagón de la memoria”. Todd Phillips hizo tres comedias a partir de ello (las tres ¿Qué pasó ayer?, de 2009, 2011, 2013), pero en la vida real estos casos dan poca risa. “Se da mucho en las mezclas. Estoy viendo que se juntan, mezclan todo tipo de bebidas en una olla y beben con un cucharón. Así surge el blackout, donde al otro día nadie se acuerda de lo que hicieron, lo que aumenta exponencialmente el riesgo de que les pase cualquier cosa: violencia o abusos, aquí sobre todo las chicas”, asegura Laura Batalla. A esto se suman, agrega, los episodios de ciberbullying: subir a las redes filmaciones a uno de los adolescentes completamente borracho, cayéndose, vomitando o diciendo un montón de estupideces.

En su investigación —realizada a 1.505 uruguayos de entre 18 y 30 años, publicada en 2020 en revistas arbitradas, compilada por el portal médico Pubmed—, Ruiz concluyó que el malestar psicológico y la depresión están íntimamente asociados al consumo de alcohol. Esto es algo particularmente preocupante en un país con elevadas tasas de depresión y suicidio adolescente (que en 2021 aumentó 45% respecto al año anterior), y en un contexto en el que el malestar psicológico causado por la pandemia fue más acentuado en menores de 30 años que en mayores. Ese trabajo resaltó que “los bebedores tempranos tenían mayores niveles de angustia psicológica que los bebedores tardíos”.

Se habla a futuro, ya que, según indicó Gajer, en la adolescencia “no puede hablarse de adicción sino de consumos”, ya que la primera requiere tiempo para desarrollarse. Es tranquilizador pensar que “la mayoría de los chicos, aunque prueben, no van a desarrollar una adicción... aunque eso no signifique que haya que bajar la guardia”, resaltó.

Tomando en casa. Para los expertos, una de las claves para evitar problemas futuros con el consumo de alcohol pasa por retardar lo más posible su inicio. Batalla señala que hasta que termina de desarrollarse el lóbulo frontal del cerebro, y con él el desarrollo neuropsíquico que permite tomar acciones más reflexivas y menos impulsivas, el consumo de toda sustancia tóxica puede considerarse de riesgo. “Un porro solo puede provocar un cuadro de psicosis delirante aguda o desencadenar esquizofrenia en personas predispuestas”, dice. En el caso particular del alcohol, un comienzo temprano multiplica por ocho el riesgo de tener ya de adulto un consumo problemático, “sobre todo si hay antecedentes familiares”.

Un muy reconocido estudio de las médicas estadounidenses Bridget Grant y Deborah Dawson, de 1997, concluyó que 40% de quienes comenzaron a beber antes de cumplir 15 años manifestaron haber tenido en algún momento de su vida adulta dependencia al alcohol, lo que es cuatro veces más respecto a quienes retardaron ese inicio a los 20 años. En Uruguay, 50,6% de los adolescentes de 15 y 16 años probó alcohol en los últimos 30 días.

Es muy habitual que los padres se preocupen por el consumo de alcohol en sus hijos y por el hecho innegable de que se trate de una puerta de entrada a esas sustancias. Pero son los mismos padres los que legitiman el consumo de esta sustancia. En el estudio de la JND se indica que en 60,7% de los hogares hay un contacto con el alcohol. Precisamente, abogar por el retraso en una práctica (beber alcohol) con 9.000 años de antigüedad, tan aceptada y tan difundida en los hogares, no es muy distinto a, al decir de Batalla, predicar en el desierto. “Hay como una leyenda urbana que dice: 'Yo prefiero que tomen en casa, para que no tomen afuera'. ¡Y eso es falso! El adolescente es por naturaleza transgresor y quiere confrontar. Aunque tenga padres muy permisivos, siempre va a buscar algo para correr los límites. Y si toma en la casa, seguro que toma afuera. Además, hay un doble mensaje tremendo: 'Tomar está horrible, te hace mal... pero si querés, tomá en casa'. Y los adolescentes también son muy sensibles al doble mensaje”.

Hay otro mensaje que está claro: la presencia de alcohol en la casa es percibido por los adolescentes como una legitimación del consumo, el que se refuerza —negativamente— en caso de que vean alcoholizado a alguno de los padres, subrayó Gajer.

El último estudio de la JND señaló que los adolescentes beben en sus casas en 46,7% de los casos, y 52,5% en casas de amigos. Por ley, a un menor de edad no se le puede vender alcohol, pero 61% ha podido comprar en comercios sin necesidad de recurrir a un hermano mayor.

Según dijo a Galería Daniel Radío, secretario general de la JND, este año se hará la investigación pensada para la próxima encuesta nacional de consumo en estudiantes liceales. En esta se verá reflejada la influencia de la pandemia. Si bien distintos estudios hablaron de un incremento del consumo en adultos, para Batalla se podrían esperar números un poco más bajos en este estudio en elaboración: “Los que ya tomaban siguieron tomando porque, aunque no hubiera boliches, igual iban a las plazas o los parques. Los que salían ocasionalmente y tomaban, ahora tuvieron menos oportunidades”.

Para el investigador Paul Ruiz, en cambio, no deberían esperarse grandes cambios en los tiempos pospandemia. Cierto es que hubo menos oportunidades de salir a divertirse y que, dado que es una droga “histórica”, no hay demasiado margen para un gran incremento de consumo; pero es justamente su condición de “histórica” lo que hace pensar que también será difícil una reducción. “Vos no te olvides de que hay cosas que pasaban ayer nomás: le daban candiel (con vino, azúcar y huevo) a los niños en edad de crecimiento, a los bebés les humedecían el chupete con licor para que se durmieran de una vez, al cordón umbilical lo limpiaban con alcohol... recién cuando se dieron cuenta de que eso afectaba al sistema nervioso central lo dejaron de hacer”. 

CUANDO PEDIR AYUDA

Para la médica especialista en adolescentes Laura Batalla, si bien hay que retrasar lo más posible la ingesta, el consumo se considera preocupante cuando se ve afectada la personalidad del adolescente. “Puede que el chico vaya a un baile y tome algo, sí, pero si mantiene las notas, sus vínculos sociales y hace deportes, eso no es algo dramático. Ahora, si todos los fines de semana se emborracha, si cambió a sus amigos de siempre por otros que también toman, si dejó los hábitos sanos que tenía o si bajó su rendimiento académico, ahí sí es algo problemático y hay que intervenir”. Esto es común a todas las sustancias tóxicas.