Estilo de vida
La fuerza de bailar

La danza, un arte que pisa cada vez más fuerte

A través de diferentes estilos, desde los más clásicos hasta los más urbanos, la danza es un arte cargado de desafíos que —aun así — crece como una forma de expresión de la cultura

14.10.2021 07:00

Lectura: 15'

2021-10-14T07:00:00
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Por María Inés Fiordelmondo

¿Cuándo el ser humano empezó a bailar? Nadie tiene la respuesta. No hay ningún inventor ni quien haya descubierto la danza. Si es que hubo una persona o grupo que por primera vez en la historia movió su cuerpo y sus extremidades al compás de algún sonido externo, o generado por sus propias voces, aquel acto habrá sido tan efímero e imposible de registrar como un bostezo.

Aunque no tenga una fecha de origen, sí se sabe que se baila desde tiempos inmemoriales, por no decir desde siempre. Asociadas con ilustraciones de rituales y de caza, hace más de 10.000 años también hubo quien o quienes quisieron plasmar en aquellas cuevas la evidencia del baile a través de figuras humanas con sus brazos en alto y las piernas proyectadas en diferentes direcciones.

La historia de la danza es larga, y estudiarla lleva varios años. Pero es mucho más fácil comprender su origen con apenas observar a cada niño o bebé. Marcel Zentner, doctorado en Harvard y profesor de Psicología de la Universidad de Innsbruck (Austria), donde también es director del Laboratorio de Personalidad, Emociones y Música, concluyó en una investigación que todo ser humano nace con una predisposición a moverse rítmicamente al compás de la música. Mediante un grupo de 120 bebés y niños de entre cinco meses y dos años que fueron expuestos a música y estímulos rítmicos, el investigador observó que todos producían movimientos diversos.

Es inherente al ser humano; por eso, no es excluyente: todos pueden bailar, al ritmo que deseen, con o sin música, solos frente a un espejo o sin él, acompañados por una persona o por un centenar en una discoteca. 

El baile, según la psicóloga Liliana Guerrero, “es la libertad” en una de sus máximas expresiones. “Es la conexión con el universo, con uno mismo y el entorno, y lo podés expandir hasta el universo”, reflexiona en conversación con Galería. Dice, a la vez, que el baile es una de las tantas maneras de separar cuerpo y mente. “La mente hace juicios, suposiciones, hipótesis, mientras que el cuerpo está mucho más conectado con nuestra esencia y lo que nos pasa. El cuerpo nos anuncia, nos avisa qué está pasando, nos reporta un montón de información. El gran tema es separar el cuerpo de la mente”, apunta. Y hacerlo no siempre es fácil. ¿A quién no le costó dar los primeros pasos en una pista de baile? ¿Quién nunca limitó sus movimientos por temor a hacer el ridículo? Según Guerrero, “soltarse” es difícil, para empezar, porque desde la educación formal históricamente se le ha enseñado a la mente, y no al cuerpo. “Hay que recordar que tenemos una educación sentaditos, y cuando un niño se mueve en un salón, ya es hiperactividad”, ilustra. “Le hemos dado un superpoder a la mente, que lo tiene, pero la racionalización muchas veces se separa, y a veces es necesario”, comenta.

Bailar tiene numerosos beneficios: ayuda a conectarse con los demás, ya que es una actividad social, y también a conectar con uno mismo, lo que trae consigo un aumento en la autoestima. Como todo ejercicio, bailar también libera endorfinas, las famosas “hormonas de la felicidad”.

Y aunque parezcan sinónimos, baile y danza no significan exactamente lo mismo. El baile es libre, y no necesita verse bien estéticamente.

Pero hay quienes con sus movimientos rítmicos son capaces de generar admiración, emocionar, maravillar y producir el deseo de sentarse en una silla durante horas solamente para verlos ejecutar su baile. Y aunque parezcan seres de otro planeta que reproducen naturalmente y sin ninguna dificultad su talento sobre un escenario o cualquier otra plataforma, lo cierto es que detrás de ese valor estético y cultural de la danza hay mucho estudio y dedicación de sus grandes protagonistas: los bailarines.

Mundo paralelo. Con ambos costados de la cabeza rapados y una cola de caballo alta y enrulada, Gonzalo Tejera espera recostado en una mesa en el estudio de danza Mikado. Quien no sabe que es bailarín de hip hop, puede adivinarlo a simple vista. Llega la maquilladora Paula Melgar acompañada de las bailarinas Jesica Schapira (contemporáneo) y Sara Olivera (tango), quienes charlan como si fueran grandes amigas. Se conocían de vista, pero esta es la primera oportunidad que tienen de conversar. Luego se suma Rodrigo Fleitas (tango). Los tres se cruzan con el dueño de Mikado, Matías Tchomikian, y se saludan efusivamente.

Acaoã Teóphilo (ballet) es el penúltimo en llegar: está en plena temporada de El Mago de Oz, la producción del Ballet Nacional del Sodre con coreografía del italiano Francesco Ventriglia. Por estos días, Acaoã tiene clases desde las 9 hasta las 13 y un corte por la tarde para volver a las 17 a ensayar para la función que termina alrededor de las 22. Un corte que, esa tarde, destinó a la producción de fotos para Galería.

Los cinco bailarines se cambian de ropa y se ubican en el centro del estudio de danza. Al momento de tomar las fotos, todos danzan; sus movimientos son diferentes y algunos hasta parecen opuestos. Sin embargo, se ven como fusionados, conectados por un mismo sentimiento.

Mientras se busca la captura perfecta entre tanto movimiento, llega Julio Minetti, uno de los maestros del Ballet Nacional del Sodre y director de Minetti Studio. Y facilita ese trabajo.

Así como cada bailarín se mueve a su manera, según la técnica sumada a su impronta, cada una de las disciplinas tiene sus particularidades; son submundos dentro del universo de la danza. Con sus coincidencias, cada uno, también, vive, define y siente la danza a su manera.

Para Gonzalo Tejera, “bailar es comunicación”. “Siento que bailar es la historia de tu cuerpo, de tu vida entera, de cómo fuiste criado, qué pensás, qué sentís, qué experiencias has tenido. Todo se traduce en ese lenguaje no verbal que es bailar. Es comunicar lo que pensás del mundo por medio de un lenguaje que vos decidiste tener”, señala.

Desde una disciplina tan diferente al hip hop como el tango, el pensamiento de Rodrigo Fleitas es similar: “La danza para mí es la historia de los cuerpos. Lo que me lleva a considerar eso es que la danza es una construcción que sucede a partir de las historias de individuos y sus cuerpos, y eso está muy influenciado con las historias de cada individualidad”. Sara Olivera dice que le cuesta resumirlo en pocas palabras. “No soy muy buena expresándome con palabras, pero lo que no puedo expresar con palabras lo puedo expresar con el cuerpo”, aclara. De todas formas, cree que la danza es “un código” y “una forma de vivir”. Y en tango, específicamente, “es historia”, una manera de perpetuar una genuina expresión cultural del país.

Para Jesica Schapira, bailarina de danza contemporánea, bailar es “hacer el amor con el universo”. “Es un placer y una necesidad expresiva, de decir, de comunicar y de ser. Es un acto de intimidad, de placer y de apertura con la vida, con el universo. Eso es lo que siento al bailar”, expresa.

Jesica Schapira

Jesica Schapira

Además de ser el propietario de Mikado, Matías Tchomikian es bailarín de danza contemporánea egresado de la División de Ballet de la Escuela Nacional de Danza. Para él, bailar es “un lugar seguro, de sanación”. “Cualquier problemática, a diferencia de otros ambientes, puede ser tratada y sanada ahí, y esa seguridad y sentido de comunidad es un espacio de sanación, liberación total y disfrute”, detalla.

Lo que lleva a Acaoã a elegir el ballet por sobre todas las danzas es la “búsqueda del ideal”, pese a que asegura que no existe. “Todo bailarín clásico tiene una relación de amor-odio. El ballet es una danza para pocos, porque es muy exigente, requiere que tengas condiciones físicas y estéticas, porque es muy estético el ballet. Pero lo que más me gusta es el desafío. Creo que nunca va a ser perfecto, y a mí me parece divertido apuntar hacia lo ideal, lo perfecto. A veces estás un poco más cerca, a veces no, pero ese juego diario me gusta”, manifiesta.

Todos esos sentimientos son el motor que los impulsa cada día a elegir la danza como una forma de vida y de sustento.

Acaoã Teóphilo

Acaoã Teóphilo

Forma de vivir. En Uruguay está lleno de bailarines, esos que podrían hacer brillar los ojos de cualquier espectador. Sin embargo, la mayoría permanece lejos de los escenarios. En sus divisiones de Tango, Ballet, Folklore y Contemporáneo, la Escuela Nacional de Danza tiene en este momento 380 estudiantes, según datos proporcionados por la directora ejecutiva de las Escuelas de Formación Artística del Sodre, Natalia Sobrera. Y egresan entre 50 y 60.

La carrera de Ballet, de ocho años, es la más antigua y la que año a año tiene la demanda más alta de inscripciones. Y al egresar, casi todos aspiran a formar parte del Ballet Nacional del Sodre. Sin embargo, en las audiciones anuales se generan cupos para un mínimo porcentaje. El resto, con sus ocho años de carrera bajo el brazo y talento de sobra, tiene que buscar alternativas.

Con las demás disciplinas sucede algo parecido, salvo una diferencia: no existe una compañía de tango, ni de contemporáneo, ni de folklore a nivel nacional. El sueño para quienes egresan de estas carreras, en este caso, es poder vivir de bailar.

Pero el camino más corriente en Uruguay para poder vivir de la danza es la docencia. Es el caso de Tejera, quien empezó a bailar hip hop hace 12 años en su barrio y luego se perfeccionó en diferentes academias. Hoy da clases en la Escuela de Baile Eliseo Álvarez, donde también ha trabajado el bailarín urbano Emir Abdul, un referente en el ambiente, que (con 4,5 millones de seguidores en Instagram) hace carrera en Buenos Aires y Miami. De hecho, gracias a redes como Tik Tok e Instagram, la danza urbana se masificó, opina Tejera. “Es mucho más fácil la conexión directa con las academias, es tremenda accesibilidad”. Las escuelas tienen cada vez más alumnos niños, adolescentes y adultos que incursionan en disciplinas como el hip hop. Sin embargo, Tejera también opina que las redes son un arma de doble filo, ya que pueden generar una dependencia en los bailarines, y existe el riesgo de que se conviertan en “una máquina de producir coreografías todos los días”. “Hay que vivir la danza de forma humana, porque la danza es tan humana como nosotros”, agrega.

A la hora de bailar, la cantidad de trabajo depende de lo que cada uno quiera hacer y de la demanda. “Para el ámbito urbano no hay tanto mercado para bailarines que quieran dedicarse a bailar, como compañías de danza, en eventos, en shows. Sí creo que se puede por el lado de la docencia. Yo no tuve problema en cuanto al hecho de querer dedicarme a dar clases, me gusta mucho”, apunta Tejera.

Gonzalo Tejera

Gonzalo Tejera

Pasa lo mismo con todas las demás disciplinas. Fleitas también es profesor. Enseña en la Escuela Nacional de Formación Artística, lo que lo lleva a tener estabilidad laboral. Por fuera, también da clases grupales. “Es bastante difícil poder vivir de la danza en Uruguay, porque el mercado es chico. Quizá en otras partes del mundo habría más posibilidades”, relata. Las dudas sobre la posibilidad de vivir del tango incluso lo llevaron a estudiar y terminar una carrera de Administración en Estados Unidos. “No me hacía feliz, y ahí decidí apostar por lo que amo hacer. No me arrepiento, porque ahí empezaron a suceder cosas muy lindas”, cuenta.

Rodrigo Fleitas y Sara Olivera

Rodrigo Fleitas y Sara Olivera

Con el tango sucede algo bastante peculiar: suele ser más valorado en el resto del mundo que en su propia cuna. Sobre eso habla Olivera: “Muchos de los bailarines optan por viajar al exterior, vivir de los festivales y hacer workshops, es impresionante cómo valoran el tango en países como China o Rusia, tienen una devoción, y está bueno apostar a eso en Uruguay”, subraya. La bailarina, que estudió Comunicación hasta que eligió volcarse a la danza, egresó de la División de Folklore de la Escuela Nacional de Danza, da clases particulares y también en colegios y escuelas como Ventarrón, del reconocido tanguero Chenkuo Che. Y espera que en Uruguay se desarrollen más espacios para también poder vivir de bailar.

Antes de ser bailarín y mucho antes de fundar Mikado, Tchomikian estudiaba Ingeniería Electrónica. Cursaba el cuarto año cuando se anotó —casi en secreto— en la Escuela Nacional de Danza. No se arrepiente, pero asegura que “ser bailarín en Uruguay es complicado”. “Las generaciones que hemos egresado de carreras artísticas en formaciones oficiales nos hemos encontrado con un mercado al que le faltaban muchas cosas”. Con el objetivo de generar un espacio que brindara tanto oportunidades formativas como expositivas y creativas, hace dos años decidió fundar el estudio de danza. “Como intérprete o creador es más difícil encontrar lugares en los que poder coreografiar, dirigir, conseguir espacios para investigar. El leitmotiv de Mikado es ese”. Entiende, no obstante, que dirigir un espacio tampoco es para cualquiera. Requiere, en primer lugar, financiación; luego, conocimientos de gestión y administración. De todas formas, entrar al mundo de la danza fue su mejor decisión: “Cuando empecé a bailar, entendí lo valioso que es disfrutar de lo que hacés, cuán real es eso. Y cuando hacés algo que realmente te gusta, las cosas llegan solas”.

Schapira es argentina y también es bailarina de danza contemporánea. Vive hace 11 años en Uruguay, país al que llegó de la mano de un contrato con el Ballet Nacional del Sodre. “Tenía muchas ganas de bailar en una compañía y bailar el tipo de cosas que hacen las compañías clásicas. Y ahí me empecé a preparar para entrar. Fue así que llegué a Uruguay, y entré (al BNS) con toda esa información y ese bagaje de contemporáneo y ganas de bailar contemporáneo”. Formó parte de la compañía durante tres años, pero nunca dejó Uruguay. En ese tiempo, vivió la evolución de la danza contemporánea. “Creo que hay muchísimo potencial, y material. Desde que llegué me sorprendí de toda la fuerza que tiene y los artistas increíbles”, plantea. De todos modos, también nota que la danza contemporánea “está bastante aislada del común de la gente”. “Todavía en el mundo de la danza la veo muy dividida de lo que es el ballet, y eso me preocupa muchísimo. Me parece que una debería enriquecerse de la otra”. Además, le gustaría que estuviera “más cerca de la gente”, como pasó con el ballet desde la llegada de Julio Bocca. De todas maneras, cree que está floreciendo, y cada vez más. Uno de sus deseos es que exista una compañía de danza contemporánea, ya que hasta el momento los bailarines tienen que generar sus proyectos “a pulmón”. “Puede haber proyectos hermosísimos pero por lo general ponemos mucho dinero, porque nos apasionan. Pero es una necesidad que tiene la danza contemporánea, que va de la mano de acercarla a la gente”, expresa.

Mientras, desde las Escuelas de Formación Artística del Sodre se apunta a la profesionalización, resume Sobrera. Un gran paso que se dio este año fue la posibilidad de otorgar títulos terciarios a los egresados. Para acompañarlo, la institución busca generar una visión “integral” y agregar carreras relacionadas con la gestión y producción. El objetivo es que los estudiantes tengan la posibilidad de ser independientes, producir sus propias piezas y tener espacios donde presentarlas y ejercer como intérpretes de la danza. Otro punto que se tiene en cuenta en las carreras es la preparación del alumno para su retiro como intérprete. “También hay que pensar en ese campo laboral qué sucede cuando ya no puede bailar profesionalmente o sucede una lesión”, acota. En las escuelas también se planea elaborar programas de formación docente dentro de cada disciplina. “Ya está el IPA, que tiene algunas generaciones, pero nosotros queremos el perfil docente de cada una de las disciplinas que nosotros enseñamos, para formar bailarines”, indica.

Más razones para bailar

Según un equipo de científicos de la Escuela de Medicina Albert Einstein de Nueva York, el ejercicio aeróbico de bailar puede revertir la pérdida de volumen del hipocampo, una estructura clave para la memoria. Compararon el baile con otras actividades mentales como leer, hacer crucigramas y otras actividades físicas como practicar un deporte o andar en bicicleta, y demostraron que tanto el esfuerzo físico como mental que requiere el baile, ayudan a aumentar la memoria y reducen el riesgo de padecer demencia. En conclusión: en el largo plazo, bailar protege el cerebro.

Del goce al arte

Que el baile se haya convertido en un arte también tiene sus raíces históricas. La historia de la danza es larga y estudiarla lleva años. Sin embargo, sobresale en su línea de tiempo que los griegos fueran los primeros en reconocerla como arte. La danza era un elemento esencial de la tragedia griega y hasta le dedicaron una musa en su mitología: Terpsícore, la diosa de la danza. El año 1661 es el que marca el antes y el después, cuando Luis XIV de Francia —a quien le apasionaba bailar— autorizó la primera Real Academia de Danza y, con ello, la profesionalizó y reguló como arte.

Fotos: Adrián Echeverriaga

Producción: Sofía Miranda Montero

Maquillaje y pelo: Paula Melgar @paumelgar.maquillaje

Puesta en escena: Julio Minetti

Locación: Mikado, estudio de arte y movimiento

Agradecemos a H&M, Renner y Rotunda por su colaboración en esta producción.