Gastronomía
Tierra de viñas, montes y piedra

La bodega Cerro Chapeu invita a recorrer el norte del país

Entre minas de amatistas y sierras.

24.10.2019 23:59

Lectura: 7'

2019-10-24T23:59:00
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Marcela Baruch Mangino

La historia de la familia Carrau en Sudamérica siempre estuvo dividida entre Uruguay y Brasil. Primero desembarcaron en Canelones, después ampliaron su apuesta en Caxias do Sul (donde tuvieron una sociedad con inversionistas extranjeros), y finalmente se asentaron en Rivera con una segunda bodega ubicada en el cerro Chapeu. De este terruño nacen vinos como los clásicos Castel Pujol, el 1752, el espumoso Sust, Ysern, y un tannat de alta gama que desde fines de los años 90 ya arrancaba suspiros, hoy etiquetado como Batoví Tannat T1.

En esa región, al norte de Uruguay, donde las calles se hacen empinadas y el paisaje suavemente ondulado se vuelve más accidentado, se encuentran cerros de más de 300 metros, de punta chata, a los que por su forma se les llama sombrero. Sobre este cerro Chapeu (sombrero) se levantó la bodega de la familia Carrau hace poco más de dos décadas, zigzagueando los mojones fronterizos con Brasil.

Si bien la familia compró esas tierras en 1975, que hoy suman unas 400 hectáreas (que combinan 40 hectáreas para viñedos y el resto es de explotación agropecuaria), la bodega se construyó 20 años después, en 1998. Hace tres años, los cinco hermanos Carrau decidieron dividir la empresa, por lo que Bodegas Carrau quedó en Canelones, y los viñedos del norte pasaron a manos de Margarita (directora de enoturismo), Francisco (asesor técnico) y Gabriela (accionista). Juntos, elaboran vinos con la etiqueta Cerro Chapeu. El camino quedó abierto hoy para las nuevas generaciones, Pía Carrau -hija de Francisco- oficia de gerenta general y su primo Piero, que vive en Bento Gonçálvez (Río Grande) -hijo de Gabriela-, es el consultor financiero y brand ambassador en Brasil.

Durante años la familia unida buscó estas tierras por su suelo de arenisca con buen drenaje y bajos niveles nutritivos, lo que genera un menor rendimiento de uva. Además, la altura de 300 metros propicia una mayor amplitud térmica (diferencia de temperatura entre el día y la noche), pues cada 100 metros baja un grado. En aquel momento, según documentan los Carrau en el libro In vino veritas, publicado en 2012, no había viñedos en el departamento. Después surgió otro emprendimiento familiar, la bodega 636, que continúa en producción.
En el libro, Francisco Carrau comenta: "Plantamos las parcelas en lugares muy específicos en las laderas para obtener el mejor sol y ventilación para cada variedad. Puede haber una diferencia de hasta un mes en la recolección de la uva, de acuerdo con distintas inclinaciones. Para romper el viento sur se plantaron barreras de pinos y álamos. Las variedades elegidas fueron chardonnay, sauvignon blanc, cabernet sauvignon, merlot, pinot noir y tannat".

En la actualidad tienen plantado, además, trebbiano, muscat, cabernet franc y arinarnoa. De las plantas elegidas, la tannat es la que mejor se adaptó al terruño norteño. Allí se encuentran ejemplares que se importaron de Francia, y también afirman que hay otros trasplantados, de 130 años de edad, traídos por Pascual Harriague a fines de 1800. Estos viñedos forman parte de las búsquedas de Francisco Carrau, un doctor en Enología que ha dedicado su carrera a la investigación, tanto de la genética del tannat como de las levaduras nativas -propias del viñedo. Su vínculo con el estudio de estos microorganismos lo ha llevado a elaborar varios de sus vinos con estas levaduras, distintas a las producidas en laboratorios, que influyen en el sabor de los vinos. Además, ha logrado sintetizarlas por primera vez para su posible venta y exportación.
Después de este trabajo en el campo, de plantar las primeras vides, llegó la bodega. Esta también fue pionera en Sudamérica en ser construida para que el proceso de vinificación se viera ayudado por la gravedad, en vez de sistemas de bombeo. De forma octogonal, esta edificación fue diseñada para que todo pudiera controlarse desde una única oficina vidriada ubicada en el centro de la estructura, que también oficia de laboratorio. "Fue la bodega más moderna del continente, se construyó incluso antes de la mítica Opus One en California", cuenta Margarita Carrau en sus recorridos por la bodega. A la visita agregó recientemente un museo, dispuesto alrededor de la sala de barricas, en el subsuelo, en el que se exponen y venden vinos tan antiguos como un tannat 1979.

La fábrica de vinos de los Carrau en Rivera fue diseñada para fundirse con el paisaje. En In vino veritas la definen como una estructura de techo de tejas color verde suave y paredes de piedra. En el primer piso entra y se procesa la uva, y el mosto-vino se lleva a tanques refrigerados donde fermenta, para después, hecho vino, pasar a las barricas del subsuelo.

En el mismo predio, en la cima de la siguiente colina, está la casa de invitados, construida a la vieja usanza, en torno a un patio interior cuadrangular, con una amplia galería y una piscina. La vista al valle, a las viñas y bosques de pinos y álamos, quita el aliento con sol o con lluvia. Adentro, algunas habitaciones están destinadas a la familia, otras son oficinas, hay un gran comedor con estufa de leña, y escondida en la cocina, una cava familiar con las etiquetas más queridas.

En 2005, además, sumaron un viñedo frente a Cerro Chapeu con otras 60 hectáreas del lado brasileño, en Santana do Livramento, donde plantaron las variedades que eligieron sus ancestros al llegar a Uruguay: tannat y teroldego de Italia, entre otras. A este emprendimiento le sumaron una bodega en 2012, construida de la misma forma, por gravedad, pero en forma hexagonal. Con esta nueva empresa, los Carrau retoman el ideal familiar de conquistar el mercado brasileño desde adentro, con vinos propios, de la frontera.
Esta zona del país vecino se encuentra en crecimiento; bodegas como la gigante Miolo y más pequeñas como Guatambu han plantado viñedos a sabiendas de la calidad enológica que ofrecen estas tierras, comprobada desde hace 40 años por los Carrau.

 

MÁS QUE VIÑAS, UN PASEO NORTEÑO

Desde 2016, de forma activa, Margarita Carrau gestiona el enoturismo de la bodega, que recibe visitas de viernes a martes, con reserva previa. Del lado brasileño, además, ofrecen salón para eventos privados, como casamientos. Para complementar la visita, en Cerro Chapeu lograron ampliar el recorrido con un tour por la ciudad de Rivera, un safari minero que incluye las minas de ágatas y amatistas en Minas de Corrales, y paseos por el vecino Valle del Lunarejo, entre otros.

Las minas. A 175 km de Cerro Chapeu, atravesando la panorámica Ruta 30, se llega a los túneles de ágatas y amatistas en Artigas. Allí dentro, además de las visitas regulares del Safari Minero, funciona un bar de vinos, construido dentro de la piedra, con orificios para la conservación ideal de los vinos a 18ºC, y una gran barra realizada con una pieza de cuarzo.

Por otro lado, en la ciudad de Artigas se puede visitar el taller donde se pulen las piedras que después se venden, en su mayoría para la exportación.

Para alojarse, las opciones son varias. La Posada del Lunarejo es una de las casas preferidas de la zona, aunque también se suman el Hotel Casino de Artigas, el Hotel Artigas en Minas de Corrales y la Hostería La Bordona.

Respecto a la oferta gastronómica, al asado dentro de los túneles de amatistas y almuerzos con cata de vinos en Cerro Chapeu, se suman en la ciudad de Tranqueras uno de los chivitos más aplaudidos del país, en la Lancheria Yober (Juan Antonio Lavalleja 634), acompañados por las tortas y dulces de Isa (Delapiane y Rivera).
En la ciudad de Rivera, dentro de la oferta se destaca, por su parte, Galpón Parrillada, donde Olga Ortiz y su familia reciben a los clientes micrófono en mano, con un show en vivo de amplio repertorio.

www.turismominero.com.uy/ ?info@turismominero.com.uy
Frontera aventura turismo. ?Ciudad de Rivera. Tel. 098 571368