Cultura
El espíritu de los Años Locos

La Orquesta de las Mil Melodías: un sueño musical que llega al Teatro Solís

Recreando el ambiente de la década de 1920, esta banda va en busca un público que le siga el juego

18.02.2022 07:00

Lectura: 7'

2022-02-18T07:00:00
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Por Leonel García

No, no está hablando la persona que se supone que debería estar hablando. El músico, compositor y docente que responde al nombre de Andrés Lazaroff (36), hijo del recordado Jorge Choncho Lazaroff, no es el interlocutor al otro lado de la línea. Es más, no existe; no, no insista, no existe. Quien sí existe es Djinnluc Drago, un enigmático ser de origen difuso, que responde en un español neutro y engolado, dueño de una sensibilidad exquisita, y que es el ideólogo y alma mater de la Orquesta de las Mil Melodías. Y como más allá de la música el otro pilar en esta historia es el juego, entonces habrá que jugar.

“Nosotros, en la orquesta, siempre manejamos la idea de que funcionamos como una máquina del tiempo y que viajamos gracias a la fantasía”, dice quien no responde al nombre de Andrés y sí al de Djinnluc. La Orquesta de las Mil Melodías, nacida en 2019 fruto de su inspiración o de vaya a saber qué extraño proceso mental o ambiental, está compuesta por 33 músicos, incluyendo al pianista Wolfgang Morrintsen, al trompetista Donato Estivo o Mabelita de los Vientos o a cantantes como Tristán, Eva Castello o Andreas Strömm. Así quieren ser presentados.

La parafernalia musical incluye cinco cantantes, presentador, tres trompetistas, dos trombonistas y dos pianos simultáneos. Si las big band surgidas a fines de los locos años 20 del siglo pasado, en Nueva Orleans y Nueva York, se basaban en ritmo y vientos, acá se le están sumando cuerdas. La alusión a esa época es cualquier cosa menos casual: las Mil Melodías incluyen swing, jazz, rumba, foxtrot y charleston. “Cada una de las personas que nos ve entra en un túnel del tiempo”.

No es un espectáculo meramente musical: hay mucho de performático en sus actuaciones, con una puesta en escena muy teatral. El vestuario, que parece sacado de algún garito clandestino durante la ley seca, suma y mucho. Y los músicos —todos parapetados detrás de antifaces— animan a que los asistentes también vayan a verlos vestidos como si estuvieran embebidos del ambiente de la belle époque: con medias de red y peinados a lo garçon ellas, con chalecos y sombreros de gacho ellos. Sin cigarrillos de boquilla ni nada para fumar en sala, claro, porque se supone que un siglo no pasa en vano. El ambiente está oscuro, festivo e intimista a la vez. Haciendo un esfuerzo se pueden llegar a escuchar el tintineo de las copas y las risas cómplices, no siempre disimuladas. Así como los músicos no son solo músicos, los espectadores no son meros espectadores; hay carteles que les indican cuándo reír, cuándo aplaudir y cuándo contribuir al ruido de bar. A tanto llega el espíritu lúdico y onírico, que a veces parecería que el ambiente festivo puede ser interrumpido por una Thompson 1928. Por suerte, de aquel Chicago solo viene lo bueno.

Jugando y todo, la Orquesta de las Mil Melodías ha llegado lejos. Este sábado 19 se presentará en el Teatro Solís, a las 21 horas. Su actuación será transmitida por Radio Carve, como si fuera en la fonoplatea que toda empresa de broadcasting que se precie debe tener. Y a la entrada, en el foyer, se presentará la muestra fotográfica El túnel del tiempo, a cargo de Andrea Silvera.

Llegando lejos. Los aires en el extranjero le hacen bien a Andrés Lazaroff, en el hipotético caso de que este existiera. Fue en Córdoba, Argentina, que se encontró con la idea de El Cuarteto del Amor, se juntó con otros tres que se colgaron con la propuesta, y se fueron por las calles de Montevideo vestidos de dandis a regalar su romanticismo de los años 30, con boleros reconocibles y creaciones propias como Melón, melocotón.

Ahora la visión de una orquesta gloriosa, con antifaces, presentadores, músicos y acting? lo sorprendió en Europa; algunos precisan que fue en Praga, República Checa, pero ni el señor Lazaroff ni el señor Drago están con ánimos de confirmar eso. “La idea apareció cual epifanía”, dice teatralizando el tono de una manera que le daría envidia a un parodista de la guardia vieja. “Directamente lo vi, vestidos, escuchándolos, como una visión. Y por eso que la orquesta continúa desde ese misterio. No sabés de dónde aparecen las ideas, pero aparecen”.

Sí hay una especie de fecha fundacional: el 17 de diciembre de 2019. “Convocamos a un gran cóctel razzmatazz, una fiesta, en un ballroom escondido de la ciudad. La gente entraba con contraseña. Y nos divertimos toda la noche”. De ese evento salió buena parte del material audiovisual que hoy se puede apreciar en YouTube. La primera actuación propiamente dicha fue en enero de 2020, en Sauce de Portezuelo, Punta del Este. Y luego la pandemia paró todo, incluso la magia y el juego. Pero todo lo malo también termina.

Al principio eran apenas 25 los músicos, un núcleo duro que se ha mantenido y aumentado. Han tocado en la Sala Verdi y en la Sala del Museo, en Punta del Este y en el Jazz a la Calle de Mercedes. “Hemos tenido muy pocas variaciones de integrantes y somos todos de por aquí”, dice el director, dejando a libre interpretación del público la extensión del “por aquí”. También han tenido presentaciones privadas, metiéndose los 33 músicos, sus instrumentos, su vestuario y su parafernalia en el espacio que sea. Magia, que le dicen.

Donde estén, asegura Djinnluc, la atmósfera se traslada a la Nueva York, el París o La Habana de entreguerras, cuando se vivía como si no hubiera un mañana, porque efectivamente eso era lo que pasaba. De hecho, alguien que sobrevuela la mente del director de la orquesta afirma que sugerir algo de jazz posterior a los años 50 —por dar dos nombres, Bill Evans o Miles Davis— significaría de forma casi automática la eyección del grupo. La idea es bailar, divertirse, compartir con la audiencia y no dejarla abrumada con el virtuosismo del solista. “La gran mayoría de nuestro repertorio consiste en composiciones propias pero también hacemos canciones de Duke Ellington, Glenn Miller o los Lecouna Cuban Boys. Las composiciones y los arreglos los hacemos el trombonista Nihilis Silvestri y yo”.

Algo que lo enorgullece es que, sin que sea un requisito sine qua non, el público asiste vestido a tono de lo que ve en escena. “No es que haya un código o algo parecido; simplemente, le recomendamos a la gente que para vivir una experiencia 100% inmersiva se vista como los años 20, así lo disfruta 100% más. Cuando uno se viste dignifica lo que va a hacer y lo que va a ver. Y también lo recomendamos para la presentación en el Solís”.

Muy cuidadosos de su presencia personal y profesional, está prohibida la difusión de imágenes, podría decirse, menos mundanas de los integrantes de la Orquesta de las Mil Melodías. Esto es: nada de aparecer fumando, tomando mate, en chancletas o alpargatas o en un jean de esos agujereados y cero glamorosos. Como si fueran los Kiss de los Años Locos, que también escondían sus rostros y —aunque con menos éxito— sus nombres bajo seudónimos (Starchild, The Demon, The Catman, Space Ace). A Djinnluc no le gusta mucho esa comparación; a Lazaroff, tampoco.

Como sea, este sueño musical, este juego, tendrá este sábado su momento culminante… o al menos culminante hasta ahora. “¿Qué vendrá luego? El Ópera de París, ¡el cielo es el límite! Si con un año de real actividad ya estamos en el Solís, tenemos toda la fe para llegar adonde sea”. Jugando, soñando, hay que creerles de todas formas.