Personajes
Gloria y tormento en la NBA

Jerry Krause: el malo más bueno de la película de los Chicago Bulls

Toda historia tiene héroes y villanos. En la serie documental El último baile, Jerry Krause es ambos: tanto armó al mejor equipo de la historia de la NBA como lo desmanteló

10.05.2020 06:00

Lectura: 16'

2020-05-10T06:00:00
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Por Leonel García

El 11 de setiembre de 2009 Michael Jordan, Air, era incluido en el Salón de la Fama del Básquetbol en Estados Unidos. En la ceremonia, el mayor astro de la historia de la National Basketball Association (NBA) recibía emocionado el homenaje de excompañeros, exrivales, entrenadores y directivos. Había un notorio ausente: Jerry Krause.

Jerry Krause, un hombre bajito, desaliñado y obeso, había boicoteado la ceremonia en respaldo al exentrenador Tex Winter, a su criterio un olvidado del Salón. Jordan y Krause, cada uno en su tarea, llevaron a los Chicago Bulls a convertirse en una de las mayores dinastías de la historia de la NBA al ganar seis títulos (1991, 1992, 1993, 1996, 1997 y 1998): Jordan desde la cancha y Krause desde fuera de ella. Es que este hombre nacido en 1939 y apodado Crumbs (Migas), fue el gerente general de la franquicia entre 1985 y 2003; muchas de sus decisiones, sobre contrataciones, desvinculaciones y ascensos, tuvieron que ver con el éxito de un equipo que hasta su llegada era del montón. Y no se querían nada.

"No sé quién lo invitó... yo no fui", dijo Jordan en su discurso en referencia a la ausencia de Krause, con la misma sonrisa publicitaria que le hizo facturar millones a lo largo de toda su carrera, motivando las risas de los presentes. Y luego siguió con lo que tenía atragantado por 12 años: "Él dijo que ‘las organizaciones ganan los campeonatos'. Yo digo que no ha visto organizaciones jugando con gripe en Utah, no he visto organizaciones jugando con un tobillo lesionado". Estas afirmaciones fueron recompensadas por aplausos de sus colegas. "No intenten poner a las organizaciones por encima de los jugadores".

En estos días, hasta quienes no gustan del básquetbol están hechizados con la serie documental El último baile (The Last Dance), basada en la temporada 1997-98 de la NBA, donde los Chicago Bulls consiguieron su sexto y último anillo de campeón. La serie muestra las hazañas de un equipo dinástico, con un protagonista central -Jordan- y varios héroes como Scottie Pippen, Dennis Rodman y el entrenador Phil Jackson. Pero toda serie necesita un villano y Jerry Krause encaja en ese rol a la perfección.

Antes de comenzar ese año, el gerente general había causado un tembladeral al declarar a la prensa: "Los jugadores y entrenadores no ganan campeonatos; las organizaciones ganan campeonatos". En la NBA los equipos son franquicias -no sociedades civiles- y tienen un funcionamiento de organización empresarial. Aunque Krause luego aclararía que había sido mal citado y que en realidad había dicho que los deportistas y técnicos no ganan los campeonatos "solos" y que hacía falta un esfuerzo mancomunado entre todas las partes, el daño ya estaba hecho. Esa iba a ser la última temporada de Jackson y de Jordan en los Bulls, de ahí el nombre de la serie, sugerido por el propio entrenador.

Todo el argumento de El último baile -de la que Netflix sube dos capítulos todos los lunes- gira en torno al alejamiento y las tensiones entre los jugadores, el entrenador y Krause, quien ha sido señalado tanto como el hacedor como el destructor de ese equipo, cuando aún tenía mucho para dar.

El ojo mágico. Este hombre que parece que da gusto odiar desde que Netflix subió los primeros dos de sus 10 capítulos el lunes 20 de abril, en realidad ya no está en este plano. Jerome Krause murió el 21 de marzo de 2017 en Chicago, la misma ciudad en la que había nacido el 6 de abril de 1939. La web oficial de la NBA dice que jugó béisbol en sus años de liceo y asistió a la Universidad de Bradley, a 267 kilómetros de su ciudad natal. Físicamente poco apto para el deporte, se ligó a él desde afuera de las canchas. Diego Morini, periodista argentino especializado en básquetbol, publicó en el diario La Nación el 27 de abril pasado que sus inicios fueron en 1961 como "chico de los mandados", el criollo "che pibe", de los Chicago Cubs, un equipo de béisbol. Ganaba 65 dólares a la semana, aseguraba la nota.

Pero pronto se hizo fama como cazador de talentos. De la misma forma que hay "ojeadores" de Peñarol, Nacional y los clubes profesionales buscando potenciales cracks en jugadores juveniles del interior de Uruguay o en las canchas del baby, lo mismo hay de las franquicias de la NBA en los torneos universitarios o de los institutos. El primer gol atribuido a Krause, por entonces colaborador de los Baltimore Bullets, es haber detectado a Earl Monroe, quien luego brillaría durante 13 temporadas. Siguió haciendo lo mismo para otros equipos como Los Angeles Lakers, Philadelphia 76ers o los Phoenix Suns. Eran épocas de multiempleo: amante del béisbol, cumplía la misma tarea para instituciones de Cleveland, Oakland, Seattle y los reconocidos White Sox de Chicago.

Eficiente y trabajador, convencido de que de sus decisiones dependía que una marca -así se consideran los equipos profesionales en Estados Unidos- sea ganadora o perdedora, su gran oportunidad llegó el 26 de marzo de 1985. Ese día, el flamante dueño de los Chicago Bulls, Jerry Reinsdorf, también propietario de los White Sox, lo designó gerente general de esa franquicia de la NBA con la misión titánica de llevarla a la cima.

Conviene poner las cosas en contexto: hoy Chicago Bulls es sinónimo del mejor básquetbol de la historia gracias a las hazañas de Jordan y compañía, pero para 1985 era un equipo de mitad de tabla para abajo. No era un abonado al descenso sencillamente porque en la NBA los equipos no descienden (o se mudan de ciudad o desaparecen), pero en las 19 temporadas anteriores a la llegada de Krause solo había alcanzado dos veces las finales de su Conferencia, el último paso previo a las finales propiamente dichas de la NBA, navegando en la intrascendencia los años restantes. Haciendo un paralelismo con el fútbol uruguayo, en la década de 1980 los Boston Celtics serían Peñarol (o Nacional), Los Angeles Lakers serían Nacional (o Peñarol), y los Bulls serían Fénix (o Racing). Michael Jordan, que por entonces tenía 22 años, ya estaba en el club, donde había llegado durante el draft (sistema de incorporación de jugadores jóvenes en el cual las mejores promesas van a los peores equipos, para que la competencia sea más pareja) de 1984. A Krause no corresponde atribuirle ese logro -además, solo un ciego no veía a Jordan- pero sí casi todos los posteriores.

Consecutivamente despidió a dos entrenadores, Kevin Loughery y Stan Albeck, hasta dar con Doug Collins. Este, que dirigiría a los Bulls en 1986/87, 1987/88 y 1988/89, comenzaría a hacer de Jordan una superestrella, promoviendo que todo el juego del equipo pasara por él, aunque los anillos de la NBA seguían siendo una meta inalcanzable. Krause observaba y analizaba: de poco servía tener un goleador empedernido si el equipo no ganaba, por lo que comenzó a rodear mejor a MJ. Así, fue adquiriendo a jugadores de la talla de John Paxson (1985), Horace Grant y Scottie Pippen (ambos en 1987).

Por este último -fruto de un enroque de último momento con los Seattle Supersonics- nadie daba un peso y terminó siendo el principal lugarteniente de Jordan. También terminaría siendo uno de los jugadores más enconadamente enfrentados a Krause. Pero por entonces, estas acciones les valieron a los Bulls su mejor temporada en 14 años -llegando a semifinales de Conferencia- y a su gerente general el premio de Ejecutivo del Año de la NBA en 1988 (distinción que repetiría en 1996, con la franquicia ya en la cima del mundo).

Ya en un temprano 1988 tendría un enfrentamiento con Air Jordan. Ese año, Krause decidió que los Bulls se desprenderían de Charles Oakley. Este no solo era un corpulento ala-pivote al que se le atribuye haberle puesto a Krause el mote de Crumbs, ya que su pasión por las donas le hacía tener su camisa llena de migas; también era el mejor amigo y el principal protector en las canchas de la estrella del equipo (MJ, obvio), muy frecuentemente víctima del juego rudo de los rivales. A Jordan no le gustó nada este traspaso y tardó mucho en aceptar a su reemplazo, el más veterano Bill Cartwright. Este a la larga también sería clave en los primeros logros de los Bulls, lo que demostraría de nuevo el gran ojo de Krause.

Pero su gran jugada fue ascender a Phil Jackson de ayudante de entrenador a entrenador principal (head coach) para la temporada 1989/90, tras despedir a Doug Collins, que insistía en que los Bulls tenían que ser Jordan y un grupo de ciudadanos que lo rodearan de forma más o menos convincente, más que un equipo propiamente dicho. El vínculo entre Krause y Jackson había comenzado cuando el todavía reclutador de los Bullets recomendó -sin éxito- al entonces jugador para el equipo de Baltimore en 1967. Sin ser una estrella, Jackson integró los equipos campeones de New York Knicks en 1970 y 1973, y ya mostraba interesantes facetas como estratega -El último baile lo muestra en toda su plenitud-. Pero el gerente general, que seguía en contacto con él y finalmente lo había contratado en 1986 para que colaborara con los Bulls, quería que le insuflara a su franquicia el espíritu ganador que aún no tenía.

La difícil interna de la gloria. El resto es historia. En la primera temporada con Jackson al frente, los Detroit Pistons (siguiendo la analogía con el fútbol uruguayo, algo así como el áspero Defensor de 1976), conocidos como los Bad Boys (los chicos malos) por su juego rudo, los frenaron en su búsqueda por el anillo. Pero ya en la segunda Jordan dejó de ser el-mejor-jugador-pero-incapaz-de-salir-campeón y los Bulls perdieron su virginidad en títulos, logrando tres conquistas al hilo en las temporadas 1990/91, 1991/92 y 1992/93. Había que remontarse a los años 60 para encontrar una hegemonía tal en la NBA. Air era la mayor estrella, sí; pero lo rodeaban los fulgores de Pippen, Grant, Paxon, Cartwright y otros valores como Stacey Pick y B.J. Armstrong, dirigidos por Jackson. La mano y el ojo de Krause se notaban.

Pero con la gloria se potencian los egos y la codicia. El gerente general no era un hombre dispuesto a concederles todo los caprichos y exigencias a los jugadores. Luego del tricampeonato, en 1993, ocurrió el primero de los retiros de Michael Jordan, parte por sentirse sin motivación, parte por las presiones de estar siempre en el centro de las miradas, parte por el dolor por el reciente homicidio de su padre. La estrella del equipo pasó a ser Pippen. Sin embargo, Krause se sacaba por entonces un gusto y enrolaba para los Bulls al croata Toni Kukoc, una estrella en el básquetbol europeo con la que estaba obsesionado, finalista con su selección en los Juegos Olímpicos de Barcelona 1992, pero casi un absoluto desconocido en la NBA (y se sabe el desinterés que los estadounidenses tienen hacia todo lo ajeno). Croacia había sido el único equipo que no había pasado vergüenza ante el dream team de Estados Unidos en Barcelona, pero eso no alcanzaba. Para peor, Kukoc -quien había sido elegido en el draft de 1990, aunque demoró tres años en llegar a Chicago- llegaba a los Bulls a ganar un salario considerablemente más abultado que el de Pippen, que no tenía que demostrarle nada a nadie.

En ese sentido, El último baile es reveladora: Pippen, con lo inmenso que era, segundo de los Bulls en idolatría e importancia, era apenas el sexto jugador mejor pago del equipo (siendo titular más que indiscutible) y su contrato no estaba siquiera en el top 100 de la NBA. La serie muestra cómo Pippen dedicaba bromas e insultos hacia Krause en la previa a cada partido, en el propio ómnibus que llevaba a los Bulls a los estadios. Y respecto a Kukoc, el encarnizamiento con que Pippen y Jordan enfrentaron en Barcelona a quien ya se sabía que sería su futuro compañero, da la idea de que le estaban haciendo pagar el pato por la devoción que le profesaba Krause.

En la ausencia de Jordan, el equipo se resintió. Los títulos no volvieron hasta la temporada 1995/96, ya con el regreso de Air tras pasar sin pena ni gloria por el béisbol. Krause aun así hizo incorporaciones que luego se verían interesantes, como las de Steve Kerr, el australiano Luc Longley, Ron Harper y -sobre todo- Dennis Rodman. Este último fue significativo, ya que en la serie es a la vez héroe y villano (como Krause). Quien quizá sea el tipo más excéntrico que alguna vez jugó en la NBA, pasó de ser odiado por haber sido parte de los Bad Boys de los Detroit Pistons a ser idolatrado por aportarles a los Bulls la cuota de garra, sacrificio y entrega que todo equipo necesita.

Durante su ausencia de las canchas, Michael Jordan rodó Space Jam (1996), una película que combina animación con realidad, coprotagonizada con Bugs Bunny, donde lidera a un equipo de básquetbol integrado por los personajes de los Looney Tunes para derrotar a los Monstars, un equipo de monstruos intergalácticos dirigidos por su abusivo jefe, un tiránico, cruel personaje, muy feo de ver llamado Swackhammer. En estos días abundan las teorías que aseguran que la musa que inspiró a Swackhammer no es otra que Krause.

Luego de ganar el quinto título, el del curso 1996/97, para el inicio de la temporada 1997/98 los directivos de los Bulls estaban convencidos de que la dinastía había llegado a su fin y que no había más jugo para sacar. Había que recortar presupuesto y la tarea recayó en Krause, quien soñaba con una renovación con jóvenes valores, como había pasado en los 80 y en los primeros 90, así como prescindir de las vacas sagradas. "Tenemos derecho a defender lo que tenemos hasta que lo perdamos. Si lo perdemos, puedes decir: ‘Bien, cambiemos. Vamos por una renovación'", protestaba Jordan. Pero ni siquiera los reclamos de su mayor estrella tuvieron eco.

De la amistad entre Krause y Jackson solo quedaban jirones, al punto que el entrenador no fue invitado a la boda de la hijastra del manager general. Si por Krause fuera, el bueno de Phil ya se hubiera ido, pero el dueño del equipo, Jerry Reinsdorf, impidió que eso pasara. De cualquier forma, Jackson sabía que esta iba a ser su última temporada en los Bulls aunque -según palabras salidas de la boca del propio gerente general- ganara los 82 partidos de la fase regular. De hecho, fue él quien bautizó como "El último baile" a ese periplo definitivo. Jordan, cuyas burlas a la gordura y baja estatura del gerente general eran otra constante ("¿Esas son píldoras para ser petiso o para hacer dieta?", le dijo durante un entrenamiento al verlo tomar un medicamento; "Jerry, ¿querés hacer unas bandejas con nosotros?, ¿bajamos el aro?", le dijo antes de un partido), anunció que se iba junto con su entrenador. Pippen se operó tarde de una vieja lesión para no estropear sus vacaciones -en venganza a un salario que consideraba escaso- y no regresó al equipo hasta bien entrada la temporada. Pero Krause se mantuvo firme.

Unidos como quizá nunca, contra un enemigo íntimo, los Bulls ganaron su sexto título y su segundo triplete. Para la temporada siguiente, ya no estaban Jordan (se retiró por segunda y penúltima vez; regresaría entre 2001 y 2003 a dar las hurras en los Washington Wizards), Pippen (se fue a Houston Rockets), Rodman (a Los Angeles Lakers), Longley (a Phoenix Suns), Kerr (a San Antonio Spurs, donde salió campeón dos veces más) y el head coach Jackson (se tomó un año sabático, para luego salir cinco veces campeón de nuevo como entrenador de Los Angeles Lakers). Los Bulls de Chicago no volvieron a ganar un título. Recién volvieron a hacer algún ruido en la temporada 2010/11 cuando perdieron las finales de la Conferencia ante Miami Heat.

Ya hacía mucho que Jerry Krause no cortaba ni pinchaba en los Chicago Bulls. "Los rigores y el estrés del trabajo me causaron algunos problemas físicos menores en los últimos años", dijo en un comunicado enviado por los Bulls, según publicó The New York Times el 8 de abril de 2003, en la nota en que se comunicaba su renuncia. En las cinco temporadas que él soñaba como renovación, luego de la última y para él agridulce danza, ganó 96 partidos y perdió 282, sin clasificar jamás a los playoffs.

"¿Quién hizo más?". Jerry Krause, alejado de los reflectores, volvió a su viejo amor: el béisbol. Sus últimos años los pasó explorando nuevos talentos para los New York Yankees, los New York Mets y -de nuevo- los White Sox. Poco se supo de las causas de su muerte, más allá de que padecía un problema en los huesos, algo que nadie confirmó ni desmintió si tenía relación con su talla.

En el mismo año en que dejó de existir, 2017, fue incluido en el Salón de la Fama del Básquetbol, en el mismo lugar donde Jordan había demostrado que seguía sintiendo rencor ocho años atrás.

Claro que la muerte tiene esa extraña capacidad de limar asperezas. "Jerry fue una figura clave en la dinastía de los Bulls y significa mucho para los Bulls, los White Sox y la ciudad de Chicago. Mis condolencias de todo corazón para su esposa, Thelma, y para toda su familia y sus amigos", escribió entonces Michael Jordan. "Hoy es un día triste para los Chicago Bulls y para la NBA. Fue un hombre decidido a crear un equipo ganador en Chicago, su ciudad. Jerry era conocido como el Detective por su secretismo, pero no es ningún secreto que construyó la dinastía en Chicago. Nosotros, que formamos parte de su visión en este empeño, lo recordamos hoy", dijo su examigo Phil Jackson.

Luego de que se emitieran los primeros capítulos de El último baile (los últimos serán subidos a Netflix el 18 de mayo), la voz que sonó, más fuerte y clara que ninguna, para defender a Krause fue la del croata Toni Kukoc, quien justamente por ser una obsesión del gerente general, casi un mimado suyo, sufrió varios desplantes de Jordan y Pippen. "Las personas que no estaban allí están asumiendo y diciendo: ‘Oh, su ego se interpuso en el camino, por eso destruyó la dinastía'. No es que no se aprecie lo que hizo, ¿sino que siempre lo desprecian? Él no está aquí, pero ni siquiera quiero decir que no puede defenderse. No hay nada que defender. Es el gerente general de los seis veces campeones. ¡Nombrame otras cinco personas en el mundo que hayan hecho lo que Krause en cualquier deporte!", le dijo el astro europeo a la cadena NBC.