Estilo de vida
El trabajo más noble del mundo

Historias de uruguayos que son o fueron parte del programa ganador del Nobel de la Paz

Cuatro uruguayos que son o fueron parte del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas, ganador del Premio Nobel de la Paz, hablaron sobre la vocación humanitaria que los impulsó a llevar una vida sacrificada, lejos del país y de sus afectos

23.10.2020 07:00

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2020-10-23T07:00:00
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María Inés Fiordelmondo

En su testamento, el sueco Alfred Nobel manifestó su deseo de crear los premios que llevan su apellido. Y de todos los galardones, al Nobel de la Paz le otorgó un valor diferencial. El ingeniero, escritor, químico y creador de la dinamita estableció que todos los premios debían ser elegidos y entregados por diferentes instituciones suecas, menos el de la Paz, que tenía que ser otorgado por el Parlamento noruego, pese a que estos reinos mantenían una relación conflictiva; más tarde, se le concedió esa responsabilidad al Comité Noruego del Nobel. Según el texto del fundador, quien "haya trabajado más o mejor en favor de la fraternidad entre las naciones, la abolición o reducción de los ejércitos existentes y la celebración y promoción de procesos de paz" sería merecedor del Premio Nobel de la Paz.

Este año, lejos de los pronósticos que apuntaban a la Organización Mundial de la Salud, al movimiento Black Lives Matter y hasta a la activista Greta Thunberg como los grandes favoritos, el premio se lo llevó el Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas (PMA). Es la mayor organización humanitaria de entrega de alimentos del mundo y existe hace casi 60 años, pero no tiene ni un ápice de la fama mundial que alcanzaron varios programas, fondos y agencias de la ONU.

"El comité ha decidido otorgar el Premio Nobel de la Paz de 2020 al Programa Mundial de Alimentos por sus esfuerzos para combatir el hambre, por su contribución para mejorar las condiciones para la paz en áreas afectadas por conflictos y por actuar como fuerza impulsora para prevenir el uso del hambre como una herramienta para la guerra y el conflicto", justificó la presidenta del Comité Nobel Noruego, Berit Reiss-Andersen, al hacer el anuncio el viernes 9 de octubre desde una sala silenciosa y prácticamente vacía.

Aunque el reconocimiento está basado en décadas de trabajo, Reiss-Andersen hizo una clara referencia al rol que tuvo el programa en la pandemia: "La combinación de conflictos violentos y la pandemia derivó en un crecimiento dramático de personas viviendo al borde de la inanición. El Programa Mundial de Alimentos ha demostrado una gran habilidad para intensificar sus esfuerzos. Y hasta el día que tengamos la vacuna, la comida será la mejor vacuna contra el caos".

Solo en 2019, el programa -financiado a partir de donaciones de países desarrollados-alimentó a casi 100 millones de personas en 88 países. Pero el partido no está ganado. Según la presidenta del comité, el mundo está en peligro de experimentar una crisis de hambre sin precedentes. La función del PMA, entonces, podría ser más importante que nunca.

El viernes 9, la noticia tocó la fibra sensible de varios uruguayos. Son 17 los que en este momento están trabajando en diferentes rincones del mundo para el programa ganador del Nobel de la Paz. Sin embargo, el festejo fue moderado. Hubo una mezcla de sensaciones: por un lado, se sintió como un mimo estimulante. De repente, todos los focos apuntaron hacia el trabajo silenciosos, que vienen llevando adelante hace meses, años o incluso décadas, en algunos casos a miles de kilómetros de sus afectos. Pero la modestia se sobrepuso al orgullo: son absolutamente conscientes de la realidad que los rodea, de todas las imágenes que quedaron grabadas en la retina y de todo el trabajo que tienen por delante.

Galería conversó con cuatro uruguayos vinculados al programa. Oscar Sarroca (72) trabajó para el PMA en diferentes cargos durante 20 años y se retiró en 2010; Carlos Botta (61) se desempeña desde la sede (en Roma) como subdirector de aviación del programa; Susana Rico (67) es directora de país interina en Kinshasa (Congo) y comparte oficina con Cintia Rocco (30), oficial de aviación con el Servicio Aéreo Humanitario de la ONU (UNHAS) administrado por el PMA.

Comida desde el aire. Carlos Botta se ve a sí mismo como un pequeño engranaje de una máquina inmensa. Ingresó al PMA hace 12 años, cuando se retiró como coronel de la Fuerza Aérea Uruguaya después de 32 años de servicio. Se desempeñó en diferentes puestos del servicio de aviación, que funciona contratando operadores aéreos en lugar de contar con aviones propios.

Actualmente hay unas 100 aeronaves volando para el programa, que trasladan tanto comida como pasajeros de toda la comunidad humanitaria: agencias de Naciones Unidas, ONG, donantes, funcionarios de las embajadas, entre otros.

Desde la sede del PMA en Roma, donde vive junto a su esposa y ocupa el cargo de subdirector del Servicio de Aviación del programa, recordó su paso por zonas conflictivas como Sudán y Afganistán, donde además se le exigía estar separado de su familia. Varias imágenes siempre rondan en su cabeza, pero dos de ellas se destacan. Una, cuando su alojamiento en Afganistán fue atacado. Era la tarde de un viernes de mayo de 2013 y quedó en medio de un fuego cruzado iniciado por talibanes. Tuvo que encerrarse en un búnker durante nueve horas junto a otras 15 personas. Botta estaba a cargo de las operaciones aéreas en ese país y, como jefe, sentía que tenía que mostrarse fuerte para calmar a los demás. "Había mujeres y hombres dentro del búnker.
Éramos dos en posición de gerencia y tuvimos que ponernos en el lugar de padres de los demás, porque más allá de estar preocupados y nerviosos por el tema, confiábamos en las fuerzas de seguridad que nos estaban protegiendo", recordó.

La otra situación que sobresale entre todos sus recuerdos fue una de las más difíciles que tuvo que enfrentar a nivel profesional. Hay destinos a los que el PMA puede llegar con alimentos únicamente a través de la descarga aérea; es decir, tirando bolsas con comida desde el aire, con pequeños paracaídas. Actualmente esto se realiza en el sur de Sudán, ya que es el único país con lugares completamente aislados e inaccesibles de cualquier otra forma. "Se confía en esta descarga aérea porque a veces son pueblos de 100 o 200 habitantes que de otra manera no tendrían absolutamente nada para comer durante meses. Este servicio es importantísimo", apuntó Botta.

Pero en Ezzor (Siria) le tocó gestionar una operación inédita en la historia de la aviación: una descarga de alimentos a 5.000 metros de altura. Entre 2016 y 2017 la ciudad de 90.000 habitantes estaba sitiada por fuerzas que impedían el ingreso de comida y atacaban a todo el que lo intentara. El PMA le encargó a Botta y su equipo la búsqueda de una solución. "Teníamos este tipo de descarga aérea pero como atacaban, teníamos pensado hacer una descarga de altitud", contó. El desafío no era tanto la altura como la precisión. Consultaron a dos especialistas de las fuerzas aéreas más importantes del mundo y la respuesta fue desalentadora: podía hacerse, pero con una precisión de 60%. "Es una agencia fundada con donaciones de grandes países y cada dólar para ellos cuenta, tenemos que cuidarlo. El 60% no era viable", recordó. Y allí comenzó la apuesta. Hubo seis países involucrados en todo el proceso de esa operación, que fue altamente costosa.

Finalmente, se hicieron más de 300 vuelos en un año y medio con una precisión del 98%. A Botta el pecho se le infla de orgullo de solo recordarlo. "Gracias a eso, 90.000 personas pudieron sobrevivir con nuestra comida durante un año y medio", enfatizó.

Para quienes trabajan en zonas conflictivas, el PMA cuenta con un sistema de descanso y recuperación de una semana cada 42 días. Eso llevó a la familia de Botta a decidir quedarse en Roma. "No es fácil estar alejado de tus hijos, no verlos crecer en el día a día. Es una posición compleja, pero a veces uno se propone objetivos que requieren de sacrificios y con mi familia lo decidimos así", comentó. Pese a la distancia de su esposa y sus hijas, que eran adolescentes, Botta hizo todo lo posible por estar presente. Las ayudaba a hacer los deberes vía Skype y también hubo varios rezongos virtuales, recordó entre risas.

Por eso, cree que sus logros son también de su familia. "Lo decidimos en familia, nos propusimos metas y nos lanzamos al desafío. Todos metimos. Todos teníamos que dar un poco más de nosotros".

Vocación humanitaria. A raíz del Premio Nobel, Susana Rico sintió un repentino aprecio del mundo por su trabajo y el de sus colegas. Pero el premio es solo un empujón de motivación más para continuar trabajando intensamente todos los días. "Más allá del reconocimiento, es un maravilloso llamado de atención para aquellos que hacen posible las operaciones: los países donantes, los colegas de ONU. Esto tiene un brillito que ayuda a que la gente nos preste atención. El trabajo sigue siendo inmenso como toda la vida", manifestó.

Después de varios años sirviendo en destinos tan variados como Roma, Afganistán y Uganda, Rico se había retirado con la intención de instalarse en Uruguay, disfrutar de su familia y dedicarse a viajar. Le duró poco: a los pocos meses estaba en Senegal, convocada por el PMA con motivo de una sequía que afectaba a seis países. Iría por dos meses y terminaron siendo seis. Desde entonces, dejó de hacer oídos sordos a su vocación humanitaria. Ahora busca el equilibrio entre Uruguay, el ocio y los desafíos que surjan junto al PMA en cualquier parte del mundo.

Hace un año y medio está en el Congo, a donde viajó para llevar a cabo la administración de la urgencia de la décima epidemia de ébola. Ocupa de forma interina el puesto de representante del país y en diciembre planea regresar a Uruguay. "Y después veremos", dijo entre risas. Son desafíos que ahora, con sus más de 20 años de experiencia y un hijo que ya formó su propia familia y está radicado en Uruguay, toma con otra libertad. Si la misión le atrae, sabe que allí estará.

Rico es oriunda de Canelones y estudió en la Escuela de Lechería. Una visita a dos de sus hermanos que vivían en Estados Unidos fue el punto de partida de todo lo que vino después. "Fui por seis meses y todavía estoy por volver", bromeó vía Zoom desde su oficina en Kinshasa. Decidió quedarse y entró a trabajar en Naciones Unidas como asistente administrativa, luego ganó un concurso interno que le valió un puesto en la División de Estupefacientes en Viena, donde nació David, su hijo.

De vuelta en Nueva York y divorciada, apareció la oportunidad de ingresar al PMA. Su primer puesto fue en Roma, en 1995. La fascinación por el programa fue inmediata y al tiempo empezó a sentir un imperioso deseo de trabajar en zonas donde pudiera tener un contacto directo con los beneficiarios del programa. Esa búsqueda derivó en el año 2000 en un puesto en la operación más grande del PMA en aquel momento: Afganistán.

Fue una de las experiencias más difíciles y a la vez enriquecedoras de su carrera. Ocupó el puesto de directora adjunta del país durante tres años. A nivel profesional, todo un logro y desafío. Pero la misión en Afganistán era una de las tantas que no permitían vivir con familiares. Por eso, fueron tres años en los que tuvo que separarse de su hijo de 14 años, que se quedó como pupilo en un colegio de Roma. Las visitas se daban cada seis semanas, como establecía el sistema de descanso y recuperación para quienes desempeñaban funciones en contextos complejos. "Fue difícil pero fue posible porque mi hijo quería. Él estaba determinado a que a esa edad no quería dejar a sus amigos por nada y optó por quedarse pupilo en el colegio. Fue difícil pero un
aprendizaje fantástico para los dos. Para mí, fue aprender a dejarlo ir y para él, fue crecer y aprender a hacerse fuerte", recordó.

Pese a los obstáculos, aseguró que fue el trabajo "más lindo" de toda su carrera, donde aprendió de golpe a liderar un equipo de cientos de personas de diferentes países y culturas. De Afganistán volvió a Roma, y su siguiente y último puesto antes de jubilarse fue de directora regional para África Occidental, con base en Uganda. Se retiró a los 55 años, regresó a Uruguay pero al poco tiempo sintió la falta de adrenalina. "Desde que volví, muchas veces me llamaron pero decía que estaba jubilada. Un día hubo una gran sequía en África Occidental y dos colegas muy allegados me pidieron que los ayudara en la gestión de esta emergencia que afectaba a seis países". Y volvió al ruedo.

Hay un estímulo que sintió por primera vez en Afganistán y que es el que la mantiene volviendo a trabajar hasta hoy. Es la sensación de misión cumplida mezclada con el impacto que tiene su trabajo; no solo es medible, sino también visible a través de las caras de quienes reciben los alimentos. "Cada vez que te acostás pensás qué vas a hacer mañana para ayudar a los que no pudiste ayudar hoy. ¿Qué tengo que hacer mañana para llegar a esas poblaciones que están en lugares recónditos, donde es casi imposible llegar?. Tenés siempre una sensación de contribuir al bien de otros, y si en vez de levantarte a las 7 te levantás a las 6, capaz lográs hacer una o dos cosas más que se necesitan para agilizar un trámite, desbloquear una negociación. Toda tu vida tiene un propósito intensísimo", relató.

Desafío familiar. La historia de Oscar Sarroca y su familia podría resumirse en varios de los objetos de su casa en el Prado. Tiene 72 años, es ingeniero agrónomo y trabajó durante 25 años para el PMA en diferentes países. Habló con Galería sentado en un sillón de mimbre de Nicaragua y rodeado de artesanía rústica de varios de los países en los que trabajó, como una jirafa de madera de Sudáfrica, un barco de Madagascar, unos adornos de Guinea-Bisáu y muchos retratos de sus hijos y nietos.

Después de estudiar un posgrado en Bélgica y no encontrar trabajo en Uruguay, viajó hacia Roma y allí surgió la oportunidad de entrar al PMA. Ingresó en 1984 como director de la operación en Guinea-Bisáu y desde el inicio tuvo una idea muy clara y a la vez poco común para quienes trabajan en el programa: no separarse de su familia. Eso implicó, por ejemplo, rechazar una propuesta para trabajar en Yibuti, ya que no se permitía vivir con familiares. "Yo no quería separarme y mi esposa tampoco. Preferíamos hacer sacrificios en cuanto a condiciones materiales y de vida. En condiciones de seguridad teníamos que andar con mucho cuidado, pero preferíamos hacer eso", comentó.

Los desafíos y sacrificios familiares no tardaron en llegar. Al poco tiempo de establecerse en Guinea-Bisáu, su hijo se enfermó de paludismo y se toparon con la precariedad de los hospitales locales. Luego su esposa tuvo cólico nefrítico y tuvieron que trasladarla a Dakar. En ese país sus tres hijos se educaron con tutores que llegaban como voluntarios desde Francia, ya que en las escuelas locales predominaba la lengua nativa.

Al siguiente destino, Nicaragua, llegaron en plena Revolución Sandinista. "A los pocos días de llegar, nos invitaron unos italianos a cenar a su casa. Habíamos alquilado un apartamento mientras buscábamos casa y los dejamos solos en un apartamento dentro de un complejo", recordó Oscar. En un momento escucharon helicópteros. Era la guerrilla tratando de incursionar en la ciudad, justo al lado de donde se ubicaba el apartamento donde estaban sus hijos ya adolescentes. Oscar salió a buscarlos y por fortuna, hoy es solo una más de sus anécdotas. "Mis hijos me contaron que un helicóptero se había posicionado sobre el complejo a tirar cohetes a los guerrilleros".

En Angola, donde vivió cinco años y llegó a ser director, estuvo al borde de pisar una mina que a los pocos minutos mató a una mujer. Pero las imágenes que le generaron el mayor impacto fueron otras, como los ojos de los niños que parecían enormes para sus cuerpos hambrientos, y sus pupilas dilatadas mientras recibían alimentación intravenosa en el regazo de sus madres. También se quebraba al socorrer familias que caminaban muchos kilómetros para escapar de los combates. "Ver la cara de desamparo de los padres. Vivían con poco y quedaban sin nada. Vos veías en la expresión que habían perdido toda esperanza".

Fueron muchas las situaciones difíciles, pero mayores las enseñanzas. Oscar aseguró que la experiencia acumulada como familia los ayudó a "ubicarse en el mundo". "Somos unos privilegiados y no podés dejar de olvidar que esas situaciones existen. Esto nos marcó y nos ayudó a darnos cuenta de que tenemos que aprovechar bien las posibilidades que tenemos", señaló. Ni él ni su familia se arrepienten del rumbo que en aquellos años decidieron tomar.

Como en casa. En el Congo, Cintia Rocco se siente como en casa. Fue allí donde vivió en 2016 y 2017 como parte del contingente uruguayo de aviación de la Fuerza Aérea Uruguaya, y a donde luego se volvió a trasladar para trabajar como oficial de aviación en el Servicio Aéreo Humanitario de la ONU (UNHAS). Al PMA entró después de un largo proceso de selección.

Según dijo, se buscaba aumentar la cuota femenina en el área. A veces extraña volar, ya que su actual trabajo es de management: consiste en establecer procedimientos para llevar a cabo los vuelos, armar periódicamente las rutas de acuerdo a las necesidades de la organización, tener reuniones con los usuarios y donadores para conocer sus necesidades y recibir feedback, realizar propuestas para recibir donaciones, supervisar las operaciones de los dos aviones que hay en Kinshasa, estar en contacto permanente con los operadores aéreos de otros países y también contratar personal para UNHAS.

Lo que más le gusta de su trabajo en el programa es su impacto, que además se mide constantemente. En 2019 su unidad trasladó a más de 60.000 pasajeros hacia más de 70 destinos dentro del Congo. "Esa es una de las cosas más atractivas. No solo trabajás para tu organización, sino que el trabajo es en apoyo a todo el resto de las organizaciones humanitarias que trabajan en el resto del país", comentó.

Su rol también le exige tomar muchas decisiones difíciles. Todos los días tiene un desafío distinto. Por ejemplo, al contar con una cantidad limitada de aviones, a veces hay que priorizar emergencias y postergar otros vuelos, por lo que las quejas son constantes. "Hay veces que hay que evacuar a un personal en alguna localidad y tenemos que desviar uno de los aviones. Eso significa que otro montón de pasajeros van a quedar postergados uno o dos días. Uno sabe que los está afectando pero son las reglas de juego. Tenemos que estar constantemente priorizando las diferentes misiones".

En noviembre de 2019 hubo que evacuar en una semana a todo el personal internacional que estaba desplegado en el este del Congo, donde suele haber conflictos entre grupos armados. "Eran unas 500 personas y requirió un esfuerzo para tratar de coordinar la mayor cantidad de vuelos", aseguró. Otro desafío de trabajar en el Congo es el clima, las tormentas son muy frecuentes y eso estanca la actividad aérea.

Aunque le parezca cliché decirlo, enfrentarse cada día a la pobreza extrema la vuelve consciente de su posición de privilegio y sus posibilidades de aportar. Adaptarse a la vida puertas adentro en el Congo fue difícil. Le costó un año. "En la ciudad hay que tomar ciertas precauciones. No se puede caminar por la calle. No hay lugares al aire libre para salir. Eso requiere que uno haga amigos para pasar el tiempo libre de forma más amena", contó. Pero sabe que esto recién empieza y aunque no tiene claro a dónde le tocará ir en unos años, le entusiasma pensar en su próximo desafío junto al programa.