Cultura
EDICIÓN ESPECIAL

Herederos de la música: Padres e hijos comparten la misma pasión

Para celebrar el Día del Padre, nos sumergimos en las historias de cinco músicos que transmitieron a sus hijos la pasión a la que le dedicaron su vida

 

09.07.2020 07:00

Lectura: 13'

2020-07-09T07:00:00
Compartir en

Por Giovanna D'Uva

A menudo es claro distinguir las cualidades o características que los hijos reciben o aprehenden de sus padres. Cuando además de compartir el ADN, estos rasgos tienen que ver con el mismo amor por una expresión artística, la conexión se vuelve más cercana e intensa.

Jorge y Francisco Nasser

Agradecemos al Conservatorio Sur por su colaboración en esta producción.

Francisco Nasser (38) creció rodeado de instrumentos. Su acercamiento a la música se dio de una forma muy natural. Durante su infancia la banda de rock Níquel, liderada por su padre, vivía su época dorada. Para Francisco -el mayor de tres hermanos- era habitual pasar las tardes jugando en la misma sala donde Jorge (63), junto con los otros integrantes del grupo, componía y ensayaba Candombe de la Aduana, Amo este lugar o Milonga de pelo largo. "Con papá mucho de lo que compartíamos jugando, además de fútbol y la clásica de niños, era la sala. Yo empezaba con la bata, él tocaba el bajo y la guitarra. Todo siempre desde lo lúdico", cuenta el músico, productor y actual tecladista de No Te Va Gustar.

Entre la curiosidad y el juego, Francisco se fue involucrando con la música y Jorge haciéndolo partícipe de ese ambiente artístico. "Me llevaba a los shows y a las giras. Para mí era una aventura, me divertía. La primera vez que me dejaron tocar en vivo fue en un show masivo para Níquel, en Atlántida. Tocamos a dos baterías junto con Joaquín Molas. Ese día fue épico", recuerda.

Con los años, la complicidad se convirtió en colaboración. "Él empezó a interesarse por la música y en actividades complementarias como la producción de sonido", cuenta Jorge sobre su hijo. "Jugando, desarrolló un gusto por el software. Le gustaba estar en el estudio. Era muy concentrado, una persona con un don, muy eficaz y compañero".

De hecho, ese compañerismo es uno de los valores que comparten tanto en lo personal como en lo profesional. Se escuchan y aconsejan. "Veo, por ejemplo, el disco nuevo y lo comentamos, y lo mismo al revés. Escucha lo que hacemos con la banda o lo que estoy produciendo y me da su parecer. Es continuo y es parte de nuestra relación, desde siempre", comenta Francisco. "Cuando no está ese consejo yo lo extraño, porque para mí es un confidente", agrega Jorge, que presentó su último disco, Llegar, armar, tocar, en noviembre de 2019 en la Sala Teatro Movie. Además, Níquel vuelve a los escenarios en noviembre en el Auditorio Nacional del Sodre.

La vocación por la música no fue lo único que Francisco heredó de su padre. Reconoce que de él también aprendió la constancia y la dedicación. "Es la persona que conozco que más horas le dedica a la música. Cuando se graba un disco es a morir y seguro que yo eso lo tomé de él, de verlo trabajar. Y después, cosas más técnicas de la canciones, producción y conceptos que tomé reversionados", comenta.

Casi sin darse cuenta, Jorge fue transmitiendo a sus hijos el amor por la música (Simón y Martín recién están incursionando). Y aunque reconoce que en algún momento deseó que sus hijos tuvieran otra profesión -y así no pasaran los sacrificios que él vivió- hoy está feliz al ver que su hijo comparte su pasión. "Cuando Francisco se empezó a desarrollar y a ser considerado por otros artistas, a mí me llenó de orgullo. Por sí mismo ya es una entidad. Eso como músico y padre me enorgullece", concluye Jorge.

Claudio y Maximiliano Nathan


Claudio Nathan (60) heredó de su padre el amor por la música y por el violín, y fue ese mismo sentimiento que él transmitió a sus hijos. "Ellos crecieron en un ambiente favorable a la música, me veían tocar, me escuchaban. Intenté fomentarles el gusto por la música, les di las herramientas para que se desarrollaran y pudieran vivir de ello", cuenta Claudio, violinista con una vasta carrera profesional, y que en la actualidad se desempeña como segundo violín de la Orquesta Sinfónica del Sodre (Ossodre) y la Filarmónica de Montevideo.

Gracias a las clases que Claudio les impartía a sus hijos, Federico y Maximiliano, y el ambiente rodeado de música en el que vivían, ambos comenzaron a cultivar sus habilidades con el violín y la percusión, respectivamente. "Mi primer acercamiento con la música fue acá en este living. Papá enseñándome a mí y a mi hermano el violín, del que yo no era tan fan. Recuerdo en ese entonces armar una batería con ollas de cocina. Hasta que un día papá me regaló una de verdad", dice Maximiliano (30), percusionista de la Ossodre.

La constancia y perseverancia son dos cualidades que Maximiliano destaca de su padre y que reconoce haber heredado de él. "Llevar el estudio del instrumento, la constancia en el arte a veces es difícil. Sobre todo, poder equilibrar la energía de emociones con el estudio. Seguir trabajando y practicando es un estímulo que yo vi mucho en él y me influyó", comenta Maximiliano.

Trabajar juntos en la misma orquesta, desarrollando su pasión, les ha permitido a padre e hijo entablar una relación estrecha, en la que las opiniones e intercambios son importantes. "Tiene la capacidad de tocar sin partitura y de improvisar. Eso no es fácil de aprender y de transmitir. Si le doy consejos, es más bien en cuanto a cómo desarrollarse o cómo recibir un retorno en un mundo tan competitivo", explica Claudio.

Para este violinista que ha dedicado su vida a la música y ha acompañado a tenores como Plácido Domingo y José Carreras, el hecho de que sus hijos hayan seguido este camino es una de las satisfacciones más grandes. "Para mí, es un regalo de la vida ver a mis hijos enfocados, abocados a la música. Yo admiro de ellos esa capacidad de autonomía, de improvisación, de tocar diferentes géneros, algo que para los músicos de orquesta que leemos una partitura es más complicado", concluye.


Gonzalo con Soledad, Joaquín, Federico, Valentina y Guillermina Moreira


Música y familia son dos conceptos que van de la mano para los Moreira. Y que se vuelven realidad cada vez que Gonzalo (65) y sus hijos se reúnen. Allí las canciones siempre están presentes, generando un ambiente de fiesta y alegría en el que crecieron, y que los llevó a todos a vivir vinculados a este arte.

"Es un ambiente que se fue armando en la familia y en la casa. Conscientemente yo no hice nada como para que a ellos les gustara la música. Naturalmente se dio que el hecho de que la música estuviera rondando por ahí hizo que desarrollaran un gusto por ella, sin proponérselo. Cuando uno toca se divierte y transmitir eso a mis hijos se dio muy natural", asegura Gonzalo, quien marcó a una generación con sus Canciones para no dormir la siesta.

Este amor por la música que el padre contagió a sus hijos de forma inconsciente fue marcando de forma distinta a cada uno de ellos. "Viví mil cosas con los grupos que tenía papá. Yo siempre estaba atrás, en las pruebas de sonido y tocando. Todo eso me lo transmitió de forma inconsciente y desde el afecto", recuerda Federico (43), el primero de los cinco hijos. "Sumado a eso, me fue regalando instrumentos, la batería con la que tocaba él, y después comencé a trabajar en el estudio", agrega quien hoy dirige junto con su padre la productora La Mayor, de donde han salido muchos de los jingles más sonados de las últimas campañas electorales.

Los recuerdos y anécdotas rodeados de música, viendo a su padre en los escenarios, son innumerables, así como los conciertos íntimos e improvisados entre familiares y amigos. "Recuerdo un fin de año durante unas vacaciones en una casa que habíamos alquilado en Punta Colorada. Era un predio grande donde había una piscina, un lugar muy lindo. Ese día se empezaron a arrimar muchos amigos de papá y se fue aglomerando gente. Éramos un millón de personas que nos pusimos todos a cantar, a tocar la guitarra. Fue un hito ese día", recuerda Soledad (39), productora de festivales en la Intendencia de Montevideo y locutora.

Para los hermanos Moreira, su padre es un referente tanto en lo musical como en lo personal. "La música no es un camino fácil y muchas veces lo llamamos, le pedimos consejos. Él nos ayuda en varias cosas. Es un pilar", cuenta Valentina (35), que es cantante. "Es nuestro padre y lo admiramos como músico. Es difícil no escucharlo. Lo que él diga siempre lo tomás como una palabra importante", agrega Guillermina (32), quien también trabaja en la empresa con su padre.

Ya sea por el entorno en el que crecieron, por el gusto compartido por la música, por haber trabajado juntos o por la conjunción de estas tres variables, es imposible negar la unión que existe entre ellos. "La parte musical la heredé y la sentí como natural. También muchos aspectos de su personalidad que fui incorporando en mi vida", dice Joaquín (30), músico y productor, que también trabaja en La Mayor.

Para Gonzalo, que sus hijos hayan seguido sus pasos es algo que le produce mucha satisfacción. "Tenemos una unión a través de la música, que es una herramienta fundamental para expresar sentimientos o para cantar una canción que nos representa mucho y me representa a mí", cuenta el padre, haciendo referencia al video del tema El País de las Maravillas, que los Moreira grabaron cada uno desde su casa en plena cuarentena y se difundió por las redes.

Christian y Lucas Cary


El primer regalo que Christian Cary (43) le dio a su hijo cuando cumplió un año fue una guitarra de plástico. Desde ese día hasta los cuatro años, el vocalista y guitarrista de La Triple Nelson le fue acercando el instrumento a Lucas (23), sobre todo para jugar. Pero a los cinco años el niño eligió estudiar piano. Tomó un par de clases y luego volvió a su primer instrumento, el que además estaba acostumbrado a escuchar en su casa, porque su padre daba clases de guitarra allí.

Así, desde pequeño, Lucas se fue formando en un universo que lo llevaría a seguir los pasos de su padre. "Vivíamos en una casa que era pequeña y si yo estaba haciendo algo en el living, se escuchaba en toda la casa. En ese entonces estaba grabando el primer disco de La Triple Nelson. Lucas tenía tres años, venía y me decía: ‘Papá, quiero cantar'. Ahí fue su primera intervención en un disco, en una canción que escribí para él. Se llama Pa' Luquita".

Entre toques y conciertos, Lucas creció viendo a su padre en los escenarios, siempre rodeado de músicos. "Recuerdo el primer show en el que canté de invitado junto con Paula, la hija de Fernando Paco Pintos, en el Movie Center, cantamos Tu sonrisa", cuenta.

Al terminar el liceo Lucas decidió que quería dedicarse a la música. "Podía haber elegido estudiar Ingeniería o Audiovisual. Él quiso hacer Audiovisual y al mismo momento nos dijo: ‘Quiero ser músico'. Yo le pregunté si estaba seguro, porque él vivió los inicios de la banda, cuando no nos compraban ni un disco", recuerda Christian.

Compartir la misma pasión contribuyó a que la relación padre-hijo se afianzara tanto en lo profesional -compartiendo escenario y tocando juntos-, como en lo personal. "Mi padre es un modelo de constancia en mi vida. Cuando siento que musicalmente no estoy dándolo todo, trato de ver las cosas que él había hecho a mi edad, en qué situación se encontraba", comenta Lucas, vocalista y guitarrista de la banda independiente Ángel.

Aunque con distintos estilos, padre e hijo comparten roles dentro de sus respectivos grupos. En medio de la cuarentena La Triple Nelson tocó en el primer show en vivo por streaming desde la Sala del Museo y Ángel aprovechó para pulir los temas de lo que será su primer disco, y tiene previsto una presentación en vivo. "Antes era más testarudo porque era adolescente", admite Lucas. "Ahora que soy más grande, lo escucho más.

También he ido aprendiendo en qué momento pedirle consejos o mostrarle algo. Porque sé la injerencia que puede llegar a tener con una opinión".

Como padre de tres hijos (también están Pía y Lara) Christian reconoce que lo que más quiere para ellos es que sigan su vocación y sean felices. De todos modos, admite que siempre imaginó a Lucas como músico y soñó con la posibilidad de compartir escenario, como ya ha sucedido alguna vez. "Cada vez que lo veo tocar me siento muy orgulloso de sus canciones y me gusta que él esté haciendo lo que realmente le gusta", concluye.


Juan José con Francisco y Virginia Aldado


Como contrabajista de trayectoria en la Orquesta Filarmónica de Montevideo y profesor de cátedra del mismo instrumento en la Escuela de Música Vicente Ascone, Juan José Aldado (75) y su esposa Elvira Casanova (oboísta en la misma orquesta) cultivaron el gusto por la música en sus cuatro hijos: Virginia, Andrés, Francisco y Sebastián.

En su casa nunca hubo presión por aprender un instrumento, pero ante el primer signo de interés la pareja no dudó en canalizar la vocación. "No quisimos influir en sus gustos. Ellos se fueron interesando porque la música la escuchaban todo el día, así como las grabaciones que teníamos en casa. No forzamos sus estudios, pero desde chicos estuvieron cercanos a las artes", cuenta Juan José.

"Cuando íbamos a los conciertos y mamá no tocaba en la orquesta, yo le agarraba la mano y la presionaba cada vez que sentía desafinaciones y ella me iba diciendo si estaba bien o no", recuerda Francisco (38), quien en la actualidad es segundo oboe en la Filarmónica.

Juan José hizo de la música su opción de vida y alentó a sus hijos cuando ellos eligieron dedicarse a esta disciplina. "Nosotros teníamos asimilado el esfuerzo de ser músico, que hay que estudiar todos los días, toda la vida, mientras uno está en actividad profesional, y ellos lo asumieron naturalmente. Poco a poco fueron incursionando en lo que podían, orquestas infantiles, juveniles, hasta que se dio la posibilidad del profesionalismo accediendo a concursos y a puestos de responsabilidad", explica.

Trabajar en familia y tocar todos juntos en la Filarmónica fue algo que la familia Aldado hizo hasta hace algunos años atrás, cuando Juan José decidió retirarse del ejercicio profesional. En su currículum le quedó el haber acompañado a artistas internacionales como Celia Cruz, Alberto Castillo, Camilo Sesto y Ricardo Montaner, entre otros. "Hasta ese momento éramos la familia de músicos en actividad más grande del Uruguay", dice con orgullo el padre.

Esta experiencia le permitió a la familia generar un intercambio de consejos sistemático, desde el más joven hasta el más veterano. "Papá y yo venimos de la misma familia de instrumentos, entonces hay muchos pasajes que compartimos, al igual que las mismas dificultades, y llegado el momento intercambiábamos", cuenta Virginia (48), solista de violonchelo de la Filarmónica de Montevideo y de la Orquesta Sinfónica del Sodre.

Fotos: Adrián Echeverriaga, Lucía Durán y Mauricio Rodríguez

Producción: Sofía Miranda Montero