Personajes
Conducta sexual "depredadora"

Harvey Weinstein y la caída del Dios de Hollywood

Como productor cinematográfico, Harvey Weinstein tiene más de 80 premios Oscar; como poderoso, acumuló más de 80 denuncias de abuso sexual; ahora pasará 23 años en prisión

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Lectura: 14'

2020-03-21T06:00:00
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Por Leonel García

Era Dios. Y Dios tenía muchos fieles. Una de ellas era la enorme actriz Meryl Streep, quien así lo llamó en público y ante millones de espectadores. Fue el 15 de enero de 2012 y en el hotel Beverly Hilton de Los Ángeles, en su discurso tras agradecer el Globo de Oro a Mejor actriz en película dramática por La Dama de Hierro. "Quiero agradecer a mi agente, Kevin Huvane, y a Dios (pausa teatral), Harvey Weinstein".

Es que ese año, el 2012, era el de su resurrección. Harvey Weinstein, un corpulento neoyorquino nacido el 19 de marzo de 1952 que se había convertido en el principal productor del cine independiente en Hollywood, competitivo y demandante hasta el paroxismo, talentosísimo a la hora de apostar y apuntalar proyectos, hacedor y destructor de carreras artísticas, venerado y temido -justamente- como un Dios, lo terminaba con la espalda cargada de tantos trofeos. En la entrega de los Premios Oscar de ese año, la francesa El artista, apadrinada por él, se llevaba cinco estatuillas, incluyendo la de película, director y actor; la ya mencionada La Dama de Hierro se llevó otras dos (incluyendo otro premio a Streep), así como el documental Undefeated. En total, ocho victorias en 16 nominaciones. Desde que fundó con su hermano menor Bob la productora independiente Miramax en 1979, la misma que vendieron para crear The Weinstein Company en 2005, sus filmes han logrado la disparatada cifra de 81 Oscar en más de 300 nominaciones. Jugar con él era jugar en las grandes, grandísimas, ligas.

Pero también era jugar con fuego, sobre todo si se era mujer, aun más si se era una actriz ascendente. "Has lastimado a tantas mujeres inocentes, a tu familia, a la mía, a mí, a tus exempleados, has desgraciado el apellido Weinstein. La parte más triste de esto es que vos racionalizaste, minimizaste y compartimentaste esto, es todo lo mismo", le escribió su hermano y socio Bob, en noviembre de 2017, pocos días después de que una serie de reportajes publicados en The New York Times y The New Yorker mostraran la verdadera cara del monstruo: era un depredador sexual. El mismo que cimentó la carrera de directores como Steven Soderbergh y Quentin Tarantino, fue el mismísimo generador del movimiento global #MeToo (o Me Too, Yo También), que denuncia el abuso sexual al que fueron sometidas varias mujeres en la industria del espectáculo.

Ese fue el principio del fin, cuyo desenlace legal llegó el miércoles 11 de marzo pasado. El Tribunal Penal de Nueva York lo condenó a 23 años de prisión por dos cargos de abuso sexual. Uno fue un delito sexual en primer grado a la ayudante de producción Mimi Haleyi, a quien le practicó sexo oral a la fuerza en su apartamento del Soho en 2006, y el otro fue violación en tercer grado -o sea, sin consentimiento expreso- a la actriz Jessica Mann, en una habitación de hotel en 2013. Cierto es que se salvó de la cadena perpetua -no hubo acuerdo en decir si su conducta sexual "depredadora" era parte de su naturaleza-, pero su destino todavía puede ser peor: Weinstein, el primer caído por la Justicia tras el surgimiento del #MeToo, aún tiene que enfrentarse a dos acusaciones de ataques sexuales en Los Ángeles ocurridos en 2013. En total, más de 80 mujeres lo han acusado de acosarlas, agredirlas sexualmente o violarlas en cuarenta años.

Harvey Weinstein, otrora todopoderoso, no ha caído todavía en lo que ha pasado. Tanto cuando escuchó haber sido declarado culpable como cuando se le leyó el veredicto debió ser internado en el Hospital Bellevue. Quien llegó a amasar una fortuna de más de 250 millones de dólares, solía tener un perfil más alto que el común de los productores de Hollywood, organizaba fiestas que eran unos verdaderos lobbies para sus filmes (de hecho, muchos creen que solo así Shakespeare apasionado pudo haber ganado como Mejor película en 1999), era el gigante de la industria con línea directa con el presidente de los Estados Unidos y el millonario contribuyente al Partido Demócrata, asistió durante los dos meses que duró el juicio en andadores o sillas de ruedas, desde la prisión de la isla Rikers. Recientemente había sido sometido a una operación en la espalda y había sufrido un accidente en auto. Sus críticos decían que solo quería dar lástima. Para los abogados de las víctimas y las portavoces del #MeToo fue un triunfo histórico, un antes y un después, un fin de la impunidad con la caída del pez más gordo de todos en Hollywood.

El promotor. Max y Miriam Weinstein fueron los padres de Harvey y Bob, cabezas de una familia judía con ascendencia polaca. Luego ambos aportarían su nombre para la creación de Miramax. Para entonces, el primogénito ya se había graduado en la Universidad de Buffalo. Ahí comenzó, junto con su hermano y un amigo llamado Corky Burger, a promover conciertos de grandes artistas, entre los que se destacaron Frank Sinatra, Jackson Browne y The Rolling Stones. Ya en Miramax, sus primeros pasos fueron una mezcla de ambos mundos, como el Rockshow de Paul McCartney, una película de 1980 que reflejaba lo que había sido la gira de 1976 del ex-Beatle por Estados Unidos junto a su banda Wings.

Miramax se centró en difundir películas de autor, fomentar el cine independiente, distribuir propuestas que a los grandes estudios no les interesaran. Miró a su país pero también a Europa, algo que los majors le huían (¿cómo?, ¿hay cine afuera de Hollywood?). Más allá de su despreciable conducta con las mujeres -algo que todos sabían y callaban- era innegable el olfato de Weinstein. En 1988, el documental The Thin Blue Line (La delgada línea azul) logró que se revisara la condena a muerte de un hombre por un homicidio que no cometió y consiguió que se le prestara atención a la empresa de los hermanos, así como traer al público de su país a la italiana Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore. El año del despegue fue el siguiente con Sexo, mentiras y video de Soderbergh, la británica El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante, escatológica, violenta, sensual y brillante presentación a la sociedad de Peter Greenaway, y la española ¡Átame!, de Pedro Almodóvar. En ese mismo 1989 Miramax distribuyó Mi pie izquierdo. El cine independiente pisaba fuerte con ellos.

En 1993, luego del éxito de El juego de las lágrimas, Miramax fue vendida a Disney aunque los hermanos Weinstein seguían comandando las acciones. Pulp Fiction (Tiempos violentos, 1994) supuso la consagración popular de Quentin Tarantino, la resurrección de John Travolta, la primera Palma de Oro en Cannes para los hermanos, un filme brutal y un éxito mayor: de hecho, costó ocho millones de dólares y recaudó US$ 214.000.000. El primer Oscar a Mejor película para esta compañía fue El paciente inglés, de 1996.

Cuando Harvey y Bob se fueron de la compañía que crearon para fundar otra con el apellido de la familia -el mismo que Bob dice hoy que su hermano manchó-, el cimbronazo no les fue fácil. Luego del brillante resurgir de Weinstein, no fue hasta El discurso del rey (2010) que el nuevo proyecto comenzó a asomar la nariz. Eso permitió recuperar línea de crédito, volver a contratar personal y dejar de ceder derechos de películas. Para entonces, había fracasado en proyectos como Descarrilados (2005). Esta producción lo vinculó a la actriz Jennifer Aniston, a quien hoy él odia: "Jen Aniston debería ser asesinada", escribió en un correo electrónico en 2017 (más allá de la relación personal, que fue pésima, la ex de Friends nunca dijo haber sido agredida sexualmente por el productor).

Pero Weinstein también tenía una faceta oscura. Era un hombre que no toleraba un "no" como respuesta y que solía humillar a sus empleados cuando no obtenía de ellos un rendimiento óptimo. "Todos los que digan que son monstruos no están mintiendo", dijo una excoordinadora de Marketing en Miramax, Amy Hart, metiendo a Bob en la misma bolsa. "La cultura en Miramax era muy feroz", agregó el publicista Mark Urman. Esa ferocidad incluía gastar más del doble que el resto de los estudios en promocionar sus películas, entre giras de entrevistas, premieres, cenas con autoridades de la Academia, proyecciones especiales y todo el decálogo posible del buen lobbista. Para promocionar El artista, a la postre la primera película muda en ganar el Oscar en más de 80 años, organizó una fiesta en la que estaban invitados tanto los nietos de Charles Chaplin como los mismos miembros de la Academia que tuvieron luego que votar.

Scream, Chicago, Los otros, Sin City, Pandillas de Nueva York, Kill Bill o Bastardos sin gloria son otras de las películas que lo tuvieron tras bambalinas.

La caída. Los rumores de "casting sábana" de Harvey Weinstein -casado dos veces, padre de cinco hijos- para las actrices que deseaban crecer eran un secreto a voces en Hollywood. Ya en 1998, Gwyneth Paltrow dijo en The Late Show with Dave Letterman que el productor "te obligará a hacer una cosa o dos" (pese a lo cual le agradeció efusivamente el Oscar obtenido gracias a Shakespeare apasionado). En The Daily Telegraph, Courtney Love aconsejó en 2005 a las actrices jóvenes no ir a las fiestas privadas que Weinstein invitaba. Los patrones de conducta se repetían: citaciones a las habitaciones del hotel en las que él se alojaba, bienvenida con una bata de baño u otro grado de semidesnudez, petición de masaje, acercamiento físico jamás consultado (ayudado por sus hasta 130 kilos), insistencia por las buenas, malas o peores, oídos sordos a un no. A él nadie le decía que no.

Algunas que sí se negaron, como Mira Sorvino y Ashley Judd, vieron truncas sus carreras cinematográficas (siendo que Peter Jackson las tenía en vista para la trilogía El Señor de los Anillos, lo que daba idea de su poder, porque Weinstein no tuvo arte ni parte en esa saga).

La lápida a su carrera, su reputación y su segundo matrimonio con la diseñadora de moda Georgina Chapman, ocurrió tras la publicación de un artículo en The New York Times el 5 de octubre de 2017. Ese artículo habló de hostigamiento y abuso sexual por parte del productor a actrices, asistentes de producción y empleadas de sus compañías. Cinco días después, un reportaje con un tono similar en The New Yorker señaló 13 casos de abuso y tres violaciones. Semanas después, la actriz italiana Asia Argento publicó una lista con más de cien nombres de colegas abusadas por Harvey Weinstein desde 1980, además de 18 violadas (una de ellas fue ella misma, a fines de los años 90 y en Cannes).

Esa lista incluyó a Uma Thurman, Salma Hayek, Rosanna Arquette, Daryl Hanna, Angelina Jolie, Lupita Nyong'o o la propia Paltrow.

Georgina Chapman, diseñadora de la firma Marchesa y esposa de Weinstein durante 10 años, pidió el divorcio cuando se desató el escándalo.

El imperio se fue desmoronando en meses: surgió el #MeToo, Weinstein fue despedido de su propia empresa y expulsado de la Academia, Weinstein protagonizó un sonado y millonario divorcio de Chapman, Weinstein se disculpó públicamente por su comportamiento y dijo que haría tratamiento, Weinstein privadamente ordenó investigar la vida privada de sus acusadoras y los reporteros que escribieron en su contra, Weinstein fue preso y puesto en libertad bajo fianza hasta el juicio, Weinstein hasta ahora asegura que todos los actos sexuales fueron consensuados.

"Estoy completamente confundido", dijo el productor el mismo miércoles antes de oír la condena del juicio en el que se amparó en su derecho a no testificar. "Siento remordimiento por todos los hombres que están atravesando esta pelea. Fui el primer ejemplo y ahora hay miles de hombres acusados. Estoy preocupado por este país", agregó, dándoles la razón a los abogados que le aconsejaron no hacerlo. Sigue sin asumir culpas, como ya se lo había enrostrado su hermano a poco de estallarle el escándalo en la cara.

EL EFECTO WEINSTEIN

Como si de un efecto dominó se tratase, el movimiento #MeToo, hijo de las acusaciones contra Harvey Weinstein, hizo que muchas de las cosas que habían estado en silencio pero que eran bien sabidas por años comenzaran a ser voceadas y también que salieran a la luz abusos que estaban escondidos bajo siete candados.

Los señalamientos sobre Bill Cosby, músico, actor y comediante afroestadounidense, visto en algún momento como un padre ejemplar, databan de mucho tiempo atrás. Decenas de mujeres aseguraron haber sido abusadas, violadas o molestadas por el artista desde fines de la década de 1960 hasta este siglo. Pero la Justicia recién lo encontró culpable en abril de 2018, seis meses después del surgimiento de esa movida "propiciada" por Harvey Weinstein. Sin embargo, si bien se considera innegable su influencia, Cosby ya era señalado como un abusador desde antes que el productor cayera en desgracia.

Lo mismo puede decirse del director cinematográfico Woody Allen, sobre quien penden varias acusaciones de abuso sexual, una de las cuales es de su hija adoptiva. Pero la gran diferencia es que más allá del boicot de varias distribuidoras, Allen nunca fue procesado por la Justicia, lo que no logró acallar las críticas en su contra.

Sí fueron hijos directos de Weinstein y #MeToo casos como el de Kevin Spacey, el actor de Belleza americana y House of Cards. El 30 de octubre de 2017, tan solo 25 días después del primer artículo contra el Dios caído en desgracia de Hollywood, el también actor Anthony Rapp dijo haber sido acosado en 1986 -cuando solo tenía 14 años- por Spacey, que lo había invitado a una fiesta en su casa. A esa acusación le siguieron otras en similar tenor. Totalmente marginado de Hollywood, lo cierto es que a nivel judicial aún está limpio, luego de un acuerdo económico con uno de sus demandantes.

Otro actor de semejante calibre, Dustin Hoffman, también fue señalado por acoso en esos primeros días luego de que estallase el escándalo. Entre la media docena de mujeres que recordaron sus actitudes -que iban desde insinuaciones hasta mostrarles el pene-, se encontraba su colega Meryl Streep, muy criticada entonces por el movimiento feminista por no plegarse a las denuncias contra Harvey Weinstein.

A principios de 2018, el mismo día en el que recibía un Globo de Oro, James Franco era acusado por tres mujeres. En la ceremonia, Franco llevaba consigo el pin que decía "Time's up" (Se acabó el tiempo), en apoyo a las reivindicaciones feministas, lo que no hizo más que causar una mayor indignación por su presunta hipocresía. La Justicia estudia hoy las acusaciones de dos exalumnas suyas de actuación. Él, que estaba en la cresta de la ola, quedó sumido desde entonces en el ostracismo.

El productor y director Brett Ratner, el comediante Louis C.K. (que debió admitir su mal comportamiento), el fundador de Pixar, John Lasseter, los directores Bryan Singer (cuyo nombre fue retirado como nominado a Mejor director por Bohemian Rhapsody justamente por ello) y James Toback, y el actor Jeffrey Tambor fueron otras cabezas que rodaron en Hollywood tras el caso Weinstein.

El fenómeno tuvo sus réplicas en distintas partes del mundo. En Argentina la más notoria fue la acusación contra el actor y exgalán de telenovelas Juan Darthés, quien fue denunciado por la actriz Thelma Fardín y el colectivo de Actrices Argentinas en diciembre de 2018. Según denunció ella, Darthés la violó en un hotel de Managua, Nicaragua, cuando solo tenía 16 años, como parte de la gira de Patito feo. La justicia nicaragüense pidió la captura internacional del actor para ser procesado por "violación agravada", pero él ha dicho que no tiene intenciones de dejar Brasil, adonde se fue luego de estallado el escándalo. Este episodio también provocó su propio hashtag: #MiráCómoNosPonemos.