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Artes visuales

Guillermo García Cruz: “Es imposible trabajar pensando en hacer algo original”

Con 32 años, el artista visual uruguayo Guillermo García Cruz viene desarrollando su carrera en el exterior, con grandes logros como exponer en Miami, Nueva York, Barcelona o Lima y venderle una obra al príncipe de Serbia

10.09.2020

Lectura: 10'

2020-09-10T07:00:00
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Por Alejandra Pintos

A Guillermo García Cruz siempre le gustaron los cómics, el dibujo y la pintura. A los 18 años empezó a trabajar como ilustrador para agencias de publicidad y le iba bien, nunca le faltaban los proyectos. Los tiempos eran tiranos y muchas veces lo obligaban a pasar varios días sin dormir, trazando, pintando. Tampoco le gustaba que le corrigieran o lo editaran, pero intentaba dejar esas cosas de lado porque los ingresos eran cada vez más tentadores. Mientras tanto empezó a formarse, primero en el Instituto de Profesores Artigas para dar clases de Artes Visuales; también pasó por la Escuela Nacional de Bellas Artes, la Fundación de Arte Contemporáneo y diferentes talleres particulares.

A los 23 años le tocó enfrentarse a un trabajo que lo mantuvo tres noches despierto. Agotado, cedió ante una siesta, que al poco tiempo fue interrumpida por una llamada de la persona que estaba a cargo de ese proyecto. En un impulso, sin pensar demasiado, le dijo que no iba a terminar el trabajo y que si quería buscara a otra persona para que lo hiciera -tal vez las palabras fueron un poco menos elegantes-. Después de cortar el teléfono sintió como que se sacaba un peso de encima y retomó la siesta. "Ese día, más despierto, me dije que no iba a pasar una noche más sin dormir por trabajar para otro. Decidí hacer mi obra y que la compre el que le gusta. Yo venía del cómic, que me editaran y me corrigieran, y me sentía incómodo ya. Entonces dije: ‘De ahora en adelante no me importa lo que gane, voy a pintar y voy a hacer lo posible para que mi obra diga lo que quiero decir', recuerda en conversación con galería.

Cuando decidió dedicarse al arte, García Cruz exploró distintos estilos y técnicas, pero empezó a cobrar notoriedad con sus retratos realistas. Así llegó a exponer en la mayoría de los pocos lugares en los que se puede ver arte contemporáneo en Uruguay, como el Centro de Exposiciones Subte y la Galería Diana Saravia. También fue dos veces finalista del Premio Paul Cézanne, uno de los más importantes a escala nacional. La primera vez lo celebró como un triunfo, la segunda se quedó con el sabor amargo de no haberlo ganado. "Me quedé mal, me sentí rechazado. Estuve deprimido como por un mes", cuenta. Sin embargo, una amiga le dio un consejo que le cambiaría la vida: "Hacete el Premio García Cruz: agarrá una chanchita, guardá plata y juntá hasta tener para irte tres meses a Europa. La vida no se te va en un premio", le dijo. Con eso en mente vendió varias obras y, a los 25 años, financió su primera residencia en el exterior, en España.

Más adelante dejó el realismo e incursionó en el arte abstracto, algo que al principio no fue bien recibido por los galeristas locales. Sin embargo, eligió perseverar y continuar incursionando en ese camino que lo llevó a exponer en la galería Latchkey de Nueva York. Hoy volvió a tener su base en Montevideo, donde trabaja en su atelier y da clases en su propio taller y en la Universidad Católica. Hace unos días fue seleccionado como finalista del Paul Cézanne por tercera vez y, casi al mismo tiempo, vendió una de sus obras a Dushan Karadjordjevic, más conocido como el príncipe Dushan de Serbia, y a su esposa, Valerie de Muzio, ex relaciones públicas de Gucci. El tiempo le dio la razón.

¿Cuándo tomaste esa decisión de vivir del arte y viajar al exterior?

Desde muy chico trabajo en cosas relacionadas, como dibujante, diseñador gráfico, ilustrador y profesor de arte, que es mi carrera. En ese tiempo estuve investigando sin pensar mucho lo que iba a hacer. Después empecé a pintar en un taller y decidí que quería dedicarme a eso. A los 25 años, cuando me fui a Estados Unidos a hacer un curso de un año que se llama Growing and painting in Contemporary Art, desarrollé un concepto, se generó algo más sólido. Al poco tiempo me di cuenta de que si quería dedicarme a esto no podía quedarme acá. En Uruguay lo podés hacer en paralelo a otra cosa pero si querés vivir de esto, tenés que viajar.

¿Tiene que haber un concepto detrás?

A mí me parece superimportante dejar un mensaje y por eso fue trascendente estudiar el tema de los conceptos, no solo pintar por pintar, generar preguntas y plantear temas y que la gente se vaya con una pregunta en la cabeza.

No todo el mundo entiende eso del arte contemporáneo.

Yo tengo una formación supertradicional como artista, era retratista con técnica realista y en ese momento odiaba el arte abstracto, me parecían unos ladrones que no sabían pintar. Creía que uno no tenía que leer nada para entender la obra, sino que la obra tenía que impactar. Me llevó mucho estudio entender que no es así. Esa es la diferencia entre el arte moderno y el contemporáneo. El moderno se explica por sí solo, el contemporáneo tiene un discurso al lado y eso te cambia totalmente la experiencia. Por ejemplo, no es lo mismo ver un vestido en una muestra que verlo y después leer que es el vestido de una mujer asesinada en Tacuarembó y que es un recurso para hablar de violencia doméstica.

¿Cuando entendiste eso fue que se dio el quiebre en tu obra y pasaste de los retratos a lo abstracto?

En realidad el cambio se dio un día, me aburro rápido. Mi obra ahora habla del contexto en el arte contemporáneo y cómo es cada vez más importante el contexto que el objeto para validar algo. A mí siempre me interesó lo metalingüístico, el arte que habla sobre arte, y empecé a trabajarlo.

Lo primero que hice fue pintar salas de museos, porque son más importantes que los cuadros. Eso fue mutando y cambiando, yendo hacia el minimalismo, hasta llegar a lo que es ahora, que pinto paredes en perspectiva que refieren a la arquitectura institucional y contrasta con algo orgánico que es más expresivo y aleatorio. Para eso uso el amarillo flúo porque es un color que marca lo importante en la cultura occidental, entonces la frase que lo resume sería: "No importa lo que pase en términos expresivos, sino la institución que lo valida". O tal vez sea una pregunta. Después, por mi constante curiosidad, quise salir del plano y pasar a lo escultórico. Para seguir explorando eso se me ocurrió agarrar bloques, que en una galería salen mil dólares, y dejarlos tirados en la calle. Lo llevé al extremo cuando los dejé en la Isla de las Gaviotas, es lo opuesto a un museo porque nadie puede ir.

Es un poco lo que criticó Maurizzio Catelan en la última edición de Art Basel con la banana pegada con cinta.

Sí, o Duchamp.

¿Cómo fue recibida tu obra?

En el momento que pasé de lo figurativo a lo abstracto fue medio drástico, me echaron de todas las galerías.

¿Cómo lo viviste?

Tenía un impulso superfuerte y creía en lo que estaba haciendo. Estaba sólido y no me importaba nada, a la larga iba a funcionar. No voy a negar que dudé, me planteé si no estaba arruinándome la carrera, pero al cabo de un año me invita el curador a Miami como artista latinoamericano. Yo no lo podía creer. Ahí fue el quiebre y mi obra se empezó a ver internacionalmente.

O sea, la decisión dio sus frutos.

Yo no sé si lo que estoy haciendo está totalmente bien, pero creo en mi obra y al que le gusta, le gusta.

¿Cómo llegaste a venderle una obra al príncipe de Serbia?

Lo que tiene Nueva York es que pasan esas cosas, nunca te lo imaginás. Expuse en la feria Pinta Miami, en la semana de Art Basel con, invitado por el curador Roc Laseca como el nuevo artista geométrico latinoamericano, junto con la obra de Carmelo Arden Quin y José Gurvich. En esa feria la galerista y coleccionista Natalie Kates vio mi obra, le encantó y me pidió que le mandara cosas. Pero entre una cosa y otra pasaron dos años. En el medio salieron muestras colectivas en el exterior, que representan una inversión. Incluso yo le decía que cuando quisiera nos reuníamos en Nueva York, cuando en realidad estaba yendo y viniendo desde Madrid, pero cada vez que ella me decía para juntarnos iba hasta ahí, porque sabía que era importante.

¿Cómo resumirías tu experiencia estudiando y exponiendo en el exterior?

Fue increíble. Acá en tus muestras los que van son amigos, profesores u otros artistas, no hay coleccionistas ni críticos prácticamente. Entonces estuvo muy bueno salir a ver qué decía la gente, medirme afuera. Me sirvió muchísimo para reafirmarme y, además, surgieron posibilidades interesantes. Acá pueden pasar muchas cosas buenas, pero lo que te hace saltar de escalón es salir. Es una cuestión matemática, de proporción de la población.

Coleccionistas hay 10, buenos, una vez que te compran los 10 ya está. Para el tamaño que tenemos hay una densidad increíble de artistas y el mercado no da para mantenerlos a todos. En Uruguay para vender un cuadro a más de 2.000 dólares tenés que hacer un tour por tu atelier, contarle tu inspiración, aceptar el pago en cuotas. En Estados Unidos están en una galería, les gusta, te lo compran y siguen charlando. Hay coleccionistas y hay quienes compran como objeto decorativo.

Y la docencia, ¿fue algo que siempre te gustó?

Estoy obsesionado con el tema de esta existencia pasajera y que me gustaría dejar un mensaje, a través de mi obra o a través de las clases que les doy a mis alumnos. Entonces, para mí las clases son una manera de hacer arte. Empecé de manera inocente y después empezás a ver que hay alumnos que se destacan y es todo orgullo. Sentís que una parte tuya está viajando por todos esos lugares.

¿Qué opinás de la formación en arte en Uruguay?

En la Universidad Católica la idea es profesionalizar la carrera del artista, trabajando por proyectos, bajando a tierra lo que es la tarea y dándole un enfoque multidisciplinario. En la materia Proyectos les hablamos de lo que es presentarse a fondos públicos, describiendo desde dónde parten y hacia dónde van, trabajando conceptos. Para mí, Bellas Artes está un poco quedado en el tiempo. En primer lugar no cambian el programa hace varias décadas y es muy idealista, si hablás de galerías de arte, ya es mala palabra. Creo que también es fundamental complementar la formación con talleres, hacerse su propia carrera.

¿Cómo es para un artista joven producir obra hoy? ¿No sentís que está todo hecho?

Eso lo hablo con mis alumnos. Para mí, es imposible trabajar pensando en hacer algo original, lo que tenés que hacer es solo trabajar. Es una búsqueda personal. Si no, lo que estás haciendo es ponerte demasiada presión. Capaz que gráficamente parece que está todo hecho, pero pasan un montón de cosas nuevas y también surgen nuevas maneras de interpretarlas. Entonces, sí, tu obra se va a parecer a otras, pero lo que importa es el concepto.