Personajes
Un hombre valioso en un año difícil

Gonzalo Moratorio: el capitán del equipo

De Parque del Plata a París, de la Liga Senior al Instituto Pasteur, del surf a los kits para detectar Covid-19: este virólogo fue uno de los 10 científicos destacados de 2020 según la revista Nature.

30.12.2020 05:00

Lectura: 21'

2020-12-30T05:00:00
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Por Leonel García

Un guía del Espacio Ciencia del Laboratorio Tecnológico del Uruguay (Latu) tiene unas tareas muy definidas: debe motivar al público a interesarse e interactuar con las exhibiciones, a hacerse preguntas, a ver la ciencia como algo cercano y útil. No es un público fácil: de lunes a viernes son escolares y liceales que, salvo excepciones, encuentran más divertido ir al vecino Portones Shopping que permanecer ahí; los fines de semana predomina un público más familiar, que quiere más pasar el rato que aprender. Es un trabajo a término y, en un cálculo rápido, Martha Cambre, quien desde 1996 está al frente de ese lugar, estima en hasta 350 las personas que en este tiempo han cumplido esa función. Muchos, muchísimos, han dejado menos recuerdo que una sombra; otros no. Gonzalo Moratorio está desde lejos dentro de estos últimos.

"Él es una persona memorable. Estuvo solo cinco o seis meses con nosotros, en 2005, y todavía lo recordamos", dice Cambre a Galería. El virólogo que el 15 de diciembre fue uno de los 10 científicos destacados en todo el mundo por la prestigiosa revista Nature, en un año donde la ciencia hizo más falta que nunca, por entonces estaba terminando su título de grado en la Facultad de Ciencias de la Universidad de la República (Udelar), donde además ya trabajaba en una cátedra. Pintaba para crack. "Era muy destacado como guía. Tenía una enorme capacidad de transmitir conocimientos. Era una persona muy comprometida con la tarea, superempática, de esas que no pasan desapercibidas".

Cambre recuerda que en algún momento a Gonzalo se le complicó seguir trabajando como guía porque los horarios en la facultad no se lo permitían. En el Latu movió todo lo que pudo para que el joven estudiante culminara el ciclo. "En mi casa ya sabían de Gonzalo antes de toda esta ‘publicidad'. Ya desde entonces se veía que su vida profesional iba a ser muy exitosa".

Familiares y amigos opinan lo mismo. Este hombre portador de un carisma a prueba de balas y un liderazgo natural, defensor de causas perdidas, enamorado de Parque del Plata, hincha a muerte de Uruguay, de la Udelar y del Instituto Pasteur, fanático del surf y de Nacional, rústico defensa o volante central, técnico motivador, científico motivador, seguidor de Bajofondo, Campo, Jorge Drexler y Orishas, pareja de una médica llamada Natalia Ibáñez y humano a cargo de un border collie llamado Omar, estaba condenado al éxito. Solo faltaba que el resto del mundo se enterara. Y la notoriedad le llegó este año.

Año loco. Pasan las 9.30. Gonzalo Moratorio (38) llega al Instituto Pasteur. Estuvo trabajando hasta las dos de la madrugada, lo que dio por tierra su intención de levantarse 4.30 para ir a surfear. Jean negro, camisa blanca, championes y tapaboca, parece la reina del Carnaval de tanto saludar a colegas científicos y funcionarios. Y si este año fue de locos, el raid de notas al que debió atender tras la distinción en Nature lo subió a demencial.

Todo ocurrió muy rápido. En febrero, este profesor adjunto de Virología de la Facultad de Ciencias de la Udelar asumió como director del Laboratorio de Evolución Experimental de Virus del Instituto Pasteur de Montevideo. Apenas tuvo unos días de paz. El director de ese instituto, Carlos Batthyány, lo convocó enseguida a una reunión virtual con otros científicos de todo el mundo para informarse de la pandemia que se avecinaba. Gonzalo era director de un laboratorio que en ese momento estaba vacío y sin equipo, por lo que tuvo que comenzar trabajando en la vecina facultad.

Para marzo ya podía hacer los primeros test de diagnóstico molecular a través de la técnica PCR; para fines de abril culminó la elaboración de los kits de diagnóstico. En pocas palabras: esto fue pasar de trabajar con tubos de ensayo en hielo seco a buenas prácticas de laboratorio. El proceso incluyó montar una red de laboratorios de diagnóstico a disposición de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE). Todo eso le permitió a Uruguay pasar los primeros ocho meses de la llegada de la pandemia siendo una isla tranquila en un océano embravecido, cuyas olas sepultaban a todo el mundo.

Definitivamente, este 2020 será recordado como aquel que el ciudadano de a pie comenzó a familiarizarse con los científicos y su trabajo. Claro, para eso fue necesario el advenimiento de una especie de plaga bíblica, bajo la forma de un nuevo tipo de coronavirus llamado Covid-19. "Eso es cierto. Por un lado es un poco irónico que haya que llegar a situaciones límite como esta para valorar una actividad que es transversal a todos los desarrollos humanos", dice Moratorio a Galería, sentado en uno de los bancos del jardín del instituto, al aire libre, con distancia y tapaboca. "Por otro, también es parte de la naturaleza humana: siempre que pasan esas situaciones límite valoramos lo que teníamos e ignorábamos. El periodismo, si vamos al caso, no solía estar interesado en cubrir notas científicas". Ouch.

Si se le pregunta cuál considera que es su mayor logro este año, lo resume en una idea: redireccionar todo el sistema científico del país hacia la salud. "En momentos donde lo que más faltaba eran capacidades y máquinas que permitieran hacer este testeo molecular, pudimos contar con científicos que aunque trabajaran en otras áreas -microbiología marina, ecología microbiana, inmunología, oncología, neurociencia-, aprendieron las técnicas que había que emplear. Los pudimos alinear, dispersar por el país y montar laboratorios de testeo de Covid-19 públicos". Eso, por supuesto, supo de resistencias (ver recuadro). Aproximadamente 20% de los más de 600.000 test realizados en el país son con kits del Pasteur. "Y tenemos otros 100.000 para entregar, todo para ASSE".

Su trabajo hizo que Uruguay ganara tiempo, pero los últimos números hicieron que Uruguay dejara de ser una isla para comenzar a ser tapado por el agua. "Preocupa, sin duda. Lo que hicimos fue visibilizar al virus de la única forma posible: testeando rápido, trazando los contactos y confinando a quien haya que confinar. El diagnóstico es muy importante pero no alcanza para contener su expansión. El tiempo ya lo ‘compramos'. Preocupa lo que pasa ahora, que vivimos la primera ola; pero ese tiempo ganado debe servir para que otros actores intervengan". La ansiada vacuna será, resume, la luz al final del túnel. "Pero no va a ser una panacea apenas llegue, sino que lo será de forma gradual, escalonada. Habrá que continuar con las medidas de tapabocas y distanciamiento social. Además, para que sea efectiva debería vacunarse entre 70% y 75% de la gente, para que se logre la inmunidad de rebaño".

Gonzalo llegó a ese punto en que lo reconocen en la calle, lo saludan, lo invitan una cerveza... y lo saturan a preguntas. ¿Cómo se lleva esa fama súbita? "A veces me genera cariño y a veces me incomoda. Hoy en día todo aquel que me ve me habla de lo que yo hago y del coronavirus. Todos los días tengo siete u ocho consultas de amigos, allegados o conocidos de contactos, o directamente de contactos. Sí, a veces es cansador, ¡a veces quiero hablar de otras cosas!".

Perfecto.

Desde La Mondiola. El don de líder que todo el mundo le atribuye a Gonzalo, al menos eso dicen los que lo conocen desde su infancia en el barrio La Mondiola, vino desde la cuna. Ya se reflejaba entre sus amigos y en el fútbol: apelando a las metáforas futboleras tan relacionadas con el Covid en Uruguay, lo recuerdan como un zaguero o "centrojás" raspador y motivador de esos capaces de sacar al equipo adelante con un grito en el momento justo, así en la cancha, así en la vida. Como lo fue Obdulio Varela; y como el Negro Jefe, lo suyo a nivel científico -basta ver los otros nueve distinguidos por Nature- también es el equivalente a un Maracanazo.

Gonzalo nació el 8 de octubre de 1982, es el mayor de tres hermanos.

Gonzalo Moratorio nació el 8 de octubre de 1982. Es el mayor de los tres hijos varones de Ricardo Moratorio, odontólogo, y Silvia Linares, una licenciada en Administración de Empresas que se dedicó al transporte de escolares y a trabajar en una escuela pública de discapacitados; sus hermanos son Rodrigo y Santiago. Esa burbuja familiar, una ebullición de testosterona por calle Buxareo, se ampliaba con sus dos primos varones. Era un núcleo muy fuerte: los respectivos padres eran hermanos mellizos entre sí y las madres, tía y sobrina. Los cinco Moratorios, que hoy van de los 33 a los 40 años, eran sumamente unidos, sumamente bolsos y sumamente apegados al colegio San Juan Bautista, ligazón que permanece hasta hoy.

"En el colegio había uno de nosotros por generación", cuenta a Galería Guillermo Moratorio, contador y primo de Gonzalo. "No éramos ni los más tranquilos ni los más bravos. Eso sí: Gonza era muy enérgico, muy inquieto. Eso es lo que le ha permitido conseguir lo que consiguió. Y desde chico tenía un liderazgo natural".

Gonzalo entró al San Juan a los cuatro años, al jardín de infantes. Recién se iría a los 18, al terminar sexto de liceo. Ahí lograría lo que en otros lados, ya sea la Facultad de Ciencias, el Latu, el Pasteur o la barra de Parque del Plata: dejar huellas.

"Desde chico, el Pelado fue de esos tipos que siempre piensan en el colectivo, siempre tuvo un gran sentido de la justicia, un enorme idealismo y le gustaba abrazar las causas perdidas", agrega Santiago Moratorio, abogado y hermano menor. Eso incluía tanto de niño armar una colecta para que un compañero de clase no se quedara sin ir al campamento, como de grande asumir una responsabilidad para que un colega no se quedara sin trabajo. "Es un tipazo, un hermano de esos que son amigos. Es mi referente, él y mi vieja", lo define.

Lo de Pelado, el seudónimo más obvio posible, tiene una historia: Gonzalo decidió cortar por lo sano y raparse luego de descubrir que teñirse el pelo para seguir una onda surfista no había sido una buena idea. "Se lo tiñó de amarillo, casi blanco, ¡y no le creció más!", cuenta su hermano más chico.

Santiago también fue dirigido por su hermano en San Juan Universitario, en el campeonato Sub-20 de la Liga Universitaria. Como futbolista amateur, el Pelado era un volante defensivo o zaguero de esos que el hincha uruguayo ama: visceral, aguerrido, tan dotado de entrega como poco técnico y sin temor de darle una buena murra al más peligroso de los rivales. Como técnico no podía esperarse que fuera un lírico. En rigor, en ese equipo había una dupla técnica: uno de los entrenadores, Ignacio Hermida, que era profesor de Educación Física y había hecho inferiores en un equipo profesional, hablaba de táctica, estrategia, de tapar la subida de los laterales, de doble cinco y esas cosas; luego llegaba el turno de Gonzalo, que, a pura motivación, levantando los techos del vestuario con sus arengas, los hacía poco menos que salir a la guerra, con el cuchillo entre los dientes. Algo así como el Cholo Simeone, pero a nivel amateur. "En ese año (2006) salimos campeones de punta a punta", recuerda con orgullo su hermano menor.

Gonzalo también es un enamorado de Parque del Plata, en los veranos con base en la calle 27, cerca del Solís Chico. Muy cerca, en la desembocadura de ese arroyo en el Río de la Plata y en la Playa Brava de Atlántida, comenzó su amor por el surf.

"Y todavía hoy organiza su agenda profesional según cómo estén las olas", dice Ignacio Nacho Pereira, uno de esos amigos que se hizo en Parque del Plata. En aquellos locos veranos adolescentes, muchas mañanas encontraban a la barra volviendo del baile -Six o Piedra Lisa, en Atlántida- para tomar las tablas y enfilar hacia la playa.

"Parque del Plata es mi lugar, un sitio ahí cerquita donde encuentro la tranquilidad, donde pasé los momentos más lindos de mi infancia y mi adolescencia", dice Gonzalo. Como su madre era transportista escolar, se vivían eternos veranos de tres meses de largo, al punto que llegaba a olvidar cómo era su cuarto en Montevideo. "Ese lugar me dio un grupo de amigos de toda la vida, que hoy nos hacemos llamar La Liga Senior, ya que nos estamos volviendo viejos. Siempre comienzo ahí el Año Nuevo". Esta vez, aunque distinta, no será la excepción.

Enamorado de la ciencia. A Gonzalo la ciencia le interesó desde chico. Le decían Donatello, como la tortuga ninja más aficionada a los experimentos de los famosos dibujos animados. Su primo Guillermo recuerda que también solían encontrarse en un campo familiar en Lavalleja, donde alternaba su amor por la naturaleza con acciones más repentinas como bajarse del caballo para alcanzar corriendo una mulita y atraparla con las manos, algo que todo aquel con experiencia campera sabe es harto difícil. "¡Estaba loco!".

Hace algunos meses, en un artículo de Galería sobre jóvenes científicos destacados, Gonzalo dijo que la película Epidemia (Outbreak, 1995), con Dustin Hoffman, Rene Russo y Morgan Freeman, alimentó esa pasión. Estaba entre Facultad de Medicina y Facultad de Ciencias, y se decantó por esta última. Que ser científico en Uruguay generase más incógnitas que certezas no fue nunca un obstáculo para él, ni dejó que lo fuera para nadie.

De cualquier forma, en lo de los Moratorio-Linares había una regla tácita: había que ser profesionales y para ello había que estudiar en la Universidad de la República. "Papá pagaba hasta el liceo", ríe Santiago. Y el Pelado, añade, era un cerebro de esos que tenía el verano libre porque no perdía ningún examen. "Donde fuera la iba a romper". Otro de sus grandes amigos, Sebastián Gutiérrez, CEO de una empresa de software que colaboró con el Pasteur para optimizar los diagnósticos PCR, dice a Galería que Gonzalo tenía claro que no se metía en ese mundo para hacerse millonario: "Estudió eso por ser buena persona, por ser utópico, por la gente, por querer pensar en los demás", subraya.

"Nunca elegí la carrera en función del salario", dice, tajante, Gonzalo. "Si hay algo que me inculcó mi madre es que tenía que hacer lo que me hiciera feliz. Y para mí el trabajo es alegría: me lo llevo a casa, trabajo los fines de semana, soy un obsesionado, un enamorado de la investigación científica y de motivar a los más jóvenes a que se suban al barco conmigo".

Sus amigos subrayan que se fue al extranjero pensando siempre en volver, en retribuirle a su país la formación que le dio. Gonzalo obtuvo su título de grado y su maestría en Uruguay, pero su doctorado lo cursó entre Montevideo y San Francisco. "Ahí, en 2010, me di cuenta de que quería hacer evolución experimental". A eso le siguió un posdoctorado en París, en la casa madre del Instituto Pasteur, entre 2012 y 2018. "Esa fue la experiencia más desafiante desde el punto de vista científico de mi vida. Ahí pude debatir en profundidad, ponerles alas a mis ideas. Y no me faltaba nada en materia de tecnología ni de maestros". Dos pisos más abajo, relata, estaba la nobel de Medicina Françoise Barre-Sinoussi. "Yo iba a la terraza común y me la encontraba, con 70 años, un cigarrillo y un café, dispuesta a discutir contigo de lo que quisieras".

El extranjero también le sirvió para templar el carácter. Gonzalo vivó más de cinco años en un apartamento de apenas treinta metros cuadrados que no fue fácil alquilar y no solo por el precio. "Yo gastaba más de la mitad de mi salario en la renta y a veces sentía que me discriminaban por mi acento, como si me hicieran un favor en dejarme alquilar". Un día encontró un colchón de lana en la calle, algo que le era económicamente prohibitivo, y se lo llevó a su casa en una bicicleta pública. Hubo que desinfectarlo durante varios días en un balcón. Su entonces pareja lo quería matar.

Cables a tierra. Gonzalo, como tenía previsto, volvió a Uruguay. También volvió a Arquitectura Juniors, el equipo de fútbol universitario con el que salió campeón en 2008. Lo hizo como técnico, cargo que ejerció en 2019 y 2020. Ya para el año próximo le será imposible, dado el volumen de trabajo que tendrá. Al menos espera volver a sentarse en su butaca en el Parque Central para gritar por Nacional.

"Es la persona más inteligente que conozco y la de corazón más grande", asegura Sebastián Gutiérrez. Sus amigos también señalan que esa característica personal suya, de brindarse siempre al máximo por los demás, tiene un punto flaco: Gonzalo también exigía reciprocidad en el trato, y esa es la forma más rápida y fácil de sufrir decepciones.

El 1º de marzo de este año, cuando comenzaba a instalar algo parecido a un laboratorio en el Pasteur, 12 días antes de que se anunciaran los primeros casos positivos en Uruguay, su pareja, la doctora Natalia Ibáñez, con una maestría cursándose en el Pasteur y una residencia en Nefrología que culmina el año próximo, se mudó con él a su apartamento cerca del Hospital de Clínicas. Un virus surgido en China trocó radicalmente las ideas que tenían los novios. "Fue bastante divertido cómo acomodar la casa pasó a estar segundo en la lista de prioridades", se ríe la médica en diálogo con Galería. En el verano había hablado del coronavirus, pero como algo del mundo ancho y ajeno. Cuando de China pasó a Europa, las alertas comenzaron a sonar.

Ella lo acompañó en todo el proceso. Desde los inicios hasta fines de abril, cuando presentó los primeros kits de diagnóstico, fue testigo de la parte más ardua del trabajo. "Yo creo que todos esperábamos que se complicaran al principio, pero él estaba muy enfocado en sacar los kits y la red de laboratorios adelante. ¿Viste cuando alguien se pone una meta y no atiende a otra cosa? Así. Si tuvo flaquezas, no las vi", cuenta.

Parque del Plata es su lugar en el mundo.

Gonzalo se enteró de la distinción de Nature cinco días antes de la publicación, a través de un correo electrónico. El grupo de WhatsApp de la familia ardía. Cuentan que dijo sentirse como un jugador de poca monta entre Maradona y Pelé. Es que a la par suyo, también fueron distinguidas estrellas mundiales como el director de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Tedros Adhanom Ghebreyesus, y el director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas de Estados Unidos (NIAID, en inglés), Anthony Fauci. "En todo caso, serás el Luis Suárez de la ciencia", le replicaron.

"No se lo esperaba, ¿quién podía esperar eso?", dice Natalia. Él asiente. "Esto impactó mucho en el mundo científico, me llegaron felicitaciones directas de todo el mundo, de mis mentores, de mis profesores, mucho... wow...", gesticula. El desvelo y el trabajo de este año, subraya, valieron la pena. "Pero no valieron la pena por esta distinción, sino porque contribuyeron -junto con otras medidas- a que hoy estemos en la situación que estamos", resalta. Nuevamente: tiempo ganado, visibilización de la enfermedad, una de las mortalidades más bajas del mundo.

"Ser protagonistas en primera fila de su película nos causa mucha gracia y nos hace sentir orgullosos. Está explotando en su máxima expresión", grafica Nacho Pereira. En la barra, hace mucho que lo llaman "el Gonza de la gente", parafraseando al libro de Diego Maradona.

Gonzalo da la sensación de estar enchufado a 220 todo el tiempo. Natalia dice que no es la imposición de un personaje, sino que es así naturalmente: carismático, efusivo, pasional en lo que hace, sensible con la gente. Un cable a tierra es -otra más que lo reafirma- el surf, con el canario Balneario Argentino como uno de sus enclaves preferidos (y a mano); el otro es Omar, un perro que le regaló un amigo, Juan Filloy, a mediados de este año loco.

"La llegada de Omar fue terapéutica", dice Gonzalo, y es posible adivinarle la sonrisa a través del tapabocas. "Me acompaña al laboratorio, se crio entre científicos, todo el equipo lo cuida, solamente pide atención". Natalia y la posibilidad de irse aunque sea unas horas para afuera son otros remansos de paz, añade.

El Fin de Año lo encontrará en Parque del Plata. No será un cambio de almanaque más. "En casa hay una hamaca de hierro, bien de balneario, en el jardín. Después del brindis, desde las doce treinta o la una, todos los amigos del barrio, de todas las épocas, se iban para ahí, con un cerveza, un vino o un champagne a brindar por el año nuevo. Así ha sido siempre. Este año será un festejo mucho más cerrado, con la familia", dice Gonzalo. Seguramente brinde esperando que la despedida de 2021 sea con algo de Vieja Normalidad.

"ES UN DON QUIJOTE"

En su edición del 15 de diciembre, Nature consignó a Gonzalo Moratorio como uno de los 10 científicos más destacados de 2020, un año en el cual como nunca la ciencia dejó de ser algo distante para notarse su aplicación práctica. El diseño de un test para detectar positivos de Covid-19 y la creación de una red nacional de laboratorios para su implementación fueron las claves para que, al momento de cerrarse el artículo, hubiera menos de cien muertos por coronavirus en Uruguay.

"Estamos ganando tiempo. Y ese tiempo será precioso antes de que lleguen las vacunas", dijo en esa nota. El gran mérito de Moratorio fue desoír voces escépticas sobre el impacto que podría tener esta pandemia en el país -entre ellas, la del director del Pasteur, Carlos Batthyány- y junto con su equipo puso manos a la obra para confeccionar test propios.

Según el propio virólogo le dijo a Galería en su edición del 6 de agosto, los kits de diagnóstico fueron elaborados con partes adaptadas, juntadas y cambiadas. "Atadas con alambre". Bien a la uruguaya. Pero esa solución permitió llegar a todo el país con un enorme ahorro en lo económico y lo sanitario.

En Nature, Batthyány calificó a Moratorio de una manera particularmente gráfica: "Es un Don Quijote" y un tipo "capaz de derribar montañas" en pos de lograr un objetivo.

PELEAS INTERNAS Y EXTERNAS

Gonzalo Moratorio ha destacado siempre a su equipo en el Laboratorio de Evolución Experimental del Virus del Instituto Pasteur de Montevideo por los logros alcanzados. Esto incluye a Pilar Moreno, la codirectora, Fabián Aldunate, Rodrigo Arce, Alicia Costábile, Natalia Echeverría, Álvaro Fajardo, Diego Ferla, Irene Ferreiro, Paula Perbolianachis, Marianoel Pereira y Diego Simón. Los nombra uno a uno y pide que sean nombrados. Como ya le había dicho Moratorio a Galería, su rol es el de actuar "como jugadores de ajedrez" ante el Covid-19, tratando de anticiparse a sus pasos.

Ese equipo se hizo fuerte en el momento en el que más debió serlo. "Hubo momentos de mucho estrés, con discusiones muy duras de trabajo con algunos miembros del equipo, sobre todo con Pilar, que es una amiga a la que quiero como a una hermana. Es que nunca me pasó de estar bajo tanto estrés".

Cuenta Gonzalo que cuando comenzaban a desarrollar los kits hubo "una pelea muy dura" con patólogos clínicos, formalmente quienes debían estar a cargo de los diagnósticos. Es que Moratorio quiso, e impuso, que todo el sistema científico nacional se direccionara hacia la salud. "Esto quería decir que debimos poner a diagnosticar a gente que normalmente no lo haría, ¡pero esa era la solución! ¡Redireccionar! La alternativa hubiera sido importar no solo equipamiento, que al principio era poco y malo, sino recursos humanos. ¡Incluso se barajó la idea de traer aviones desde Corea del Sur con equipos y gente!".