Cultura
Dramas, comedias y la vida misma

Gimnasia emocional en escena: el teatro como terapia

Por dar lugar a la creatividad y los sentimientos, el teatro puede ser utilizado por la psicología como método terapéutico; además, hay quienes recurren a él simplemente para bucear en su interior

21.03.2021 06:00

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2021-03-21T06:00:00
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Por Leonel García

Dos veces en su vida, el músico y profesor de música Piero Echeverriaga, de 28 años, acudió al teatro para hacer terapia. De adolescente lo hizo para poder vencer su timidez y así desenvolverse mejor ante los demás; de adulto, para poder conocerse mejor a sí mismo, en un difícil momento que vivía. "Empecé a ir al psicólogo a los 11 años, luego de que mis padres se separaron. Me costó procesarlo. A los 15, le dije al psicólogo que quería hacer teatro y le pareció una buena decisión". Piero era muy inseguro, "pasado de correcto con los profes en el liceo", y eso le afectaba mucho, no solo en lo relacionado con sus pares sino que temía por sus sueños de ser cantante. Si no podía ser espontáneo con sus compañeros de clase, ¿cómo podría pararse en un escenario ante desconocidos? "Pensé que haciendo teatro me soltaría más, y me anoté en Arteatro con el intención de vencer el ridículo".

El inicio fue con juegos. "Yo había vuelto a ser un niño. Todos los participantes habíamos vuelto a ser niños. Trabajábamos mucho con las vulnerabilidades, en expresar las emociones, no era solo aprender un texto". En esa experiencia recuerda que tomaban frases aparentemente sin sentido, pero poniendo en juego distintas emociones y posturas corporales. Pronto aprendió que no es lo mismo decir "mucho ruido y pocas nueces" en tono monocorde que irónico, gritando con los brazos abiertos que entrelenguas, a distancia de un compañero que al lado.

"Al principio me movilizaba el cuerpo, sentía que se me quebraban algunas estructuras rígidas. Luego eso lo pude extrapolar a la mente. Me volví más espontáneo, algo que definitivamente no era. Me animé a hablar más en reuniones familiares y cumpleaños. Ese miedo al ridículo, que lo tenía en todas las situaciones, lo fui perdiendo", afirma el finalmente músico y docente.

En su Poética, obra fechada en el 355 a. C., Aristóteles ya hablaba de la función catártica del teatro clásico griego. No es raro que alguien llegue al teatro buscando aventar sus propias inseguridades y aun sus demonios internos. Y tan catártico resultó ser, que incluso ayudó a generar una corriente terapéutica.

Transformar y soltar. Pasarán los años y los grupos de terapia, pero a la psicodramatista Carmen De los Santos hay cosas que siempre la harán conmover. Una de ellas es cuando uno de sus pacientes logra hablarle a un familiar o amigo muerto. "Te quiero, mamá". "Papá, perdoname por no haber estado ahí". "Flaca, ¿te dije que te extraño?".

Hay gente que transita toda la vida el dolor de andar con las palabras atragantadas. En el psicodrama, un método de terapia grupal creado hace un siglo por Jacob Levy Moreno, se apela a elementos teatrales para lograr tal vez no una cura, pero sí al menos una transformación donde sea posible sacar la angustia de adentro. "En el psicodrama es posible traer a esa persona muerta, hablarle, darle un abrazo, quitarse ese dolor. En un grupo, a uno de los integrantes le había fallecido su mamá y él no pudo ir a despedirla. Y todos fueron con él, durante la sesión, simbólicamente, al cementerio. Y yo les propuse a todos que enterraran a sus propios muertos. Ahí es cuando ves que no hay un protagonista solitario. Es todo el grupo el que acompaña y transforma", dice De los Santos, también docente de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República.

Por su parte, la bailarina y terapeuta Graciela Figueroa, quien a los 17 años fue fundadora del Teatro Uno con Alberto Restuccia, Luis Cerminara y Jorge Freccero, dice que el teatro "es una gimnasia de las emociones impresionante". A sus cursos en el Espacio de Desarrollo Armónico asisten desde personas jóvenes a ancianos, en su gran mayoría mujeres que quieren "soltarse", tanto a nivel artístico como personal, caminos separados que para ella no son tales.

Lo suyo no es terapia, al menos formal, pero le ha cambiado la psique (que deriva del griego "alma") a todos los interesados. "La vida les mejora a las personas. Todos los días alguien me dice que mejoró la relación con su familia, que se animó a abrazar a alguien, que se fortaleció. Más de una mujer que no podía quedar embarazada, finalmente quedó", añade Figueroa. "Una me dijo que se curó de un cáncer", remata.

Lo catártico de expresarse. Los dos mundos se han unido más de una vez. "Creo que cualquier expresión que ponga en juego la creatividad, la espontaneidad y la improvisación es curativa de por sí. Tenemos la capacidad de crear espontáneamente muy limitada y censurada por la socialización a medida que crecemos. Entonces, todo aquello que te conecte con la expresión creativa espontánea es sanador de por sí", afirma Julieta Lucena, actriz y psicóloga.

Lucena se formó escuchando que la actuación tenía fines artísticos y no terapéuticos y que lo contrario pasaba por la psicología. Pero en su experiencia, ya como docente, notó que los ejercicios teatrales "tienen un potencial transformador increíble para los adolescentes y adultos, sobre todo en el modo de ser y de vincularse". Ahora va más allá: "Ya no puedo pensar que el teatro puede no ser terapéutico".

El unipersonal Ser humana, hoy en cartel en el Teatro Victoria, trata sobre la pionera del psicoanálisis Sabina Spielrein. Su autora y protagonista, Angie Oña, habla del teatro como algo liberador. "Es algo que nos acerca al sentido de nuestra vida, la reaviva. Nos abre un campo de manifestación y expresión que no encuentra lugar en lo cotidiano. Nos ayuda a contemplar lo no dicho. Nos acerca amablemente, dulcemente, amorosamente, a lo reprimido. Nos revela más que en la vida misma. Llamale terapia o llamale hache".

Oña es docente de actuación en el Laboratorio de Emociones Escénicas. Ahí también es guía del Taller de Expresión Creativa que, explica, es "básicamente un taller de juegos actorales pensado para personas que quieren trabajar sobre sí sin intenciones de adentrarse profesionalmente en el campo teatral". Ella agrega que quienes participan suelen lograr "en pocas jornadas de taller lo que no han logrado en años de terapia". En el juego teatral, añade, uno es más genuino con su forma de ser e interactuar con los demás, al no estar las barreras impuestas por la sociedad.

En esos talleres Oña escuchó varios "quiero": "continuar en este espacio porque en él he conocido cosas de mí que no conocía", "desafiarme, vencer mis propios miedos", "descubrir lo que siento", "perder un poco la inseguridad", "sanar y descubrir otros mundos", "poder hablar en público cómodamente", "poder decir no cuando quiero decir no".

Drama por terapia. En el psicodrama no hay fin artístico -nadie tiene por qué tener la mínima formación actoral- ni un guion preestablecido. Si hay un disparador, dice De los Santos, este nace desde la conflictiva particular y se trabaja en grupo. Como si hubiera un actor protagonista y otros de reparto. Consta de tres etapas: el calentamiento, la dramatización en sí y el sharing (el compartir, la puesta en común). En esta última etapa, no vale juzgar al otro. "Si uno sabe que va a ser juzgado, no puede ser espontáneo", asegura la psicodramatista. Si ninguno es actor, ninguno tampoco va a ser crítico teatral. Y hay un pacto tácito de confidencialidad sobre lo que pasa dentro del grupo.

La dramatización, o sociodrama, puede tener al grupo como protagonista o puede recaer el centro de la acción dramática en uno de los integrantes. "Yo puedo hacer una escena acerca de las discusiones que tengo con mi hija, pero alguien va a tener que tener el rol de mi hija. Incluso yo puedo salir y ver ‘mi drama' desde afuera, con alguien que hace de mí. Lo que psicoterapéuticamente se produce es una transformación de las conservas culturales, las situaciones que se estancan y a las que no le ves respuestas", explica De los Santos. Las personas van fluyendo con sus propias emociones.

Los distintos tipos de fobias son motivos habituales de consulta para este método terapéutico: a lugares cerrados, a lugares abiertos, a interactuar con la gente. Muchas veces son derivados por otros especialistas o asisten por motu proprio, interesados en una terapia grupal. Si bien es muy "democrático" y cualquiera está habilitado a participar, personalidades muy psicopáticas o con tendencia a boicotear al punto de afectar una dinámica de grupo están desaconsejadas. Aun así, recuerda De los Santos, hay antecedentes de trabajos con esquizofrenia y delirios. Ella misma ha visto reacciones fisiológicas increíbles, como remisiones de crisis asmáticas o bronquitis "en escena", amén de verdaderas transformaciones en sus vidas.

Tanto los psicodramas abiertos que De los Santos organizaba los domingos, como los grupos de terapia que montaba Julieta Lucena, fueron "víctimas" de la pandemia, que ha limitado todo tipo de reuniones bajo techo.

Las dos pasiones de Lucena se unen en Gesto Teatro Terapéutico, consultorio y espacio artístico a la vez. Si bien maneja técnicas del psicodrama prefiere ese otro término: teatro terapéutico. Y lo lleva a las dinámicas bipersonales entre el profesional y el paciente.

"Yo siempre uso la dramatización. Tengo un espacio grande para trabajar corporalmente, para hacer dinámicas con objetos, porque a veces con el diálogo solo podemos llegar hasta cierto punto", señala la actriz y terapeuta. Así, un almohadón (por ejemplo) puede transformarse en una persona o emoción a quién o a qué hablarle directamente.

Y lo contrario también ocurre. "En talleres de actuación he sugerido a mis alumnos crear monólogos a partir de los sueños o la historia personal. Si bien eso tiene como objetivo una exposición final, o sea, un hecho escénico, resulta ser un elemento terapéutico más, casi catártico. El tomar como material artístico tu propia vida y canalizarlo de forma creativa es muy liberador", agrega. Lucena predica con el ejemplo. Este mes reestrenó Mirame que nos miran, en Teatro Circular, escrita y protagonizada por ella. "¡Todas las relaciones de mi vida están ahí!", afirma.

En los grupos de teatro juega la mirada de los compañeros. "Yo creo en la potencia que tiene el compartir y crear en grupo: vos creás a partir de lo que sos y ves qué tiene el grupo para espejarte. Parte de la potencia transformadora es crear con alguien que te devuelva una imagen tuya con la que no conectás", apunta Lucena. El concepto de la mirada del otro (como la de un terapeuta) también es señalado por Oña. Para ella, las posibilidades terapéuticas del teatro "tienen que ver con que en el juego (teatral) bien abordado hay una maravillosa conjunción psique-emoción-cuerpo-acción que nos traslada a un devenir más genuino de nuestra forma de ser y nuestra forma de interactuar con la otredad".

Condición intrínseca. Piero Echeverriaga finalmente cumplió su sueño de ser músico, dedicarse al canto y también a la docencia. Toca guitarra, oboe y flauta dulce. Y volvió al teatro nuevamente en un momento parteaguas de su vida. Fue en 2019. Su padre transitaba una enfermedad terminal y él a su vez estaba buscando una oportunidad profesional en el exterior. Lo que faltaba en su vida era claridad. "Era un momento difícil. No tenía muy claro qué me estaba pasando. No había tenido tiempo para preguntarme cómo estaba".

Su madre, que se dedicaba a las terapias alternativas, le dijo que en el lugar donde trabajaba, el Instituto Akasha, había un taller de teatro terapéutico a cargo de Agustín Pérez Milano. "Fue algo muy intensivo, de dos o tres días, que no tenía una intención artística final, como sí había tenido en Arteatro", recuerda Piero. Aquella vez, el resultado personal fue un mayor desenvolvimiento. "Esto último me sirvió para acercarme a mí mismo".

Piero conoce al psicodrama y a otras expresiones terapéuticas basadas en el teatro. Pero de acuerdo a su propia experiencia, asegura que el teatro tiene esa capacidad per se. Lo mismo pasa con la música: aunque exista la musicoterapia, la música ya de por sí es terapéutica, aunque no haya nacido con ese fin".

ENTENDERSE DESDE EL PERSONAJE

La vendedora y estudiante de Ciencias Sociales Lucía Suárez (21) era, ella admite, supertímida. Quienes la conocen dicen que se queda corta: que era algo así como el summum de la timidez. Actuar, algo que amaba desde niña "imitando los comerciales de la tele", fue lo que le dio el empujón para animarse a interactuar con sus pares. Lo hizo en el liceo, en el centro comunal de su barrio y, finalmente, en la Escuela del Actor.

"Para la obra final, que era una creación colectiva, me tocó hacer de una limpiadora que era alguien opuesto a mí: extrovertida, tenía que caminar encorvada, tenía que hablar fuerte, cosa que a mí me cuesta, y tenía que decir malas palabras, que a mí no me salen". Si bien disfrutó el proceso, dudó de poder hacerlo en las dos funciones de esa puesta en escena, en el Teatro del Anglo. "Pero al entrar al escenario, no pensé en otra cosa que no fuera actuar. Salió espectacular". No por nada, esa creación colectiva, titulada Utopía: la tiranía del puntazo, era una suerte de mundo del revés.

Gracias al teatro, Lucía perdió timidez, ganó seguridad y ganó amigos. En ese proceso logró domar dolores y penas internas. "Cuando vos hacés un personaje, tenés que entenderlo; ver por qué camina de determinada forma, por qué dice lo que dice, por qué hace lo que hace, qué lo llevó a ser así. Vos le creás una historia, una vida. Y para hacerlo creíble apelás a tu propia memoria emotiva: traer recuerdos tuyos al presente para las distintas situaciones del personaje. Y al tratar de entender a un personaje, terminás de entenderte a vos misma".

CIEN AÑOS DE PSICODRAMA

El surgimiento del psicodrama fue en Viena, Austria, en la Europa de entreguerras que, además de las ruinas, sufría la crisis del psicoanálisis. Su padre fue un psiquiatra y psicosociólogo judío rumano llamado Jacob Levy Moreno, quien también había cursado Filosofía y Medicina en la Universidad de Viena.

De acuerdo con la psicodramatista Carmen De los Santos, el germen de Levy Moreno en esta corriente fue observar el juego infantil. En él, los niños repetían roles, casi siempre de forma espontánea, transformando situaciones cotidianas.

En aquel entonces, según Levy Moreno, el teatro era muy elitista. Igualmente planteó un nexo entre el arte y la psicología como un método "para llegar, en grupos, a la verdad del alma mediante la acción y el potencial transformador de las artes dramáticas". Recién más adelante se desarrollaría el psicodrama de forma bipersonal.

"El psicodrama fue un poco marginal porque es demasiado artístico para ser científico y demasiado filosófico para ser artístico", opina De los Santos. "Pero eso le ha dado una suerte de pasaporte: podés ir de un campo disciplinario a otro, con solvencia y respaldo".

Del 5 al 8 de mayo de este año está prevista la realización del XIII Congreso Iberoamericano de Psicodrama, que se hará de forma virtual.