Cultura
Biblioteca extravagante

Gigantes, diminutos o encuadernados con piel humana: los libros más extraños del mundo

La producción bibliográfica de la humanidad exhibe sugestivas rarezas

28.08.2020

Lectura: 13'

2020-08-28T07:00:00
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Por Juan Andrés Ferreira

Hay libros enigmáticos, libros malditos, encuadernados con piel humana, libros gigantes, físicamente enormes, libros diminutos, liliputienses, que solo pueden leerse con la ayuda de una lupa. Y hay libros delirantemente extensos, experimentos con el lenguaje y la paciencia, libros desbordantes, escritos en el más absoluto secreto, prácticamente para no ser publicados. A lo largo de la historia la humanidad ha creado, y continúa haciéndolo, una biblioteca extravagante, un espacio poblado por rarezas dentro de su especie y que, incluso, han dado vida a nuevas especies.

El Manuscrito Voynich (imagen sobre estas líneas) quizás sea el libro misterioso por excelencia, una especie en sí misma. A diferencia del Necronomicón (ideado por el escritor estadounidense H. P. Lovecraft), sí existe por fuera de la ficción. Escrito en un idioma y en un alfabeto por ahora desconocido, contiene singulares ilustraciones en las que se describen plantas extrañas o inexistentes, o en las que aparecen mujeres desnudas bañándose en tinas interconectadas. No se sabe si es un libro de magia o hechizos o si se trata simplemente de un chiste que viene perdurando varios siglos.

Algo similar ocurre con el Codex Rohonczi, una recopilación de escritos en un sistema de escritura desconocido, al menos por ahora. No está claro si es una broma colosal o un caos cuyo orden todavía aguarda ser descifrado. Es algo que también sucede con el Codex Gigas, llamado la Biblia del Diablo, aunque está escrito en latín y tiene la particularidad de ser, además, gigante.

Megalibros. De 620 páginas de casi un metro de largo cada una, encuadernado en madera, el Codex Gigas pesa 75 kilos, y es el libro anterior a la invención de la imprenta más grande que se conserva. Aunque lo más asombroso de este libro tan peculiar es la leyenda que lo antecede.

En Libros malditos, malditos libros, Juan Carlos Díez Jayo cuenta la historia de este mamut literario. Se dice que fue escrito en el siglo XIII por un monje pecador condenado a prisión perpetua. Encerrado y desesperado en una de las celdas del monasterio, para expiar sus penas el monje le prometió a Dios escribir antes del amanecer el libro más grande que haya existido, un libro que contenga toda la sabiduría humana en un mismo tomo. Al darse cuenta de la imposibilidad de concretar semejante empresa, vende su alma al diablo para terminar a tiempo. Satanás cumple con su parte del trato. Y esa es una de las razones por las que aparece retratado en una de las páginas del libro que, desde entonces, también se lo conoce como la Biblia del Diablo. "

El mamotreto luce 310 hojas de pergamino de 890 milímetros de alto y 400 milímetros de ancho", cuenta Díez Jayo. Escritas en latín y con una misma caligrafía, las páginas están hechas de vitela, pieles procesadas de 160 animales, posiblemente burros. Según cálculos, de haber sido escrito por una sola persona, esa persona debió trabajar seis horas al día, seis días a la semana, para acabar la faena cinco años más tarde. "El emperador Rodolfo II, que fue un coleccionista obsesivo de todo lo extravagante, lo quiso en Praga para así poder acariciarlo a su antojo". La Biblia del Diablo fue llevada a Estocolmo como botín tras la Guerra de los Treinta Años. Permaneció en el Palacio Real, donde se salvó de un incendio, aunque perdiendo algunas páginas. El Codex Gigas lleva la firma de Hermann Inclusis (Herman el Recluso), y se encuentra en la Biblioteca Nacional de Suecia. 

The Birds of America (Los pájaros de América) es el título de la ambiciosa obra del ornitólogo, naturalista y artista plástico estadounidense John James Audubon, quien en 1820 se propuso la demencial tarea de pintar todos los pájaros de América del Norte. Audubon quiso representar a los pájaros en tamaño real, por lo que usó láminas de 99 por 66 centímetros (razón por la que algunos pájaros muy grandes aparecen en posiciones extrañas). El volumen contiene 435 ilustraciones pintadas a mano por el naturalista; seis de los pájaros que figuran ya no existen. En 2010, una copia de The Birds of America fue vendida en US$ 10 millones.

Sin embargo, el libro más grande del mundo proviene de uno de los países más pequeños y con menor población del planeta, el Reino de Bután, ubicado al sur de Asia, con una superficie de 40.994 km² y menos de 800.000 habitantes. Bhutan: A Visual Odyssey Across the Last Himalayan Kingdom (Bután: Una odisea visual a través del último reino del Himalaya) mide aproximadamente 1,52 metros x 2,13 metros y pesa más de 60 kilos. Según el Guinness World Records, es el libro publicado más grande del mundo. Se trata de una bellísima colección de fotografías tomadas por el recientemente fallecido académico y artista digital Michael Hawley junto con un equipo conformado por miembros del MIT Media Labs y del Friendly Planet. Para su elaboración se hicieron más de 40.000 capturas a lo largo de cuatro extensas expediciones por todo el país.

Microlibros. El italiano Aldo Manuzio (1451-1515), considerado el primer editor literario de la historia, fue quien alrededor de 1495, con la intención de recuperar y preservar clásicos griegos en su idioma original, inventó lo que se conoce como libro de bolsillo, una forma de edición que permite, entre otros beneficios, adquirir obras clásicas a precios accesibles, al tiempo que facilita su traslado. Un ancestro de este formato puede hallarse en la Antigua Roma, en el siglo I, con los pugilares, libros cómodos y económicos que cabían en una mano.

Tras la creación de Manuzio se empezaron a fabricar y editar obras en formatos todavía más pequeños. Así surgieron los libros miniatura, objetos que no suelen superar los siete centímetros, ni de ancho ni de largo. En sus comienzos, el formato micro se aplicó a textos religiosos y diccionarios. Con el tiempo fueron miniaturizadas obras clásicas de narrativa y poesía, que se hicieron populares y se convirtieron en objetos de colección en el siglo XIX.

En estos tiempos los microlibros son rarezas que se exhiben en museos o que se fabrican, en ediciones muy limitadas, para experimentar con nueva tecnología o romper récords.

En Bakú, capital y ciudad más poblada de Azerbaiyán, se encuentra el Miniatür Kitab Muzeyi, museo que exhibe más de 7.500 miniaturas literarias procedentes de más de 70 nacionalidades. Hay poesía, prosa, una amplia cantidad de títulos de autores locales, joyas insospechadas como la Biblia de 94 milímetros de altura impresa por Peter Schöffer, antiguo colaborador de Johannes Gutenberg, el inventor de la imprenta. Hay una copia del Corán, un volumen que reúne las creaciones de Alexander Pushkin, un libro titulado Historia de Inglaterra publicado en 1815, y ejemplares micro de clásicos de Jack London, Honoré de Balzac o Gustave Flaubert. Todos diminutos, para leer con lupa.

En Rusia, a más de 2.700 kilómetros de Moscú, en la ciudad de Omsk, Siberia, está el Museo Regional de Arte M. A. Vrubel. Entre varias obras diminutas se exhibe el que durante mucho tiempo fue el libro más pequeño del mundo conocido, una edición bilingüe (ruso e inglés) del cuento El camaleón, de Antón Chéjov. Sus medidas: 0,9 por 0,9 milímetros. Tiene 30 páginas, tres ilustraciones y un retrato del autor.

Esta edición limitada, como muchas de las que están allí, es obra de Anatoly Konenko, exprofesor de arte devenido escultor e imprentero, que trabaja con distintas herramientas, desde cabello humano a granos de arroz. Su incursión en la edición literaria consistió en tallar un microcuento de Dostoyevski en una semilla de cereza. Desde entonces ha publicado más de 200 títulos, principalmente de autores rusos, aunque también de Shakespeare, Goethe y los hermanos Grimm, además de varios libros de arte, con reproducciones de Van Gogh y Leonardo da Vinci, entre otros, todos con una medida menor a dos centímetros.

En la actualidad el libro más pequeño del mundo es Shiki no Kusabana (Flores de las estaciones). Publicado en 2012 por la firma japonesa Toppan Printing, tiene 22 páginas, cada una más pequeña que el ojo de una aguja. La empresa japonesa fabrica microlibros desde la década de 1960. Shiki no Kusabana mide 0,75 milímetros y contiene ilustraciones monocromáticas de flores japonesas. Sus nombres están presentados en una tipografía de 0,01 mm de ancho, que fue creada usando la misma tecnología que las impresoras de dinero para evitar la falsificación.

En 2013 Shiki no Kusabana pasó a exhibirse en el Museo de Impresión de la empresa, en Tokio, donde se vendía, junto con una lupa y una copia más grande, a US$ 307. Todo muy bien, pero hay un inconveniente: según la Unesco, "se entiende por libro una publicación impresa no periódica que consta como mínimo de 49 páginas, sin contar las de cubierta". Según esta definición, entonces, Shiki no Kusabana no es un libro sino un folleto.

Cuestión de piel. Hay escritores que dejan la vida en una obra. Otros, sin serlo, dejan la piel. Dentro de la biblioteca de extravagancias existe una práctica conocida como bibliopegia antropodérmica y parece haber sido bastante popular durante los siglos XVII, XVIII y XIX. La práctica consiste, básicamente, en encuadernar libros usando piel humana. Los primeros en ser encuadernados de esta forma eran tratados médicos o legales, para los que utilizaban partes de miembros amputados, cadáveres de condenados a muerte o simplemente cuerpos no reclamados por familiares.

John Horwood estaba enamorado de una vecina, Eliza Balsum, a quien se le declaró y posteriormente acosó reiteradas veces. Ante las repetidas negativas de Balsum a sus ofrecimientos amorosos, Horwood decidió arrojarle un frasco con ácido sulfúrico en el rostro. La chica logró salir ilesa del ataque. Poco después volvió a atacarla arrojándole una piedra en la cabeza. Semanas más tarde, debido a las complicaciones provocadas por las heridas, la joven falleció. Horwood fue detenido, llevado a juicio, declarado culpable del asesinato y sentenciado a morir en la horca. Se convirtió, entonces, en el primer condenado a muerte de Bristol. El ajusticiamiento tuvo una particularidad: se usó una cuerda más corta de lo establecido con la intención de provocarle una muerte lenta por asfixia. Tras el deceso, el cuerpo de Horwood fue reclamado por el cirujano Richard Smith para usarlo como objeto de estudio. La familia del condenado se opuso, pero las autoridades consintieron el pedido del médico, que diseccionó el cadáver en una lección pública de anatomía en el Hospital Real de Bristol. Finalmente, toda la historia de Horwood, la obsesión por su vecina y el proceso judicial que lo llevó a la horca fueron documentados en un estudio que el doctor Smith ordenó encuadernar con la piel del propio condenado. El libro forma parte de la exposición permanente del museo M Shed, en Bristol. En el lomo del libro se lee: "Cutis Vera Johannis Horwood", que quiere decir: "La piel verdadera de John Horwood".


El de Horwood no es el único caso. La piel de George Cudmore, sentenciado a la horca en 1830 en Devon, Inglaterra, fue tostada y usada para cubrir un ejemplar de 1852 de The Poetical Works of John Milton, actualmente en la Biblioteca de Estudios de Westcountry, en Exeter.

Bla, bla, bla. Puede que En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, sea un libro extenso. Publicado en siete volúmenes, consta de 1.000.277 palabras dispuestas en más de tres mil páginas (dependiendo de la edición). Lo mismo puede decirse de la saga Mission Earth, de L. Ron Hubbard, o The Story of the Vivian Girls, de Henry Darger, ambas con nueve millones de palabras (aunque la de Darger no ha sido publicada). Son títulos ante los cuales obras como Jerusalén, de Alan Moore, o La broma infinita, de David Foster Wallace, quedan reducidas a folletos.

No obstante, existen obras literarias todavía más extensas. Y, hasta nuevo aviso, Marienbad My Love, de Mark Leach, es la novela más larga del mundo. El autor, un artista conceptual nacido y criado en Texas, empezó a escribirla en la década de 1980 y acabó publicándola en 2008. Esta obra colosal se compone de 17 volúmenes, 10.710 páginas, 17,8 millones de palabras y 109.465.318 caracteres con espacios.

En Marienbad My Love hay un OVNI gigante suspendido en la estratósfera que bien puede ser una nave extraterrestre o la evidencia de la presencia de una deidad o ambos fenómenos al mismo tiempo, hay historias de amor, películas clase B, secuestros alienígenas, colaboraciones entre nazis y seres de otros planetas, tecnologías de control mental, insectos religiosos del espacio exterior, un monstruo que viaja en el tiempo, híbridos humano-extraterrestres de aspecto insectoide. Y puede haber todavía más. Porque además de extensa, Marienbad My Love es una novela de código abierto. En 2009, un año después de su publicación, Leach liberó los derechos de autor sobre ella para fomentar la copia, distribución, transmisión y remezcla a escala planetaria. "William Burroughs decía que las palabras no tienen marcas como las del ganado", dijo Leach, que decidió abrir las porteras de su "corral literario". La obra completa está disponible para su descarga en la web marienbadmylove.com. Una versión revisada, que sí tiene los derechos reservados, está a la venta como libro electrónico o en formato físico a través de Amazon.

Detrás de la broma de Leach está The Blah Story, del artista visual, músico y productor cinematográfico Nigel Tomm. La novela consta de 23 volúmenes, 17.868 páginas y 11.338.105 palabras, muchas de las cuales son, precisamente, bla. Aquí un fragmento: "Su bla no bla para bla algunas ventajas bla. El bla era bla y bla bla, pero ella bla bastante bla bla bla. Sin embargo, el bla, bla, que le dio al bla, bla, fue un bla de bla, ironía y bla, bla. Cuando bla tenía bla, bla, era probable que bla, bla, bla, una vez que bla, bla, no, bla de su bla. Ella bla a bla viejo bla bla más bla que bla".

Siguiendo con las exageraciones, una de las oraciones más largas en lengua inglesa se encuentra en Ulises, de James Joyce, que contiene 4.391 palabras. Esa marca fue superada en 2001 por Jonathan Coe, que en su novela El club de los canallas escribió en inglés una oración de 13.955 palabras. Tomm, conocido por haber realizado una peculiar adaptación de El guardián entre el centeno, quiso crear la oración más larga jamás escrita. Y lo hizo, a su modo. En The Blah Story hay una oración extensísima que se despliega a lo largo de cuatro volúmenes (16, 17, 18 y 19). La oración contiene 2.403.109 palabras, 15.403.732 caracteres (con espacios) y ocupa 3.248 páginas. El autor, de paso, también inventó la palabra más larga: tiene 3.609.750 caracteres y aparece en el volumen 19, que consta de 812 páginas y tiene solo 11 palabras, una de las cuales es, por supuesto, bla.