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Entrevista con el microbiólogo

Gianfranco Grompone: “Hay una correlación muy fuerte entre cerebro e intestino”

El microbiólogo uruguayo Gianfranco Grompone, radicado actualmente en Estocolmo, estudia las interacciones entre bacterias y células humanas, y asegura que los probióticos tienen una acción preventiva en la salud

29.11.2020 07:00

Lectura: 14'

2020-11-29T07:00:00
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Por María Inés Fiordelmondo

Gianfranco Grompone toca el saxo desde los cinco años. Pero otra de sus pasiones son las bacterias y cree que una vez que se entra al intestino, es difícil salir de él. Aunque se recibió de ingeniero en Francia, su carrera está marcada principalmente por la microbiología. Al científico uruguayo siempre le llamó la atención cómo algo tan diminuto e invisible al ojo humano como una bacteria podía sobrevivir a 150 grados de temperatura. Para él, son las campeonas de la evolución.

A partir de un posdoctorado en el Instituto Pasteur de París empezó a involucrarse con las bacterias intestinales. "Salir del intestino es complicado", bromea Grompone cada vez que puede. Su pasión por estos microorganismos lo llevó hacia el intestino y esa formación desembocó en otro camino sin retorno: los probióticos. Su experiencia era principalmente académica cuando la empresa Danone lo convocó para trabajar como investigador en el Departamento Life Science de su centro de Investigación y Desarrollo (I+D). Allí se dedicó a la identificación, selección, escrutinio y caracterización funcional de nuevas cepas probióticas para los yogures de la marca.

Gianfranco Grompone.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define a los probióticos como "microorganismos vivos que, cuando son suministrados en cantidades adecuadas, promueven beneficios en la salud del organismo anfitrión". Se encuentran en alimentos fermentados como el yogur, kéfir, jocoque, entre otros. Fue el microbiólogo Iliá Méchnikov quien ideó el concepto de "provida" (de donde deriva la palabra probiótico) en 1907, cuando comparó la longevidad de quienes vivían en Europa del Este con la de los parisinos. El conocido como padre de la inmunología atribuía la vida más larga de los primeros al mayor consumo de alimentos fermentados, como el yogur.

Pero después de aquella revelación, los estudios entraron en una especie de vacío a nivel científico que duró décadas, hasta que se produjo la definición de la OMS y la FAO. Hoy, mientras los probióticos viven un "boom" y proliferan recetas para elaborar de forma casera kombucha y otros alimentos lactofermentados, Grompone trata de explicar de forma sencilla, pero sin traicionar a la ciencia, cuáles son los beneficios comprobados de los probióticos y cómo su administración es una -pero no la única- estrategia para aumentar la diversidad de la microbiota intestinal, es decir, el conjunto de bacterias que viven en el intestino.

Gianfranco Grompone está en un momento especial de su carrera. Vive en Estocolmo (Suecia) desde enero de 2020, donde se desempeña como vicepresidente de investigación de la empresa Biogaia. Es la primera vez que tiene un rol traslacional: "Lo que me apasiona es entender cómo funcionan las bacterias, pero ahora estoy tratando de transformar esto en un producto que le llegue a la gente. Es traducir la ciencia en innovación que le sirve a la población", explica orgulloso a Galería al otro lado de la pantalla, desde Estocolmo.

En ese sentido, Grompone viene realizando en estos dias presentaciones virtuales científicas sobre probióticos y microbiota en el marco del lanzamiento en Uruguay (de la mano del laboratorio Abbott) de Biogaia Protectis, un suplemento alimenticio con probióticos para bebés y niños de hasta tres años que ayuda a las bacterias beneficiosas a mantener el equilibrio natural del intestino.

Su carrera ascendente como científico no está separada de su faceta musical. Grompone llegó a tocar en París -durante varios años- con un quinteto de jazz integrado por científicos (Los Tinos) y en Urban Sax, un conjunto de más de 50 saxofonistas. El saxo, asegura, es una clara fuente de inspiración a la hora de resolver problemas en su trabajo.

Se dice que el intestino es el segundo cerebro. ¿Por qué?

Hay una relación muy clara entre intestino y cerebro. Ha habido muchos estudios. Para empezar, esa relación es intuitiva. Cuando uno se pone nervioso o ve a la persona que le gusta, siente mariposas en la panza; cuando comés algo muy pesado te cambia el carácter. Se hicieron ciertos experimentos donde se veía que los ratones estresados estaban más sensibles a ciertas infecciones que los no estresados. Una investigación detectó una relación entre el comportamiento y el sistema inmune. Entonces, ahondando más en los detalles nos empezamos a dar cuenta de que había una comunicación entre intestino y cerebro que se daba por varios canales. El primero es el nervio vago, que es el menos vago de todos los nervios porque comunica al cerebro con el intestino de manera bidireccional. Lo segundo interesante es que esta microbiota, que coevolucionó con nosotros, tiene varias funciones. Una de ellas, muy importante, es producir ciertas hormonas, ciertos neurotransmisores, por ejemplo, la serotonina. El 90% de nuestra serotonina la producen las bacterias de nuestro intestino. El 50% de la dopamina se produce en el intestino. ¿Qué pasa? Esta microbiota lo que hace es tomar nutrientes, se alimenta ahí adentro, agarra el triptófano (aminoácido esencial en la nutrición) y las bacterias lo transforman para producir neurotransmisores como la serotonina. A partir de ese momento empezamos a entender que efectivamente hay un segundo cerebro, porque hay muchas funciones que van a tener un efecto de neurotransmisores que son realizadas en el intestino. Se sabe que personas que tienen problemas neurodegenerativos o neurológicos como Parkinson o autismo, tienen trastornos en la estructura y composición de la microbiota. No sabemos si esta es la causa o la consecuencia, pero sí sabemos que hay una correlación muy fuerte. Entonces esta relación bidireccional en donde las bacterias están produciendo señales que pueden llegar a ser interpretadas por el cerebro, y que las personas que tienen problemas cerebrales o neuronales sobre el sistema nervioso central tienen una microbiota afectada, nos está diciendo que hay una relación intestino-cerebro y que evidentemente es apasionante trabajarla.

Nosotros, de hecho, en Biogaia vamos a hacer estudios clínicos en niños con trastorno del espectro autista y dos cepas diferentes de Lactobacillus reuteri.

Con toda esa base, ¿se buscan soluciones a partir de probióticos para tratar trastornos del cerebro?

En eso estamos. Nosotros estamos haciendo un estudio específico sobre depresión en adultos, además de los dos estudios en curso sobre autismo. No son tratamientos, son apoyos al tratamiento. Lo que estamos tratando de entender es que estos probióticos van a llegar al ecosistema microbiano del intestino y van a generar un diálogo en el intestino. Ese diálogo va a ser con nosotros, con nuestras células y las bacterias y microorganismos que están ahí. Lo que tratamos de hacer es interpretar ese diálogo en un contexto de enfermedades relacionadas con el sistema nervioso central para ver si podemos ayudar a esa gente.

La microbiota no se limita al intestino sino que también existe en la piel, en la vagina. ¿Qué se está investigando al respecto?

Tenemos tres ejes fundamentales de estudio de los probióticos. Un primer eje se llama madre a hijo, y justamente nos interesa muchísimo el tema de la microbiota vaginal, además de a nivel pediátrico, de lo que pueda hacer el Lactobacillus reuteri, como reducir los cólicos en los bebés. Está clarísimo que una microbiota vaginal sana es una microbiota vaginal enriquecida en lactobacilos, entonces estamos interesados en ver en qué medida podemos apoyar no solamente la salud femenina, sino también la fertilidad.

En la piel, por otro lado, hay una serie de dificultades que tenemos que sortear para ver en qué medida los probióticos pueden ser funcionales. Hay muchas direcciones que estamos desarrollando. Otro pilar es la salud bucal, y el envejecimiento saludable.

La definición de probiótico de la OMS da a entender que son inocuos y todas las personas pueden consumirlos. ¿Es así?

En principio sí, con algunas precisiones importantes. La definición de la OMS y FAO que se publicó en 2001 surge de un panel de expertos que se juntaron en Córdoba y definieron el término probiótico. Hay varios conceptos bien importantes. Tienen que ser microorganismos vivos, o sea que si el microorganismo se muere o no es estable en el producto que vos tenés, no entra en la definición de probiótico. Además, en la definición de la OMS dice que tienen que administrarse en cantidades adecuadas. Esto quiere decir que no cualquier cantidad alcanza para ser un probiótico. Tenés que estudiarlo en las cantidades en las que vos querés administrarlos.

La definición también dice que tienen un impacto benéfico en la salud del huésped. ¿Cómo medimos el impacto benéfico? Se puede medir de diferentes maneras, en diferentes condiciones. Hoy en día no se puede decir tan a la ligera que todos los probióticos son inocuos. Lo que hacemos sistemáticamente son estudios de seguridad de esos probióticos. Estamos muy acostumbrados ahora a escuchar lo de las fases de la vacuna contra el Covid. En los probióticos también se aplica una fase uno de seguridad en lo que hacés. Es administrar, dar de comer diferentes concentraciones de probióticos para evaluar que efectivamente no hay ningún efecto adverso. Sabemos que por la historia que tienen estos microorganismos de interacción con nuestro cuerpo, no tienen problemas de inseguridad. Pero esto no alcanza, están las listas, los estudios clínicos, pero también se estudian los genomas de estas bacterias para estar seguros de que no están cargando ningún gen de resistencia a antibióticos ni ninguno que podría ser asociado a un problema de virulencia. Una vez que juntás todos estos parámetros podés decir que estas bacterias son inocuas. Esto no quiere decir que si yo agarro un yogur, las bacterias que lo están fermentando son inocuas.

Existe una tendencia a elaborar de forma casera distintas bebidas fermentadas, como kombucha. ¿Está de acuerdo con esta práctica?

Estoy de acuerdo y no estoy de acuerdo. Hay dos etapas. Una cosa que me parece saludable es que este tipo de alimentos fermentados van a aportar microorganismos con una cierta diversidad. Es muy favorable que la gente consuma este tipo de cosas porque permite contribuir a aumentar la diversidad microbiana en nuestra microbiota, nuestros intestinos, pero esto no quiere decir que estos microorganismos sean probióticos. Para que lo sean se debe cumplir con la definición, para eso se necesita estudiar primero la cepa probiótica, su seguridad y cuál es el efecto benéfico.

Aún existen algunas carencias en la evidencia científica acerca de los beneficios de los probióticos. ¿Cuáles han sido comprobados y dónde está, a su entender, la mayor falta de evidencia?

La carencia en la evidencia científica está un poco ligada a la falta de una definición por la comunidad científica del concepto de probióticos. Los estudios en probióticos muchas veces carecían de un marco definitorio. Una cepa de un probiótico y de otro no tienen para nada el mismo efecto. Tenés el género, como Lactobacilo, la especie, como Reuteri, pero dentro tenés diferentes cepas que van a tener diferentes efectos. Eso es una primera razón por la que muchas veces la evidencia científica no llega a un nivel de profundidad de cepa suficiente como para entenderla.

Pero hay cosas que sí están establecidas hoy y que las sabemos. Por ejemplo, la mayoría de los lactobacilos y algunas bifidobacterias también son probióticos que generan sustancias que van a poder eliminar bacterias patógenas, malas. También está establecido que estos probióticos pueden actuar como protectores contra ciertos invasores. Pueden hacer una especie de exclusión competitiva. Ocupan el lugar y no dejan que las "bacterias malas" lo ocupen, sobre todo en el intestino. Otra cosa establecida es la mejora de la permeabilidad intestinal, y que estos probióticos dialogan con nuestro sistema inmune. Esto quiere decir que al estar presentes van a generar respuestas en nuestro sistema que van a hacer que nos preparen mejor desde el
punto de vista preventivo cuando encontremos bacterias malas.

¿Entonces contribuyen a aumentar las defensas?

Todo esto está establecido con años de investigación en modelos pero también en estudios clínicos. Lo que está faltando hoy en día, y esto es algo fascinante, es entender un poco más sobre cuando el probiótico llega al intestino. Está llegando a un ecosistema microbiano, a un ecosistema donde hay otras bacterias, donde hay parásitos, hongos, virus y toda una serie de cosas que se llama microbiota, que es un ecosistema que está viviendo ahí. Lo que nos falta por entender todavía, y esto abre la puerta para nuevas investigaciones en el futuro, es: ¿cómo van a hacer estos probióticos para generar efectos benéficos en la microbiota y cómo eso se va a traducir en efectos benéficos en la persona? Un ejemplo claro es que si tomás personas que tienen problemas de obesidad o infecciones, sabemos que la microbiota pierde diversidad, entonces los probióticos al llegar, van a producir una serie de moléculas que van a generar diversidad. Este tipo de estudios es lo que estamos haciendo ahora para entender un poco mejor cómo dialogan con la microbiota intestinal.

¿Cuál es la clave para lograr la diversidad en la microbiota intestinal?

Nosotros somos contenedores de microorganismos, estamos colonizados en el intestinos, en la piel, los pulmones. Lo que hemos visto es que las personas que padecen algún tipo de condición o enfermedad han perdido cierta diversidad. En algunas personas se ha visto que esa pérdida de diversidad es en algunas poblaciones bacterianas. A nivel general, a menor diversidad, mayores problemas de salud. Todas las estrategias que aumenten la diversidad de esa microbiota intestinal son interesantes. Los probióticos son una pero no es la única, y se tienen que poner en un contexto clínico que es específico para cada persona. Una buena combinación pueden ser probióticos junto con un aporte vitamínico. Sabemos que hay vitaminas muy importantes como la D y la K. Ese tipo de conjunción puede ser interesante. Otro ejemplo puede ser combinar fibras con probióticos. Ahí lo que estás haciendo es combinar prebióticos (fibras vegetales) con probióticos y eso genera un impacto mayor en el ecosistema microbiano. La idea es que los probióticos entren en esa dinámica y que nos ayuden a estar bien balanceados. No cualquier probiótico tiene el mismo efecto en todas las personas.

¿Qué tan personalizada es su administración en la práctica?

El tema de la personalización es hacia donde apuntamos en el futuro, justamente por el estudio de la microbiota intestinal. A partir del estudio de su estructura y composición, sabemos que 50% de la microbiota es compartida, tenemos el mismo tipo de géneros y especies bacterianos, pero hay un porcentaje que es individualizada, y es importante ver esto en el caso a caso. Más importante aún es que si vos ves un probiótico que dice estar recomendado para determinado contexto, condición y patología, hay que tener en cuenta que los probióticos no son medicamentos, estamos hablando de suplementos. Tenés que verificar que haya estudios en ese contexto para el cual te lo están recomendando y con esas cepas: nombre, apellido y cédula de identidad, y a partir de ahí elegir e informarte. Podés ir a buscar los estudios publicados y disponibles sobre ese probiótico, pero también podés ir a hablar con un médico y decirle que te están recomendando tal probiótico y consultarle qué piensa del tipo de información clínica. La personalización es una cosa, pero todavía estamos lejos de poder tener una visión fina sobre la estructura y composición de la microbiota que te permita recomendar dietas de manera ultrapersonalizada.

Como un consumidor más, ¿cómo suele ser su dieta?

En mi casa vivo con una celíaca, entonces por razones de fuerza mayor trato de reducir el gluten, pero en realidad lo que trato de hacer es mantener una dieta equilibrada, lo que quiere decir equilibrar proteínas, verduras, no sobrepasarme de carbohidratos. Además, hago actividad física dos o tres veces por semana, como correr por más de 30 minutos. Después, trato de comer un poco de todo porque además fui educado así. Vengo de una familia de origen italiano donde se comía casero y se trataba de comer variado. Generalmente trato de cocinar en casa y no salir a comer todo el tiempo.