Cultura
La santa de la puerta de al lado

Francisca Rubatto es la primera religiosa de Uruguay en ser canonizada

A 116 años de su muerte, la madre capuchina fue nombrada santa por el papa Francisco. ¿Cómo llegó a ser canonizada?

18.04.2020

Lectura: 14'

2020-04-18T06:00:00
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Por Leonel García

No hay nada en este mundo que no haya sido afectado por la pandemia del coronavirus. Esto incluye la ceremonia de canonización de la madre Francisca Rubatto, la primera santa de Uruguay, que originalmente se barajaba para octubre. El papa Francisco aprobó el decreto que la nombró como tal el 22 de febrero pasado, por lo que ya se puede hablar de un hecho. Sin embargo, la celebración religiosa de nombramiento en el Vaticano seguramente no se festeje este año.

Así lo lamenta la hermana Nora Azanza, religiosa del Instituto Hermanas Capuchinas de la Madre Rubatto. Ella vive en el mismo santuario donde descansan los restos de la ahora santa, por avenida Carlos María Ramírez, en Belvedere. Francisca, nacida como Ana María en la comuna de Carmagnola, al norte de Italia, el 14 de febrero de 1844, estuvo muy ligada a Uruguay en los últimos 12 años de su vida, hasta que murió en Montevideo en 1904.

La futura ceremonia en la Santa Sede será el final de un muy largo proceso que suele iniciarse cinco años después de la desaparición física de una persona. Para la Iglesia católica, ser santo es el escalafón final, el más alto, para un hombre o una mujer. Antes de ello, en la escala de las virtudes cristianas, requiere ser considerado primero siervo de Dios y luego venerable o beato. Esta última categoría es la primera que requiere un milagro. Francisca Rubatto fue nombrada beata por el papa Juan Pablo II el 10 de octubre de 1993, la primera en estas tierras, más de un siglo después de que pusiera por primera vez un pie en Montevideo.

El recorrido en vida. Mucho antes de convertir La Teja y Belvedere en su campo principal de misión, de cruzar siete veces el Atlántico, de que el accidente de un obrero le cambiara la vida y de escaparle al matrimonio, Ana María Rubatto nació en una localidad piamontesa, hija de un cuidador de animales y una costurera. Era la séptima de un total de ocho hijos, en una época donde ninguna familia se salvaba de la mortalidad infantil. Dos de sus hermanos mayores ya habían fallecido cuando ella emitió su primer llanto.

De hecho, sus primeros 20 años, en los que solo llegó a recibir instrucción primaria, fueron una tragedia griega. Tenía solo cuatro años cuando murió su padre; siendo todavía niña perdió a su hermana Felicidad, solo dos años mayor que ella; otra de sus hermanas, Teresa, ya casada, ve morir a sus tres primeros hijos; esta última finalmente logra ser madre, pero fallece dejando huérfano a un bebé (sobrino de Ana María) de 11 meses; cuando la joven tenía 19 años, también muere su madre.

"Desde el punto de vista de la psicología, fue todo terrible. Uno se puede preguntar qué hacer con tanto dolor junto. Podría haber sido una resentida, pero terminó siendo resiliente", le dice a galería la hermana capuchina Nora. Ana María se fue a Turín, a unos 30 kilómetros de su casa, a vivir con su hermana Magdalena, 15 años mayor, que estaba casada con un ingeniero. En esa gran ciudad italiana consiguió un trabajo como dama de compañía de la condesa Mariana Scoffone, de quien llegó a ser administradora de sus bienes por la confianza que terminó ganándose.

Así transcurrió el segundo tercio de su vida, inmersa en ese ambiente aristócrata. Paralelamente, en su tiempo libre se dedicaba a colaborar en la obra de Benito Cottolengo (santo desde 1934), donde acogía a enfermos y discapacitados, y aprendió de Juan Bosco (también santo desde 1934) el método preventivo de educación, con el que se enseñaban artes y oficios a jóvenes pobres.

Cuando Ana María cumplió 40 años, murió la condesa Scoffone. Para entonces, cuenta la hermana Nora, aunque no había sido ordenada religiosa, ella ya tenía claro que quería consagrar su vida a los demás. También había rechazado la propuesta matrimonial de un escribano.

Fue en Loano, una localidad balnearia en la Liguria adonde se trasladó en 1883, que cambió todo. Al salir de la iglesia de los padres Capuchinos, donde asistía a misa diariamente, se encontró con un joven obrero herido en la cabeza mientras trabajaba en una construcción. Ella lo asistió, lo lavó, le dio el dinero correspondiente a dos jornales de trabajo y lo mandó a su casa a recuperarse. Esa actitud sorprendió al sacerdote capuchino Angélico de Sestri. La construcción donde trabajaba el peón era un instituto religioso para albergar a los pobres de la ciudad. "Antes, los ricos se atendían en su casa y los pobres en hospitales", explica Nora. Y el religioso le propuso que se ordenara como religiosa para que fuera su directora.

Ella dudó y le pidió consejo a Juan Bosco, más conocido como don Bosco, el fundador de los Salesianos. Él la alentó y le hizo dos profecías: que nunca le faltaría el pan y que moriría en tierra extranjera. Su aventura como religiosa, rebautizada Francisca (por san Francisco de Asís), comenzó el 23 de enero de 1885. "Antes de aceptar pone una condición: seguir con los oratorios festivos y dedicarse a la educación de niños y adolescentes. En poco tiempo, recoge como a cien chicos. Fue una unión entre promoción humana y fe", relata Nora.

El rol formador, caritativo y de consuelo del luego llamado Instituto de las Hermanas Capuchinas de la Madre Rubatto, lo inició ella en Italia (Génova, Voltri, San Remo) y luego lo extendió a América del Sur. En el último tercio de su vida cruzó siete veces el océano Atlántico. A Montevideo, que pronto adoptó como su lugar en el mundo, llegó por primera vez el 24 de mayo de 1892. El primer lugar al que quiso asistir fue al Hospital Italiano. "Pero como era atendido por la masonería, no quisieron recibirla. Hubo enojos y podría haberse retirado, pero prefirió ganarse un espacio", dice la hermana Nora.

En ese hospital se atendían inmigrantes italianos pobres. Uruguay comenzaba a transformarse en un crisol de razas gracias al aluvión de extranjeros que huían de la guerra y la pobreza. Ellos iban afincándose en zonas lejanas al Centro, como Belvedere y La Teja. Junto con las hermanas que dirigía, la madre Rubatto abrió centros educativos, dictó clases de catequesis y atendió a personas enfermas. Uno de esos centros es el actual Colegio San José de la Providencia. También realizó obras similares en Brasil y Argentina. "En total abrió 19 casas de hermanas", cuenta la religiosa. También debía dirigir la congregación en Italia, por lo que era usual que anduviera entre los dos mundos. La muerte encontró a Francisca en Montevideo el 6 de agosto de 1904, en el convento que funcionaba en la calle Minas, por una septicemia generalizada. Pidió por escrito que la enterraran junto a "sus queridos pobres", a quienes dedicó su vida, por lo que recibió sepultura en el cementerio de La Teja. Luego fue trasladada al santuario de Belvedere.

El recorrido luego de la vida. ¿Cómo una persona se vuelve santa? Si es por la vía habitual, la de las "virtudes heroicas", es un proceso largo cuyos orígenes se remontan al siglo X y que mezcla fe con movilización popular, que debe empezar al menos cinco años después de su muerte, aunque también se recomienda que el inicio no sea posterior a los 50.

"El proceso se inicia en el mismo lugar donde actuó el ‘candidato'. Generalmente, la persona genera devoción en la gente y es la gente la que promueve esto, la que reúne cierto material de prueba que dice que se trata de un verdadero modelo de vida cristiana a proponer. Este es enviado al Vaticano, que lo aprueba. El papa entonces emite una proclama, un decreto (Nihil obstat), donde se dice: ‘Nada obsta para que siga este proceso'", explica a galería el sacerdote Gabriel González, doctor en Derecho Canónico y profesor en la Universidad Católica del Uruguay. En ese momento, la persona es nombrada siervo (o sierva) de Dios. Lo que significa que ha tenido una vida cristiana ejemplar.

Luego sigue, de nuevo en el lugar de origen, un proceso de búsqueda e investigación de archivos y de testimonios (que muchas veces son de oídas y no de primera mano) que reúne material para un documento llamado Positio, que incluye todo lo recabable sobre el candidato. "Es algo muy exhaustivo, es la parte del proceso que lleva más tiempo", indica González. En Roma hay un postulador de la causa y en el lugar donde se impulsa el proceso un vicepostulador.

La Positio es enviada al Vaticano donde la analiza una comisión de teólogos primero y una de cardenales después. De pasar por ambas, el papa -que tiene la palabra final- decreta las Virtudes Heroicas. "Esto quiere decir que realmente esa persona es un modelo de vida cristiana, en el orden de una cierta perfección", dice el sacerdote. Para entonces, la persona es nombrada venerable.

"Desde el punto de vista canónico, el proceso termina acá", subraya González. Es un proceso que puede durar décadas e incluso siglos. Por caso, Jacinto Vera, el primer obispo de Montevideo, que murió en 1881, recién fue proclamado venerable en 2015.

¿Qué hace falta para alcanzar la santidad? Un milagro o, mejor dicho, al menos dos. Claro que acá ayuda de nuevo lo popular: al ser considerado un modelo de vida cristiana, la publicidad hace que la gente empiece a rezar y pedir su intercesión al venerable.

El primer milagro atribuido a Francisca Rubatto ocurrió en Italia. La hermana Nora Azanza dice que se trató de un niño afectado por una septicemia generalizada -la misma afección que se llevó a la mujer hoy canonizada- que estaba siendo atendido por monjas capuchinas. "Los médicos no le daban más de esa noche y las hermanas, que estaban atendiéndolo, comienzan a rezarle a la fundadora. Al otro día, para sorpresa de todos, el niño se despierta, dice que ‘una hermana' lo había ‘visitado en la noche', cuando ninguna de las que rezaban había estado con él. Cuando le mostraron una foto de Francisca, la reconoció", relata. El niño, que estaba desahuciado, se recuperó. Esto ocurrió en la ciudad de Génova, en 1939.

El milagro más común tiene que ver con la salud, con una curación inexplicable para la ciencia. Según González, se documenta bien el caso y se envía nuevamente a la Santa Sede. "Primero interviene una comisión de expertos médicos para ver que no haya ninguna explicación científica para la cura, van a poner todas las objeciones posibles a cualquier explicación no científica, realmente van a hacer de abogados del diablo", afirma el experto. Si no hay ninguna respuesta racional a lo que ocurrió, el tema pasa a una comisión de teólogos y de esta a una de cardenales. Recién ahí, el papa aprueba el milagro y pone la fecha de beatificación. Ahora la persona es beata.

Ser beato no es lo mismo que ser santo. De acuerdo con el padre Gabriel, hay una cuestión geográfica que juega: el primero es más local que universal. "Aunque es un modelo para toda la Iglesia, aún es una figura relacionada a su lugar de origen". Si bien Francisca nació y pasó dos terceras partes de su vida en Italia, su labor religiosa echó más raíces en Uruguay. De hecho, el papa Juan Pablo II la saludó como "la primera beata de Uruguay" en la misa de beatificación en 1993, a 54 años del milagro analizado.

Según explica el docente, para que una persona beata pase a ser santa se requiere otro milagro, y ese milagro debe ocurrir luego de la beatificación. Aquí vuelve a repetirse el análisis del caso: médicos, teólogos y cardenales. Finalmente, es el papa el que aprueba la canonización y pone fecha a la ceremonia. "Esa persona ya pasa a ser una figura para la iglesia universal, con un culto público", asegura González.

El milagro de esta santa ocurrió en el departamento de Colonia en el año 2000. "Fue un joven que sufrió un traumatismo craneal gravísimo por un accidente de moto", cuenta la hermana Nora. "Lo habían dado por muerto. La tía suya trabajaba en San José de la Providencia y comenzó a rezar por él". Contra todos los pronósticos, el muchacho se recuperó. Contra cualquier explicación racional, no le quedaron secuelas del accidente.

"Es una gran coincidencia que por un chico que se lastimó la cabeza acabara siendo fundadora y por otro al que le pasó lo mismo fuese proclamada santa", se ríe la religiosa. En el caso de la canonización, el tiempo transcurrido entre el episodio milagroso y el decreto papal se redujo considerablemente respecto a la beatificación: pasaron "apenas" 20 años. Ella se apresura a destacar que en vida ella fue un ejemplo de simpleza y perfección. "Ella no es santa por haber hecho cosas extraordinarias sino por haber hecho cosas de todos los días con enorme fe en el Señor, incluso al tratarse de cosas absolutamente banales. Ya lo dijo el papa Francisco: ella es la santa ‘de la puerta de al lado'".

DISCURSOS SOBRE FRANCISCA

El papa Juan Pablo II, en su Homilía del 10 de octubre de 1993, durante la Misa de Beatificación de Francisca Rubatto dijo:

"La Iglesia te saluda, sor María Francisca de Jesús, fundadora de las religiosas Terciarias Capuchinas de Loano, que hiciste de tu existencia un servicio continuo a los últimos, testimoniando el amor especial que Dios siente hacia los pequeños y los humildes.

Siguiendo fielmente las huellas de Francisco, el enamorado de la pobreza evangélica, aprendiste a servir a los pobres y a hacerte pobre tú misma, y marcaste a tus hijas espirituales este camino particular de evangelización.

Con el crecimiento del instituto, esta intuición inicial se convirtió en profundo impulso misionero que te llevó a ti y a tu obra a América Latina, donde algunas de tus hijas espirituales sellaron con el sacrificio de su vida ese servicio a los pobres que constituye el carisma confiado a tu congregación, para el bien de la Iglesia. Hoy te saludamos como primera beata de Uruguay.

Prosigue tu profético testimonio de caridad también hoy en los numerosos campos de apostolado donde trabaja la congregación, contribuyendo a hacer que llegue a todo hombre, y en especial a los que sufren y a los que están abandonados, la invitación universal al banquete de las bodas celestiales".

EL FUTURO SANTORAL URUGUAYO

· Francisca Rubatto, la primera santa del Uruguay, también fue su primera beata. Las hermanas Dolores y Consuelo Aguiar Mella, nacidas en Montevideo en 1897 y 1898, fueron dos laicas uruguayas que murieron martirizadas en España en 1936 durante la Guerra Civil que afectó a ese país, con picos de persecución religiosa, protegiendo a un grupo de monjas esculapias. Fueron declaradas beatas por Juan Pablo II en 2001.

· Jacinto Vera, ya se indicó, es venerable.

· Siervos de Dios son Walter Chango (1921-1939), muerto muy joven, activo militante de la parroquia de la Aguada, declarado como tal en 2001; el padre Ruben Isidro Alonso, más conocido como el padre Cacho, fallecido en 1992 y declarado en 2017; y el médico, político y periodista Salvador García Pintos, fallecido en 1956 y declarado en 2018.

CÓMO SER SANTO

Si alguien tiene como objetivo de vida ser santo, la mala noticia es que para la Iglesia católica el primer requisito exigido es estar muerto. El doctor en Derecho Canónico Gabriel González señala que casos como el de Francisca Rubatto y el de Jacinto Vera (donde él es parte del proceso y que aún se espera un milagro) funcionan por la "vía ordinaria de la santidad", que son las virtudes heroicas. Es el más largo y el habitual. La otra es la vía del martirio, cuando una persona entrega su vida en una persecución de la fe. Acá no hace falta probar un milagro. Una tercera es por las "causas excepcionales" y una cuarta, decidida por el papa Francisco en 2017, es el "ofrecimiento de la vida" por los demás.