Cultura
De Led Zeppelin al Mundialito

Esto me suena conocido: plagios e inspiraciones sospechosas

Un recorrido por los casos más famosos, de los Beach Boys a The Verve, pasando por Vanilla Ice y los Zíngaros; el uso indebido de la imagen u obras de propiedad intelectual y una alerta para las redes, en épocas de abundancia de Facebook e Instagram live

22.05.2020

Lectura: 13'

2020-05-22T06:00:00
Compartir en

Por Leonel García

El 9 de marzo pasado, la historia tuvo un final feliz para la banda británica Led Zeppelin. Un tribunal de apelaciones de San Francisco (Estados Unidos) ratificó el fallo de primera instancia de 2016 y determinó que Stairway To Heaven, su tema más icónico, quizá el mayor himno de la historia del rock y la segunda o tercera canción que todo aspirante a guitarrista quiere tocar, fue efectivamente compuesta por sus miembros Robert Plant y Jimmy Page, respectivamente vocalista y violero de los ingleses, y no era un plagio a Taurus, una canción de Spirit.

Este último es hoy un olvidado grupo norteamericano que compartió una gira con Led Zeppelin en 1968. El tiempo fue generoso con unos y duro con otros. Mientras los ingleses se volvieron una de las bandas más grandes de la historia, a Spirit se los recuerda apenas por esta demanda a sus viejos compañeros de ruta. Los arranques de Taurus (de 1968, escrita por el guitarrista Randy California) y de Stairway To Heaven (1971) son efectivamente parecidos. La fama de Jimmy Page de apropiarse de varios clásicos del blues estadounidense -lo que le valió tener que reacreditar varias de las canciones del cuarteto- alimentaba esta posibilidad. Pero tras una decisión del jurado por nueve votos a dos, la jueza Margaret McKeown, de ese tribunal, señaló que "pequeños parecidos" entre una canción y otra "no significaban una violación a los derechos de autor".

Page y Plant respiraron: se habían ahorrado millones de dólares de pago a los descendientes de Randy California (que en realidad se llamaba Randy Wolfe y había muerto en 1997). Fue también una buena noticia para la credibilidad de la industria musical en épocas de streaming, redes sociales y una creatividad que parece estar agotándose, dos años después de que la Justicia determinó que Robin Thicke y Pharrel Willliams le pagaran US$ 7,3 millones a los descendientes de Marvin Gaye, luego de que se determinara que el éxito de 2013 Blurred Lines era un plagio de Got To Give It Up, de 1977.

El plagio y la violación a la propiedad intelectual no son sinónimos pero están involucrados. De acuerdo con Eduardo de Freitas, director general de la Asociación General de Autores del Uruguay (Agadu), de la que es su abogado desde hace 30 años, la propiedad intelectual es violada cuando alguien copia, reproduce o explota una obra (canción, texto, guion, pintura, fotografía) sin la autorización de sus autores o creadores. La piratería es un caso típico. "Luego está la imitación: tratar de copiar, por ejemplo, Cien años de soledad de forma inteligente para que alguien no lo perciba. Eso sería plagio. Y el plagio vil es cuando directamente lo tomo igual como está y le pongo mi nombre como autor", explica.

Si bien no es el único formato de obra plagiable, en la música se han visto los casos más resonantes. Copiar versos es fácil de detectar, pero la parte melódica muchas veces requiere el afinado oído de peritos. Es que hay 12 notas y las combinaciones no son infinitas. "Acá se habla de plagio cuando se reproduce la melodía, cuando hay un conjunto y una secuencia de acordes en una canción que pertenece a un tercero y que otro artista está utilizando sin acreditarla. Ojo, tiene que ser una parte muy específica y fundamental de la música de esa canción", dice por su lado el abogado especializado en propiedad intelectual Mauro Marín, socio del Estudio Cikato y presidente de la Cámara Antipiratería del Uruguay. "No importa el contexto de la reproducción. Lo que importa es que vos agarraste un fragmento de un tema y lo incorporaste a un tema tuyo, como si fuera de tu autoría", indica este abogado.

Marín señala que, además del número finito de acordes, en determinados ritmos, como la cumbia villera, el trap o incluso el rocanrol, es fácil que haya una cierta similitud en todas las canciones. "Acá lo importante, en un proceso judicial, es dar con la persona idónea que determine que existe en una canción un fragmento igual a otro. Eso es algo muy complicado y muy subjetivo. También interviene el criterio del juez. Los abogados no solemos tener ni idea. Yo, por caso, (musicalmente) soy una tapia".

Casos y casos. Fue decisiva la pericia del musicólogo uruguayo Coriún Aharonián para que se desestimara la denuncia de plagio musical más resonante que hubo en Uruguay en los últimos años, según publicó El País el 14 de agosto de 2013. En 2007, Roberto Da Silva y Alberto Beto Triunfo aseguraron que Soñaré de la española Rosana (la de El talismán) había copiado partes de su Uruguay te queremos ver campeón, canción de la Copa de Oro que se disputó en Montevideo entre 1980 y 1981. En un proceso que se resolvió de idéntica manera en primera y segunda instancia, en 2013 y 2014, la Justicia falló en favor de la cantautora y su discográfica.

Raúl Medina, director musical y compositor, había elaborado un informe en el que señalaba la detección de varias similitudes, sobre todo en los tres primeros compases de las dos secuencias centrales, que a su criterio significaban un plagio. Pero Aharonián, según declaró entonces el abogado de Rosana, Richard Iturria, señaló básicamente que no se puede plagiar algo que no era original, ya que existían anteriormente melodías y armonías muy similares a las que generaron la denuncia, como las de Canon de Pachelbel (de alrededor del año 1680) y un villancico del siglo XIII.

Este ejemplo podía dar lugar a lecturas disímiles. Pero a lo largo de la historia, hubo algunos casos tan evidentes que sorprendían: la melodía de Surfin' USA de The Beach Boys (1963) es una descarada copia a Sweet Little Sixteen de Chuck Berry (1958), que finalmente fue acreditado como coautor antes de que la sangre llegara al río. Más difícil de entender fue la cesión de derechos (cierto que temporal) que los británicos The Verve debieron hacerle a los Rolling Stones por su tan grande como único éxito Bitter Sweet Symphony de 1997, que tenía un riff similar a The Last Time (1965). "Esta es la mejor canción que (Mick) Jagger y (Keith) Richards han escrito en los últimos 20 años", diría luego destilando ironía Richard Ashcroft, el líder de The Verve, en una entrevista.

Nadie entiende cómo otro one-hit-wonder, el rapero de efímero éxito Vanilla Ice, pensó que nadie notaría la similitud del arranque de Ice Ice Baby (1989) con el del ultra-mega-archiconocido Under Pressure (1981), cuyos autores eran unos tipos que ciertamente podían acceder con facilidad a respaldo legal: Queen y David Bowie. El rapero los debió acreditar como cocompositores luego de pagar una indemnización por una cifra que no trascendió pero que sin duda debió doler.

Hubiera sido mejor hacer como Madonna, quien le envió una carta "rogándoles e implorándoles" a Benny Andersson y Bjorn Ulvaeus, los dos varones del grupo sueco Abba, para que les dejara samplear un fragmento de su éxito Gimme, Gimme, Gimme (1979) para su Hung Up, que también fue un hit en 2005. No alcanzó con el ruego, obvio. Según el libro Bitch She's Madonna (2018, varios autores), la diva del pop también les cedió el 50% de los derechos de autor. Jugar limpio quizá le salió caro, pero le ahorró todo tipo de problemas.

Lo más sagrado. Los derechos de autor nacieron durante la Revolución francesa. "Lo que hacen es proteger la propiedad más sagrada de todas, la que viene del intelecto", señala el abogado especialista Eduardo De Freitas, quien también ha colaborado con la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) de Naciones Unidas y en campañas antipiratería de la Alianza del Software (BSA, por su sigla en inglés). En Uruguay están respaldados por la Ley 9.739, la famosa ley Haedo de 1937, que tuvo dos modificaciones: en 2003 se extendió su alcance al medio digital (inexistente al momento de ser redactada), y en 2019 se extendió el plazo de protección de los derechos patrimoniales de 50 a 70 años después de la muerte de los autores, así como los intérpretes y las discográficas seguirán cobrando regalías hasta los 70 años de la primera edición.

Y como todo se puede complicar más todavía, están los derechos de autor patrimoniales y los morales. En los primeros el autor recibe una contraprestación (casi siempre, dinero) a cambio por el total o una parte de su obra y habilita a quien los adquiere a reproducirla, distribuirla, comunicarla al público o transformarla (una adaptación cinematográfica).

"Pero el derecho moral es algo que me queda para toda la vida, no se puede negociar", puntualiza Marín. El autor puede escoger en qué condiciones (o a qué empresa, si se trata de publicidad) cede su canción, sus textos o sus fotos; también puede exigir respeto a su integridad o incluso arrepentirse de haberlos cedido. El abogado de Cikato -que patrocina a artistas como No Te Va Gustar, El Cuarteto de Nos y Peke 77- estuvo junto con Hugo Fattoruso cuando el artista reclamó a la FIFA el uso de una melodía que asegura es suya, Samba de Janeiro (originalmente un puente musical de ocho compases), en los temas promocionales del Mundial de Brasil 2014. Este reclamo, que finalmente no llegó a instancias judiciales, es parte de un litigio que el notable músico uruguayo mantiene desde 1973 con el percusionista brasileño Airto Moreira por la autoría de este puente musical, parte medular del tema Tombo in 7/4 de Moreira.

En abril de 2019, luego de llegar a la Suprema Corte de Justicia, NTVG ganó un juicio en el que reclamaban haber sufrido daños y perjuicios derivados del uso indebido de su imagen, de su marca registrada y de sus derechos de autor. Según publicó Búsqueda el 12 de julio de 2018 tras el fallo favorable en segunda instancia, la banda había sido contratada por el parador Punto Sur de La Paloma, en playa La Balconada, para un recital el 3 de enero de 2012. Se había acordado que no habría marcas ni avisos publicitarios sin autorización. "Sin embargo, y con desconocimiento de la banda, el espectáculo fue incluido en el Pilsen Sunset Tour, un evento organizado por Urbana FM y patrocinado por Fábricas Nacionales de Cerveza (FNC)", indicaba la nota. "La banda también reclamó que se usó su imagen sin autorización en la revista Rolling Stone para promocionar el evento", agregaba.

Tanto Marín como De Freitas señalan que en el mundo de la publicidad es frecuente que, para evitar el pago de una licencia, se utilicen melodías similares de obras ya existentes (sound alike, los define el abogado de Cikato), lo que muchas veces deriva en consultas legales sobre un presunto plagio, que no pocas veces terminan en tribunales. El director general de Agadu no las nombra, pero no oculta su asombro por el hecho de que "grandes empresas de Uruguay" apelen a un recurso tan burdo para ahorrarse derechos.

Según De Freitas, el costo de las licencias de reproducción se basa en un arancel establecido que varía si se trata de radio, televisión por aire o por cable, Montevideo o interior. Cuando se trata de publicidades, la voluntad (y cotización) del autor es la principal variable. Hacerse el oso definitivamente es una pésima inversión: "Si yo voy a un juicio por usar una música tuya sin autorización, la ley dice que tengo que pagarte lo que debería haberte pago más una multa de hasta 10 veces esa cifra. Hasta ahora, ha habido sentencias de hasta cinco veces", afirma el jerarca de Agadu.

ANTECEDENTE EN EL CARNAVAL

En el carnaval de Montevideo, la categoría parodistas se ha basado en la "imitación burlesca de obras, hechos y personajes reales en un tono jocoso y constructivo", como señala la normativa municipal. Históricamente se han tomado libros y películas como base de las actuaciones de los conjuntos. Reversionar clásicos (y no tanto) es su razón de ser.

En abril de 2019 y marzo de 2020 el carnaval sufrió un cimbronazo cuando la Justicia, tanto en primera como en segunda instancia, determinó que los Zíngaros, el conjunto más popular de la categoría, debía indemnizar al autor Diego Fischer por haber vulnerado los derechos de autor de su libro Al encuentro de las tres Marías, en su parodia de 2016 sobre Juana de Ibarbourou, Juana de América.

La primera instancia judicial determinó que en noviembre de 2015, parodistas Zíngaros presentara en la Intendencia de Montevideo los textos de Juana de América, escritos por el letrista Marcelo Vilariño, donde se indicaba que estaban basados en dos obras literarias y una audiovisual. Una de esas obras era el libro de Fischer. Sin embargo, los peritajes realizados no detectaron otra influencia que Al encuentro de las tres Marías para esa parodia.

Ariel Sosa, director de Zíngaros

Este fallo, inédito en la historia del carnaval, obliga a Vilariño a pagarle 13.000 dólares a Fischer por lesionar sus derechos de autor, y a Ariel Pinocho Sosa, dueño y director de Zíngaros, a abonarle otros 7.000 dólares al escritor por daño moral, según consignó El País el 12 de marzo pasado.

El abogado de Sosa, Gúmer Pérez, dijo a galería que "se está analizando" el llevar este caso a la Suprema Corte de Justicia. Hace un año atrás, el 26 de mayo de 2019, luego del fallo en primera instancia, el mismo abogado decía al portal Ecos: "Acceder a esto es dar una patente de corso para que no se escriba una parodia más de carnaval".

EL MUNDO DE INTERNET Y LOS LIVES MUSICALIZADOS

En estos tiempos de cuarentena, llenos de Facebook Live e Instagram Live de cocineros, artistas y profesores de fitness enseñando lo suyo, la música está siempre presente. Pero si se detecta que es utilizada sin permiso, en una actividad que muchas veces más que solidaria es lucrativa, que en algunos casos está esponsorizada y que implica un público, la música se corta.

"Salvo México o Brasil, los sistemas de gestión musical colectiva están nucleados en la federación Latinautor, relacionados con empresas como Claro, Movistar o Spotify, donde ahí se licencia el uso de sus obras. Pero en lugares como Facebook es más complicado y los propios autores no se ponen de acuerdo en cómo sean usadas sus obras", dice el director general de Agadu, Eduardo de Freitas.

"No es lo mismo que las canciones sean usadas para un aviso o para una clase. Y si en una red social usted toma una canción y la relaciona con una marca, salvo que eso haya sido autorizado, se está cometiendo una infracción. Como no se han puesto de acuerdo, muchas veces los autores han pedido que se suspenda la utilización de sus canciones", agrega el abogado.