Estilo de vida
Con aires de Rocha

Escalas descontracturadas en La Paloma y La Pedrera

Una recorrida por algunos rincones para tomar un café, comprar un libro o llevarse una obra de arte, sin dejar de lado la impronta propia de la costa de Rocha

18.02.2021 07:00

Lectura: 15'

2021-02-18T07:00:00
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Por María Inés Fiordelmondo Fotos: Lucía Durán

Ir a la playa, dormir la siesta, jugar a las cartas o juegos de mesa, juntar caracoles en el faro, pescar a la encandilada en las noches sin luna, mirar las estrellas. La costa rochense tiene esa brisa oceánica (a veces fría, pero siempre agradable), ese olor a salitre y esa simpleza que buena parte de sus veraneantes buscan. Pero más allá de las actividades que solo su geografía privilegiada y su aire descontracturado permiten, algunos balnearios de Rocha también cuentan con lugares que invitan a tomar un café, pasear, comprar libros o bien llevarse una obra de arte sin abandonar esa atmósfera poco pretenciosa tan característica de toda su franja costera.

En un recorrido por La Paloma y La Pedrera, Galería buscó y encontró varios de esos lugares. Algunos destacan por lo novedosos, otros por mantenerse aggiornados con una clientela firme cada verano, otros atrapan desde la estética del local, algunos por su puntillosa propuesta, mientras que ciertos rincones simplemente son puntos algo más escondidos que por su belleza merecen ser visitados.

Librería Moebius


La abundancia de plantas en el jardín de la librería Moebius no deja pasar los rayos de sol de un viernes al mediodía en La Pedrera. La clásica librería que en Montevideo se ubica en Ciudad Vieja -sobre Pérez Castellano-, tiene en el balneario su espacio sobre Camino de los Indios, a pocos pasos de la calle principal. Allí funcionó durante 10 años, cerró en 2015 y volvió a abrir recién este verano. Es, de alguna forma, una vieja novedad para el balneario. Una vez que lo explica su propietario, Gerardo Beyhaut, el motivo de su reapertura es claro: en Montevideo el público se conforma principalmente por extranjeros -sobre todo quienes bajan de los barcos-, ya que los capitalinos no suelen circular en masa por ese punto cercano al puerto.

Hace casi un año esos turistas dejaron (temporalmente) de existir. Y el local de La Pedrera, pese a estar vacío durante seis años, siempre conservó el cartel de madera con el nombre de la librería, como si hubiera estado a la espera de su regreso. Es una pequeña cabaña de madera, construida en forma octogonal y con un jardín lleno de plantas y piedras. "Creo que la identidad de la librería viene derivada de la belleza del local, del ajardinado, la profusión de plantas. Yo básicamente armo estanterías, ilumino y pongo libros, pero el local es lindo per se", reconoce Beyhaut. La selección de textos es variada. Beyhaut intenta abarcar la mayor cantidad de rubros para que nadie salga sin haber visto algo interesante.

Justo en el centro del local, una mesa ratona llena de ejemplares desordenados es lo que despierta mayor curiosidad. Beyhaut explica que se trata del sector dirigido a su público principal: los niños. "La mesa, por más que parezca desordenada, está puesta ex profeso a la altura de los niños para que toquen, que miren", explica. Hace 30 años Beyhaut entró al mundo de los libros como empleado de una librería de Gorlero (Punta del Este). Atender a los niños, cuenta, era la "penitencia", el derecho de piso que había que pagar. "Y yo vivía en penitencia", dice entre risas. Con el tiempo se convirtió en su público preferido, y hasta hoy lee "muchísima" literatura infantil para poder conversar con ellos. "Me encanta la inocencia y la frontalidad. Si no les gusta, no les gusta. Se están formando y te sorprende la claridad de conceptos que tienen. Niños que no quieren ficción y prefieren un catálogo de insectos. Me gusta la frescura", resume el librero, quien les da la posibilidad de empezar a leer y devolverlo "impecable" si no les gusta. Todo con tal de que los libros no duerman en una mesa de luz. "Eso les aliviana tensión, el compromiso de tener que terminar el libro. Me parece que es lo correcto porque están formando su carácter y gustos", dice.

Además de libros, en Moebius también se exhiben -y venden- obras del artista uruguayo Daniel Barbeito, quien hasta antes de la pandemia trabajaba principalmente con público francés y además expone en Colonia del Sacramento y la galería Los Caracoles, en José Ignacio. Sus obras expuestas en Moebius rondan los 25.000 pesos. "Dicen que somos la única librería con galería de arte", apunta el librero.

Las Molas

El dueño de Moebius dice que su librería es "el pelotero de Las Molas", haciendo referencia al público infantil al que apunta. Es que su local está conectado con el de Las Molas, un espacio dedicado a las prendas de diseño y la moda lenta, principalmente uruguaya. Por eso, la librería y la tienda de moda, cuyos locales además tienen una estética similar, son dos paseos en uno y para toda la familia.

Con 12 veranos instalada en ese local, Las Molas es una parada obligatoria para quienes buscan -también en la playa-una curaduría de diseño nacional. Gaia, una marca que desarma prendas para armar nuevas, Caro Criado, Tramma Bambú (de prendas hechas con fibra de bambú) y Ame Bolsillito (ropa para niños de algodón orgánico y tintes naturales) son solo algunas de las marcas que pueden encontrarse este verano allí. ¿El común denominador? Que haya una "mano consciente" detrás de cada prenda. "Voy buscando a los diseñadores que se están destacando hoy y que utilizan fibras naturales, reciclados. Hago una búsqueda de lo que a mí me parece que está bueno", comenta María José Cabrera, la dueña.

Este año, una novedad entre los percheros de la tienda son las prendas de Calu Rocha, diseñadora de alta costura que incursionó en la moda casual. También la incorporación de la marca de la tienda, Coppelia, creada por Cabrera a partir de lo que demandan sus clientas. "Trabajaba solo a consignación y empecé a producir con base en lo que me empezaban a pedir las clientas", cuenta.

Aunque este año la selección se enfoca principalmente en diseñadores uruguayos, Las Molas también trabaja con marcas de diseñadores extranjeros. De hecho, la idea de Cabrera al abrir la tienda hace 12 años era "traer la región a Uruguay".

Montar un local con esa impronta en La Pedrera fue desafiante. "Hoy las temporadas son un poco más fuertes y hay otra gente, pero es una tienda que no tiene los mismos precios de lo que hay alrededor, porque cada diseñador produce con todo el esfuerzo y cariño, y producir en Uruguay es caro", acota. Ahora que Las Molas ya es un clásico, Cabrera elige con total libertad aquellos proveedores que cada verano quiere mostrar en la tienda.
Además de vestimenta, también se puede encontrar objetos de todo tipo; desde artesanías con material reciclado hasta accesorios y artículos de higiene naturales, todo de emprendedores locales.

La dueña de Las Molas se había planteado no abrir el local este verano debido a la pandemia. Finalmente, decidió que no podía dejar a los veraneantes uruguayos sin el paseo de Las Molas. Y se llevó una sorpresa: "No sabía que el uruguayo podía sostener una temporada como lo viene haciendo. Es la primera vez que no cuento con el público (argentino) que realmente consume. Es diferente cómo consume el uruguayo, pero estoy sorprendida. Realmente estamos yendo para adelante", añade.

Cabrera, que antes de la pandemia vivía en Montevideo y ahora se instaló de manera definitiva en La Pedrera, cuenta que el balneario "está teniendo un poco más de vida" durante el año. Por eso, no descarta dejar de apostar solamente al verano y abrir también los fines de semana de otoño y primavera.

José Ramón

Una de las habitaciones de la casa que ocupa toda la esquina entre la rambla de La Pedrera y la calle principal se transformó en noviembre de 2020 en José Ramón, una pequeña pero surtida tienda de artículos básicos de playa. La idea, según su dueña, Julia Luna (que dirige el local junto a Gianni Pagani), fue aprovechar esta habitación anteriormente abandonada para ofrecer los imprescindibles para una estadía en el balneario.

En José Ramón se encuentran desde los básicos hasta otros artículos más exclusivos de diseñadores locales, como los abrigos de lana de la marca Mulita, que ocupan uno de los percheros. Frente a ese cuelgan las prendas de lino de la marca Drom y los buzos y bikinis de Cangura Canguros, una marca de La Pedrera en cuyas etiquetas se indica cuántos diseños fueron hechos de cada prenda.

También hay accesorios de Picu, como caravanas y correas para lentes, y gorros de Bronx, una marca de emprendedores de Ciudad de la Costa. "Queríamos apuntar a algo que no había acá, que es dónde comprar cosas básicas si te olvidaste de un gorro, los lentes, y darle un toquecito de cosas exclusivas de  diseñadores", comenta Luna.

Atelier de Martín Arteaga

Desde la carretera, sobre el kilómetro 227 de la Ruta 10, más cerca de la entrada a La Pedrera que de La Paloma, se divisa una casa colorida que llama la atención. La tapera, Pedre-Arte-Objetos, adelanta un cartel al frente, dejando una cuota de intriga. No anticipa, sin embargo, lo esencial. La llamativa casa es el hogar y atelier de Martín Arteaga, escultor que trabaja solo con cemento. Sus obras de arte están dispersas por todo el jardín y el interior de una parte de la casa, abierta a todos los visitantes: media cabeza de un buda acostada en el pasto, una niña (o mujer) de ojos cerrados apoyando su cabeza en una de sus manos o "la soñadora" (como se llama la obra) y muchos soles y peces que ocupan toda una pared lateral de la casa son algunas de las piezas que se destacan o predominan.

En ese lugar, el artista oriundo de Argentina y radicado en Uruguay hace 25 años produce y además recibe a clientes y curiosos, sin horarios. Al estar en la ruta y ser su casa, Arteaga está abierto a que sus potenciales compradores aparezcan en cualquier momento. "Vivo acá, entonces si estoy, estoy y si no estoy, no estoy. Si quiero irme a la playa, me voy", sintetiza.

El artista decidió dejar atrás su profesión de diseñador gráfico en Buenos Aires para cambiar radicalmente de rumbo en Uruguay. Un amigo de Argentina le enseñó a trabajar con cemento y lo primero que hizo en el país fueron mesas para un parador en la playa. Con el tiempo fue encontrando su propio estilo, descubriendo nuevas técnicas y haciendo volar su imaginación con piezas ornamentales. Aunque hay diseños que predominan debido a la demanda de sus clientes, el abanico de formas e ideas es inagotable. No utiliza moldes, por lo que cada una de sus piezas es única. Tampoco busca la perfección ni respeta las proporciones. A eso se le suma que Arteaga encontró el lugar ideal para inspirarse. "Me gustaba muchísimo el punto y lo veía como un lugar que podía llegar a funcionar comercialmente", dice fijando la vista en la pradera al otro lado de la ruta y el sol a punto de esconderse en el horizonte.

El propio artista se atreve a pronunciar la frase "junglas de cemento" y reconoce que se trata de un material "que tiene mala prensa". Sus obras, de todas formas, están lejos de evocar aquella idea de cemento invasor. Dispersas en el jardín, producen la sensación de estar en el lugar donde tendrían que estar, y parecen aportar equilibrio y encanto al terreno que de otra forma no sería más que de pasto bien recortado. Además, a Arteaga le apasiona trabajar con un material prácticamente eterno, capaz de soportar cualquier temporal. "Es como la piedra. Lo podés dejar afuera y no tiene problemas", dice y lo compara con otros materiales como la cerámica o la madera, mucho más vulnerables a la intemperie.

Trabaja por encargo para clientes de la zona y de Argentina, pero siempre prioriza sus ocurrencias. "Cuando se me viene a la mente una figura, no puedo aguantarme las ganas de hacerlo y ver cómo queda. Por ahí, lo que tengo encargado y tendría que hacer por obligación pasa para el día siguiente. Me presto atención a mí", señala.

Cabito

A pocos metros de la playa La Balconada, en La Paloma, resalta una construcción rectangular de hormigón. Se trata de Cabito, un bar café inaugurado el 9 de enero de este año. Su interior combina concreto y madera, dos de los materiales preferidos de sus arquitectos, Inés Artecona y Gabriel Falkenstein, quienes diseñaron el espacio junto con su socio, Hugo Dutiné.

Cabito es un emprendimiento familiar y la cafetería es solo el primer paso. A futuro, también será una posada. El café es llevado adelante por los hijos de los arquitectos, Vera y Pedro Falkenstein, y sus respectivas parejas, Gerardo Diez y Mariana Beceiro.

El terreno fue comprado por Juan Falkenstein (arquitecto, pintor y padre de Gabriel) hace varios años con la intención de llevar adelante un proyecto que nunca se concretó. Por eso, Vera y Pedro dicen que Cabito es una especie de homenaje en vida a su abuelo. Detrás de la cafetería hay una huerta y al fondo, un mural con una ballena y peces que replica uno de los cuadros de Juan Falkenstein. Los personajes también se repiten en toda la gráfica de Cabito.

Además, la cafetería (abierta de 12 a 21 horas) busca ser un espacio multicultural, sobre todo para potenciar a los artistas de la zona. "Nos gusta que pasen muchas cosas. Que cada uno comparta algo sobre lo que sepa. La idea es sumar gente local al proyecto", comenta Vera. También expresó su deseo de generar actividades a la mañana, como clases de yoga. El domingo 14 de febrero, por ejemplo, tuvo lugar la muestra Amor y belleza, donde se expusieron los bordados de la artista Laura Núñez.

Una vez sentados en la mesa, Cabito ofrece un menú de "platillos" que incluye tortilla de papa, gazpacho y una ensalada del día. En el menú del café se puede elegir entre sándwiches, galletitas de avena y miel (70 pesos las tres unidades) o la torta del día (170 pesos), entre otros.

La Onda

Onda era la empresa de transporte que recorría las rutas uruguayas en sus ómnibus plateados con el inconfundible logo de un galgo. En La Paloma, su terminal estaba en la esquina donde ahora se ubica el restaurante y café que le debe su nombre. La Onda abrió hace cinco años como un resto bar. Este año, sin embargo, decidió reconvertirse y apostar a la cafetería para sortear el desafiante verano con menos turismo y horario limitado.

"Cambió todo", resume Camila, quien hasta el verano del 2020 trabajaba en la barra del bar y ahora es encargada de la cafetería. Nueva carta gastronómica, nuevo horario, nueva decoración, nuevo (y enorme) horno de barro y hasta diferente iluminación. La carta es de la chef Victoria Urioste, quien forma parte del proyecto Sabores de Rocha, que cocina en alianza con productores de la costa del departamento. Los miércoles de tarde también hay sesiones de jam, como se les llama a los encuentros informales de improvisación musical.

La Onda también juega a ser una continuación de la terminal de ómnibus. El logo, con la forma de un puma, imita al de la terminal, y en el interior del café se destaca un mural de una ballena con ventanas y pasajeros. "Los clientes grandes vienen y muestran dónde se tomaban el ómnibus, dónde compraban los boletos y se sentaban a esperar. Recuerdan hasta dónde era el cuarto del jefe", cuenta la encargada de la cafetería.
Hasta las 20 horas funciona la cafetería, que se caracteriza por su merienda con frutos nativos, jugo de butiá, cheescake (que puede ser con mermelada de butiá y arazá), café y un tostado con queso colonia y jamón de jabalí de productores de la zona. A partir de las 20, la carta cambia por los platos de cena, tragos y cerveza artesanal.

Patagonia

La cervecería Patagonia es otra de las novedades de La Paloma. Está ubicada sobre la avenida Solari (la principal de La Paloma) y, a diferencia de otras cervecerías, sus franquiciantes apostaron fuertemente a la propuesta gastronómica, que ofrece principalmente pizzas, hamburguesas y picadas.

Es que abrir una cervecería en plena pandemia y con horario reducido fue "toda una aventura", relató Felipe González, uno de los dueños, responsable también de un nuevo local en La Pedrera y otro en San Francisco, cerca de Piriápolis. Para su sorpresa, la cervecería viene ocupando todas sus mesas disponibles a diario.

Además, los dueños aprovecharon que por las noches la calle se convierte en peatonal para agregar mesas y un beertruck. "Apuntábamos a un público más joven y nos sorprendió. Va desde los 28 hasta los 50, y tenemos mucho público familiar", cuenta González.