Cultura
Covid or not covid

Epidemias y cuarentenas musas de obras inmortales

Las epidemias, las cuarentenas y las reclusiones marcaron el arte de William Shakespeare, Edvard Munch y Juan Manuel Blanes

24.04.2020

Lectura: 12'

2020-04-24T06:00:00
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Por Leonel García

"Úlceras incurables de maldición paterna taladren tus sentidos. Eres un tumor, una úlcera pestífera, un hinchado carbunclo en mi sangre corrompida". La cuarta escena del segundo acto de El Rey Lear muestra al protagonista de este clásico de William Shakespeare dedicándole estas duras palabras a su intrigante hija Gonerilda. La obra fue escrita y estrenada, según lo aseguran distintas fuentes, entre 1603 y 1606.

En 1603 una bacteria llamada Yersinia pestis se desató sobre Londres matando a 30.000 de los 200.000 habitantes de una ciudad sucia, promiscua e infectada de ratas, repletas estas de pulgas, que a su vez eran los vectores transmisores. No hay unanimidad al referirse a ese tiempo como el de una epidemia de peste bubónica, peste pulmonar o peste septicémica, ya que ese bacilo puede generar cualquiera de las tres. En ese año, el hoy considerado nombre mayor de la literatura en inglés era actor y dramaturgo de la compañía Lord Chamberlain's Men, que pasaba a llamarse King's Men.

Era la misma bacteria que el genial creador había conocido dos veces antes: al nacer y al arrancar su carrera teatral.

Para 1564 Inglaterra había sufrido otro de sus periódicos brotes de peste bubónica. El tercero de los ocho hijos que tuvo el matrimonio de John Shakespeare y Mary Arden nació ese año en Stratford-upon-Avon, a 160 kilómetros de Londres. Los historiadores solo registran a una de sus cuatro hermanas llegando a la madurez y a él como el único de los cuatro varones que se casó. No es descabellado pensar que el precario sistema sanitario de la Gran Bretaña del siglo XVI haya diezmado a la familia.

Y sus obras inmortales quedaron impregnadas de esos episodios. Entre 1592 y 1594 otra epidemia azotó Londres y Shakespeare, un recién llegado a la escena teatral, ya reclutado en la compañía Lord Chamberlain's Men, sufría el cierre obligado de las salas decretado por la monarquía cada vez que el número de víctimas fatales superaba las 30 por semana. En su caso, el clausurado era el ya legendario teatro The Globe. A lo sumo, podían salir de gira por las provincias para actuar y ver algo de dinero. En el encierro impuesto afloraba su creatividad.

"La plaga está desterrada por tu respiración", le dice Venus a Adonis en el poema en estrofas de seis versos Venus y Adonis, publicado en 1593. "Creo que ella ha limpiado el aire de pestilencia", dice un enamoradísimo Orsino de su amada Olivia en la comedia Noche de Reyes, escrita más adelante, en 1599. "A ti que no tienes honradez ni gracia alguna ¿en qué te he hecho mal o cuándo te he ofendido? ¿O a ti? ¿O a ti? ¿O alguno de tu bando? ¡Mala peste caiga sobre todos ustedes!", brama Gloucester en el relato histórico Vida y muerte del Rey Juan (1597).

Amor apestado. Sin embargo, una de las alusiones más fuertes a la plaga quedaría inmortalizada en Romeo y Julieta, que si bien se estrenó en 1597, hay cierta unanimidad en que fue culminada en 1595, un año después del fin del hasta entonces último brote epidémico.

El académico Jonathan Bate, uno de los biógrafos más importantes del dramaturgo, señaló que "la peste fue la fuerza más poderosa que moldeó su vida y la de sus contemporáneos". Se puede decir que de no haber sido por la epidemia, su obra no hubiera sido la misma. De hecho, de no ser por ella, el desenlace del romance entre dos adolescentes veroneses hubiera sido bien distinto.

Fray Lorenzo, franciscano, quería colaborar con los jóvenes amantes. Él debía enviarle una misiva a Romeo, que debió huir a Mantua, para explicarle que Julieta no estaba muerta sino adormecida. Sin embargo, al haberse abatido una peste sobre Verona, las autoridades no dejaron salir a su emisario, Fray Juan.

Así lo indica la segunda escena del quinto acto.

Fray Juan: Yendo en busca de un hermano descalzo de nuestra Orden, que en esta ciudad visitaba los enfermos, para que me acompañara, y al dar con él, los celadores de la población, por sospechas de que ambos habíamos estado en una casa donde reinaba la peste, sellaron las puertas y no nos dejaron salir. De suerte que aquí tuve que suspender mi diligencia para ir a Mantua.
Fray Lorenzo: ¿Quién llevó entonces mi carta a Romeo?
Fray Juan: No la pude mandar, aquí está de nuevo, ni pude encontrar mensajero alguno para traerla; tal temor tenían todos a contagiarse.
Fray Lorenzo: ¡Suerte fatal! ¡Por mi Santa Orden, que no era insignificante la misiva, sino que encerraba un mensaje muy importante, y cuyo descuido puede acarrear graves consecuencias.

La grave consecuencia que temía Fray Lorenzo resultó ser la muerte de Romeo y Julieta.

Varios cientistas sociales expertos en la época, como Stanley Wells y Maurice Pope, señalan que en aquellos años, al ser el teatro uno de los pocos divertimentos que tenía la población, las obras debían escribirse a gran velocidad debido a la demanda del público. Eso afectaba la calidad de los textos. Entonces, concluyen, un período de reclusión les permitía a los dramaturgos esmerarse más.

"Shakespeare hace lo que haría cualquier escritor: aprovechar esos minutos de reclusión para quedarse escribiendo, mientras que un grupo de actores se iba de gira para poder sustentarse", explicó días atrás a La Tercera Rodrigo Rojas, académico de la Universidad Diego Portales, de Chile, y encargado de un seminario sobre el creador.

No en vano, durante la cuarentena de la plaga de 1603 emergieron de la mente shakespereana, además de El Rey Lear, Macbeth y Antonio y Cleopatra, ambas de 1606.

Entre ciencia y literatura. No solo a Shakespeare los períodos en cuarentena le sirvieron para escribir varios de sus mejores dramas, poemas y sonetos. La ciencia también resultó favorecida por las epidemias, por insólito que parezca.

El último gran brote de peste bubónica que azotó Londres, conocido como la Gran Peste, transcurrió entre 1665 y 1666. Aun más dura que la última que sufrió Shakespeare, mató a unas cien mil personas. Fue entonces que el estudiante Isaac Newton debió abandonar el Trinity College de la Universidad de Cambridge para ir a la granja que su familia tenía en Woolsthorpe Manor. Y según publicó en marzo The Washington Post en un artículo sobre el científico y este período, sin la guía de sus profesores -él no era considerado un alumno particularmente destacado-, Newton simplemente prosperó.

Y tanto prosperó que ahí, en la tranquilidad rural, comenzó a desarrollar el cálculo diferencial e integral, a experimentar con la óptica y a elaborar su teoría de la gravedad. Sí, la historia de una manzana cayendo sobre su cabeza es un mito, pero un mito con basamento en lo que ocurrió. Viendo cómo los frutos (o cualquier cosa que estuviera delante de sus ojos caían) comenzó a preguntarse por qué pasaba eso, a qué se debía, porque no se iban al espacio y qué fuerzas lo atraían a la tierra.

"Cuando pienso, graciosísimas señoras, cuán natural os es, a todas la piedad, reconozco que este libro os parecerá grave y triste en sus comienzos, tanto como el doloroso recuerdo de la pasada y mortífera peste, tan deplorable y dañosa a quien la vivió, puesto que con aquella calamidad doy principio a mi obra". Así, el escritor y humanista italiano Giovanni Boccaccio introducía su Decamerón.

Este libro consistía en cien historias, narradas durante 10 días, por 10 personajes (siete mujeres y tres hombres), que se refugian en una hacienda de Fiesole huyendo de la peste negra que en la Europa medieval mató, entre 1347 y 1353, a entre 30% y 60% de su población, según los cálculos más y menos conservadores. De hecho, en la cercana Florencia terminaron con vida 37.000 de los 92.000 habitantes que tenía al comenzar la epidemia.

El propio Boccaccio tuvo que hacer un retiro en la Toscana campestre para evitar ser un muerto más.

El Decamerón, un compendio de relatos a veces cómicos, a veces dramáticos, siempre vitales y con mucho erotismo (en algo había que entretenerse durante la cuarentena), incluido en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia católica dos siglos después, fue publicado en 1352. Hoy es considerado un patrimonio de la humanidad que marcó todo el arte posterior, particularmente durante el Renacimiento.

Pestes y pinceles. El pintor expresionista noruego Edvard Munch, famoso por obras como Vampiro, Celos, Madonna y -sobre todo- El Grito, tuvo una vida bastante triste, y eso se plasmaba en sus lienzos, con la muerte, la locura y la enfermedad como temas centrales. La tuberculosis, por caso, se llevó a su madre y a su hermana mayor cuando él era muy joven.

Munch sobrevivió a la mortífera pandemia de influenza de 1918, la llamada Gripe Española, que mató a 50 millones de personas en todo el mundo, además de infectar a 500 millones (o sea, un tercio de la población global). Él mismo registró su recuperación con su Autorretrato después de la gripe española, de 1919. Tenía entonces 56 años.

Autorretrato después de la gripe española, de Munch

Tuvo más suerte que el austríaco Gustav Klimt (el de El Beso), quien murió en 1918, justamente debido a la Gripe Española.

Por esta parte del mundo, Juan Manuel Blanes tiene en su haber el testimonio pictórico más sobrecogedor de la epidemia de fiebre amarilla que mató a 17.000 personas en Buenos Aires en 1871, aproximadamente 10% de los habitantes que tenía por entonces la capital argentina.

Un episodio de la fiebre amarilla, de 2,30 metros por 1,80, impactante aún hoy colgado en el Museo Nacional de Artes Visuales, muestra a la inmigrante italiana Ana Bristiani tendida en el suelo de una pieza miserable de un conventillo también miserable en el barrio La Boca. En las sombras, atrás, yace su marido (¿muerto?, ¿moribundo?); un bebé, el hijo de la pareja, trata en vano de despertar a su madre, incapaz de entender que eso no es ya posible; los dos caballeros que ingresan a la habitación, el médico Manuel Argerich y el abogado José Roque Pérez, ya nada pueden hacer. Eran de los pocos valientes que se quedaban en Buenos Aires para enfrentar la epidemia y socorrer a los enfermos, en una ciudad de la cual habían huido sus dirigentes y su aristocracia, buscando aires más saludables. El bebé, Argerich y Pérez morirían en los días siguientes. El cuadro muestra en total a cinco víctimas de la fiebre amarilla.

DÍA INTERNACIONAL DEL LIBRO

Este jueves 23 de abril es el Día Internacional del Libro, según decidió la Unesco en 1995. En este mismo día, pero de 1616, supuestamente fallecieron Inca Garcilaso de la Vega, Miguel de Cervantes Saavedra y Shakespeare. El "supuestamente" refiere a que, en rigor, el autor de Don Quijote murió un día antes y hoy se cumple aniversario de su entierro, y que Shakespeare murió un 23 de abril, pero según el calendario juliano (Gran Bretaña recién adoptó el calendario gregoriano, según el cual el dramaturgo había muerto un 3 de mayo, en 1752). Para entonces, este último ya había superado varias grandes epidemias en cuyas cuarentenas había escrito muchas de sus obras inmortales.

LA EPIDEMIA EN LA MÚSICA POPULAR

"Influenza is a disease, makes you weak all in your knees. / 'Tis a fever everybody sure does dread, / puts a pain in every bone, a few days and you are gone / to a place in the ground called the grave" (La influenza es una enfermedad que te deja de rodillas. / Es una fiebre que seguramente todos teman, / te hace doler todos los huesos, unos pocos días y te vas / a un lugar en el suelo llamado tumba). Esto es un fragmento de Influenza, el tema que el blusero Ace Johnson grabó en 1939 para el disco en el que el matrimonio de John y Ruby Lomax registraron el folklore norteamericano de principios del siglo XX. Por supuesto, estaba inspirado en la pandemia fatal de 1918, que en Estados Unidos hizo carne especialmente en el sur pobre y negro.

La peste negra que devastó Europa en el siglo XIV también influyó en el más célebre compositor de su tiempo, Guillaume de Machaut. Clérigo y poeta, además contribuyó al desarrollo de la misa polifónica y la canción secular. En 1349, durante Le jugement du roi de Navarre (El juicio del rey de Navarra), el protagonista "pasa el invierno encerrado en su habitación por miedo a la peste, meditando sobre las calamidades de la época".

En este tiempo de incertidumbre, fechas difusas y "nuevas normalidades", hay que ver qué obras artísticas inspirará la actual cuarentena. A principios de marzo, luego de que se cancelara un concierto suyo en Costa Rica, el uruguayo radicado en España Jorge Drexler compuso Codo con codo, pidiendo paciencia para volver a dar besos y abrazos (La paranoia y el miedo / no son ni serán el modo. / De esta, saldremos juntos / poniendo codo con codo). El cantautor reveló luego que padeció la enfermedad, aunque la superó. España es uno de los países donde más se encarnizó el coronavirus.