Personajes
Entrevista

Elena Ferrante habla de los hombres, la escritura y la amistad

La autora que escribió bajo este seudónimo la saga Dos amigas y La vida mentirosa de los adultos, su más reciente novela, accedió a dar una entrevista colectiva a distancia, siempre resguardando su verdadera identidad

11.09.2020 07:00

Lectura: 15'

2020-09-11T07:00:00
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Se especula que Elena Ferrante es mujer, aunque se llegó a sospechar que podría ser un hombre. Se piensa que ronda los 60 y que aunque nació en Nápoles y varias de sus novelas transcurren allí, dejó esa ciudad hace tiempo para trasladarse a Grecia y luego a Turín. Sus editores preservan a ultranza su identidad mientras ella escribe, desde algún rincón del planeta, con un ritmo y una prosa que nadie se atrevería a intentar domar. El boom mundial de Elena Ferrante fue en 2016 -año en el que la revista Time la incluyó entre las 100 personas más influyentes- con la publicación en español (y en otros tantos idiomas, pues su obra ha llegado a 42 países) de Mi amiga estupenda, la primera entrega de la tetralogía de Lenú (Elena) y Lila, dos niñas que crecen en el Nápoles de la posguerra y que en las sucesivas entregas (Un mal nombre, Las deudas del cuerpo y La niña perdida) emprenden diferentes caminos sin perderse definitivamente el rastro. El éxito de público y de crítica de la saga (vendió 30 millones de ejemplares e inspiró una serie de HBO) revalorizó sus obras anteriores: El amor molesto (1992), Los días del abandono (2002) y La hija oscura (2006, que tendrá una adaptación al cine bajo la dirección de Maggie Gyllenhaal), los primeros ejemplos de la pluma de una autora contundente, capaz de retratar personajes llenos de falencias y realismo y de capturar las relaciones humanas y el devenir de la vida con honestidad cruda, sin eludir los posibles giros desgarradores.

Sus últimos libros son: La invención ocasional, una recopilación de las columnas que escribió en el transcurso de un año para The Guardian sobre los tópicos más variados y aleatorios (el cambio climático, el feminismo, el primer amor, la belleza) y que se publicó en tapa dura en una preciosa edición ilustrada; y La vida mentirosa de los adultos, una novela sobre una joven, Giovanna, que narra en primera persona su crianza en el seno de un hogar intelectual y burgués que empieza a desmoronarse cuando ella misma se propone averiguar qué ha sido de su tía Vittoria, eliminada de las conversaciones y de la historia familiar sin ninguna explicación. Netflix ya compró los derechos para adaptarla a la pantalla.

Reacia a dar entrevistas por cualquier medio, la autora accedió a responder a la distancia 27 preguntas planteadas por traductores y libreros de todo el mundo. La que sigue es una selección de ellas, las que hablan de su tendencia a retratar relaciones infelices entre hombres y mujeres, las lecturas que la marcaron, el efecto de las amistades en la vida, el dolor de escribir, la mentira y la literatura "para mujeres".

En sus novelas las relaciones entre hombres y mujeres son muy frágiles, por lo general, infelices, mientras que las experiencias realmente formativas en distintos aspectos son las vividas entre mujeres. ¿Le interesaría profundizar, como escritora y como lectora, una narración en la que fuera posible una relación relativamente "feliz" entre un hombre y una mujer? ¿O considera que una historia así difícilmente podría convencer en el ámbito literario? (Pregunta Ana Badurina, traductora para Profil Knjiga, Croacia)

A menudo, lo que no resulta convincente en literatura se debe a una lectura edificante de la realidad. No me encuentro entre las personas que consideran que la felicidad empieza cuando acaba el relato (pienso en la fórmula "y vivieron felices"). Seguramente se puede narrar sobre una pareja feliz, he conocido muchas. En una ocasión llegué incluso a escribir el borrador de una historia en la que una mujer muy infeliz decidía realizar una investigación, como en una novela policíaca, sobre la feliz vida conyugal de sus padres ancianos. No quiero aburrirla con el desarrollo de ese relato. Solo le diré, Ana, que usted ha sintetizado a la perfección aquel relato mío al utilizar la frase "relación relativamente ?feliz' entre un hombre y una mujer". Desde mi punto de vista, la felicidad solo puede narrarse si se desarrolla ese "relativamente" y si se cuentan los motivos de las comillas que usted ha puesto a la palabra feliz.

En comparación con los personajes femeninos, los "hombres ferrantianos" parecen ser más bien simples o monótonos. ¿Existe algún personaje masculino que considere como una figura más positiva respecto a otros o al que le tenga un cariño especial? (Pregunta Ji-woo Kim, traductora para Hangilsa Publishing, Corea)

Enzo (personaje de la saga Dos amigas). Me gustan los hombres que ejercen su fuerza ayudándote con discreción a vivir. Me gustan los que lo hacen sin demasiadas palabras, sin zalamerías, sin pretender recompensas. La comprensión verdadera de la mujer me parece el más elevado ejercicio de la inteligencia y la capacidad masculina de amar. Cosa rara. No quiero hablar aquí de los varones toscos, violentos, cuya última encarnación son los agresores vulgarísimos de las redes sociales o la televisión. Me parece más útil hablar de los cultos, de los compañeros de trabajo y de estudio. La mayoría sigue tratándonos como animales adorables a los que se da crédito simplemente para jugar un poco con ellos. Una minoría ha aprendido superficialmente un recetario de "amigos de las mujeres" y quieren explicarte cómo debes hacer para salvarte, pero en cuanto aclaras que necesitas salvarte sola, la pátina civilizada se agrieta y aflora el viejo hombrecito insoportable. No, nuestros viriles educadores deben ser reeducados en todos los aspectos. Por ahora solo me fío de Enzo, el compañero paciente de Lila. Claro, puede llegar un momento en que también este tipo de hombre se canse y se vaya, pero al menos deja un buen recuerdo.

Para Lila y Elena, la experiencia de la lectura de Mujercitas tiene una gran importancia ¿Qué (otras) figuras literarias la cautivaron y la marcaron profundamente en su adolescencia? (Pregunta Stefanie Hetze, librera y propietaria de la librería Dante Connection, Berlín, Alemania)

Para contestar debería hacer una lista larga y probablemente tediosa. Digamos que devoraba novelas cuyos personajes femeninos tenían vidas desgraciadas en un mundo injusto y feroz, cometían adulterio y otras violaciones, veían fantasmas. Entre los 12 y los 16 años busqué ávidamente todos los libros en cuyos títulos había nombres de mujer: Moll Flanders, Jane Eyre, Tess de los d'Uberville, Effi Briest, Madame Bovary, Anna Karenina. Pero el libro que leí y releí de forma obsesiva es Cumbres borrascosas de Emily Brontë. Sigue siendo un libro extraordinario por cómo narra el amor mezclando buenos y pésimos sentimientos sin solución de continuidad. Catherine es un personaje que hay que revisitar. Cuando se escribe, sirve para evitar el peligro de figuras femeninas almibaradas.

¿En qué medida cree que nos cambian las amistades de nuestra vida? (Pregunta Ioana Zenaida Rotariu, librera, ?tefan Octavian Iosif, Bra?ov, Rumania)

Una amiga no nos cambia, pero sus cambios se unen discretamente a los nuestros en un continuo y recíproco esfuerzo de adaptación.

Así, mientras pienso que la verdad presente en sus historias es la clave universal para que palpiten los corazones de lectores de culturas y áreas geográficas tan distintas (saber que la leerá Michelle Obama y un directivo chino, Madonna y una muchacha turca), le preguntaría en qué medida su relación con la realidad que confluye en sus novelas está influenciada por este hecho evidente. (Pregunta Enza Campino, Librería Tuttilibri, Formia, Italia)

Escribir es una actividad muy privada. Siempre he escrito para mí y muchos textos no han salido nunca de mis cajones. Pero todas las veces que decidí publicar uno de mis relatos, lo hice siempre esperando que se alejara lo más posible de mí, que viajara, que hablara lenguas distintas de aquella en la que lo había escrito, que fuera a parar a ambientes y casas vedadas a mi mirada, que cambiara de medio, y de libro se convirtiera en teatro, película, televisión, cómic. Eso he pensado y no he cambiado. Mientras escribo, mi escritura es muy tímida, pero cuando decide hacerse libro, se vuelve ambiciosa, es inmodesta. Quiero decir que yo no soy mis libros, sobre todo, no tengo una vida que se vanagloria de sí misma como la de ellos. Que los libros lleguen hasta donde son capaces de llegar, yo seguiré escribiendo según mi gusto, como y cuando me apetezca. Desde el momento en que adoptan una forma editorial y se van, mi independencia no tiene nada que ver con la de ellos.

Muchos de los personajes de sus novelas se debaten entre el amor o la amistad. ¿A quién le gustaría tener a su lado para siempre, al amigo o al amante? (Pregunta Lola Larumbe, librera, Librería Rafael Alberti, Madrid, España)

Prefiero un amante que sea capaz de una gran amistad. Esta mezcla resulta difícilmente comprensible cuando se es joven, pero en la madurez, si somos afortunadas, se abre paso poco a poco. En los epistolarios antiguos entre amantes siempre me ha gustado encontrar expresiones como "amigo mío", "amiga mía". E incluso el apelativo "hermana", que hace su aparición en la literatura caballeresca y persiste durante siglos, nunca me pareció signo del ocaso del deseo, al contrario.

¿Por qué sigue regresando a un pasado doloroso? ¿Para usted escribir es, ante todo, una forma de autoterapia? Por otra parte, ¿qué opina de la literatura que se estudia en las escuelas italianas? ¿Cree que refleja las dinámicas del mundo en el que vivimos? ¿Qué valores proclama? ¿Comparte usted esos valores? (Pregunta Ivo Yonkov, traductor para la editorial Colibrí, y Dessi Dimitrova, librera, Bulgaria)

No, nunca he considerado que escribir sea una forma de terapia. Para mí la escritura es todo lo contrario: es hurgar con el cuchillo en la llaga, algo que puede hacer mucho daño. Escribo como esas personas que no paran de tomar aviones por necesidad, pero que tienen miedo de no llegar, sufren mientras dura el vuelo, y cuando aterrizan se sienten felices pese a quedar hechas un trapo. En cuanto a la escuela, sé poco sobre cómo funciona hoy. A la que yo asistí, transformaba las lecturas que de mayor encontré maravillosas en unos ejercicios aburridísimos a los que había que poner una nota. Esa escuela enseñaba literatura anulando el placer de la imaginación y la identificación. Si a una frase le quitamos su energía y perdemos el tiempo con ese adjetivo o aquella figura retórica, en la página solo quedarán combinaciones alfabéticas esqueléticas y, en el mejor de los casos, convertiremos a los jóvenes en unos finos vendedores de humo.

¿Qué la inspiró a escribir La vida mentirosa de los adultos? ¿Cree que los adultos mienten habitualmente sobre sus vidas? ¿A los demás, a sus hijos e incluso a sí mismos? (Pregunta Dina Borge, librera, Norli Nye Sandvika, Noruega)

De niña era mentirosa, con frecuencia me castigaban por mis mentiras. Alrededor de los 14 años, tras muchas humillaciones, decidí crecer y no mentir más. Pero poco a poco descubrí que mientras mis mentiras infantiles eran ejercicios de imaginación, los adultos, tan contrarios a los embustes, se mentían a sí mismos y mentían a los demás con naturalidad, como si la mentira fuera el instrumento fundamental para darse coherencia, para atribuirse sentido, para resistir la comparación con el prójimo, para mostrarse a los hijos como un modelo autorizado. De una parte de esta experiencia adolescente se nutren las vicisitudes de Giovanna.

Con tantos acontecimientos en una novela que empieza con algo que se dice y que nunca se podrá retirar, en un momento especialmente sensible de la adolescencia de Giovanna, me pregunto si hay algo que la haga tener ganas de volver atrás y hablarle a su yo adolescente, o tal vez, algo que le gustaría que su yo adolescente hubiese escuchado a escondidas. En fin, algo que habría podido cambiar el curso de su vida respecto al modo en que la ha vivido hasta ahora, algo que le infundiera confianza y la impulsara a hacer antes algo que ya hizo o bien le evitase hacer algo que hoy lamenta. (Pregunta Fleur Sinclair, librera, Seven Oaks Bookshop, Sevenoaks, Reino Unido)

En nuestras vidas diarias, lo que pasó, pasó. Y no hablemos de las adolescencias: por lo que a mí respecta, fue un tiempo inmóvil, desconsolado. Ya de adulta, me guardé mucho de decirle a una adolescente, aunque en apariencia fuera feliz: dichosa tú. Creo que cuanto antes termina esa etapa, mejor. Sin embargo, escribir sobre ella es apasionante. Sospecho que un pedacito de adolescencia asoma en todos los libros, traten de lo que traten, precisamente porque es una fase de truenos, relámpagos, tempestades y naufragios. Eres casi niña, eres casi adulta, durante un tiempo eterno el cuerpo no se decide a desechar una forma y a asumir la otra. La propia lengua parece no poseer el modelo adecuado para ti, por momentos hablas como una niña, por momentos te expresas como una mujer hecha y derecha, y en ambos casos te avergüenzas. En la realidad el pasado no cambia. Pero, cuando escribimos, la adolescencia es inagotablemente cambiante. Cada fragmento puede encontrar su emplazamiento y, dentro del relato, merecer de golpe la dignidad de un significado. Si escribes, ese tiempo inmóvil y asfixiante, visto desde el borde de la vida adulta, comienza a fluir, se hace y se rehace, encuentra sus motivos.

En primer lugar, quisiera decirle que encontré sumamente agradable la lectura de los cuatro libros de la saga Dos amigas. Como librera los he recomendado a todos, pero los han leído principalmente mujeres porque, desde el principio, fueron clasificados como lectura "para mujeres". La mirada de sus libros es femenina, pero eso no significa que sean exclusivamente para ellas, al contrario. En su opinión, ¿Por qué los libros que ven el mundo con mirada femenina no interesan a los hombres? Durante años, ellos nos han contado la vida, la historia y cuanto ocurría. Le doy las gracias por haber contribuido a hacer más rico y plural el universo femenino. (Pregunta Fe Fernández Villaret, librera, L'Espolsada Llibres, Corró d'Avall, Barcelona, Cataluña)

¿Qué decir? Con frecuencia, los hombres, incluso los muy cultos, ni siquiera intentan leer nuestros libros. Como usted apunta, los consideran "para mujeres", y con esa fórmula no solo parecen proteger su virilidad de toda posible degradación, sino que nos niegan el don de la universalidad, que solo se atribuyen a sí mismos. Ellos escriben libros para hombres y mujeres; nosotras, en cambio, solo conseguimos escribir para mujeres. Es uno de los muchos síntomas de cómo siguen considerándonos seres humanos de rango inferior. A veces da la impresión de que nosotras mismas los secundamos, poco falta para que volvamos a exclamar como la Ifigenia de Eurípides: "Un hombre es más valioso que mil mujeres en la vida". Hemos sido educadas en la idea de que una persona de sexo masculino cuenta entre sus muchas y maravillosas prerrogativas la de reunir en sí todo el mundo. Un hombre, cuando produce obras grandes, pequeñas, minúsculas, se dirige con naturalidad al género humano, a los marcianos, a los venusianos, se siente dispuesto a lo posible y lo imposible. Nosotras, según nos han dicho, no hemos nacido para eso. En ellos, la inteligencia, el talento son méritos. En nosotras, la inteligencia, el talento son defectos. Por citar un ejemplo, el extraordinario Baudelaire, al que todos y todas debemos muchísimo, escribía que la belleza femenina dura más si no va acompañada de inteligencia, y subrayaba en su estilo provocador que quien se enamora de una mujer inteligente es un pederasta. Las cosas cambian, claro está, están cambiando, pero lo hacen demasiado despacio, sobre todo en profundidad. Aún hoy, si afirmo que la gran literatura, la grandísima literatura no es universal, sino solo gran literatura, grandísima literatura masculina, provoco incomodidad, parezco un poco bruta. Pero es así.

¿Cómo trabaja? ¿Hace muchas correcciones, de qué tipo? ¿Se considera una buena revisora de sí misma? ¿Cambia con frecuencia de palabras o tipo de lenguaje? (Pregunta Ann Goldstein, traductora al inglés)

Para mí lo decisivo es llegar a un borrador denso, caótico, partiendo de la nada. El trabajo sobre el borrador es extenuante. Me quita muchas energías conseguir un texto con un comienzo, un final y su abarrotada vitalidad. Es una aproximación lenta, como perseguir una forma de vida sin una fisonomía definida. A veces, puedo seguir adelante incluso sin releer nunca, pero es raro. Con más frecuencia avanzo unas pocas líneas cada día, haciéndolas y rehaciéndolas. Con frecuencia me pasa que, en un momento dado, me desencanto y lo aparco todo. Pero no entraré aquí en este caso tan arduo. Lo que sí quiero decirle, mi querida Ann, es que solo cuando este esfuerzo preliminar ha dado un buen resultado, empieza para mí el verdadero placer de escribir. Comienzo desde el principio. Borro partes enteras, reescribo muchísimo, cambio el rumbo e incluso la naturaleza de los personajes, añado partes que, solo en ese momento en que hay un texto, me vienen a la cabeza y me parecen necesarias, desarrollo episodios apenas esbozados, modifico la posición de algunos acontecimientos, con frecuencia recupero páginas eliminadas, primeras versiones más largas, quizá más feas, pero más inmediatas. Es un trabajo que hago sola, no lo compartiría con nadie. Llega un momento, sin embargo, en que necesito lectores muy atentos, que solo deben fijarse en mis distracciones: cronología errada, repeticiones, formulaciones incomprensibles. Ahora bien, temo las sugerencias que tienden a normalizar el texto, como por ejemplo, así no se dice, falta puntuación, esta palabra no existe, es una formulación inadecuada, es una solución antipática, así queda mejor. ¿Queda mejor? La revisión peligrosa es aquella que vigila el respeto del canon estético vigente. No lo es menos la revisión que favorece anomalías compatibles con el gusto extendido. Si un revisor dice: en tu texto hay cosas buenas, pero debemos trabajarlo, más vale retirar el manuscrito. Esa primera persona del plural es alarmante.