Estilo de vida
Nueva normalidad

El tapabocas: símbolo de estos tiempos y accesorio de moda del futuro

Mientras que en el este de Asia las máscaras quirúrgicas forman parte de la cotidianidad desde hace años, en Occidente están empezando a popularizarse como consecuencia de la pandemia de Covid-19 y todo indica que pasarán a formar parte de la rutina

11.05.2020

Lectura: 12'

2020-05-11T18:45:00
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Por Alejandra Pintos

Estos días, salir a la calle puede parecer una escena de una película distópica. Las calles están vacías, los comercios cerrados y la mayoría de las personas usa tapabocas. No importa si son de tela con estampas simpáticas o si se trata de las quirúrgicas, las mascarillas se han convertido en una de las manifestaciones visibles de una amenaza invisible, un virus que desafía las capacidades de prácticamente todos los países del mundo.

Desde la mirada occidental, los tapabocas les dan a quienes los llevan un aspecto ominoso: es un elemento asociado al ámbito hospitalario, a la enfermedad. Por otro lado, estamos acostumbrados a vincularnos con el otro viendo su rostro entero, no solo los ojos. "En las interacciones sociales de Occidente es necesario mostrar tu identidad y hacer contacto visual, las expresiones faciales son muy importantes", explicó el sociólogo japonés Mitsutoshi Horii a la revista Time.

Sin embargo, en el este de Asia no es así y el uso de máscaras no solo es una costumbre extendida, sino que se ha transformado en un accesorio de moda con nombre propio: smog couture. Como el nombre lo indica, gran parte de la población usa este accesorio para protegerse de la contaminación del aire que irrita las vías respiratorias. En China, por ejemplo, desde hace unos 10 años el smog es un gran problema para el gobierno, que se ha comprometido a combatirlo con medidas como limitar la circulación de automóviles y trasladar algunas industrias contaminantes. En Shijiazhuang, la ciudad con peor calidad de aire del mundo, la situación puede llegar a ser tan grave que el día parece noche. "Si no uso una máscara, mi garganta se seca mucho, es incómodo", contó un ciudadano a The Guardian.

Nuevas pandemias. Después de la epidemia del SARS en 2003, la máscara adquirió un nuevo significado. El virus -que es similar en su estructura y síntomas al Covid-19- resultó en 8.000 infectados y 774 fallecidos. Y si bien la enfermedad no alcanzó las proporciones del coronavirus, terminó por consolidar el uso del tapabocas en el este asiático. "El shock del SARS moldeó la etiqueta local. A pesar de que las generaciones más jóvenes no recuerdan la epidemia, sus padres y abuelos sí llegaron a experimentar el miedo y la incertidumbre que genera una enfermedad nueva. Vivieron esa sensación de pérdida de normalidad", explicó Ria Sinha, investigadora del Centro de Humanidades y Medicina de la Universidad de Hong Kong, a la revista Time.

Desde ese entonces, según la investigadora, usar máscara se ha convertido en un símbolo de "protección y solidaridad". Aunque muchos cuestionen la efectividad de los modelos más baratos e incluso los desaconsejen por la falsa sensación de protección que causan, el tapabocas adquirió una relevancia sociocultural que trasciende lo médico.

Esta costumbre se terminó de asentar como producto de la gripe H1N1, Síndrome Respiratorio de Oriente Medio (MERS) y gripes estacionales. En Asia, actualmente, cubrirse la nariz y la boca es una cuestión de "deber cívico": a pesar de que uno no manifieste síntomas puede estar enfermo y si usa un tapabocas es menos probable que contagie a los demás. Cuanto más extendido su uso, mayor será su efectividad.

Algunos, incluso, usan tapabocas para proteger su identidad de las tecnologías de reconocimiento facial en protestas (principalmente en Hong Kong), por cuestiones menores como la temporada de alergias o simplemente porque no les dio el tiempo de maquillarse.

De lo médico a lo estético. Una vez que el uso del tapabocas se volvió una práctica extendida, el mercado respondió ofreciendo diferentes variedades y modelos, separándose de lo considerado como suministro médico para adentrarse en el terreno de la indumentaria. Actualmente, se pueden encontrar tapabocas de diferentes estampas y texturas e incluso bandas como BTS (uno de los grupos de pop coreano más populares) y cantantes como Ariana Grande venden mascarillas con sus logos como parte del merchandising que se puede encontrar en los recitales.

La industria de la moda no se mantuvo ajena a este fenómeno y en 2014 los diseñadores chinos Masha Maand y Yin Peng incluyeron máscaras en sus respectivas colecciones. Cada uno con su estilo, uno futurista y el otro inclinado hacia la alta costura, presentaron su versión de este accesorio. Ese mismo año, la tienda online Yoox colaboró con diferentes artistas para hacer una serie de máscaras de diseño.

Tapabocas diseñado por Masha Maand. Foto: AFP

Para las marcas de lujo, el mercado asiático es uno de los más importantes. Para tener una referencia, hace unas semanas, cuando reabrió la tienda de Hermés en la ciudad china de Guangzhou tras haber cerrado por la pandemia, reportó 2,7 millones de dólares en ventas en un solo día. Viendo el auge de las máscaras "de autor" en ese mercado, los diseñadores occidentales empezaron a incorporarlas a sus colecciones.

Uno de ellos fue el diseñador Virgil Abloh. Desde 2019 su marca de ropa deportiva de lujo, Off-White, además de vender championes, camperas y remeras de algodón, vende tapabocas. Hay varios modelos y son sencillos: un rectángulo blanco o negro de algodón con el logo de la marca o una ilustración minimalista. Abloh contó a Billboard que "diseñar máscaras fue una evolución natural" para apelar a un nuevo mercado.

Inicialmente su precio rondaba los 100 dólares, pero desde que el coronavirus alcanzó el estatus de pandemia, pasaron a venderse a 1.200 en sitios multimarcas online como Farfetch. De acuerdo con los datos compartidos por Lyst, una página de e-commerce similar, en el primer cuatrimestre de 2020 la búsqueda de mascarillas en su catálogo aumentó un 496%, siendo la de Off-White la más popular. También existen modelos de Gucci (como el que usó Billie Eilish en los Grammy), Fendi, Maison Margiela y Bathing Ape. Durante este período también aumentaron las búsquedas de ropa cómoda y de entre casa, lo que refleja una nueva forma de vestirse y de consumir.

La francesa Marine Serré fue una de las pioneras en el mundo de la moda occidental a la hora de incorporar tapabocas a sus colecciones. Foto: AFP

Y mientras que los tapabocas de Gucci, Off-White y Fendi son más bien una cuestión de estilo -no protegen demasiado contra virus y bacterias-, los de Marine Serré son de última tecnología. La diseñadora francesa desde hace varias temporadas incluye máscaras en sus colecciones y este año lanzó una colaboración con la empresa de tecnología Airinum para crear el modelo Urban Air Mask 2.0. Esta versión está hecha de un material similar al neopreno e incluye dos válvulas con filtros de aire que bloquean 98% de las partículas de hasta 0.3 micras. El precio ronda los 290 dólares. Serré, que disfruta de andar en bicicleta y creó sus primeras máscaras para protegerse de la contaminación, cree que esta indumentaria es la "ropa del futuro".

El accesorio del momento. Cuando empezaron a aparecer los primeros casos de coronavirus, las autoridades de los países occidentales desaconsejaron el uso de tapabocas, principalmente para evitar el desabastecimiento de suministros médicos necesarios para el personal de la salud. Incluso, como sostuvo la periodista estadounidense Connie Wang, por estos lados del mundo las máscaras quirúrgicas acarreaban un gran estigma y podían llegar a sentirse como una "letra escarlata". Varias personas de origen asiático viviendo en Europa o Estados Unidos han reportado ataques violentos en la vía pública por usarlas.

Sin embargo, en el último mes, ha habido un cambio en las políticas y la OMS ahora promueve su uso como medida complementaria al lavado de manos y al distanciamiento social. En Uruguay, es obligatorio cubrirse el rostro con este accesorio para entrar a supermercados. Ahora, el tapabocas se ha convertido en un símbolo de esta época: ya no están reservados para personas enfermas o personal de la salud, sino que es una protección contra el enemigo invisible.

Y, dada la falta de stock, han emergido versiones caseras en un momento en el que la industria de la moda está prácticamente detenida. Uno de los primeros en ofrecer su atelier para confeccionar máscaras fue el diseñador estadounidense Christian Siriano y otros como Collina Strada y Christopher Kane siguieron su ejemplo y donaron máscaras a hospitales. En Uruguay, marcas como Pastiche y Margo Baridon producen tapabocas con sobrantes de telas y los obsequian con las compras. Otros, como Ramasser y Ana Livni, los venden a la población a un precio accesible.

Más allá de que todos los productos derivan en ganancias para las marcas, existe una diferencia fundamental entre el tapabocas de 1.000 dólares y uno de 200 o 300 pesos: mientras el primero apuesta sobre todo a crear estatus, el segundo quiere volver accesible un elemento en escasez. Esto ha causado un debate ético. Vanessa Friedman, del New York Times, plantea que estos precios perpetúan la "brecha entre clases sociales". "¿Quién puede permitirse elegir qué protección pagar?", planteó en un artículo.

Máscaras quirúrgicas en la historia

De acuerdo con el artículo académico Historia de las máscaras quirúrgicas, de John L. Spooner, se puede identificar la aparición de los primeros tapabocas sobre finales del siglo XIX, cuando los médicos comenzaron a usarlos como medida de prevención de la sepsis en operaciones quirúrgicas. Estos tapabocas consistían de una capa de gasa.

En 1910, una epidemia de peste neumónica azotó Manchuria y el gobierno de la dinastía Qing encargó al médico Wu Lien-Teh, educado en Cambridge, que investigara esta enfermedad que tenía una mortalidad del 95% entre quienes la contraían. Sus orígenes parecían estar relacionados con el comercio de animales salvajes, pero en ese momento nadie estaba seguro. Las similitudes con el Covid-19 son varias.
Lien-Teh llegó a la conclusión de que se transmitía a través de partículas que viajaban a través del aire y desarrolló un nuevo modelo de máscaras con dos capas de gasa, conocidas como las máscaras de Wu, para ayudar a frenar el contagio. Además, se aplicaron medidas como la cuarentena, restricciones en los viajes y cremación de las víctimas.

En 1911 lograron frenar la epidemia, que se llevó más de 60.000 vidas en China. Lien-Teh fue nominado para un premio Nobel de Medicina. Ocho años después, durante la gripe española, estas máscaras se volvieron un fenómeno global y en la década de 1920 pasaron a ser estándar en los quirófanos.

Décadas después, luego de la Segunda Guerra Mundial, el esmog comenzó a azotar los países industrializados como el Reino Unido. En 1952 una gran nube contaminante descendió sobre Londres, causando un aumento en enfermedades respiratorias y más de 6.000 muertes. Durante esos fríos días de diciembre, los británicos empezaron a utilizar máscaras para salir a la calle y así evitar la irritación en nariz y garganta. Desde ese entonces, las industrias más contaminantes se han ido trasladando progresivamente a zonas en vías de desarrollo y ahora son países como México e India quienes sufren el esmog.

Los Beatles en 1965 usando máscaras para protegerse del smog antes de tocar en el Ardwick Theare, en Manchester.

Tres productos nacidos de crisis

Pantalones femeninos

Mientras que la indumentaria masculina ha sufrido relativamente pocos cambios en los últimos 300 años, la ropa de las mujeres ha vivido grandes transformaciones que fueron acompañando su progresiva adquisición de derechos. A fines del siglo XIX surgió en Inglaterra el movimiento de "vestimenta racional" que buscaba desterrar aquellas prendas que limitaran el movimiento de las mujeres o deformaran su cuerpo, como los corsets. Sobre 1850 Amelia Jenks Bloomer introdujo una suerte de "pantalones turcos" que iban debajo de una falda corta. Algunas mujeres, sobre todo sufragistas, lo adoptaron pero fue una tendencia que desapareció pronto.

En la Primera Guerra Mundial, mientras que los hombres estaban en el campo de batalla, las mujeres comenzaron a insertarse en el mercado laboral, sobre todo en las fábricas que producían suministros. En aquellos años comenzó a popularizarse el uso del pantalón femenino en público, una tendencia que se reafirmó con la Segunda Guerra. Después de un breve período conservador en los 50 en el que volvieron a usar polleras, el pantalón se terminó de consolidar con los movimientos feministas de los 60 y 70.

Medias de nylon

Sobre fines de la década de los 30, la fábrica DuPont invirtió un millón de dólares en investigación para crear nuevos materiales. Así, en 1938, nació el nylon. Esta fibra sintética revolucionó el mercado por su durabilidad y elasticidad y enseguida fue usada para crear suministros para los aliados durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, una de sus aplicaciones comerciales más exitosas fueron las medias de nylon: el día que llegaron a tiendas selectas en Nueva York se vendieron 72.000 pares.

Doc Martens

En 1945 el doctor Klaus Maertens, de 25 años, estaba recuperándose de una herida en el pie y notó que las botas tradicionales con suela de cuero duro le resultaban molestas. Aprovechando sus días de convalecencia creó un prototipo de zapato con suela de goma y cámara de aire y se lo mostró a un amigo ingeniero Herbert Funk. En 1947 empezaron a producir lo que hoy se conocen como Doc Martens y tuvieron gran éxito, sobre todo entre mujeres mayores que buscaban comodidad. Más adelante el estilo acordonado de la marca fue tomado como uno de los símbolos del movimiento punk.